Por Fernando Vergara
Ni la liquidación de Cajanal, ejecutada a la sombra de una noche de viernes, que deja en la calle a más de 800 trabajadores y consolida el proceso de entrega de las pensiones y la salud a las garosas entidades particulares; ni los anuncios de privatización de la ETB y EMCALI orquestados por Samuel Moreno y Alvaro Uribe; ni la descabellada propuesta de seguro de desempleo del jefe del estado -calificada como protección para las entidades financieras hasta por la señora Helena Alviar1 (directora de posgrados de Derecho de la Universidad de los Andes)-; ni las perversas travesuras de Tomás y Jerónimo para incrementar su patrimonio al amparo de su condición de delfines de la seguridad democrática: nada de esto mereció comentario alguno para Carlos Gaviria, virtual candidato de las huestes amarillas, en su madrugón a las páginas del diario de los Santos2 a calificar de fantasías inspiradas en un marxismo trasnochado las legítimas aspiraciones de quienes producen la riqueza que él, ungido de la izquierda, administrará mediante “la adopción de un modelo económico que acompase” su crecimiento y su redistribución y “propicie la universalización de los derechos económicos y sociales” mientras deja intactos los privilegios que promociona su “compromiso con el Estado Social de Derecho (es decir, con la Carta del 91)”.
Por Alfonso Hernández
El pasado viernes 29 de mayo The Washington Post publicó una nota editorial[1] en la cual le recomienda a Álvaro Uribe declinar su aspiración a un tercer mandato presidencial. Después de hacerle los elogios debidos a una gestión tan ceñida a los dictados de la gran potencia, el periódico reconoce que el gobierno colombiano se ha debilitado a causa de escándalos tales como los asesinatos de “civiles inocentes”, “el espionaje a periodistas y opositores” y el turbio “enriquecimiento de los hijos del gobernante”. Agrega que el retiro de Uribe fortalecería “las instituciones democráticas colombianas”.
Por Alfonso Hernández
El país ha sido enterado del desgarro que sufre el alma del presidente de la República: movido por sus escrúpulos de demócrata aborrece la idea de perpetuarse en el poder; empero, el amor por la patria le impone mantenerse en el solio por los siglos de los siglos, ya que su modestia no le impide comprender que sólo él puede salvar a Colombia.
Por Alfonso Hernández
Gracias al trabajo concienzudo y valiente del periodista Daniel Coronell, el país ha podido darse cuenta de cuán redituables son las políticas de “Confianza Inversionista” que el presidente Álvaro Uribe impulsa con más avaricia que devoción. En un lapso más breve del que requiere un sufrido afiliado a una EPS para conseguir una cita médica, los hijos del Ejecutivo obtuvieron que unos predios adquiridos a precio de propiedad rural se convirtieran, primero, en lotes para uso industrial, y, luego, en una zona franca, con lo cual sus “inversiones” se multiplicaron por más de 100. Uno solo de los terrenos pasó de costar $33.926.553 a $3.092.998.621, hechos que ofenden no solamente por lo torticeros, sino también por los montos, en un país asolado por el desempleo y el hambre.
Por Ludwing Niccolò Romanovich
El pasado 6 de marzo varios medios de comunicación divulgaron un plan de salvamento propuesto por el propio Álvaro Uribe Vélez, por medio del cual se destinará una línea de crédito de Bancóldex, correspondiente a 500 mil millones de pesos, para financiar la adquisición de carro “nacional” y la compra de electrodomésticos, con el objetivo aparente de auxiliar a estos renglones económicos, afectados por los vientos de la crisis capitalista que hoy asola a todo el planeta.
La declaración presidencial rebosa cinismo, ya que es difícil que alguien iguale el récord de Uribe en el pisoteo de los derechos individuales y colectivos de los asalariados, no en su protección.
Ninguno de los candidatos ofrece soluciones reales a los trabajadores ni a la patria
El país se aproxima a las nuevas elecciones presidenciales en medio de una inacabable violencia y bajo el azote de la miseria, agudizada por la furia invernal; todo lo cual pone en evidencia hasta qué punto los diferentes gobernantes han tenido preocupaciones harto distintas a las de solucionar los problemas que aquejan a la población: no se ha adelantado ninguna de las obras necesarias para mitigar los estragos de las aguas acrecidas; la pobreza, tema de eternas promesas y de emotivos discursos, asuela a la mayoría de nuestros conciudadanos; la matanza se ensaña sobre más y más gente, y la masa de desplazados atiborra calles y parques.
Por Francisco Cabrera
Editorial
En medio de un ascendiente repudio popular comenzó ayer el proceso de conversaciones que busca aprobar un tratado de libre comercio entre los países andinos, incluida Colombia, y los Estados Unidos. El mencionado acuerdo no es otra cosa que la total anexión económica de estas naciones a la gran potencia.
Los próximos cuatro años serán de continuismo en materia económica, de despotismo en el terreno político y de una vulgar hipocresía en asuntos de ética
Por Francisco Cabrera
Por su pasado, por los cien puntos de su programa, por el talante de los personajes de su gabinete y por sus primeros actos de gobierno, Uribe Vélez les ha dejado saber a los colombianos que los próximos cuatro años serán de continuismo en materia económica, de despotismo en el terreno político y de una vulgar hipocresía en asuntos de ética. Anne Paterson, la embajadora del imperio, en el evento “Colombia a los ojos de Wall Street” planteó en público las tareas que la administración Bush le impuso en privado a Uribe en su reciente viaje a Washington: subir el porcentaje del PIB dedicado a seguridad, convocar a las reservas, extender el tiempo del servicio militar, reformar las leyes penales y la estructura judicial, reabrir el programa de interceptación aérea, y, por supuesto, comprometerse con el “mercado libre”.