Comentarios a un artículo del The New York Times sobre los designios de Trump para el hemisferio occidental
El jefe de la oficina de Ciudad de México del diario estadounidense The New York Times, Jack Nicas, que cubre México, Centroamérica y el Caribe escribió este lunes, 17 de noviembre, un artículo titulado: La “doctrina Donroe”, el intento de Trump de controlar el hemisferio occidental. Su contenido viene como anillo al dedo para los preparativos que decenas de fuerzas revolucionarias, progresistas, sindicales, sociales, populares, juveniles efectúan para realizar una gran reunión en Bogotá, el próximo 22 de noviembre, cuyo objetivo es trazar los derroteros de una portentosa campaña antiimperialista sin antecedentes en nuestro país. Las líneas que siguen se basan esencialmente en los planteamientos de dicho reportaje que, sin duda, ayudan a aclarar lo que está actualmente en juego en estas tierras de promisión de Bolívar, San Martín, Martí, Zapata.
El columnista rememora que Trump inició el primer año de su segundo mandato anunciando que retomaría el Canal de Panamá, se apoderaría de Groenlandia y le cambiaría el nombre al Golfo de México por Golfo de los Estados Unidos, y que lo termina estacionando en el Caribe el portaaviones más grande del mundo, el Gerald Ford, y explorando opciones militares para derribar al presidente de la República Bolivariana de Venezuela.
Con este preludio, expone que la política exterior de Estados Unidos ha virado hacia convertir el hemisferio occidental en su principal teatro de operaciones extranjeras, cambiando de manera súbita la política mantenida durante décadas, la cual se concentraba en la otra mitad del mundo.
Agrega que si bien Trump aduce para explicar el viraje que busca detener la entrada de drogas y migrantes a los Estados Unidos, altos funcionarios suyos “han sido explícitos en que el principal objetivo es afirmar el dominio estadounidense sobre su mitad del planeta.” Así lo explicó Mauricio Claver-Carone, enviado especial de Trump para América Latina hasta junio pasado, y quien funge como consejero de la Casa Blanca: “El cree [Trump] que este es el entorno en que nos movemos (…) y usted no puede ser un preeminente poder global si no es un preeminente poder regional.”
El columnista razona que los saltos de la política exterior estadounidense en la región han obedecido a la “ideología”: durante la Guerra Fría se trataba de ser el adalid del capitalismo, así ello implicara respaldar dictadores como los tristemente célebres del cono sur; mientras que en las décadas recientes, en tanto su atención se movía hacia la guerra y la competencia en el otro hemisferio, el foco en el subcontinente varió hacia la “democracia” y el “libre comercio”.
Remata esta parte señalando que Trump considera que un fuerte control del hemisferio, en particular de América Latina, ofrece grandes beneficios: copiosos recursos naturales, posiciones estratégicas de seguridad y mercados lucrativos. Por lo que, apoyándose en su equipo de halcones, encabezado por Marco Rubio, está reordenado la política regional de arriba abajo para lograr esos objetivos.
Algunos han empezado a llamar este nuevo enfoque como la “Doctrina Donroe”, un juego de palabras con el nombre del actual mandatario gringo, y con el apellido del presidente James Monroe y su idea popularizada como “América para los americanos”, expuesta por él en 1823, y tantas veces tergiversada al sacarla de su contexto histórico, pero que, en esencia, consistía en exigirles a los poderes europeos respetar la independencia que los países de los “continentes” americanos se habían dado “a costo de tanta sangre y tesoro”, y que cualquier intervención proveniente del Viejo Mundo, que significara una nueva colonización de cualquiera de ellos, sería considerada por los Estados Unidos también como un agravio en contra suya. En sus propias palabras: “Pero con los gobiernos que han declarado su independencia y la mantienen, y cuya independencia hemos reconocido, tras amplia consideración y sobre principios justos, no podríamos ver cualquier intervención destinada a oprimirlos o a controlar de cualquier manera su destino, por parte de alguna potencia europea, sino como una manifestación de una disposición hostil hacia los Estados Unidos.”
Hoy, continúa el articulista, el poder competidor es la República Popular China, que ha erigido en las últimas décadas un enorme ascendiente económico y político en Latinoamérica. Y trae a colación que la política de Trump de afincar el dominio estadounidense en el hemisferio hace parte de una visión rediviva de repartir el mundo en esferas de influencia, esta vez entre las tres principales potencias: Estados Unidos, China y Rusia, lo que ejemplifica con las recientes aseveraciones del secretario de Defensa, Pete Hegseth: “El hemisferio occidental es el vecindario de Estados Unidos y nosotros lo protegeremos”; frase extraída del mismo mensaje en la red X en el que el funcionario —al que Trump prefiere llamar secretario de Guerra— anunció la operación Lanza del Sur, supuestamente para defender el suelo estadounidense y remover el “narcoterrorismo” del hemisferio. El periodista relaciona esta política con el origen neoyorquino de Trump, en cuya ciudad los hombres de negocios, los políticos y los jefes mafiosos batallan por el el control del territorio como un asunto de sentido común. Trump, dice el escritor, citando a un exembajador norteamericano en Panamá, “convierte esa muy parroquial visión de Nueva York, en una visión global”. “Y si usted pone esto en el actual contexto, las Américas son su esfera de influencia.”
En realidad, los imperialistas siempre se han comportado como capos, o, quizás mejor, estos últimos son un pálido reflejo de aquellos. Y entre sus expedientes siempre ha existido el de procurar transacciones “pacíficas” para repartirse el mundo en zonas de influencia y cada vez que las logran auguran solemnemente el advenimiento de la paz universal. No obstante, como lo aseveró Lenin, en su cada vez más vigente folleto sobre el imperialismo, estos acuerdos invariablemente son transitorios y frágiles y siempre concluyen, en efecto, a causa del desarrollo desigual de las potencias, como los pactos de paz entre los gánsteres, en nuevas y más violentas disputas por el reparto del botín: zonas de influencia, recursos naturales, mercados para sus “excedentes” de bienes y capitales, mano de obra barata.
Entrando más en detalle el corresponsal plantea que la nueva óptica de Trump relega los programas de “ayuda” de la antigua usanza, dirigidos a fomentar la “influencia” y el “prestigio” gringos en Latinoamérica, y que, decimos nosotros, se financiaban con boronas del saqueo y la explotación y se dirigían básicamente a cooptar ideológicamente personas, partidos, organizaciones de masas, y ahora se centra en ensamblar una ristra de aliados o de gobiernos aquiescentes, premiando a los líderes más serviles y castigando a los que se salen del redil.
El reportero ilustra la propensión a apoyarse en sujetos viles como el bufón que ocupa la Casa Rosada, en Buenos Aires, al que Trump “rescató” con USD20.000 millones para que pudiera comprar un triunfo electoral. Desembolso que volverá acrecido a las arcas de los tiburones financieros del Norte mediante el repago de la ominosa deuda; y que al final de cuentas pagará el pueblo gaucho, una vez más, con sangre, sudor y lágrimas.
Trump con su fanfarronería habitual declaró, al otro día de los comicios argentinos: “Estamos obteniendo un dominio real en Suramérica.” Y, el jueves de la semana pasada, amo y lacayo anunciaron los términos de un tratado comercial que le otorga a Estados Unidos, entre otras gabelas, un mayor acceso a los minerales críticos de Argentina. Casos similares de abyección pululan en la medida en que ascienden a las jefaturas de estado en Latinoamérica otros personajillos fascistoides y ruines como los que gobiernan en El Salvador, Guatemala y Ecuador. Estos tres, al igual que Milei, acaban también de aceptar sendos pactos comerciales dictados por Washington.
Son ilustrativos de los planes del adalid de MAGA para los países al sur del Río Bravo, estos “acuerdos” con los dos países centroamericanos y los dos suramericanos. En un comunicado de la Casa Blanca, del 13 de noviembre, titulado Resumen informativo: el presidente Donald J. Trump anuncia históricos acuerdos con socios comerciales del hemisferio occidental, se plasman, a grandes rasgos, las leoninas condiciones que llevarán a estos países a una peor situación que la sufrida con la imposición de los tratados de libre comercio del período neoliberal.
Los cuatro “acuerdos”, dice el comunicado, les dan a los exportadores de Estados Unidos un acceso sin precedentes en América Central y América del Sur. Les ayudan a los agricultores, rancheros, pescadores, pequeños empresarios y manufactureros de Estados Unidos a incrementar sus exportaciones y expandir sus oportunidades de negocios. Y concretan el compromiso “inquebrantable” de Trump de fortalecer la seguridad nacional y económica de Estados Unidos.
El Salvador se compromete a eliminar una serie de barreras no arancelarias; a aceptar condiciones establecidas por las agencias de Estados Unidos en cuanto a seguridad y emisiones para vehículos y autopartes, y a aceptar las certificaciones y autorizaciones previas de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por su sigla en inglés) para dispositivos médicos y productos farmacéuticos. Suprimirá barreras no tarifarias a productos agrícolas y alivianará las normas para que los granjeros gringos exporten más libremente quesos y carnes.
Con Milei pactaron acceso preferencial para exportaciones yanquis, incluyendo medicinas, productos químicos, maquinaria, productos de tecnologías de la información, dispositivos médicos, motores para vehículos, y un amplio rango de bienes agrícolas. Esto último constituye una humillación y un augurio de vastas quiebras en un país conocido desde hace mucho más de un siglo como una potencia agrícola mundial. La nación austral, además, deberá hacer concesiones en materia de patentes, en requisitos de origen geográfico y en el régimen de propiedad intelectual.
A Guatemala se le exige que franquee el comercio digital, que no les imponga tributos u otras medidas a estos servicios y a los productos distribuidos digitalmente por Estados Unidos; debe también permitir la libre transferencia de datos a través de sus fronteras y apoyar la moratoria multilateral permanente de cargas sobre las transmisiones digitales, impuesta por la Organización Mundial del Comercio, OMC.
A Ecuador se le imponen altos niveles de protección ambiental y tomar medidas para mejorar la administración de sus selvas, combatir la tala ilegal y adoptar las decisiones de la OMC sobre subsidios a la pesca. Es decir, discurso ambiental para apoderarse de los recursos naturales, como ya sucedió con las Islas Galápagos, y mandobles contra la industria pesquera nacional. Igualmente, debe reducir aranceles en sectores clave como las nueces, las frutas frescas, las legumbres, el trigo, el vino, las bebidas destiladas y espirituosas; eliminar las tarifas variables de varios productos agrícolas impuestas a través del Sistema Andino de Banda de Precios, todo lo cual creará un “significativo mercado” y oportunidades de acceso para los exportadores de Estados Unidos y premiará “la alta calidad de los empleos estadounidenses”. Claro, a costa de la ruina de los productores y los asalariados ecuatorianos.
Con cinismo, el Resumen de la Casa Blanca concluye que con estos “acuerdos” Trump libera a los Estados Unidos de ¡injustas prácticas comerciales que han tenido que tolerar sus empresas y trabajadores!, las cuales contribuyen a su histórico déficit global de cuenta corriente; continúan sacando avante los intereses del pueblo estadounidense y de su sector agrícola; expanden los mercados para sus exportadores; defienden su producción doméstica, y obtienen acceso ampliado a los mercados de sus socios. En fin, un “gana gana” para el Tío Sam y un arrasamiento para las naciones y pueblos entrampados por los áulicos sureños de Trump.
Volviendo al artículo de Jack Nicas, este también se ocupa de las consecuencias para quienes no se someten a los ucases gringos: mayores aranceles contra Nicaragua, más aislamiento de Cuba, y, destacadamente, la intensificada campaña de presión contra Venezuela, en donde se le puso precio de USD50 millones a la cabeza del presidente Maduro, y la potencia del Norte amenaza con ataques terrestres y el uso de las Fuerzas de Operaciones Especiales, y frente a su mar territorial ha desplazado la más grande presencia militar en décadas en el hemisferio con más de 15.000 soldados y ubicó de su mayor portaaviones a distancia de ataque de las costas venezolanas. A la par, ha bombardeado 21 botes y matado 81 personas acusadas de traficar drogas. Dice el periodista que “los funcionarios de los Estados Unidos no han presentado evidencia de que los botes estuvieran contrabandeando estupefacientes.”
En cuanto al presidente colombiano, el columnista observa que “se ha convertido en uno de los más prominentes críticos y a la vez en blanco del señor Trump”, y que luego de sus críticas a la destrucción de los botes y el asesinato de sus tripulantes, los Estados Unidos pararon la “ayuda” a Colombia y bombardearon una lancha que salió de costas colombianas. El Departamento del Tesoro lo acusó de traficante de drogas y lo incluyó en la llamada lista Clinton. Añade que la popularidad de Petro ha caído —lo cual no coincide con diversas señales de la opinión pública, incluidas las más recientes encuestas— y que los analistas creen que el país puede dar un giro hacia la derecha en los próximos comicios.
Como muestra de la pugnacidad a la que han llegado los líderes de la región —aunque no dice que en ello han sido determinante las intrigas y maquinaciones gringas— informa que la Cumbre de las Américas fue abruptamente cancelada por primera vez en 31 años de historia, bajo el argumento de los organizadores de que “las actuales profundas divisiones dificultan un diálogo productivo.”
Finaliza con su apreciación sobre lo que denomina los grandes jugadores del hemisferio, en los que, dice, Trump ha encontrado límites en su estrategia de presión y amenazas. Se refiere a que los dos grandes socios regionales de EEUU, México y Canadá, de los que afirma que aunque han cedido a algunas exigencias, mantienen firmes negativas en otras, y que los líderes de ambas naciones, provenientes de partidos de izquierda, se han beneficiado en la política interna de su manejo de la relación con Trump.
En cuanto a Brasil, que significa “la más dura prueba para la política de Trump”, le puso aranceles del 50 % en un esfuerzo por incidir en el juicio contra el ultramontano expresidente Jair Bolsonaro, aliado de Trump. Esta intromisión fue duramente criticada por el presidente Lula Da Silva y le significó una importante alza en su popularidad en medio del proceso electoral que vive el país. Sin arredrarse ante el envalentonado mandatario gringo, la judicatura brasilera sentenció a Bolsonaro a 27 años de prisión por tentativa de golpe de estado. Trump tuvo que ceder y actualmente le hace carantoñas a Lula y aceptó entablar negociaciones sobre sus absurdos aranceles.
La crónica comentada hasta aquí reafirma puntos de vista que también han abordado otros analistas pero esta concentra varias tendencias de la situación en el hemisferio occidental, las cuales, sin sombra de duda, no son pasajeras sino características principales de la situación, que se irán profundizando. Nadie puede llamarse a engaño sobre que la decadente pero aún poderosísima potencia occidental se ha hecho consciente de que en la disputa, cada día más enconada, por el control planetario con la otrora socialista República Popular China, no tendrá la menor posibilidad de triunfo si no hinca sus garras con más fuerza aún sobre los tierras, pletóricas de recursos de toda clase, que se extienden desde el círculo Ártico hasta los confines de la Patagonia, pero, con angustia vital, sobre las inmensidades ubicadas al sur del Río Bravo. Como ya lo está demostrando, tras ese cometido no se detendrá ante ningún crimen: no respetará las normas del derechos de gentes, promoverá chocorazos en los comicios, impondrá en las jefaturas de los gobiernos a los personajes más ruines, procurará derrocar e infamar a los que se le opongan, derramará sangre.
Pero una y otra vez el imperio yanqui levantará piedras para dejarlas caer sobre su propios pies. Ya se están presentando hechos auspiciosos que lo prueban. Ayer no más, la marioneta ecuatoriana sufrió una derrota estruendosa en todas y cada una de las preguntas de su referendo, orientado a legalizar un régimen despótico y ante todo a bendecir la reinstalación de bases militares gringas en la patria de Eloy Alfaro. En Brasil, su alevosa intromisión en la judicatura y su chantaje arancelario no solo afianzó a los jueces, que condenaron a Bolsonaro a finalizar su vida en prisión, sino que fortaleció la candidatura a la reelección de Lula, el activo promotor de los Brics y su Banco de Desarrollo en Suramérica. En Venezuela, a pesar de la abrumadora desventaja militar, el pueblo y el gobierno se alistan para resistir. Y frente a la división y desorden que siembran los imperialistas y su agentes, los pueblos latinoamericanos buscan unirse contra la amenaza extranjera y la opresión interna, como lo atestiguó la Tercera Cumbre Social de Los Pueblos de América Latina y el Caribe, que acaba de reunirse en Santa Marta.
En Colombia, el infamante trato contra el presidente Petro y las amenazas de escalar la injerencia extranjera, han propiciado que crezca como espuma la indignación antiimperialista, lo cual se ha expresado en que la aceptación del primer mandatario y de las fuerzas políticas que lo respaldan aumentan sostenidamente, a pesar de la campaña incesante en su contra a través de unos medios de comunicación, propiedad de grandes conglomerados, que se han convertido en maquinarias de calumnia, desinformación y propaganda; y en el pánico que se ha apoderado de las filas de la ultraderecha, que busca afanosamente en el piélago de candidatos uno que no solo la represente sino que tenga opción de triunfo frente a la izquierda. Y, por último pero no por ello menos importante, en el hecho de que una multiplicidad de sectores políticos y sociales hayamos coincidido sin ninguna dificultad en los términos de dos declaraciones políticas consecutivas llamando a realizar un encuentro nacional antiimperialista y por la defensa de la soberanía, la autodeterminación y la independencia de Colombia.
Cuánta validez cobra la metáfora concebida por el presidente Petro —dirigida explícitamente a Trump y Rubio— y extraída de las ricas tradiciones culturales de nuestros ancestros aborígenes, sobre la derrota que le espera al águila dorada si se atreve a atacar al cóndor andino, porque hará despertar al jaguar indomable, que representa la audacia, la inteligencia y la fuerza de los pueblos latinoamericanos.












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