II Encuentro Nacional Contra las Reformas Pensional,
Laboral y de Salud

Ponencia Marco General de las reformas pensional, laboral y de salud, presentada por Por Alfonso Hernández, de Notas Obreras

La servidumbre por deuda

Compañeras y compañeros,

En la historia de la infame explotación del trabajo humano hay un método conocido como peonaje o servidumbre por deuda. En ocasiones el obrero recibe un anticipo para los gastos de transporte hasta la finca, la mina o la factoría y algo para la precaria manutención de su familia. Lo adeudado crece con los intereses exorbitantes y con los precios recargados del economato. Los días de pago no le dejan casi nada para sí, sino la cuenta acrecida con el patrón-prestamista. Su vida transcurre en la miseria y apabullada por el ciclo incesante de trabajar para abonar. Este método de esclavización se ha recrudecido en el superdesarrollado y bárbaro mundo capitalista actual. Pero más grave aún, el peonazgo de la deuda se ha impuesto a las naciones. Y Colombia es una de las víctimas.

Colombia en la servidumbre de la deuda

Desde la década de los 80 la deuda colombiana ha venido creciendo con rapidez (gráfica 1), y aunque en algunos años disminuye unos puntos, retoma pronto su tendencia ascendente. Esto a pesar de que entre el 20 y el 25 por ciento del presupuesto nacional se destina cada año a hacer abonos (gráfica 2). En el de 2020, el gobierno del Pacto por Colombia, pacto por la equidad incluyó una partida de casi 60 billones de pesos a ese objeto, más de lo que se destina a salud o a educación; de este monto, más de la mitad apenas cubre intereses. La suma de la deuda interna y externa alcanza los 563 billones de pesos, acercándose al 60% de toda la producción anual del país. Y peor aún, con la devaluación reciente y los vientos huracanados que se viven en la economía y la política mundiales, las tasas de interés se han incrementado.

Este no es, desde luego, un fenómeno exclusivo del país.

Causas
Tasa declinante del crecimiento del PIB en Estados Unidos

La explosión de la deuda comenzó en los años 70 y 80 en parte como respuesta a la senda declinante del crecimiento económico de Estados Unidos (gráficas 2 y 3). Ya desde esa época la manufactura absorbía muy poco capital, se estancaba especialmente la inversión en maquinaria y nuevas plantas por el exceso crónico de capacidad instalada.

Salidas: financiarización, gasto militar, consumismo, superexplotación de la mano de obra, agresión económica

Pero el capital necesita extraer plusvalía, obtener ganancias en todo momento, esa es su razón de ser. Por tanto, caudales enormes se desplazaron de la manufactura a las finanzas: a prestar a diestra y siniestra y a la especulación con títulos valores; a la construcción de vivienda y a los seguros; a la toma de control de otras empresas, minas, mercados de capitales y de fuerza de trabajo en todo el mundo. Hasta las mismas firmas industriales han venido dedicando parte considerable de sus utilidades al crédito y al comercio y se han fundido con los bancos y demás entidades financieras. Aunque nada de esto era nuevo, si lo era la escala que tomaba. La fase parasitaria del capitalismo se acentuó. Adicionalmente, la consolidación de otras potencias, como Alemania, Japón y ahora China exacerban la competencia y el exceso de capacidad instalada en el mundo.

En busca de dar salida a la sobreproducción, Estados Unidos decidió imponer por doquier acuerdos de libre comercio para encontrarles mercados a sus géneros producidos en suelo americano o en las plantas transoceánicas. Tal apertura, tan necesaria para la metrópoli, es nefasta para los países como el nuestro, pues agrava la anemia de la producción industrial y agraria, el desempleo, el subempleo y la miseria, desdichas que no pueden ser atribuidas a los dizque elevados salarios.  El aparato productivo no se desarrolla de manera integral con la mira de atender las necesidades de los nacionales, sino a satisfacer, en feroz competencia con nuestros similares, la demanda foránea. Por ello, el déficit de la balanza comercial del país alcanza ya niveles críticos. El grueso de las exportaciones consiste en los renglones minero-energéticos y en unos cuantos productos exóticos. Así, el producto nacional y los ingresos fiscales están sujetos a la especulación y volatilidad de los precios de los bienes primarios y a merced de las manipulaciones comerciales y políticas. 

Régimen dólar-Wall Street

Fue también en los años 70 cuando el sistema monetario de la postguerra entró en bancarrota por la plétora de emisión de dólares de los Estados Unidos para financiar sus aventuras militares en distintas partes del mundo y por el declive relativo de su poderío industrial.

Washington comenzó, entonces, a implantar un sistema monetario y financiero mundial bajo la égida del dólar y de Wall Street. Los metales preciosos dejaron de respaldar el papel moneda, que no tuvo en adelante más aval que el poderío político y militar del mayor imperio de la historia. Al mismo tiempo, Wall Street, en Nueva York, se erigió en el centro de las operaciones financieras del orbe, con lo cual bancos como JP Morgan Chase, Bank of America, CitiGroup alcanzaron la primacía.  

En síntesis, si bien el Tío Sam cedía terreno en las manufacturas ante Alemania y Japón, y luego ante otros países de Asia, se parapetaba en los dos bastiones que hoy le permiten entrometerse y mangonear, pero que, a la vez, son la fuente de desequilibrios y contradicciones insalvables: uno, el dólar como moneda internacional sin controles ni soportes distintos al interés imperial. Dos, la concentración de la mayor parte de los capitales de todo el mundo en Wall Street; esos dos elementos se complementan y refuerzan: cuando dineros de los cinco continentes que buscan invertirse acuden a Wall Street, fortalecen la hegemonía del dólar y este no deja de atraer más y más ahorro mundial, con el que decide en dónde, en qué y en qué condiciones se invierte. El banco de la Reserva Federal, es decir, el banco central de esa nación, imprime a un costo ínfimo miles de millones de dólares para financiar a tasas de interés cercanas a cero sus bancos privados más poderosos, los que a su vez capitalizan los fondos de riesgo de su propia creación y estos se entregan con frenesí a manipular los mercados de divisas, a endeudar a las naciones, a las empresas y a los individuos y a pescar en el río que ellos mismos han revuelto. En tanto que otros países tienen que entregar riquezas y trabajo para pagar sus deudas y comprar mercancías extranjeras, Estados Unidos lo logra a un precio irrisorio gracias al carácter internacional del dólar. Algo semejante sucede con el euro. El control financiero y monetario es, pues, arma fundamental del poderío imperialista de los Estados Unidos: le permiten someter o derribar gobiernos o ponerlos en una situación calamitosa mediante el bloqueo, subir o bajar las tasas de interés casi a voluntad, influir decisivamente en la oferta monetaria de otros países, manipular los precios de toda clase de productos, tomar mediante el asedio financiero y monetario a regiones o ramas económicas enteras. A la vez, ese oligopolio gringo ha producido con inusitada frecuencia crisis devastadoras que han abarcado todos los continentes. Un puñado de magnates se enriquece y las condiciones de vida de las grandes masas se deterioran. 

Los financistas gringos han edificado pirámides de papel para apropiarse de la riqueza ajena. Por ejemplo, los bancos prestan y luego convierten las deudas en títulos valores que venden por todo el mundo; al vender las deudas pueden prestar casi ilimitadamente. Claro está que ese señorío financiero está respaldado por los tanques y los aviones de guerra, industria militar cuyos gastos son exorbitantes y cuyas aventuras son otro estímulo, insuficiente también, a las descaecidas manufacturas.

Para llevar a cabo todas estas maniobras, los banqueros de Wall Street necesitaban crear la necesidad a los estados y a las empresas de tomar créditos. Por ejemplo, un requisito consistía en que los gobiernos dejaran de emitir dinero y emitieran más bien títulos de deuda pública para la inversión y el gasto. La Constitución de 1991 complació a los reyes del agio al independizar el Banco de la República y prohibirle que le otorgara préstamos al gobierno, para que este no avivara la inflación sino los espirales de endeudamiento, por eso vemos a los ministros de Duque pagándoles las deudas a las EPS con emisión de deuda pública o intentando hacer lo propio con las deudas bancarias de Odebrecht. También se les puso fin a los créditos de fomento para sectores industriales y agrarios, pues, según la socorrida expresión de los magnates, tales empréstitos distorsionaban el mercado y constituían una competencia desleal. El banco de la República solo les puede prestar dinero a los bancos comerciales, para que estos hagan sus negocios. Los derechos de los agiotistas por encima de los de la sociedad.

También el Estado renunció a la posibilidad de controlar la tasa de cambio, de manera que el peso se desvaloriza o valoriza dependiendo de la entrada o salida de inversiones foráneas, semejantes vaivenes causan estragos frecuentes en la economía. Todo se ha dispuesto para que estados y empresas tengan que contraer empréstitos hasta para su funcionamiento más elemental. Incluso la tan alabada democracia es sierva de los prestamistas, quienes compran parlamentos, poderes ejecutivos y judiciales y controlan los medios de comunicación. Se atreven incluso a amenazar a los pueblos que votan por candidatos que no son del mayor agrado de Wall Street con secarles las fuentes de financiación y someterlos a una crisis monetaria y fiscal. De ahí que los jefes políticos de Colombia en su mayoría se hayan dedicado a empollar el huevito de la confianza inversionista.

Desde luego, nada ganarían los banqueros con endeudar a los países si no garantizaran el pago cumplido de los intereses. A ese fin han construido una especie de gobierno mundial del que hacen parte el Fondo Monetario, la OCDE, el Banco Mundial, mismos que sirven para enmascarar el dominio del capital monopolista financiero norteamericano. Estos organismos dictan las disposiciones económicas, tributarias, fiscales y demás a gobiernos como el colombiano. En nuestra legislación se han incluido medidas explícitas para privilegiar el pago de deuda sobre cualquier otra necesidad, tales son el Acto Legislativo 03 de 2011 que consagró en la Constitución la sotenibilidad fiscal, así como el marco y la regla fiscal, que ordenan ajustar el presupuesto y el gasto a unas metas de déficit que no pongan en riesgo de incumplimiento (default) al país y determinan que incluso en caso de superávit los recursos adicionales no pueden consagrarse al gasto de salud o educación, sino que han de aplicarse a abonar a la deuda. Las empresas estatales se rematan para nutrir los negocios de los consorcios y el presupuesto público queda cada vez más a merced de los tiburones de las finanzas. La salud, la educación, las pensiones también caen en manos de los rentistas, con lo que se abaten los derechos de los pueblos.

Como los países han entregado todos los medios por los cuales podrían valerse por sí mismos, no pueden cobrarles impuestos a los magnates y la carga tributaria se traslada sin miramientos a los asalariados y a los pequeños y medianos propietarios. Del negocio de la deuda y su vasallaje se lucran no solo los consorcios extranjeros sino también los altos burócratas del Estado, los dirigentes políticos serviles, los grandes exportadores e importadores, los banqueros colombianos, como los grupos Sarmiento Angulo y Empresarial Antioqueño, sectores que constituyen el basamento interno del saqueo imperialista. La corrupción constituye un rasgo esencial de la relación entre los patrones de Wall Street y sus capataces de Colombia.

Pero el punto más decisivo de las políticas del llamado consenso de Washington ha sido la rebaja del precio de la mano de obra, ya que en la competencia entre las potencias capitalistas constituye el factor determinante; todos esos títulos y monedas, bancos y fondos de capital de riesgo tienen un objetivo cual es apoderarse en gran escala del producto del trabajo de millones de seres. Movidos por el afán de valorizar los capitales, los consorcios se extienden por el globo, envilecen salarios y prestaciones, aprovechan la competencia entre los proletarios de distintas latitudes y arruinan la producción local, someten a los operarios a jornadas extenuantes y lesivas para la salud en nombre de la productividad. La vileza suprema del espolio hace que se levanten legiones de inconformes, como ha sucedido con los chalecos amarillos en Francia, pues la agitación social, aunque aún confusa y desorganizada, cobra bríos en los propios países industrializados. Esta política de apocar la paga entraña también una contradicción insalvable: el producto interno bruto de los Estados Unidos depende en un 70% del consumo, pues como ya explicamos la inversión principalmente en capital fijo ha declinado. El consumo se ha mantenido y se fomenta mediante el endeudamiento de los hogares, pero la baja de los salarios dificulta cada vez más la cancelación de los créditos. En Colombia, ya desde los años 90 se inició una gran ofensiva contra la mano de obra como lo muestran las leyes 50 y 100 y las subsiguientes. Hoy pretenden recrudecer este asalto, pero este encuentro nacional se ha reunido para decirles a los opresores: ¡¡¡basta ya!!! Y, a los trabajadores, blanco principal de los embates, ¡¡¡pongámonos en pie de lucha!!!

Gráfica 1 Fuente Contraloría General de la Nación
Deuda externa e interna del Gobierno Nacional Central 1923-2013

Deuda externa interna

Gráfica 2 Fuente Banco de la República

servicio deuda sector publico


Gráfica 3. Banco de la Reserva Federal St. Louis


real geross domestic product

Gráfica 4 Elaboración propia con base en datos de la FED. Eje vertical crecimiento porcentual del PIB promedio por década. Eje horizontal décadas

tendencia declinante pib EU

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