Plebiscito

Con sus escenas de tragedia y de comedia, los hechos se han venido sucediendo de manera vertiginosa en Colombia. Primero, con gran pompa, despliegue militar y ocultamiento de la lacerante pobreza, el lunes 26 de septiembre, Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño firmaron en Cartagena el farragoso acuerdo de paz, criatura gestada en más de cuatro años de negociaciones. Luego, el domingo 2 de octubre, en el plebiscito convocado para ratificarlo, y contra todos los pronósticos y las encuestas, el No resultó victorioso, aunque por un estrecho margen, y la abstención alcanzó un 63 %, lo cual constituyó un revés más para el gobierno y los opositores: las mayorías desconfían de unos y de otros. El resultado desconcertó a todos e hizo sonar las alarmas; los pacifistas líderes del Sí amenazaron con la posibilidad de guerra, y los belicistas del No dijeron que, ahora sí, había llegado la oportunidad de la paz. Días después, con la fanfarria de los medios de comunicación, se reunieron en la Casa de Nariño los vencedores y los vencidos, en una cita que se proclamó como histórica y a la que se le atribuyó la posibilidad de que los que tienen entrampada a la nación la salvaran. Estando tendido en la lona, el gobierno recibió algún oxígeno cuando el Comité Nobel Noruego le otorgó a Santos el premio de paz, lo que hizo que muchos entonaran emocionados el himno de la Colombia inmortal y alabaran nuestras glorias. El galardón, herramienta intervencionista, se ha otorgado a promotores de genocidios, como Shimon Peres e Isaac Rabin, azuzadores de golpes militares y bombardeos con napalm a países enteros, como Kissinger e incendiarios como Obama, que ataca a Siria, Libia, Irak, Afganistán, lanza zarpazos en Ucrania, provoca a Rusia y a China y se inmiscuye por doquier.

Con un deseo sincero de que cese el desangre se han manifestado los jóvenes, los indígenas, las víctimas y otros sectores sociales. Las masivas demostraciones, que exigen la concreción inmediata de los acuerdos, a la vez que les suminstran a estos un aire inesperado, muestran, también, que hay una creciente comprensión de que en manos de los Santos y los Uribes el destino de los asuntos medulares de la nación está seriamente comprometido. Los gremios económicos, que ven en la paz un negocio, se pronunciaron recientemente y lo propio, y con idéntica ambición, hizo el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry.

A lo largo del proceso han quedado claras varias cosas. Álvaro Uribe, el principal promotor del No, convirtió el ataque al proceso de paz en su principal arma contra Santos, para vengar la traición que le atribuye a su tornadizo ex ministro de Defensa. Olvidando las ofertas que él mismo hiciera para lograr la desmovilización de las agrupaciones guerrilleras y las concesiones vergonzosas al paramilitarismo, convirtió en felonía a la democracia, al Estado de Derecho, en entrega al narcoterrorismo, en castrochavismo cualquier paso dado por Santos en ese sendero. Acudió, como lo reconoció su gerente de campaña, a la estrategia, no de discutir los acuerdos, sino de avivar el odio contra las FARC, mentir abiertamente, asegurar que los incrementos de los impuestos serían para financiar a los excombatientes y alarmó a los latifundistas con que se les despojaría de las fincas y se les perseguiría por sus actividades antiguerrilleras. Sacó hábilmente provecho de las torpezas de su rival. Uribe, cómplice, si no promotor directo, de tanta violencia, corruptela y rapiña, tronó contra la impunidad. Busca, por supuesto, utilizar la victoria en el plebiscito para hacerse de nuevo al poder y, por ello, nombró a los tres precandidatos del Centro Democrático, Oscar I. Zuluaga,  Carlos Holmes e Iván Duque como voceros ante el gobierno. Pretende también, incluso de manera retroactiva, garantizar la impunidad y los derechos políticos a sus familiares, apóstoles y socios de andanzas; a otros parapolíticos, paramilitares y forajidos. Insiste en que los terratenientes son inocentes por definición: “Los acuerdos no deben afectar propietarios o poseedores honestos, cuya buena fe debe dar presunción, no desvirtuable, de ausencia de culpa”. Por eso se opone a la Jurisdicción Especial para la Paz. Pide que haya unos tribunales que juzguen con pleitesía a los delincuentes de cuello blanco y oficiales militares y otros que cobren venganza a los guerrilleros. Su angustia consiste en que se destapen las historias de muchos crímenes, en lo que su rabo de paja es el más voluminoso. Sus pretensiones de que los líderes de los desmovilizados no puedan hacer política, paguen años de reclusión y de que puedan ser deportados por narcotráfico están diseñadas para que no sea posible el fin del conflicto. Es paradójico que el adalid de la contraguerrilla plantee unas condiciones que fuerzan a reemprender la lucha armada a una agrupación que ha dado muestras inequívocas de querer desmovilizarse. Entretanto, miles de muchachos esperan desorientados en las selvas preguntándose qué hacer con los fusiles y metralletas. En sus propuestas para “el gran pacto nacional” exige que las compañías mineras puedan pasar con apisonadoras sobre las consultas previas y los reclamos de las comunidades indígenas y negras, (Ibidem) entre otras. Pide de todo, confianza inversionista, menos impuestos a los poderosos; en fin, busca imponer una agenda que no se agote antes del 2018. Uribe y sus compañeros de viaje del No plantean todo un paquete de reformas como si quienes rechazaron los acuerdos hubieran avalado explícitamente todo el ideario de estos voceros.

La campaña del No recibió jugosa financiación de grandes empresas, como el grupo Ardila, Seguros Bolívar y Banco Davivienda —del mismo consorcio—, de Alkosto; del Grupo Uribe; de asociaciones bananeras. Pide paciencia, no tiene afán, pues se propone sacarle todo el jugo a su momento victorioso. El riesgo que corre consiste en que se levanten fuerzas que, en defensa del acuerdo, lo desenmascaren como el mezquino incendiario que es y, principalmente, que su afán por echarle a perder a Santos su política, termine enfrentándolo con los Estados Unidos y con los empresarios monopolistas colombianos, que ven en la paz una ocasión dorada para el chalaneo.

Si a Uribe la mentira le dio la victoria, a Santos lo perdió la soberbia. Nunca contempló la posibilidad de que el resultado le pudiera ser adverso, y se embarcó en un plebiscito, jurídicamente innecesario, con el que pretendía dar una paliza a su exjefe y pavonearse como gran demócrata. No prestó atención a las muy altas cifras de impopularidad, de verdadero rechazo a su persona y a su gestión que demostraban las encuestas. Sus oídos solo escuchaban las alabanzas interesadas o de satisfacción de sus lagartos de la Unidad Nacional (que riñen sin parar por canonjías y protagonismos) y  de los partidos anexos, como el Verde y el Polo, o de la aristocracia financiera. Si estos estaban satisfechos, el país entero, por fuerza, estaría dichoso. Apaleó a los camioneros, anunció el alza de los impuestos, provocó a las familias y a las iglesias (muchas de ellas sus antiguas aliadas)  y le otorgó al Partido Liberal la política de paz como su coto de caza para que se labrará el futuro político, así como a Vargas Lleras (que le cocina a Santos el mismo potaje que este le adobó a Uribe) le entregó la construcción de infraestructura y de viviendas. Nombró al desprestigiado expresidente César Gaviria, el de la apertura económica y el de la bienvenida al futuro en tinieblas, jefe de la campaña. Como coequipera designó a la nada pila Gina Parody. La mayor atención se enfocaba en obtener el premio Nobel y en ser la vedette de la “comunidad internacional”. Su máximo esmero se puso en las ceremonias, como la de Cartagena; en sus viajes, como el que hizo a Estados Unidos a celebrar el cumpleaños del funesto Plan Colombia y a firmar uno nuevo con Obama. Preocupado por las almendras tricolores, las cortinas y los potes de mermelada, desdeñó aspectos esenciales del acontecer nacional. No tuvo en cuenta ni siquiera que él mismo había contribuido a crear, durante gran parte de su mandato, un ambiente de histérico rechazo a las FARC, a la vez que negociaba con ellas. El ufano tahúr de póquer no supo jugar sus cartas; antiguo marinero perdió el rumbo y no tuvo plan de navegación alternativa. Dejó la nave al borde del naufragio.

Su discurso fue también engañoso, porque presentó al régimen como el amigo de la paz dispuesto a perdonar a los malhechores, desconociendo la verdad histórica de que si bien las guerrillas han cometido iniquidades y agravios, la responsabilidad principal de la violencia, el atraso y la miseria recae en la oligarquía colombiana, que asociada con los Estados Unidos ha armado bandas de chulavitas y paramilitares para asegurarse los privilegios más abusivos.

Los líderes del Sí mentían también cuando hablaban de la reconciliación de todos los colombianos y de los jugosos frutos de la paz, como por ejemplo que los recursos ahorrados en gasto militar se destinarían a inversión social, siendo que las elites nacionales y extranjeras tienen decidido someter a otro apretón a las gentes. Sin tapujos, el mandatario declara que los corsarios financieros tendrán grandes oportunidades en una nación pacificada. Por eso llevó a cabo el espectáculo de la firma en Cartagena, tomándola como la mejor vitrina para poner en subasta a Colombia.

La guerra que la clase de los poderosos libra contra las mayorías en vez de cesar con los arreglos entre las guerrillas y el régimen, se recrudece. Ahora el demócrata Santos, que recibe los impulsos de fuera, como las marionetas, no sabe si hacer concesiones a los jefes del NO o, desconociendo el plebiscito que él mismo convocó, maquillar los textos y poner en marcha lo pactado. Al dar este paso, sentaría un grave precedente, pues se saltaría los procedimientos con los cuales los partidos y jefes del establecimiento han dirimido sus contiendas de una manera más o menos pacífica. Apresura, necesita salir rápidamente de la encrucijada. Ya ha acudido quejoso al secretario de Estado de Estados Unidos, para que le ayude a apaciguar al pelión Uribe. Además, maniobra con desespero para escindir a los del No. Si aparece desconociendo de manera abierta el resultado y si la propaganda uribista sigue calando en la población, el hoy ocupante de la casa de Nariño puede terminar abriéndole las puertas del palacio a uno de los candidatos de su oponente. Además, la runfla de medidas antipopulares ha de cobrarle la factura.

El dos de octubre puso en evidencia varios elementos importantes de la situación nacional que, en alguna medida, hacen parte de un clima político general. Es dable pensar que hubo un voto de castigo al gobierno, pues la gente desprecia a Santos, porque el sistema de salud es un desastre para los pacientes y sus trabajadores; los niños mueren de hambre, la indigencia prolifera, la inseguridad atemoriza, el transporte público en las ciudades es caótico, la corrupción campea, el salario es magro y el trato atrabiliario… El único servicio que se presta con eficiencia es el del ESMAD.

Pero la votación no muestra solamente la inconformidad. También dejó ver cómo las clases dominantes han venido hundiendo a las masas en la más crasa ignorancia política. Las mentiras más burdas se convierten en dogma de fe, como creer que Santos, el neoliberal, va a implantar el socialismo y a confiscar las propiedades a los ricos. Los medios de comunicación y los dirigentes de las principales banderías manipulan la política con un maniqueísmo de telenovela; de acuerdo con sus intereses ruines, dividen el país entre los buenos y los malos. Las campañas se adelantan echando mano de procedimientos traídos del anuncio comercial, y los argumentos, las razones, los hechos importan cada día menos. La propaganda negra y sus estrategas campean: el afán consiste en estigmatizar la lucha popular y en sacralizar el capital, el sistema de explotación, la concentración de la riqueza. Este no es un fenómeno exclusivamente colombiano, su virus llegó de los Estados Unidos y ha proliferado con rapidez en nuestro medio. Vivimos una época que combina, contradictoriamente, los más vertiginosos avances de la ciencia y la tecnología; es decir, de la razón, de la prueba, del ensayo, con el obscurantismo, o sea, con la cerrazón, el prejuicio, el desprecio a los argumentos y los hechos. Se usan las primeras para impulsar los negocios y mejorar los arsenales y el segundo, para sojuzgar ideológicamente a los pueblos.

Obscurantismo es lo que se vio también en el plebiscito. “La defraudación al elector”, de la que se acusa, con razón, a Vélez Uribe y a la campaña de Uribe Vélez, no es algo insólito: es de la naturaleza misma de la democracia oligárquica. También lo es la financiación de la política por parte del gran capital, que considera sus donaciones a las aspirantes como inversiones, como maneras de comprar a los futuros congresistas o funcionarios del Estado, y por eso muchas veces aporta a los diferentes candidatos, para ganar con sello y con cara. En retribución, los parlamentarios, presidentes, gobernadores, etc. les otorgan contratos a los ricachos, les aprueban leyes a su gusto, también divulgan sus ideas y acolitan los atropellos a los asalariados y campesinos. Es común ver a los gerentes en la alta burocracia estatal, tramitando sus negocios, y a los políticos desempeñándose como ejecutivos empresariales. En síntesis, el Estado es una de las más importantes propiedades del capital monopolista; el maridaje entre este y la alta dirigencia política es la médula de la pomposa democracia colombiana. ¿Qué de inexplicable hay, entonces, en el hecho de que personajes como Uribe y Santos, defensores del mismo sistema social, se peleen por ser los administradores de tan lucrativa heredad?

De ese control hegemónico y de la promesa falsa, del engaño político consuetudinario, de la compra de votos —artimañas indispensables para mantener sujetas las mayorías excluidas—  deriva en gran parte la apatía del elector, su abstencionismo, su completa indiferencia ante el rumbo que se le trace al país. Incluso en asuntos tan cardinales como la paz, la masa percibe que su voluntad no será tenida en cuenta. De ahí que más de veinte millones de ciudadanos se abstuvieron. Como dice Martín Caparrós, el conocido cronista argentino, los que eligen no elegir lo hacen porque no creen que elijan nada.

No obstante los reveses del plebiscito y las marrullerías que exhibió, se escucharon las voces de siempre, las del país de las maravillas, aseverando que se probó la fortaleza de la democracia, su transparencia, las garantías a la oposición, que el voto de los colombianos realmente decide.

La otra verdad a la que dio relieve este proceso es que los líderes colombianos son venales, banales, miopes y voraces. La paz, el bienestar económico de las masas, los intereses nacionales, la democracia…les importan un bledo; prefieren hundir al país antes que renunciar a sus perversos, codiciosos objetivos. Son no solo incapaces de cualquier acto de generosidad, sino ineptos a la hora de prever las consecuencias de sus trapisondas. Su obsesión es lo que los colombianos, con humor y de manera certera, han denominado el CVY, cómo voy yo ahí.

Ahora todos los de arriba se afanan por jugar sus cartas. Los grandes empresarios, que se mantuvieron divididos, indiferentes o expectantes antes de las votaciones, publicaron un documento, firmado, entre otros, por los Sarmiento Angulo, los Ardila Lulle, los Santodomingo. Abogan por “un gran pacto nacional” para alcanzar la paz, y se ofrecen como mediadores. Hablan de cosas cuyo significado desconocen, como “el interés nacional”, “deponer intereses particulares”, “acuerdo incluyente que conduzca a la unidad de la nación”. Ya no existe solo la mesa de La Habana, ahora hay la de Pastrana-Santos, la de Uribe-Santos, la de Ordóñez-Santos, la de Marta Lucía-Juan Manuel, la de los pastores y el gobernante. Hay otras que funcionan en la penumbra, como las del Consejo Gremial con todos los antes mencionados. Hay, pues, mesas, mesillas, tocadores y uno que otro lecho de Procusto. Por lo menos en materia de mobiliario reconciliador, hemos dado un salto.

Claman, pues, el imperialismo, los empresarios monopolistas y medios de comunicación por un pacto de las elites, en particular de los dos personajes que en los últimos 14 años han manipulado y atropellado el país. También la izquierda “radical”, por boca del senador Robledo, se brinda como celestina para restablecer los antiguos amoríos entre el gobernante de hoy y el de ayer.

“Es notorio también que sin un Pacto Nacional no será posible salir de esta incertidumbre indeseable y que ese acuerdo debe incluir, como condición indispensable para su éxito, a las fuerzas que ustedes representan, al igual que a los restantes sectores del país.

“Tienen entonces ustedes el deber y la gran responsabilidad de ponerse de acuerdo en unas formulaciones que les permitan coincidir con el resto del país y con las Farc”.

Aclara con palmaria ingenuidad o disimulada mala fe el senador de la epístola que

“Como es obvio, dicho Pacto no puede incluir nada que afecte negativamente las condiciones de vida y de trabajo de los colombianos ni a las fuerzas que, como el Polo Democrático Alternativo, no estamos representados por Ustedes” (Ibid.).

Y, por último:

“Hago votos para que ustedes no sean inferiores a este reto que les han impuesto la vida y los más altos intereses de Colombia”. Así, el doctor Robledo siembra ilusiones necias de que estos dirigentes se comporten con desprendimiento y grandeza. Él, que perora sobre los profundos cambios que emprendería si lograra instalar sus posaderas en el solio de Bolívar, confía la salvación del país a los mismos que lo han postrado. ¿Quién le metería en la ofuscada mollera la creencia de que estos personajes pueden actuar movidos por altruismo, pensando en la patria o en la gente? ¿De dónde van a sacarlo, si es la única riqueza que no poseen, la de la generosidad, el desprendimiento, la grandeza? No hay que confundir lo prosaico con lo procero. Al parecer, nada aprendió a lo largo de 8 años de  gobierno de Uribe ni durante los casi siete de Santos. Peor aún, la crisis presente, que ha desnudado a estos dos exponentes del bestiario colombiano, tampoco le ha permitido al senador arribar a conclusiones medianamente sensatas. Cómo es posible pensar que sus pactos no vayan a afectar negativamente las condiciones de vida y de trabajo de los colombianos, si ellos no saben hacer nada distinto y en los propios documentos sobre la paz han dejado en claro que se trata de vender al país a la inversión extranjera, de mantener el monopolio de la propiedad de la tierra, de favorecer a las mineras trasnacionales. ¿No ha leído nada el señor Robledo? ¿O le interesa hacerse el desentendido? Quizá logre, eso sí, que el pacto nacional no desfavorezca al Polo, ya, de hecho, ese partido tiene una cartera, la de Trabajo, aunque sea “a título personal”.

Muchos analistas demuestran caletre muy superior al del parlamentario de izquierda. William Ospina anota certeramente:

“que Colombia se vaya preparando para quedar una vez más por fuera del acuerdo entre los dirigentes, que cuando se odian es para ponernos a pelear entre nosotros, y cuando se unen es para borrarnos”.

Le sobra razón a este escritor, pues los acuerdos de las elites siempre han traído consecuencias aciagas al país, no es sino recordar el Frente Nacional.

Tampoco se come el cuento de la actuación desinteresada el escritor Héctor Abad, esas boberías no son para la gente pensante, sino para el Polo becerril:

“Santos y Uribe quieren lo mismo: ser ellos, cada uno, los protagonistas del acuerdo, y que el protagonista no sea su adversario político”.

También Diana Calderón capta la sordidez de las actuaciones de los personajes mencionados:

“Desde épocas de Álvaro Gómez estamos hablando de los acuerdos sobre lo fundamental y lo claro es que aquí lo fundamental ha sido la estrategia de quitarle el oxígeno a la gobernabilidad, desgastar al que ostenta el poder e ir chupándole rueda al que mayores posibilidades tiene de suceder al que se va. O cree tenerlas”.

Ya nos hemos pronunciado sobre la conveniencia de que se pacte y ponga en marcha la paz, no sólo con las FARC, sino también con el ELN, para que disminuya la violencia contra el pueblo y se den condiciones, así sea por un tiempo, algo menos adversas para adelantar las luchas de las gentes laboriosas por sus reivindicaciones políticas y económicas. Por eso llamamos a votar SÍ. Pero no podemos deponer la tarea de desenmascarar los apetitos que se ocultan detrás de la bella palabra paz: ella constituye un campo de batalla y un botín de guerra de los poderosos, cada uno quiere que se pacte en sus términos y para su beneficio, no el de la nación. Lo demás es contribuir al engaño.

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