El reajuste del gabinete de Santos se llevó a cabo con la más cuidadosa milimetría, al punto que incluyó sendos platos de lentejas para los partidos de “oposición” Verde y Amarillo. Se trataba de ganarle respaldo político a un gobierno con los más altos niveles de impopularidad y que vive dos afanes simultáneos: finiquitar el proceso de paz, con el que pretende presentarse como un gran demócrata, y darle curso a la reforma tributaria por la que lo apremian los organismos multilaterales, la cual lo desenmascara como el abyecto agente de los tiburones financieros. Debe reconocérsele el altruismo que demostró, pues en medio de tan apuradas circunstancias, el mandatario sacó tiempo para correr a Londres a enseñarles a los gobiernos del orbe cómo poner freno a la corrupción. 

Contrario a lo esperado, los cambios ministeriales provocaron una serie de reacciones desagradecidas por parte de los diferentes partidos beneficiados, que quieren incrementar el precio de la colaboración, pues se acercan los comicios del 2018 y todos requieren con urgencia aceitar su maquinaria y aventajar a sus socios de la coalición. Además, el régimen santista se encuentra en las postrimerías y es bueno, sin aflojar la mama del presupuesto, tomar cierta distancia, mostrar mayores preocupaciones por “lo social” o acercarse un poco al Centro Democrático, que tiene un caudal nada despreciable. El jaleo fue tal, que se llegó a anunciar que la Unidad Nacional había tocado a su fin. Estos episodios tan grotescos tienen, no obstante, la utilidad de desnudar algunas características sobresalientes de la política colombiana.  

La dirección del Partido Liberal, que perdió el Ministerio de Justicia, el cual pasó a manos verdes, se reunió para anunciar la “revisión” de sus relaciones con el Gobierno, casi a manera de represalia por no haber logrado mejor participación. “Ya que el propio Gobierno ha decidido revisar su nómina, nosotros haremos unos exámenes a nuestras relaciones con el Gobierno”, dijo Horacio Serpa, copresidente de esa agrupación. Sostuvo que no se queja del reciente ajuste ministerial, pero: “Quisiéramos sentirnos mejor representados en responsabilidades de orden social y de comando político, a nivel nacional y seccional”. Y añadió: “Para que digo que no, si sí”. También advirtió: “Estamos en una actividad de colaboración con el Gobierno, pero nos reservamos el derecho de estar en contra.” Explicó que Partido Liberal adoptó una nueva postura de “independencia crítica” frente al Gobierno y a la coalición. Como se verá, no es el único partido que escoge tal actitud: ser a la vez gobierno y oposición. 

Otra causa de la “revuelta” consiste en que el mandatario no incluyó en la terna para la Fiscalía al exvicefiscal y hoy fiscal encargado, Jorge Perdomo, y, en cambio, sí ternó a Néstor Humberto Martínez, quien es agente de Vargas Lleras. El ente de control representa un jugoso botín no sólo porque su nómina está compuesta de miles de cargos, sino porque tiene un presupuesto que permite hacer multimillonarios negociados para saciar a una clientela de diferentes estratos. Además, el fiscal puede favorecer a sus aliados incursos en delitos y presionar a los rivales.

Serpa aseguró que las aspiraciones de Vargas son apoyadas por Palacio.  “Si siguen presentándose una serie de privilegios para determinados sectores políticos, si sigue patrocinándose desde la Casa de Nariño una candidatura presidencial (de Vargas), tenemos que tomar definiciones”, dijo. Con tono enfático advirtió: “Seguir en la Unidad Nacional ya no nos interesa”. Amenazó con que el partido liberal no respaldaría la reforma tributaria que está próxima a presentarse al Congreso: “¿La reforma tributaria para qué es? ¿Para más impuestos a los pobres?”. Y sentenció con cierta ironía: “Todos esos son asuntos por resolver”. 

En todo caso, el enardecimiento del codirector no lo llevó hasta anunciar el retiro de los cinco ministros liberales, ni del director de Planeación, ni de otros altos cargos que ocupa ese partido. Luego, las aguas se calmaron cuando se conoció el nombramiento de Luis Enrique Dussán, ex parlamentario liberal, en la presidencia del Banco Agrario. En un desayuno en la Casa de Nariño, el mismo Serpa anunció que su partido continúa respaldando a Santos.   

Queda claro que más que la “identidad programática”, o la simpatía con las políticas oficiales, o  con el proceso de paz, lo determinante, lo que cautiva a estos partidos es la satisfacción de los apetitos burocráticos que implica, además, ventajas para alimentar la clientela a fin de obtener votos para la próxima contienda electoral, y tratar de llegar a ser directamente los “dueños de la chequera”.

El propio discurso sobre la reforma tributaria cambiará de la crítica de ser “más impuestos para los pobres” a uno de justificación o, incluso, de alabanza, como: “la reforma que requiere el país”, o algún argumento por el estilo, dependiendo de lo que logre apañar en la pestilente partija burocrática. Esas son las “convicciones”, “el ideario” de los partidos que hacen parte de la institucionalidad colombiana.  

El Conservador, que detenta las carteras de Hacienda y Minas, no hace parte de la Unidad Nacional pero también juega a ser gobierno y oposición.

El de la U emitió un quejido reclamando que se le debía reconocer propiedad sobre una mayor tajada: “Somos respetuosos del fuero presidencial en este tema; sin embargo, nosotros, como partido de Gobierno, deberíamos tener más representación en el gabinete”.  

Por su parte, Germán Vargas Lleras utiliza con descaro la Vicepresidencia de la República y el papel  de “coordinador” de los ministerios  relacionados con la infraestructura, vivienda, agua, ambiente, minería, hidrocarburos y transporte, que le asignó Santos.  A Vargas no lo cautiva el proceso de paz, sino que le provoca repulsa, pero calla a fin de mantener a disposición de su campaña muchos billones del presupuesto nacional. A la vez, tiende puentes hacia el mayor enemigo político del presidente: el rencoroso y recalcitrante Álvaro Uribe, con quien está subsanando una enconada enemistad con la mira de contar con los votos del Centro Democrático a fin de derrotar a los eventuales aspirantes presidenciales de sus aliados de hoy, el partido Liberal y el de la U.  

Vargas Lleras es otro de los muchos delfines que tiene que soportar nuestra “democracia” con sus rasgos de cuasi monarquía hereditaria. Los colombianos han tenido que llevar a cuestas la carga de muchos Santos, Lleras, Galanes, Samperes, Serpas, Turbayes, Gavirias, Rojas, López, Pastranas, Uribes... ¡Pobre Colombia! Todos ellos vienen al mundo con el derecho a apoltronarse en las más altas posiciones y enriquecerse con cargo al presupuesto nacional. Pero la situación es más gravosa porque en estas tan encopetadas familias los vástagos reciben los vicios y no las cualidades de sus ascendientes.  

Vargas Lleras, por ejemplo, heredó de su abuelo, Carlos Lleras Restrepo, una tendencia autoritaria, que recrudeció, y la arrogancia que lo hace tratar con patanería a sus subalternos, a quienes desprecia por no ser de su linaje. Grita y patea este malcriado retoño que, según las cuentas de hoy, se instalará en el Solio de Bolívar. Nadie puede negar que el abuelo fuera marrullero, tanto que le robó las elecciones de 1970 a Gustavo Rojas, pero, de otro lado, demostró una cierta erudición; escribió y analizó la economía y la política colombianas en diferentes artículos de la revista Nueva Frontera. El nieto, por el contrario, exhibe la más perfecta opacidad intelectual y no ha demostrado habilidades distintas a las de las artimañas. Se ha dedicado a extorsionar a Santos para obtener toda clase de ventajas con la amenaza tácita de aliarse con Uribe, cuyo sólo nombre provoca culillo al primer mandatario.   

El partido ambientalista Alianza Verde recibe del gobierno del fracking el Ministerio de Justicia, y con críticas o sin ellas, todos los dirigentes aceptan la participación en el gabinete: 

“En la Alianza hay de todo, gobernadores que sienten que tener un ministro de su partido les ayuda a ellos en su función de gobierno, otros que creen que hay que fortalecer al gobierno con un ministro en el tema de la paz y algunos que creen que van a beneficiarse con algo de burocracia por cuenta del ministerio.” 

En síntesis, los apetitos priman, y los que dicen mantenerse en la oposición concilian con los oficialistas. Después de todo, este es un partido de lo más abigarrado, que entra y sale del gobierno —y que cuando sale, los funcionarios se quedan— y por el que han pasado personajes como Antanas Mockus, Luis Eduardo Garzón y Enrique Peñalosa. Es decir, como lo señala Navarro Wolf, en la Alianza hay, y cabe, de todo.   

Clara López también hace parte del delfinato, pues es la sobrina del presidente Alfonso López Michelsen, hijo a su vez de Alfonso López Pumarejo, dos veces presidente de la República. López Michelsen, el tío de la sobrina polista, se enriqueció durante el mandato de su padre negociando en su provecho las acciones de la empresa holandesa Handel, cuyas operaciones en Colombia, que incluían una participación de 60 % en Bavaria, debían ser expropiadas luego de que las tropas de Hitler invadieron esa nación. El avieso proceder le mereció el remoquete del Hijo del Ejecutivo, y desempeñó parte en la caída del régimen liberal. Se hizo luego jefe del Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, se declaró en rebeldía contra el partido Liberal y contra el Frente Nacional. En fin, llamó a “los pasajeros de la revolución a pasar a bordo”, frase con la que terminaba sus discursos. Ya en 1966 entregó el MRL al oficialismo y, en 1967, fue nombrado gobernador del naciente departamento del Cesar y, posteriormente, Canciller: sus treinta monedas de plata por la entrega del MRL.

Cuando fue presidente de la República (1974-1978), su sobrina Clara lo acompañó en la Secretaría Económica de la Presidencia y en calidad de Secretaria Privada. Pasó así la joven López de las protestas de las calles en Estados Unidos, cuando estudiaba en Harvard, contra la guerra del Vietnam, a las oficinas palaciegas de un régimen que masacró a decenas de ciudadanos en el paro cívico de 1977.  Quizás entonces y en la Casa de Gobierno, bajo la amorosa guía de su tío, recibió Clara las primeras lecciones de voltearepismo.  Como sea, ha resultado una alumna aventajada.   

Pensando que el apoyo del Polo a la política de paz de Santos bien vale el premio de un ministerio, López aceptó la cartera de Trabajo. Lo hizo y, además, le brindó al país todo un espectáculo de contorsionismo político. Dijo: “Juan Manuel Santos dio un paso inédito en la historia de la política nacional: nombrar a la jefe de oposición en su gabinete sin que ella tenga que renunciar a su postura crítica.” Agregó: “Lo que está clarísimo en la conversación con el señor Presidente es que no se compromete la calidad de partido de oposición del Polo por el hecho de que yo ingrese al gabinete en función de sacar adelante la política de paz.” Es decir, con el beneplácito de Santos, ¡el Polo será un partido de gobierno y, a la vez, de oposición! Eso demuestra también que Clara recibió con gusto el consejo que le dio Robledo de asumir cargos en el gobierno “a título personal”.

Enseguida informó que: “Lo que va a haber es un debate en el gabinete ministerial, que va a escuchar posiciones que antes no estaban presentes. Habrá una figura de izquierda, independiente, de posiciones para someterlas al libre examen, porque tienen que escucharse, tienen que confrontarse y tienen que buscarse los puntos de encuentro para que todos en esta etapa de tránsito hacia el posconflicto empecemos a reducir la polarización y a encontrar puntos en los que podamos trabajar juntos. Seré una ministra crítica, respetuosa, sensata, ecuánime e independiente.” De tal manera que la hábil dirigente de los amarillos nos quiere hacer creer que las reuniones del gabinete se van a convertir en algo parecido a foros de filósofos dedicados al “libre examen”. Santos se transmutará en una especie de Aristóteles y Vargas Lleras, en Sócrates, para orientar los diálogos de los  ministros-libre pensadores. Nos quiere hacer creer que presidente y vicepresidente y demás altos funcionarios no actuarán movidos por sus intereses y los de sus mandantes —los oligopolios foráneos y locales—, sino que atenderán a las razones por encima de todo. No nos habíamos percatado de que de lo que hemos carecido a lo largo de toda la historia nacional es de una ministra crítica, sensata, ecuánime, que con sus argumentos convenza a los equivocados gobernantes para que no aprueben leyes y decretos que les entreguen los recursos y el mercado colombianos a los agiotistas gringos; la tierra a los grandes latifundistas; la educación y la salud a los grandes negociantes. Dejarán también los derechos del obrerismo. Ahora todo será diferente, gracias a la ministra Clara López. La duda brota del hecho de que a la propia libre examinadora le escurre la mermelada por las comisuras labiales.

Contrario a lo que pregona la ilusionista, el gabinete del postconflicto desatará una de las más crueles ofensivas contra los asalariados, los campesinos y las clases medias. Aparte de la reforma tributaria, se cocina la de las pensiones y el sometimiento del país a nuevos tratados de libre comercio. Las masas, en vez de tragarse esos cuentos deben prepararse para duras jornadas de lucha.

Toca resaltar otro elemento. La nueva ministra de Trabajo se propone “buscar los puntos de encuentro”, “encontrar puntos en los que podamos trabajar juntos”, “reducir la polarización.” El Polo, además de todo, quedó mal bautizado, porque es un partido que quiere, no polarizar, sino despolarizar, según nos dice su presidente en licencia ministerial.

Tiene toda la razón el columnista del Heraldo Oscar Montes cuando sostiene que con el nuevo gabinete nació la oposición gobiernista. O el gobierno oposicionista. Tanto el partido Liberal como el Conservador, los Verdes y el Polo y hasta Cambio Radical son gobiernistas pero “críticos”. Están en el gobierno, pero son de oposición.

Se podrá afirmar que con ello Colombia ha entrado a la era no tanto del postconflicto, sino del postmodernismo. Las fronteras políticas se pierden, se celebra la muerte de las ideologías; a la puerta giratoria que ha comunicado los cargos públicos con los negocios privados, se ha añadido la que conecta al gobierno con la oposición. Nuestros políticos, de izquierda y de derecha, no son gentes dogmáticas, sino pragmáticas, que echan mano de todo bocado que se les ofrezca, que no guardan lealtad a otra causa que a su propio bolsillo y a su carrera de trepadores; en lo cual alcanzan el éxito siempre que sirvan a los poderosos y succionen sin remilgos el tesoro público.

La política que necesita Colombia es muy distinta a la que practican esos partidos. La orientación que se requiere en el país no consiste en buscar  “puntos de encuentro”, “puntos en los que podamos trabajar juntos” con quienes saquean a la nación y oprimen al pueblo. La que urge es una política antagónica a esos depredadores. Por ella abogamos en estas páginas.