La v de la victoria

El 25 de abril el presidente de la República anunció su nuevo gabinete ministerial, al que, denominó, otra vez, de la paz y el postconflicto. El mandatario se esmeró por distribuir las mieles de la alta burocracia del Estado de tal manera que alcanzara para cada una de las muchas bocas hambrientas de los políticos de la coalición y de otros gobiernistas que no pertenecen a ella. Según lo que se ha visto, no logró saciarlas.

Como se había anticipado, designó a Clara López, presidente del Polo Democrático Alternativo, PDA, en la cartera de Trabajo, desplazando de ella al anodino Luis Eduardo Garzón, quien figurará entre los voceros del gobierno en las negociaciones de paz con el ELN.

Los amores de Clara López por el régimen vienen de tiempo atrás. El cuatro de junio de 2014 le expresó su apoyo a Santos para la segunda vuelta presidencial, y el Polo fue decisivo para que Juanma pudiera continuar en el poder. En esa campaña el senador Robledo le dio el visto bueno a la claudicación del partido “opositor” aprobando la fórmula de dejar en libertad a los militantes para votar en la segunda vuelta por el candidato de sus preferencias o en blanco. Fue, en realidad, el aval a la vieja añagaza de los oportunistas de encontrar a toda costa y apoyar a la izquierda de la derecha.

En marzo de 2015, Robledo preparó el Congreso del partido amarillo con la consigna “El Polo no se entrega, mantengamos el rumbo”, mediante la cual daba a entender que se preparaba para librar una gran batalla política e ideológica contra la tendencia gobiernista de López. Tal lucha no se produjo sino que se evitó con otra componenda motivada por las aspiraciones electorales del senador. Ya en la apertura del Congreso, el 16 de mayo de 2015, en el salón Rojo del Hotel Tequendama, mostró que todo su ánimo beligerante se había congelado: “Se volvieron a quedar con los crespos hechos quienes supusieron que el Polo no iba a salir unido de su IV Congreso Nacional”. En otras palabras, dejó viendo un chispero a quienes le creyeron que iba a dar un debate de principios.

En vez de ponerse con polémicas, proclamó con entusiasmo la candidatura de Clara López a la Alcaldía de Bogotá, habló extensamente y con aburridor detalle sobre los exitosos guarismos polistas en los comicios y reveló a la audiencia que el desenvolvimiento del acontecer político hacía casi inevitable el ascenso de su bandería a la primera magistratura de la nación en el 2018. Para todos estaba claro que a Robledo lo derretían desde entonces las ganas de ser el candidato presidencial. Sus ilusos análisis se alimentaban de esas ansias. La unidad se selló, entonces, con el tácito intercambio de respaldos entre los contrincantes de la víspera.

Con palabras de este calibre mostró su seguridad en la arrasadora victoria próxima:

Y para el 2018, el Polo habrá sido capaz de constituir, porque es posible, una gran convergencia nacional, una gran unidad incluso superior a todo lo que nos hemos soñado, una gran unidad que sea capaz no sólo de sacar una excelente votación como las que hemos venido sacando, sino que sea capaz también de derrotar cualquier opción que los juanmanueles se atrevan a atravesar en nuestro camino. (Ibídem)

Explicó que su partido sobrepasará los ocho millones de votos porque:

nuestro Programa, nuestro Ideario de Unidad, que va a ratificar este Congreso, es de tal amplitud, es tanto tan democrático, tan amplio en sus concepciones, que hay que ser demasiado mal colombiano, demasiado vendepatria para no coincidir con lo que allí está planteado. Luego ese programa cubre los intereses y las necesidades de casi toda la nación colombiana. (Ibídem)

Se explayó en la importancia de atraer a los empresarios y de dejar muy en claro que no se propone estatizar la economía. Y ha pasado del dicho al hecho en su respaldo a los oligopolios del azúcar, a quienes les ha colaborado con el apaciguamiento de los trabajadores; en sus promesas al oído de los grandes empresarios de que no fomentará las luchas de los asalariados; a los terratenientes, a quienes ofrece un programa agrario en el que quepan los grandes, los medianos y los pequeños, y en sus coqueteos furtivos pero apasionados con el uribismo. Como el senador no ignora quién decide las votaciones, ha venido destinando cuadros del Moir, que antes se consagraban a colaborar con la organización y la educación de los sectores populares, a ser agentes de la “burguesía nacional”.

De manera que en sus cuentas de lechera es dable pensar que figuren en ese apoyo de “casi toda Colombia”, de quienes “no son demasiado malos colombianos”, el de un Ardila Lulle, de los Santodomingo, y de Sarmiento Angulo, todos los cuales han convertido en “experto” y “analista” en sus respectivos medios de comunicación (NTN 24, Blu Radio, El Tiempo) a un escudero del senador mencionado. Sin embargo, éste debería comprender que una cosa es que los plutócratas propulsen la oposición y la izquierda domesticadas concediéndole unos espacios o que le desembolsen algunos dinerillos y otra, muy distinta, que vayan a ser parte de su “gran convergencia” y a llevarlo en andas a la presidencia de la República.

Sea lo que fuere en materia de delirios, Jorge Robledo ha venido enfilando todos sus esfuerzos y los de su directorio electoral, el Moir, a materializar su sueño y para ello está dispuesto a transgredir postulados y conductas muy valiosas para el trasegar libertario del pueblo.

Así lo demuestra su respuesta al nombramiento de Clara López en el Ministerio de Trabajo. El hecho había sido anunciado a lo largo de varios meses, pues López había afirmado reiteradamente: no estoy lagarteando, pero si Santos me nombra en el gabinete, aceptaré. Imploraba así la inclusión en la nómina oficial. El solo imaginar la mermelada le provocaba a la presidente de los amarillos una salivación más intensa que la que la campana inducía a los perros del experimento de Pavlov. Robledo guardó silencio ante tan impúdicos ruegos.

Por fin, el mandatario resolvió complacer a la ansiosa dama el 25 de abril. El Polo quedó otra vez en una situación que lo ponía a prueba y le demandaba decisiones claras, sin medias tintas: el ser un partido de oposición en el que no caben gentes que están con el régimen o, por el contrario, pregonar la oposición pero admitir a los agentes oficiales. De nuevo optó por lo segundo.

El robledismo publicó una declaración de tres puntos, que luego fue acogida, en líneas gruesas, por el resto del Comité Ejecutivo Nacional, incluida Clara López. En primer lugar, hizo saber que no está de acuerdo con que ella acepte el Ministerio. En segundo lugar, le exigió que renuncie al cargo de presidente del partido y, en tercero, la condicionó a que si aceptaba la Cartera, lo hiciera a título personal.

En el primer punto no se condena la conducta de la designada ministra, simplemente se expresa un desacuerdo. Pero de acuerdos y desacuerdos está hecha la vida de cualquier colectividad y es natural e incluso benéfico que los haya; cosa muy diferente es la reprobación categórica de una conducta que pone en entredicho toda la línea política de un partido. Es lo que no aparece en la declaración ni tampoco en el comunicado oficial del Comité Ejecutivo.

El segundo punto dice que la nueva ministra debe renunciar a la presidencia del Polo, petición del todo innecesaria puesto que ningún funcionario público puede desempeñarse a la vez como directivo político. Germán Vargas dimitió a la dirección de Cambio Radical para ocupar cargos en el gobierno; Juan Manuel Santos dejó la presidencia del Partido de la U, el 5 de agosto de 2010, para asumir la Presidencia de la República. Rafael Pardo hizo lo propio con la jefatura del Partido Liberal, el 11 de diciembre de 2011, para instalarse en la Cartera de Trabajo. Luego ocurrió lo mismo con Simón Gaviria, cuando fue nombrado director de Planeación. Podríamos traer a cuento centenares de casos más.

De tal manera que presentar la renuncia de Clara López a la jefatura como una reprobación no es más que algo engañoso, un intento de exhibir como radical un acto de vergonzosa debilidad; de conciliación con la entrega. Si ese partido y ese senador fueran coherentes con sus prédicas antigubernamentales hubieran entendido que es del todo inaceptable que permanezcan en las mismas toldas los que se presentan como radicales antigobiernistas y quienes se desempeñan como ministros de Estado. Pero como el cálculo electoral es lo que cuenta, se prefiere la declaración sin consecuencias.

En el tercer punto se contemporiza con que Clara López haga parte del régimen neoliberal de Santos, “el peor presidente de la historia”, el de los tratados de libre comercio funestos para el agro y la industria nacionales, el del sometimiento del país a los dictados de la OCDE, el de la postración de la patria ante el imperialismo norteamericano, el de la entrega de los recursos naturales a las multinacionales depredadoras, el de la ley de Zidres. La señora López continúa siendo miembro del Polo y también del gobierno, pero ¡“a título personal”! He aquí un partido cuyos congresos y resoluciones optan por la oposición, pero en el cual los militantes y dirigentes pueden hacer oficialismo, eso sí siempre que sea ¡a título personal! Se trata de la misma fórmula de la segunda vuelta de las elecciones de 2014 y guarda una enorme semejanza con la conducta política de un manzanillo como David Barguil, director del partido Conservador, que no hace parte de la Unidad Nacional, pero que sí detenta unas carteras.

La declaración del senador Robledo y sus congéneres termina advirtiendo que: “ningún integrante del Polo podrá fungir como representante de la organización en el gobierno de Juan Manuel Santos”. Quedan, entonces, autorizados los militantes a correr en tropel a ocupar cargos en el Ministerio de Trabajo o en otras entidades gubernamentales, bajo la condición de que “no funjan como representantes de la organización”…

Así educan a su militancia el Polo y el senador Robledo: el partido defiende la soberanía nacional, pero sus miembros pueden traicionarla “a título personal”. Las resoluciones y las declaraciones públicas abogan por los derechos del pueblo; los miembros del partido quedan autorizados a cooperar con quienes lo esclavizan bajo la condición de que “no funjan como representantes de la organización”. En lugar de inculcar la concordancia rigurosa entre el comportamiento personal cotidiano y los principios, establecieron una ruptura entre ellos.

No hay duda de que el doctor Robledo ha escrito una página cómica e inolvidable del oportunismo político local. Se trata de todo un desarrollo de comportamientos ya consagrados en reconocidos refranes. Como buen parlamentario, el doctor Robledo sabe hacer la ley —en este caso los programas políticos— y la trampa. Enseña cómo predicar y no aplicar y también cómo obedecer pero no cumplir. En fin, adoctrina sobre la manera de ladrarles a los opresores, pero sin llegar a morderlos. Debería erigírsele en el Capitolio Nacional una escultura que dibuje en el rostro el gesto resuelto de la víspera y el recule de la hora de nona (algo similar a la de Bolívar en el Altar de la Patria, en la Quinta de San Pedro Alejandrino, que muestra las tres edades del Libertador, de los escultores Augusto Rossi y Hermeregildo Luppi. En este caso serían las dos caras del prócer Robledo); en el pedestal debería inscribirse en letras doradas: “Este es el insigne legislador e ideólogo que aportó a nuestro pensamiento político el postulado de “a título personal”, que noblemente libró de privaciones y sacrificios a quienes osan desafiar a los poderosos con el verbo”.

Entre tanto, sí que se hace urgente la construcción de un partido que enarbole, sin escapismos bobalicones, las banderas de la nación y el pueblo.