Por Mauricio Florez

1. Contexto e instauración de la idea federalista:

La Patria Boba fue un término acuñado por Antonio Nariño en 1813. Básicamente se refiere a un período de la historia de Colombia en el cual se enfrentaron los defensores del Centralismo, con la Provincia de Cundinamarca y las orientaciones de Antonio Nariño a la cabeza, contra los defensores del Federalismo, en el que destacan las Provincias Unidas de la Nueva Granada bajo la dirección de Camilo Torres.

La expansión napoleónica sobre Europa incluyó a la Península Ibérica como campo de batalla desde finales de 1807 y 1808. En marzo de este último año las tropas de Napoleón entraron sin resistencia en Madrid, momento en el que el Rey Carlos IV había renunciado al trono en favor de su hijo Fernando VII. Y en mayo, mediante una maniobra política y aprovechando la desunión de los Borbones, Napoleón apresó a los miembros de la familia real y los sustituyó por su propia familia Bonaparte, instaurando a José, su hermano, en el poder.

Este suceso desencadenó una crisis de legitimidad en todo el reino español, incluyendo a las colonias americanas, puesto que desaparecía así el sustento del sistema político monárquico. Del mismo modo que ocurría en España, en Hispanoamérica se formaron Juntas de Gobierno, que inspiradas por ideas liberales, apelaron a la Soberanía Popular como forma para legitimar su autoridad y para oponerse al temido dominio francés.

No obstante, en el territorio americano emergieron inmediatamente las agudas diferencias que existían entre peninsulares y criollos, estos últimos discriminados en la asignación de altos cargos públicos. De tal manera, los criollos aprovecharon las nuevas Juntas de Gobierno, para sustituir el dominio español; pero también, para salvaguardar los derechos del reconocido como legítimo soberano, Fernando VII. Y como ya se ha dicho: “cuando la monarquía sufrió un colapso en 1808, los criollos no podían permitir que se prolongara el vacío político; actuaron rápidamente para anticiparse a la rebelión popular”[1] .

En Santafé, capital del Virreinato de la Nueva Granada, desde el 20 de Julio de 1810, los criollos notables instigaron a la población para que exigiera la creación de un cabildo abierto, con lo cual se destituyó el poder de la Real Audiencia y se creó una Junta Suprema de Gobierno, que se autoconsideró como la nueva depositaria de la autoridad. Como primera medida, la Junta señaló la necesidad de llevar a cabo un congreso para elaborar una constitución que consagrara la autonomía provincial bajo un sistema federativo.

El Congreso, que tuvo lugar el 22 de diciembre, fue un fracaso, pues sólo acudieron 6 de las 15 provincias que conformaban el virreinato. Las causas de esta ausencia fueron las diferencias regionales y el recelo general a las intenciones de Santafé, principal provincia del virreinato, que aspiraría a ser una vez más la cabeza de gobierno.

Por las divergencias regionales, la Junta Suprema decidió formar un Colegio Constituyente, el cual redactó una Constitución que consagraba a Cundinamarca como Estado independiente (pero custodio de los derechos del Rey), hacia el 4 de abril de 1811. Esta Constitución se integraba al plan que tenía Jorge Tadeo Lozano, primer Presidente de Cundinamarca, quien pensaba crear una confederación de grandes provincias (Cundinamarca, Cartagena, Popayán y Quito). No obstante, sus ideas fueron combatidas con vehemencia por Antonio Nariño, quien pensaba que la única salida para la posible nueva patria era la unión de fuerzas sociales y económicas y la centralización política[2] .

2. Antonio Nariño:

Su nombre completo era Antonio Nariño y Álvarez, nacido el 9 de abril de 1765 en Santafé, de padre español y madre criolla. Formado en el Colegio Mayor de San Bartolomé. Dejó el colegio por problemas de salud, pero gracias a su interés y a la biblioteca familiar, se convirtió en autodidacta. Más adelante se dedicaría a actividades de negocios, comercio y exportación y se casaría con Magdalena Ortega y Mesa (hija del Administrador de la Renta del Aguardiente).

En los años finales del siglo XVIII logró buenas relaciones con los Virreyes de la época, con lo que llegó a ocupar el importante cargo de Tesorero de Diezmos del Arzobispado, puesto que permitía una especulación con los dineros, situación que Nariño aprovechó. Con un capital económico importante, se dedicó a formar una biblioteca que alcanzó 700 títulos. Con esta base fundó una tertulia literaria llamada “El arcano sublime de la filantropía”. En este ambiente de discusión y promoción del conocimiento, Nariño se animó a traducir y publicar la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789, en diciembre de 1793, lo que le granjeó la enemistad de las autoridades españolas, quienes aún se guiaban por el ideario del Antiguo Régimen y no daban cabida a las modernas ideas de la Ilustración.

Inmediatamente se le confiscaron sus bienes, fue condenado al destierro y a 10 años de prisión en una cárcel africana. En marzo de 1796, el barco que lo llevaba hacia aquel destino arribó al Puerto de Cádiz. En circunstancias confusas logró escabullirse. En los siguientes meses buscó, sin mayor éxito, apoyo para sus planes de insurrección en Francia e Inglaterra y luego volvió a la Nueva Granada convencido de haberse ganado el perdón de las autoridades. Llegará en 1797, con renovadas intenciones de impulsar acciones que apoyaran la independencia, pero por el incumplimiento del indulto oficial será nuevamente retenido y recluido entre 1809 y 1810 por sospecha de conspiración.

Nariño, luego de ser tardíamente liberado (pues muchos miembros de la clase alta criolla del interior temían a este “agitador impertinente” y no compartían algunas de sus ideas), llegó a Santafé el 8 de diciembre de 1810. Publicará entre el 14 de julio de 1811 y el 12 de abril de 1812 el periódico La Bagatela, donde criticará asiduamente la disgregación de las provincias, las ambiciones políticas de oligarquías locales y el absurdo de equiparar los sucesos neogranadinos con los que dieron paso a la formación de los Estados Unidos, que estaban dando al traste con las posibilidades de un fortalecimiento interno para sostener la recién conseguida independencia. Este impreso será su tribuna política, que le permitirá asumir la Presidencia del Estado de Cundinamarca desde septiembre de 1811.

A mediados de 1813, ante el peligro del cerco realista, el Congreso de las Provincias Unidas y el Estado de Cundinamarca, en común acuerdo, nombran a Nariño Teniente General de las tropas destinadas a combatir a los realistas del sur. A pesar de que inició victorioso, en Pasto su ejército cayó presa de una emboscada, fue capturado y pasó los siguientes años en una prisión gaditana. Sólo fue hasta el año de 1820 cuando consiguió de nuevo la libertad, ayudado por sus compañeros liberales españoles. Y de nuevo en América, encontró afinidad de ideas con Simón Bolívar, quien le encomendó la apertura del Congreso de Cúcuta en 1821 y le nombró vicepresidente de la Gran Colombia. Pero cuando fue elegido Senador por Bogotá en 1823, se le quiso manchar su nombre al recordarle públicamente una anterior acusación por malversación de fondos cuando era Tesorero de diezmos. Nariño usó todas sus fuerzas para hacer su defensa y murió en diciembre de este mismo año[3] .

2.1. La Bagatela:

Nariño, convencido de la idea de libertad absoluta americana, del peligro que ésta corría por las divisiones regionales, y del papel que el pueblo jugaría en el nuevo estilo de gobierno, se consagró a persuadir a la población del error de la idea federalista, al mismo tiempo que pretendía inculcar el ideario, normas y valores del pensamiento liberal ilustrado. Su intención era crear desde sus inicios un “Pueblo” moderno, es decir, una comunidad de supuestos ciudadanos que funcionara como base de un gobierno republicano.

Como buen criollo ilustrado, fue consciente de pertenecer a un reducido grupo de personas educadas, los cuales sintieron la obligación de “hablar para los otros, de establecer normas para ellos y ofrecerles expresiones apropiadas que le den el sentido del movimiento e iluminen las mentes de la gente”[4] . Los ilustrados pretendían hablar por el conjunto de la sociedad, creían que representaban sus necesidades y pensamientos y deseaban su apoyo para fortalecer su dominio. Aún así, en un primer momento el conjunto de la sociedad y los ilustrados actuaron unidos. Su unidad tenía como base la existencia de un enemigo común (los chapetones), aunque no compartían un cuerpo de ideas. A nivel local los enemigos fueron los funcionarios del gobierno español que aún estaban montados en los cargos públicos. Para los criollos estos personajes representaban el obstáculo que no les permitía ejercer el dominio del lugar. Para el pueblo representaban el sometimiento y las arbitrariedades de un gobierno tiránico que los tenía en sus manos. Este discurso resonaba en la población como recuerdo de las recientes y aborrecidas reformas borbónicas.

Cuando los criollos se vieron en la facultad de ocupar el poder a partir de 1810, se reavivaron los fantasmas, prevenciones y prejuicios que aquellos tenían de la “plebe”. Relativamente pronto las manifestaciones populares (como la instigada por el criollo José María Carbonel) se convirtieron en arma de doble filo. Los criollos necesitaban el apoyo popular para legitimar su ascenso al poder político. Pero en su mayoría consideraban a la muchedumbre cruel, extremista, excesiva, irreverente, maleducada, irreflexiva y variable. “Inicialmente los criollos habían logrado unir al pueblo señalando a los tiranos como al enemigo común. El pueblo a su vez fue aumentando la lista de sus enemigos y llegó a incluir en ella a los enemigos locales y los atacó en forma que resultó chocante para la mentalidad criolla”[5] .

Aunque Nariño tuvo presente este tipo de reservas, también estaba convencido del poder de la razón para reformar la mentalidad de la gente. “El objetivo de moldear la opinión de la causa patriótica primero y luego la de los distintos grupos implicados en ella, estaba en la base de todos estos esfuerzos”[6] . Estas son las razones que lo impulsaron a publicar La Bagatela.

Siguiendo los postulados de las doctrinas liberales españolas desarrolladas por los jesuitas Francisco Suárez y Juan de Mariana, Nariño consigna como verdadero receptor de la autoridad divina a los hombres reunidos en sociedad, quienes se la confían luego a los hombres que les conviene. Y como desde la desaparición de la Monarquía los funcionarios españoles seguían ejerciendo su cargo sin una base legítima, los tacha de usurpadores[7] Y en contra de ellos apela al legítimo e implacable derecho de la defensa contra la tiranía[8] .

Como alternativa de gobierno al sistema federal que venían impulsando el Estado de Cundinamarca y las Provincias Unidas, Nariño propone un sistema con las ramas del poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial independientes, con injerencia a nivel local mediante la elección popular de personajes ilustrados. Este sistema se acreditaría mediante una “Constitución Republicana Aristocrática Electiva”, que permitiría la unión de las provincias más débiles para hacer contrapeso a las más fuertes, dentro de una forma de división departamental[9] .

Las ideas de Nariño alrededor del pacto social no son de tipo rousseauoniano (francés) sino más bien de estilo escolástico (español), ya que supone un convenio, no entre los ciudadanos para la formación de una república, sino entre el pueblo y el gobierno, este último existente porque el primero le ha conferido su autoridad. A lo largo de la publicación de La Bagatela, Nariño considera que el pueblo es quien debe ejercer el poder. No obstante, la situación específica de “un pueblo novicio en artes políticas”, hace necesario que los reducidos grupos ilustrados se apropien el gobierno; por lo tanto, esta circunstancia debería ser temporal, mientras el pueblo se iluminaba y la patria se fortalecía económica y políticamente. Pero las condiciones de necesidad impedían esta opción. Y por la desalentadora situación política, económica y social de la Nueva Granada, por ahora “no creía viable la efectividad del ejercicio de la soberanía por el pueblo mismo y como muchos criollos no ocultó su temor a la beligerancia popular”{10] . Reflexionaba sobre la imposibilidad del sufragio popular en una nación caracterizada por la incultura y la falta de medios y vías de comunicación entre una provincia y otra.

Una de las mayores preocupaciones de Nariño era inculcar las nociones de “patriotismo” y “bien público”. Por lo tanto, debía luchar contra el argumento de tipo económico que rondaba las calles. Contra la constante duda acerca del beneficio económico que había representado la independencia, Nariño respondía: “[…] el hombre asalariado, así sea por el gobierno, es el menos libre. ¡Creer que la Revolución se ha hecho para que todos tengan empleos, rentas, honores, dignidades y vivan en el ocio, y la opulencia sin trabajar es no tener ni los primeros elementos ni las nociones de lo que es felicidad pública!”[11] . En este sentido también apelaba a los profundos sentimientos religiosos de la gente “el [cristianismo] nos enseña a preferir siempre el bien común a nuestros intereses personales; a dedicarle [a la patria] nuestros trabajos y a sacrificarle en caso necesario nuestros bienes, nuestras personas y nuestra misma vida”[12] . Nariño trascendía la tradicional forma de comprender la “patria”: no era el lugar de nacimiento, el “terruño” o la región bajo el poder de un caudillo local, sino que se trataba de una patria amplia e ilustrada, que necesitaba de los recursos de sus ciudadanos. Nariño promulgaba como la exclusiva y más preciada posesión individual la libertad civil.

La libertad que concebía Nariño, es decir, la libertad civil, se circunscribía a la obediencia de la ley y la defensa de la patria, legitimadas por un pacto social consignado en la Constitución. Y en este sentido sus ideas ilustradas iban en contraposición de los intereses locales, que pretendían continuar las antiguas relaciones sociales basadas en el caudillismo, pero ahora con autonomía regional. Nariño acusaba a la “libertad” que venían desplegando los líderes locales como “libertinaje”, como causa de la división de las provincias y de los hombres, impulsada por “ignorancia o por ambición”.

Consecuente con el pensamiento ilustrado, Nariño defendió a capa y espada la libertad de prensa. Criticaba las medidas tomadas por la Federación, pues en pos de conseguir recursos y restringir la formación de opinión, gravaban fuertemente la producción de medios periodísticos. Y aún cuando siendo ya Representante Nacional de Cundinamarca y llovían las críticas para su periódico, respetó el derecho de sus enemigos a expresarse; cuando tachaban a su gobierno de tirano, él respondía con la existencia del derecho de libertad de prensa en favor suyo.

Por último, falta decir que el alcance del periódico y por tanto de sus ideas no se puede restringir a sus 116 suscriptores, sino que La Bagatela fue leída en voz alta, y su pensamiento pragmático sobre las nociones políticas no sólo se dirigía al reducido círculo de ilustrados sino que pretendía generalizar la comprensión de la política. Mientras que Nariño en un principio era pesimista en cuanto a la recepción y difusión de sus pensamientos, por considerarlos el pueblo egoísta “puras bagatelas”, con el tiempo y a pesar de las criticas de sus compañeros criollos, el “patriotismo fue abrazado por una parte importante de la población. De aquí que consiguiera la presidencia a través de la producción de opinión pública”.

Desde La Bagatela Nariño abogaba porque la Independencia significara para el pueblo algo más que un simple "cambio de amos”. Y advierte: “Nada hemos adelantado. Parece que hemos mudado de amos, pero no de condición”. Sin embargo, fue consciente de la distancia entre el ideal de la soberanía popular y la realidad de las condiciones de la Nueva Granada. Su ideario liberal español (también influido por las ideas ilustradas francesas) y su realismo político sirvieron de puente para dar paso a una ideología moderna, más consecuente con la nueva situación que enfrentaba la sociedad hispanoamericana. Así pues, para formar un “Pueblo” a la medida del Estado por él propuesto, en la práctica se impuso esta idea: “Que por comunidad o pueblo, para los efectos del derecho electoral, solo podrían entenderse como ciudadanos determinados grupos dotados de privilegios tradicionales o de intereses patrimoniales considerables”[13]. Lo interesante en Nariño es que impulsara el desarrollo de nuevas ideas y el progreso general, para los cuales era base y resultado, la independencia absoluta del dominio político español.

3. Se configuran los bandos:

Estos hechos se desencadenaron en Santafé a partir del 20 de julio de 1810, día en que se redactó el Acta de Independencia por iniciativa de José Acevedo y Gómez. Según consta en los documentos, el acta reconoce la autoridad de Fernando VII, por lo que no parece una verdadera declaración de independencia, sino una exigencia criolla de autonomía[14] . Sin embargo, el 6 de agosto de 1810 la pequeña pero activa ciudad de Mompox hizo la primera declaración de independencia absoluta tanto de España como de la cabecera de provincia, Cartagena[15] . Esta última ciudad, que disponía de la mayor fuerza militar neogranadina, reaccionó en enero de 1811, volviendo Mompox a su esfera de influencia. No obstante, debido a la movilización popular instigada por los hermanos momposinos Germán y Gabriel Gutiérrez de Piñeres, la facción regentista de José María García de Toledo perdió autoridad y fue declarada la Independencia absoluta cartagenera, el 11 de noviembre de 1811[16] , que en la práctica se ejerció contra España y contra Santafé. Esta situación se repetiría con similares características entre los pueblos y las cabezas de provincia en distintas regiones de la Nueva Granada.

Las Provincias con aspiraciones federalistas se reunieron días después y el 27 de noviembre firmaron el Acta de la Federación de las Provincias Unidas, entre Cartagena, Antioquia, Tunja, Neiva y Pamplona. Bajo la presidencia de Camilo Torres adoptaron un sistema político inspirado en el federalismo norteamericano. El pacto político se basaba en la defensa conjunta de sus territorios.

Por otra parte, como ya se mencionó, por medio de la movilización popular que Nariño logró con La Bagatela, asumió la presidencia del Estado de Cundinamarca, luego de dimitir Jorge Tadeo Lozano el 19 de septiembre de 1811. Los centralistas adoptarán un ejecutivo fuerte; promoverán la unión y la centralización por la amenaza de la reacción española; a su vez, suscitarán el aprovechamiento de la experiencia política y económica dejada por España en La Nueva Granada y por último, incitarán una lucha sin cuartel contra el caudillismo y las ideas federalistas.

Hay que mencionar las provincias que se mantuvieron leales al rey y al gobierno regentista español. Lo más característico de aquellas fue que encontraron un mayor apoyo en sectores populares tradicionalistas, sumando grupos indígenas y negros esclavos y libertos. Los primeros (en la Sierra Nevada, el Patía y Pasto) fueron monarquistas por considerar al rey como una figura paternal protectora de la voracidad de las autoridades coloniales y los intereses de los criollos. Los segundos fueron movilizados (aunque también en el lado de los independentistas) mediante ofertas de libertad y ascenso social. Los principales centros realistas fueron Panamá, sede provisional del Virreinato y de la Real Audiencia; Pasto, que proclamó el monarquismo más tradicional, radicalizado por los vejámenes sufridos a manos de republicanos y por instigación de las autoridades clericales y criollas, y Santa Marta, Capitanía General del virreinato desde la llegada del peninsular Antonio Montalvo a mediados de 1813.

Con el fin de acrecentar el poder de Cundinamarca y disminuir el de las Provincias Unidas, Nariño apoyará las insurrecciones provinciales de El Girón, San Gil y Vélez. Las Provincias (Tunja, Antioquia, Cartagena, Pamplona, Casanare y Popayán) reaccionarán en un congreso hecho en Villa de Leyva el 4 de octubre de 1812, donde le declararán la guerra a Nariño, acusándolo de dictador.

La acusación de “dictadura” será recurrente en este periodo. Responderá a la falta de efectividad práctica del uso simbólico que se le dio a la constitución para legitimar la autonomía provincial. En estos años aparecerán las Constituciones de Cundinamarca, Cartagena, Tunja, Antioquia, Pamplona, Popayán, Neiva, etc., que en realidad tuvieron poco efecto en el diario vivir, pues iban en contra de las costumbres populares e introducían ideas muy nuevas que no correspondían con el desarrollo social de la época, por lo que los gobernantes debían ejercer su dominio de una forma más personalista. También se adoptó la Constitución liberal de Cádiz en las provincias leales a España. Desde el primero de agosto de 1812, esta última llegó al Virrey residente en Panamá y se propagó a Portobelo, Santa Marta, Riohacha, y por Cuenca hasta Quito, Pasto y Popayán[17] . Por lo tanto, los federalistas usaron este argumento para legitimar el uso de la fuerza contra el centralismo de Nariño, quien hacía lo propio.

4. Guerra civil:

Tras la derrota en Ventaquemada de los centralistas el 2 de diciembre de 1812, los federalistas podrán avanzar hasta Santafé. Sin embargo, al no contar con una poderosa fuerza militar, allí serán derrotados por las tropas de Nariño el 9 de enero de 1813. Luego de este encuentro declararon un acuerdo de paz, que Nariño aprovechará para adelantar la “Campaña del sur”.

En el intermedio Nariño logrará del Colegio Electoral de Cundinamarca la declaración de Independencia Absoluta, el 19 de julio de 1813[18] . Ya seguro de los rumbos políticos del Estado, el 21 de septiembre se hace nombrar Teniente General de las fuerzas de Cundinamarca y las Provincias Unidas, luego de haber renunciado a su cargo de presidente, para responder a la arremetida de los realistas en el sur.

La “Campaña del Sur” se configuró como el primer eje de la batalla contra los realistas. Sin embargo, ya tenía un precedente. En 1811 las ciudades confederadas del Valle del Cauca (Toro, Cali, Caloto, Buga, Cartago y Anserma) se opusieron al gobierno payanés. Con apoyo de las fuerzas enviadas por la Junta Suprema lograron la victoria el 28 de mayo. Pero al enfrentarse con las fuerzas realistas indígenas de Pasto terminaron en derrota el 20 de mayo del mismo año. Por tal motivo, y por el avance hasta Popayán de las fuerzas del Comandante supremo de las tropas reales, Juan Sámano, Nariño se dirigió hacia aquella región, logrando la reconquista de Popayán, donde dejó en custodia a la mitad de sus tropas (1.500 hombres) al mando de José de Leyva. También obtuvo las victorias del Alto Palacé (diciembre de 1813) y Calibío (enero de 1814).

Luego de lidiar con unas supuestas conspiraciones al interior de su ejército, que costaron la partida de los experimentados generales Manuel Campomanes y Manuel Serviéz, el 12 de abril llega al río Juanambú, en el Valle del Patía. Obtuvo una nueva victoria el 2 de mayo. Pero al encaminarse hacia Pasto se encontró con una defensa tenaz de la población y de los indígenas pastusos, cundió el desorden en las filas del ejército y Nariño terminó aislado y capturado. Por distintos motivos salvó su vida y luego de pasar una temporada preso en Pasto, fue conducido a una cárcel española, de donde no saldrá sino hasta 1820.

El otro eje se centró en el conflicto entre Cartagena y Santa Marta. En 1812 la ofensiva samaria logró poner sitio a Cartagena, causándole continuas derrotas que desmoralizaron a sus tropas. Mientras tanto, a mediados de año, los avances realistas hicieron pronunciar juras a Fernando VII en numerosas poblaciones pequeñas del Estado de Cartagena. Pero hacia octubre llegaron varios independentistas provenientes de Venezuela, huyendo por la ocupación española de Caracas. Entre ellos se contaban Manuel Campomanes y Simón Bolívar. Mediante una rápida campaña recuperaron buena parte del territorio invadido por los realistas, se levantó el cerco a Cartagena y se restituyó el comercio por el Magdalena. Las tropas cartageneras ingresaron a Santa Marta en 1813, pero encontraron cada vez más oposición, por las tradicionales diferencias regionales y por los excesos cometidos por Labatut, quien había quedado al frente de la ciudad. Este francés fue obligado a abandonar la ciudad, momento en el cual los realistas aprovecharon para hacer una nueva reconquista, equilibrando las fuerzas en la región.

Bolívar había presentado a los criollos el Manifiesto de Cartagena en diciembre de 1812, en el que planteaba la liberación de Venezuela y su adhesión a un sistema de gobierno centralista. En 1813 se dirigió al Valle de Cúcuta, que había caído en manos peninsulares. Se unió a las tropas locales con las que recuperaron la totalidad del Valle. Aquí se quedó Bolívar hasta mediados de año, preparando su campaña para recuperar Venezuela con el apoyo que le ofrecieron las Provincias Unidas. Pero en la plena operación se encontró con una fuerte resistencia por parte del caudillo de mulatos y zambos, Tomás Boves. Tras el fracaso de su acción Bolívar volverá en 1814.

Al conocerse la suerte de Nariño en Pasto, el Congreso de las Provincias Unidas llevó a cabo un plan secreto para tomarse Santafé. En Tunja, Bolívar fue designado comandante de las tropas destinadas a ocupar Santafé por la fuerza, lo cual efectivamente ocurrió el 10 de diciembre de 1814. Aunque se había conseguido un dominio de la Unión, la indisciplina de Cartagena respecto a las disposiciones generales y las diferencias que se presentaron entre Bolívar y el Jefe militar cartagenero Manuel del Castillo en 1815, desencadenaron una nueva guerra civil que inmiscuyó a la población y permitió nuevas victorias realistas, comandadas por el Capitán General Montalvo.

Estos sucesos obligaron la renuncia de Bolívar a su puesto de comandancia, lo que le hizo pensar a Manuel del Castillo que había logrado la victoria. Lo que no esperaba era que Pablo Morillo estuviera a las puertas de Cartagena.

5. Los inicios de la Reconquista

Mientras tanto en Europa la situación del emperador Napoleón se complicaba, por lo que se vio obligado a hacer un tratado de paz con la corona española en diciembre de 1813. El 14 de marzo de 1814 Fernando VII regresaba a España. El Rey no aceptó los lineamientos consignados por la constitución liberal de Cádiz y hacia el 4 de mayo restableció la Monarquía absoluta. Para América significó un cambio radical en la situación, pues de nuevo las tropas españolas se reagrupaban en pos de retomar las colonias perdidas. Así, pues, Partió de Cádiz una numerosa tropa bajo la comandancia de Pablo Morillo en febrero de 1815.

Desde su llegada en abril consiguieron recuperar Venezuela y arribaron en julio a Santa Marta, que se convirtió en el fortín desde donde Morillo planificó la reconquista de la Nueva Granada. Basta decir que entre el 17 de agosto impuso un cerco a Cartagena, la cual cayó en sus manos el 5 de diciembre.

Bajo la presión de la campaña pacificadora de Morillo, y las constantes conspiraciones contra el gobierno federal en que se veían implicados centralistas y realistas, se hizo necesaria la unidad de mando. Por lo tanto, se decidió eliminar la figura de triunvirato en el ejecutivo, y el 15 de noviembre Camilo Torres será de nuevo Presidente de las Provincias Unidas, cargo que había dejado en 1814. No obstante, renunciará en marzo de 1816.

La campaña pacificadora consiguió el apoyo de numerosos esclavos, quienes recibieron la promesa de ascenso social. Asimismo, entre febrero y junio de 1816 los realistas neogranadinos retomaron fuerzas, que junto al avance de las tropas de Morillo lograron la reconquista de ciudades como Pamplona, Medellín, Honda, Ocaña, entre otras. Así, el llamado Pacificador fue deshaciéndose de los principales instigadores republicanos (los que pudieron escapar se refugiarían en los Llanos) y llegará triunfalmente a Santafé en mayo del mismo año.

Debido a los acontecimientos que rápidamente se desencadenaban en América, en España se Emitió una Cédula Real en abril, con la cual se restablecía el Virreinato de la Nueva Granada, con Francisco Montalvo como Virrey y como sede provisional la ciudad de Cartagena. Y con la toma de Popayán por los hombres de Sámano a finales de junio, se selló la reconquista sobre los republicanos de la Nueva Granada.

6. Consideraciones finales:

En el contexto de la Patria Boba, la minería tanto de oro como de plata y platino, principal renglón en la colonia, se paralizó por falta de brazos. No ocurrió lo mismo con la agricultura. Por ejemplo, la producción de tabaco en Ambalema no sufrió mayores tropiezos. En general todos los dirigentes promovieron el fortalecimiento de la agricultura; se pensaron reformas agrarias, de las que surgió luego, con iniciativa privada la colonización del sur de la Provincia de Antioquia, en el actual departamento de Caldas.

La industria artesanal y de tejidos decayó por escasez de mano de obra y por competencia con los tejidos ingleses. El comercio interno y externo también menguó.

Las numerosas constituciones neogranadinas reflejaron el interés de instaurar el librecambio, la libre empresa, reaccionando contra el odiado monopolio comercial español. La inexperiencia de los nuevos dirigentes afectó la recaudación de impuestos, necesaria para la estabilidad de los gobiernos y para financiar la guerra. La tendencia general fue suprimir los tributos coloniales (como la alcabala, los estancos de tabaco y aguardiente y el tributo indígena), buscando un apoyo popular.

Así pues, como ya lo han dicho varios historiadores, la Patria Boba no fue tal. Fue un periodo muy importante de la Independencia que sirvió como aprendizaje y tanteo de lo que significaba un gobierno autónomo. También configuró e hizo presentes numerosos elementos que caracterizarían la historia del país a mediano y largo plazo.

A través de los estudios que han querido superar la “historia patria”, llena de héroes y sucesos interpretados bajo ciertos intereses de elite, se ha visto cómo la movilización popular llegó a tener un papel importante en las transformaciones políticas de la época. Aunque es cierto que a mediano plazo, “más allá de la mutación del signo político, se impuso la pregnancia de los marcos tradicionales de la memoria”[19] , las actividades políticas que impulsaron los criollos introdujeron las ideas básicas de un marco de pensamiento moderno, que logró modificar algunas prácticas y a establecer unas bases del régimen republicano que se fue configurando a lo largo de del siglo XIX.

La Independencia no constituyó una ruptura total con el pasado; las tradiciones políticas populares sobrevivieron; los estrategas como Nariño o Bolívar impulsaron a su tiempo una independencia absoluta frente a la metrópoli española, aunque sin dejar de lado las tradiciones hispánicas, arraigadas durante cientos de años. Numerosos criollos tenían estas mismas intenciones, pero resaltan los dos personajes mencionados porque tuvieron presente (Nariño primero, Bolívar después) que la única manera de lograr la victoria consistía en llevar a cabo unión política y la centralización económica.

Pero para lograr sus propósitos se hacía necesaria una educación popular. Las condiciones de tradicionalismo e ignorancia de los sucesos ocurridos en Europa le daban un talante localista y conservador a las prácticas políticas populares. Sin embargo, el efecto de los sucesos inmediatos colocaba a la expectativa a toda la población, a la espera de cambios y desenlaces. Un aspecto positivo de lo hecho por los criollos republicanos fue que dieron sustento a unas preguntas, unas inquietudes sobre el dominio político y la legitimidad del poder. De ahí que las sangrientas y represivas acciones de la campaña pacificadora en nombre del rey, convencieran a cada vez más sujetos del valor de continuar un movimiento independentista y autonomista.

Así pues, lo político jalonó esta vez las condiciones sociales y económicas, en aprietos por el estancamiento del desarrollo de la metrópoli, las resistencias populares, y luego por las diferencias regionales y el desgaste de las guerras civiles. Y aún los federalistas, aunque tal vez demasiado tarde, cayeron en cuenta de la necesidad de un gobierno centralizado y de la inclusión social para llevar a cabo sus propósitos.


Notas

John Lynch, Las Revoluciones hispanoamericanas 1808-1826, Barcelona, Ariel, 1983.

El núcleo central de estas líneas se basa en: Javier Ocampo López, La patria boba. Santafé de Bogotá, Panamericana Editorial, 1998.

Una concisa descripción de la biografía de Nariño se encuentra en: Antonio Gutierrez Escudero, Un precursor de la emancipación americana: Antonio Nariño y Alvarez, Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades. Año 8, Nº 13, Primer semestre de 2005.

Margarita Garrido, Reclamos y Representaciones, variaciones sobre la política en el Nuevo Reino de Granada, Bogotá, Banco de la República, 1993. p. 344.

Ibíd. p. 294.

Ibíd. p. 345.

Antonio Nariño, La Bagatela, No. 4. Bogotá, Incunables, 1982

Ibíd. No. 5.

Ídem.

Jaime Jaramillo Uribe, El pensamiento Colombiano en el siglo XIX, Bogotá, CESO, 2001. p. 114.

Nariño, Op. cit. La Bagatela, No. 4.

Ídem.

Jaramillo Uribe, op. cit. p. 116.

Sin embargo encontramos unas líneas que pueden dar la impresión de que esta declaración moderada tenía mucho de estrategia política: “[…] y tanto éste [cuerpo de la Junta de Gobierno] como