Por: Arturo Stevenson.

Introducción

Por causa de la conmemoración del bicentenario de la Independencia, en nuestro país se ha despertado un gran interés por adelantar investigaciones sobre los hechos que marcaron este crucial suceso; sin embargo, en medio de la gran variedad de interpretaciones predomina la repetición de un discurso histórico que busca almacenar en la memoria de los lectores datos superficiales, sin vinculación con el presente, que se limita a un recuento de los acontecimientos sin una perspectiva crítica y al margen de las contradicciones sociales y sus luchas, todo con el propósito de adecuar la historia a los mezquinos intereses de las clases dominantes.

Las investigaciones históricas deben ser la herramienta que permita interpretar nuestro presente sobre la base de conocer el pasado, desentrañando las lecciones que éste nos ha legado; sus claros ejemplos arrojan luz sobre las vivencias de la actualidad. Este conocimiento juega un papel esencial en la formación de una visión crítica y reflexiva para que el lector no tome la historia como algo ajeno a su existencia, sino que entienda que todo lo acontecido en el pretérito ha contribuido en parte fundamental a configurar el presente, y que a su vez, es de primera importancia para su transformación. Que las generaciones de hoy se sientan parte activa de la historia.

A la insurrección comunera muchos le han negado la importancia política y revolucionaria que tuvo para la historia de Colombia, ya que fue el movimiento de masas que inició la resistencia al poder español y es un ejemplo indeleble de valentía y lucha. Cansados de los vejámenes, las medidas despóticas y los gravámenes impositivos, los comunes del siglo XVIII se rebelaron contra la opresión de la Corona y unieron sus fuerzas para demostrarles a sus tiranos que una revolución era posible, porque de la resistencia pasiva se lanzaron a la sublevación armada; la poderosa tormenta de rebeldía que se desató en varias poblaciones demostró, incipientemente, la capacidad de combate de los dominados y fue el primer gran paso hacia la independencia nacional del imperio español, que se consumó cuatro décadas más tarde.

Tiranía y nuevos tributos del gobierno colonial

A finales del siglo XVIII, el pensamiento occidental había acogido en su seno lo que se conoce como el movimiento de la Ilustración, que rompió con las costumbres establecidas, especialmente en el campo filosófico-religioso; se produjo un cambio de interpretación en el que la mente no estaría oscurecida por la fe, pues se abría paso la primacía de la razón. Predominaron las ideas del progreso, del orden ligado al raciocinio y de la importancia de la ciencia, quedando excluidas las simples especulaciones sin comprobación y el fanatismo religioso; en pocas palabras, este periodo abandonó la tradición medieval y afianzó el ascenso de la modernidad.

Fue la misma época que engendró el despotismo ilustrado y el absolutismo como formas establecidas de gobierno, en la que la sociedad quedó reducida completamente a la voluntad y antojos del soberano. En esta corriente de tiranía estaba inmersa la Corona Española, que para el año de 1776 tenía en su trono a Carlos III (1759 - 1788), heredero de la familia de Borbón[1] , el cual se adjudicaba el grado de ser hijo del Siglo de las Luces, sometiendo al pueblo con sus reformas y opresiones; las colonias americanas vivieron palpablemente estos abusos de poder, encarnados en nuevos tributos y coacciones.

En Cartagena, el 10 de febrero del mismo año, tomó posesión del virreinato del Nuevo Reino de Granada, Manuel Antonio Flórez, miembro de la Cámara del Rey y Teniente General de la Real Armada. El progreso material llamaba la atención de este virrey, así que en sus primeros años de gobierno dedicó parte de los gastos a edificar hospicios, ayuntamientos, puentes, hospitales, nuevos caminos y a mejorar los que ya existían. Dio especial importancia a la construcción de nuevas iglesias en procura de instruir en la fe cristiana. Estas medidas fueron consideradas inconvenientes por la corona, cuyo fisco se encontraba en decadencia. Por ello, y ante la obstinación de Flórez, envió a Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres con el carácter de Visitador-Regente con plenos poderes para someterlo.

Para el año de 1779, España declaró la guerra al Imperio británico. “Las necesidades del conflicto llevaron a la Corona a una política fiscal muy gravosa para la Nueva Granada ante la cual se estrellaron, anulándose, las iniciativas benéficas de Flórez, lo que vino a darle un curso bastante agitado a lo que en un comienzo pareció ser una pacífica administración”[2] . Las batallas navales en el Atlántico y la cercanía de las embarcaciones inglesas por las costas coloniales, obligaron al Virrey a trasladarse a Cartagena para la defensa costera. Por tales circunstancias, el visitador-regente Piñeres quedó encargado del gobierno en agosto del mismo año, con lo que tenía el camino libre para llevar a cabo las imposiciones tributarias al pueblo granadino, llamadas “Reformas Borbónicas”, las cuales tenían como objetivo acrecentar las ganancias para la Corona. Así, el 12 de octubre de 1780 expidió la Instrucción General para el más exacto manejo de reales rentas de Alcabala y Armada de Barlovento; esta minuciosa ordenanza obligaba a pagar dos grandes tributos: el primero, conocido desde antes como Reales Cédulas, rezaba que desde ese momento todos en la colonia tenían que pagar una contribución para ayudar a sostener la Armada de Barlovento[3] , pues se hallaba superada en número y había sufrido grandes bajas en las batallas por el control de los corredores marítimos del Caribe. El impuesto se denominaba sisa, con una suma fija o con un tanto por ciento dependiendo de las capacidades del tributario. El otro gravamen dispuesto por Piñeres se llamaba Alcabala[4] , dividido en quince clases que obligaba a todos según su oficio, su producción y sus propiedades a pagarle al virreinato por cualquier trato; además, aplicó gravámenes a las importaciones, a las ventas de ropa, azúcar, conservas, panelas, miel, dulces, cacao, frutas, cueros y jabón; a las pulperías, tiendas de mercaderes y carnicerías; a los ganaderos y hacendados por sus ventas y cambios; a las actividades de finca raíz; a la almoneda y venta de contratos públicos; a los transeúntes o forasteros que mercadeaban; a los artistas en el oficio que ejercieran; a los arriendos; a las penas pecuniarias.

Para ejercer un control riguroso se obligaba a llevar la guía, documento contable y administrativoverificado periódicamente, el cual si se cumplía con autenticidad, se procedía a dar una certificación conocida como torna-guía. A cargo de la verificación de estos documentos, estaban los intendentes, los cuales eran considerados indeseables y engreídos, ya que en su mayoría eran criollos que denunciaban a sus propios coterráneos ante la Corona, sin importarles los daños y los hurtos que se hacían al pueblo. Estas cargas tributarias incrementaron notoriamente las rentas, monopolizaron el negocio del aguardiente y el tabaco, elevaron el precio de la sal, los productos agrícolas y los costes por uso de caminos de herradura. A su vez, se creó la figura de intendente y se otorgó poder al cargo de visitador-regente. Estas reformas afrentosas para los casi novecientos mil habitantes del virreinato se dieron entre 1780 y 1781.

Descontento del pueblo

Tales ordenanzas rentísticas produjeron el descontento general de los pobladores, se empezaron a oír voces de protesta y agitación por las cargas. Las quejas que se hacían en los pueblos a los cabildos fueron inútiles, y como respuesta a estas reclamaciones, se agravó la mala conducta y el despotismo de los guardas y administradores; sólo imperaba el derecho a pagar los tributos. La opresión llegó a tal extremo que la insurrección y el desconocer la autoridad del virreinato y la de sus agentes se denominaba negro crimen de lesa majestad, el cual era castigado con la pena de muerte. Todas estas medidas dieron origen al sentimiento de justa rebeldía contra los dominadores; el grito de levantamiento nacía en los oprimidos.

La población en el virreinato era analfabeta en su mayoría, pero no por ello aceptaba con beneplácito las perniciosas condiciones que imponía el regente, tanto por el mal gobierno como por la arbitrariedad de los españoles en los cargos de importancia. En aquel entonces, todos los puestos públicos de alto nivel eran ocupados por españoles, lo que a los criollos ilustrados hartaba, pues existían personas que serían capaces de dichos menesteres, pero su condición de nacidos en América les negaba de por vida tal aspiración.

Las imposiciones y rentas afectaban a mestizos, blancos, negros e indios, indistintamente del sexo, pero en especial a los grandes propietarios de tierra, esclavistas, artesanos y comerciantes. El tributo para la Armada de Barlovento o impuesto a las ventas castigaba severamente a miles de habitantes, entre los cuales crecía el rumor acerca de que la guerra era ajena a su pueblo y por ello no tenían la obligación de pagar ese gravamen. Por otro lado, la expansión fabril y artesanal, el desarrollo de la pequeña industria, el comercio y sus relaciones se veían estancadas por tan extendidos tributos[5] .

Con respecto a los indígenas, que conformaban gran parte de la población de la época, las imposiciones eran exacerbadas, pues aunque existiera en las “Leyes de las Indias” la declaración de libertad para ellos, eran tratados peor que los esclavos, eran siervos de la tierra, les robaban sus territorios con violencia, no respetaban sus tradiciones y cosmogonías, y eran señalados por los españoles como seres inferiores; a su vez, pagaban un alto tributo a la corona, que en ocasiones no podían costear, lo que por edicto virreinal se condenaba con trabajos forzosos. Los indígenas estaban subordinados al yugo español, por lo que su sublevación fue de gran importancia para fortalecer el movimiento insurrecto que estaba levantándose contra los abusadores.

Casi al tiempo con la incipiente insurrección del pueblo en la Nueva Granada, sucedió el levantamiento en el Perú de José Gabriel Condorcanqui Tupac Amarú, (1740-1781). Este líder indígena ordenó el ajusticiamiento del corregidor de Tinta, Antonio de Arriaga, acusado de diversos abusos; puso sitio al Cuzco, cuya rendición trató de negociar invocando su condición de soberano legítimo del imperio Inca; abolió el servicio de los indios, particularmente el trabajo forzado en las minas, suprimió las contribuciones a la Corona y defendió la presencia de los indígenas en trabajos oficiales. Como consecuencia, Tupac Amarú fue juzgado por el virreinato del Perú y decapitado el 18 de mayo de 1781, después de presenciar la ejecución de su esposa y de su familia. No obstante, el levantamiento Inca del Perú y la figura de este valeroso líder, cruzaron fronteras y se extendieron por todas las colonias españolas en América, lo que motivó a miles de nativos a emprender la lucha contra el despotismo y a reivindicar sus derechos, desde siglos usurpados con sevicia.

Comienza la insurrección

La comunicación de las ideas fue de vital importancia para emprender la sublevación del pueblo. El programa político del levantamiento se expresó a través de varios documentos conocidos como, Nuestra Cédula, La Santísima Gaceta o El Superior Despacho, estos criticaban la dominación colonial y manifestaban la aspiración a la autonomía; exigieron el derecho a la protesta y a la rebelión y denunciaron la situación de los indígenas.

También expresaron la necesidad de la liberación y la toma de Santa Fe, la rebelión contra las Alcabalas y el impuesto a las ventas; se inculcaba a los indios, campesinos y criollos, el ideal de independencia; se encargaba de expandir noticias que anunciaban la insurrección como un hecho de carácter continental, describiendo el levantamiento de Tupac Amarú en el Perú como un ejemplo de unión de intereses de las colonias contra el poder español. Los documentos sirvieron como medios para fortalecer las banderas de lucha, para cimentar las razones reivindicativas y para difundir la idea de que era justa la revolución.

Dadas las condiciones oprobiosas, las dichas proclamas causaron en los últimos meses de 1780 motines contra los guardas de la renta del tabaco en Simacota, Mogotes y Charalá, pero no fue sino hasta el año siguiente año en que grandes cantidades de personas se dispusieron a enfrentar el mandato español, sin temor a las consecuencias.

Fue para el 16 de marzo de 1781 cuando se emprendió la insurrección en la valerosa ciudad del Socorro. Era el día de mercado, por lo tanto muchos de sus pobladores se encontraban por las calles y en la plaza central en procura de suplir sus necesidades y de comerciar sus productos que en su mayoría eran agrícolas; se pasaba la tarde como cualquier otra. Algunos estaban al tanto de que aquel día se iban a imponer los nuevos tributos al virreinato, por ello y con decisión abnegada, varios hombres entre los que se encontraban José Delgadillo, Roque Cristancho, Ignacio y Pablo Ardila, irrumpieron en la plaza al retumbe de un tambor; se pararon al frente de la Alcaldía con la audacia de los hombres que quieren desafiar a sus gobernantes; comenzaron con viva voz a expresar que no pagarían los impuestos que tanto los iban a perjudicar. Al ver el pueblo el coraje de estas personas empezó a congregarse para escucharlos. Eran campesinos, artesanos, comerciantes e indígenas, mujeres y hombres, gentes pobres. En ese momento, el Alcalde José de Angulo y Olarte, indiferente al clamor de la muchedumbre, leyó el edicto sobre impuestos, lo que instantáneamente desató en los presentes la ira que crecía como una ola agigantada; no obstante, las palabras del gobernador fueron respaldadas por Salvador Plata, uno de los principales acaudalados del Socorro, manifestando que se debían obedecer las órdenes del Regente, emanadas de legítima autoridad. Pero las voces de los oprimidos se multiplicaban y las arengas por primera vez perdían el respeto a sus dominadores. De entre el tumulto y los gritos indignados se adelantó una heroína, pues no existe apelativo mejor, llamada Manuela Beltrán, una humilde vendedora de víveres que con ímpetu rompió en pedazos la Real Cédula y el Edicto con las nuevas contribuciones y las lanzó al aire; el pueblo reunido estalló en aplausos y vivas gritando: “Viva el Rey, abajo el mal gobierno, no pagaremos el impuesto a Barlovento”.

En la simple acción de esta gallarda mujer se concentraban siglos de molestia acumulada, de ira de un pueblo que había sido explotado y reprimido sin consideración; cansado de tributos y rentas a la Corona, a los corregidores, a los encomenderos y a la Iglesia; fastidiado de la arrogancia de los españoles, de sus soldados y sus administradores; harto por el sometimiento y discriminación que el reinado español infligía a todas sus colonias. Manuela Beltrán prendió la chispa de rebelión contra los opresores.

El pueblo no paraba su frenesí, se paseaba por las calles, se reunían más personas con bríos de rebeldía. El cabildo y su Alcalde entraron en pánico y de inmediato suspendieron el cobro de los nuevos tributos y aceptaron las condiciones que la plebe demandaba; pensaban que esta asonada no iba a durar mucho y que el apoyo de los corregimientos realistas cercanos socavaría esta insubordinación por medio del suplicio y la muerte.

No obstante, pocos días después, el 23 de marzo en San Gil, los pobladores conociendo lo ocurrido en la región y con los arrojos de la inconformidad, se reunieron en la plaza central e igualmente rompieron el edicto, por lo que los guardas reales los atacaron, pero los vecinos sometieron a los españoles y declararon que no pagarían los impuestos. La resistencia se expandió por pueblos como Simacota, La Robada, Pinchote y Guadalupe.

El levantamiento por los rededores fue cogiendo impulso, las clases populares aunaban fuerzas y los criollos adinerados se vieron abocados a seguir la aspiración general; varios hacendados instruidos dispusieron una gran reunión, precisamente en el lugar donde se inició la revuelta. Fue así como el 16 de abril de 1781, más de cuatro mil personas se dieron cita en la plaza principal del Socorro con el firme propósito de organizar la lucha contra el mal gobierno español. El momento estaba dado; se leyeron versos escritos por Jorge Lozano de Peralta alusivos al pueblo del Socorro, que manifestaban bellamente la gallardía de sus gentes, incitaban a la sublevación y a la unión contra la opresión de sus gobernantes:

Por Dios, Socorro, no dejes vuestra empresa, ya que muestras el rostro destocado, pues á tu sombra irá nuestra cabeza, hasta el fin del intento precipitado. No temas de ninguno la fiereza, pues todos, aunque ahora de tapado, estamos renegando de la carga, que llevamos á cuestas tan amarga”.

“Por el Socorro nos viene la ventura y al Socorro tenemos que acogernos, que por fin el Socorro y su cordura sólo camina al fin de socorrernos, y pues este ha de ser blasón eterno !Viva el Socorro y muera el mal gobierno!”.

Los versos desataron el entusiasmo de los presentes, incitándolos a quemar los ramos reales y los archivos del cabildo. Se dice que estos escritos versados fueron la inspiración de los comunes y por ellos se siembra la semilla de la independencia.

“El pueblo hasta entonces humilde, sufrido y sumiso, había conocido por primera vez su fuerza, había ensayado la resistencia, y no eran efímeras concesiones las que podían apaciguarlo. Veía en perspectiva la miseria, había respirado los aires de la libertad (…) la insurrección debía tomar proporciones gigantescas”[6] .

En ese momento se tenía el arma principal para cualquier intento de revolución: miles de personas enardecidas y dispuestas Ahora lo que faltaba era organización y liderazgo. Para ello, los grandes hacendados reunidos propusieron formar una junta llamada común --de ahí el nombre de los comuneros--, en la que se estipulaba el nombramiento de capitanes generales; se prohibieron los hurtos, la destrucción insensata y la quema del tabaco; se ordenó que en todas las regiones sublevadas se eligieran capitanes que organizaran las gentes y recolectaran armas, ya fueran azadones, lanzas, machetes, hondas y arcabuces; se creó la figura de administrador para atender los gastos de la guerra que se avecinaba. Los capitanes más importantes fueron, Juan Francisco Berbeo, José Antonio Estévez, Antonio José Monsalve y Salvador Plata.

Se ganaba terreno diariamente. Donde aparecía la chispa de los comunes, se rompían las puertas de los estancos, se derramaba el aguardiente y se quemaba o regalaba el tabaco pero, como lo comprueban los documentos, en ninguna parte se cometieron robos ni asesinatos contra los coterráneos.

El rumor de la insurrección llegó hasta la Real Audiencia en Santa Fe, por lo que esta asumió de inmediato una actitud guerrerista; se prepararon 50 alabarderos, 30 guardas con fusiles, ocho mil pesos y veinte mil tiros, comandados por el realista Joaquín de la Barrera. En la Capital se pensaba que el alboroto era de pequeña proporción y que esta centena de hombres podría acabarla; asimismo, enviaron al oidor José Osorio, para conciliar con los hacendados ricos. Esta comitiva salió de la Capital el 18 de abril y se establecieron en Puente Real, actualmente Puente Nacional.

Juan Francisco Berbeo preparó la resistencia; movilizó a cientos de hombres a los pueblos de Oiba, Moniquirá, Mogotes y Charalá; Destruyó los puentes y colocó guardas en los principales caminos, lo que dejaba como único paso de herradura la senda del puente de Oiba, la cual dispuso una fortificación con parapetos y fajinas. En total, los comuneros alistados llegaban a cuatro mil, sin embargo, solo tenían machetes, palos, hondas y unas cuantas armas de fuego. En este contexto, los alzados en armas tenían todo para ganar, solo era necesaria una clara y audaz estrategia.

El 7 de mayo, se movilizaron a los rededores de Puente Real, donde acamparon las huestes del común, conociendo de antemano que los representantes de la Corona estaban allí. La capitanía general decidió que un ataque directo no sería conveniente y los haría ver como unos salvajes sin fundamento, así que enviaron a un comisionado para que se concretara una reunión de las partes en el campamento, con el fin de que se conocieran las razones de la sublevación.

El oidor Osorio y algunos delegados aceptaron el ofrecimiento, el cual se dio en el campamento con extremadas reverencias hacia los representantes reales; el lastre de la servidumbre seguía latente en las acciones de los hacendados agentes de los comunes. Sin embargo, ante los miles de vecinos iracundos, la comisión española prometió la misma cabeza del Visitador-Regente con la condición de que depusieran las armas; no se llegó a ningún acuerdo.

Al día siguiente, las cosas se caldearon y el pueblo quería acción antes que diálogos infructuosos. Un joven fue el que inició la revuelta; despuntando el alba llegó jadeante y dispuesto a la plaza central de Puente Real, llevaba una camisa harapienta. Con viva voz anunció al frente de la alcaldía que sino se rendían quemaría todo el pueblo; lo dijo tres veces sin recibir respuesta. Luego, él mismo, ya acompañado de varios comuneros lanzó una tea al tejado del domicilio. Este hecho asustó a los alabarderos españoles y los hizo disparar contra la horda encendida, pero los comunes los sometieron luego de algunas bajas de lado y lado. Los realistas que quedaron se rindieron y otros que venían de Villa de Leiva se unieron a los comunes. Al notar esto, los delegados de la Corona huyeron amparándose en la casa cural. Ya a las diez de la mañana, los comuneros habían tomado el control, quemron el Escudo de Armas y el pendón Real y colocaron en custodia al Oidor Osorio con las mayores consideraciones.

Puente Real se convertía así en el fortín de los insurrectos; llegaron capitanes de otras regiones con cientos de hombres. No obstante, sus líderes, entre ellos Berbeo, dudaban del éxito de esta empresa. Llegaron a expresarle al oidor Osorio que sería coronado Rey de este nuevo territorio con sede en el Socorro; él, con la mayor diplomacia y prudencia rechazó tal propuesta, pero consiguió un salvo conducto para trasladarse a Chiquinquirá, escoltado por los mismos comunes.

Los capitanes comuneros eran hacendados pudientes, instruidos y acostumbrados al vasallaje, no tenían confianza en el pueblo y guardaban total sumisión al Soberano. Tanto así, que escribieron al virrey una misiva que explicaba sus actos con tono reverencial y dócil En pocas palabras, fue una explicación cual niño que busca perdón de sus padres por un acto equivocado, implorando clemencia y compresión; además, escriben una nota que expresaba que los capitanes del Socorro se vieron inmersos en estos desmanes por estar presionados y forzados, aseverando que ellos siempre habían guardado obediencia y fidelidad al Rey. De hecho, esta mentalidad de los líderes comuneros fue la causa principal de que tan magna intención del pueblo se viera envuelta en conciliaciones y diálogos con tan funestos fines, meses después.

Más allá de esta subrepticia inocencia de los capitanes ante la Corona, el triunfo en Puente Real produjo efectos en las masas, razón por la cual, aquellos que se lavaban las manos no pudieron sustraerse al compromiso y, al ver a tantos miles alborotados pidiendo la toma de Santa Fe, continuaron con la insurrección. No todos los capitanes tenían doble faz, algunos querían establecer un ejército de independencia y libertad, entre ellos se perfilaba José Antonio Galán.

En Puente Real se organiza la milicia. Se crea el Concejo Supremo de Guerra a cargo de los capitanes del Socorro, siendo comandante general Juan Francisco Berbeo y Joaquín Fernández Álvarez secretario de Estado. Expidieron ordenanzas para las tropas, asumieron los tributos de la Real Audiencia como sostén económico; se establecieron como la autoridad principal en los pueblos sublevados. Ahora el propósito era tomarse Santa Fe.

A todos los capitanes de los pueblos cercanos se les dirigió una carta para que se movilizaran hacia Tunja, con los hombres y menesteres disponibles para la batalla; el ambiente expresaba el clamor de independencia. En Tunja la movilización fue sin precedentes, miles de mortales marcharon, y en su encuentro, se vivieron momentos fraternales; estaban congregados en la plaza de armas, entusiasmados y embebidos por esta grandiosa expedición hacia la libertad; cada vez que llegaba un nuevo corregimiento era recibido con aplausos y arengas. La energía de la unión y la justeza de su protesta hicieron de este movimiento un ejemplo del sentir revolucionario.

Más y más pueblos se unían a la causa; la magnitud de la movilización fue tal, que ocupaba el territorio desde el Táchira hasta los rededores de Santa Fe. Se ampliaba el número de combatientes en cada pueblo por el que pasaban; la gente los veía con incredulidad, pues nunca se hubiesen imaginado que el mismo pueblo se atreviera a levantar la voz contra el poder intocable de la Corona.

Días después, el lugar de ocupación de las huestes comuneras era un llano cerca del municipio de Zipaquira. En este sitio de acopio recibieron una grata sorpresa ; cientos de indios sublevados con la comandancia de Ambrosio Pisco, descendiente de los Zipas, resuelven incorporarse a las fuerzas de Berbeo. La noticia del encuentro de fuerzas se propagó como el viento y, en pocos días, indios de Nemocón, Chía, Guatavita, Guasca, Tabio, Bogotá, Tenjo y Suba se unieron sumando cuatro mil combatientes a la insurrección.

Ambrosio Pisco fue nombrado comandante de los indígenas y en una reunión con el Concejo de guerra de los comunes, en la que el líder autóctono expresó el interés de su pueblo, declaró la abolición de los tributos a la Corona y otorgó la propiedad de las minas de sal a quienes habían trabajado en ellas. Sus palabras entonaban el deseo de reivindicación por los cientos de años de esclavitud y usurpación.

En total más de veinte mil hombres se ubicaron en este llano. Por tal razón, cundió la alarma en Santa Fe, no podían creer que tantos rebeldes estuviesen tan cerca, así que como cobardes, los tiranos emprenden la fuga. El primero en hacerlo fue el visitador-regente Piñeres, huyó con sigilo y en la noche, a una finca de propiedad virreinal ubicada en Honda; luego, con pocos hombres y vestido como un vecino cualquiera atravesó el Magdalena hasta la ciudad fortificada de Cartagena, reducto de la Colonia.

Antes de irse tomo precaución para que no lo capturaran, envió un comisionado con una falsa ordenanza que dictaba la suspensión del impuesto a Barlovento y la disminución de un considerable porcentaje de los tributos de Alcabala; a su vez, asignaba una fecha para encontrarse con los insurrectos en el cabildo de Zipaquirá. Todo fue un embuste de este tiranuelo, los únicos que estaban por llegar fueron el Arzobispo don Antonio Caballero y Góngora con unos representantes españoles de la Real Audiencia; su propósito era ralentizar a los comunes, mientras en la capital se preparaba la defensa. Para ello se dispuso de todos los realistas, sumaban 640 soldados con un poco más de 200 armas de fuego y 300 caballos; fortificaron las entradas, el ayuntamiento y se aprovisionaron de víveres y pólvora.

Para el grueso de los comuneros las cosas no debían esperar, la chispa estaba encendida y la incertidumbre la haría contraer. Así que, antes de que llegara la comitiva Real y eclesiástica, con la ayuda de algunos pobladores de Zipaquirá se tomaron el estanco y el Cabildo. A su llegada, el Arzobispo intentó disuadirlos arguyendo la excomunión de los presentes, pero ni su alto cargo clerical pudo con esta asonada sin precedentes.

Al Concejo de Guerra le trajeron la noticia de que Santa Fe se estaba preparando para la defensa y como estrategia militar decidieron cortar la comunicación entre Cartagena, bastión realista, y la capital; para tal tarea, se necesitarían hombres preparados en batalla y la comandancia de un líder comunero. Por esto, se declaró capitán de la compañía a José Antonio Galán, hombre de armas tomar, ejemplo de lucha del que toda revolución quisiera disponer. Este humilde campesino no era una persona letrada ni orador, pero tenía presencia aguerrida y voz de mando, estaba dispuesto a dar su vida por la causa y su valentía fue elogiada con los más altos honores de la insurrección.

Se escogieron sólo 25 hombres al mando de Galán, en caballos y armados de arcabuces y machetes, se dirigieron a Facatativa para después llegar a Honda. No obstante, infiltrados avisaron a los realistas, que enviaron 60 hombres experimentados para que eliminaran la cuadrilla de Galán. Esta pequeña compañía de comunes andaba con prudencia, sabían de antemano que su fortaleza era la sorpresa y la acción premeditada. Eso lo entendía muy bien aquel gallardo comandante. En consecuencia, se ubicaron en unas cuevas cerca de Facatativa, esperaron pacientemente el paso de sus enemigos y con gran habilidad militar les tendieron una emboscada exitosa; se apropiaron de sus armas -tan escasas en los comunes-, de sus caballos y pertrechos. En el alto del Roble, camino hacia Honda, asaltaron inesperadamente a los conductores de un armamento pesado que había enviado el virrey, apoderándose de tan indispensables suministros.

José Antonio Galán siguió su camino victorioso y alistó a varios hombres en cada corregimiento Llegó a disponer de más una centena, con los cuales ocupó Guaduas con una destreza elogiable. Estas victorias fueron aclamadas por los comuneros como baluartes de lucha y otorgaron el argumento fehaciente de que la revolución de independencia era posible. La fama de José Antonio Galán creció exponencialmente, la gente lo encomiaba como un comandante insigne y hombre que hacía temblar a los españoles.

Mientras tanto, el Concejo Supremo de Guerra, al mando Berbeo, acampó en un lugar llamado el Mortiño, a unos minutos donde estaba la concentración de gentes. Estos hacendados desde un comienzo dudaron de la empresa libertadora, de la capacidad de los miles reunidos a los que consideraban como una horda desordenada, sin experiencia militar, y que estaban allí por la moción general de levantarse. Era cierto que aquellos hombres no eran soldados y muchos ni siquiera habían disparado un mosquetón, sólo eran campesinos humildes e indígenas esclavizados pero, no por ello, se debía desvalorizar el fulgor de batalla que unía sus corazones y los bríos de libertad que tanto deseaban; pero la miopía insensata de los generales del común los hizo temerle a esta insurrección, que crecía y que estaba a punto de salirse de sus manos, por ello, antes de que ocurriera, Berbeo propuso la discusión de las capitulaciones.

Las capitulaciones

Estaba reunida la capitanía general de los comunes; se desató el debate acerca del camino que deberían seguir con esta gran movilización pero, un temor injustificado los hizo desistir de continuar la revuelta en términos violentos, no se creían capaces de sostener el gobierno de la Nueva Granada, y como consecuencia, acordaron que se propondría una solución satisfactoria para todos los comuneros y, en especial, para su comandancia; redactaron una carta para el cabildo de Santa Fe, con el objetivo de que viniese un ministro Real, para concretar los puntos de las capitulaciones.

La propuesta de los comunes exigía la abolición de la ayuda a la Armada de Barlovento, la extinción de las guías, los estancos de tabaco y barajas, la reducción del valor del papel sellado, el fin de los impuestos a la ventas y servicios, extinción de los nuevos tributos de alcabala, la eliminación del tributo sobre el aguardiente, la rebaja del precio de la sal, el permiso para sembrar tabaco, la disminución del gravamen de la Santa Bula, la abolición del costo de los caminos de herradura, la supresión de la figura de visitador-regente y el establecer como derecho la posibilidad de adquirir cargos públicos de importancia para los amerindios y criollos, entre otras medidas beneficiosas; en síntesis, las capitulaciones eran reformas económicas, eclesiásticas y político-administrativas. El escrito final se entregó a la Audiencia española en la noche del 5 de junio de 1781.

Los ministros de la Real Audiencia propusieron un encuentro para modificar algunos puntos que no aceptaban, lo que la capitanía de los comunes acató con pocos reproches. Mientras tanto, las masas no estaban enteradas de los arreglos de sus comandantes, ni mucho menos participaron en la construcción de dicho ofrecimiento; los ánimos se encresparon contra los que decían representar sus intereses; las masas comuneras no querían diálogo, querían tomarse Santa Fe y librarse de una vez por todas de sus dominadores. Sin embargo, la reunión se llevó a cabo en la casa del cabildo de Zipaquirá.

El encuentro se dio con absurdo servilismo y una cena con las mejores viandas. Estaban el Arzobispo de Santa Fe, ministros y comisionados de la Real audiencia, Berbeo y los miembros de la capitanía general; mientras el pueblo iracundo se congregaba al frente del cabildo. Complacidos por el festín, entablaron conversaciones insulsas que desdibujaban el poder que los comuneros habían logrado con tanta valentía, hasta que los gritos del pueblo retumbaron y callaron sus voces. Expresaban, “guerra, guerra a Santa Fe, nos están engañando”.

Los gritos no paraban, cuando de repente una roca rompió el vidrio donde estaban congregados las partes, este hecho desmanteló la insensata reunión; a su vez, atemorizó a los funcionarios españoles, que temiendo por sus vidas dejaron las capitulaciones tal cual en su original y firmaron su aprobación sobre juramento. Pero las gentes eufóricas no consentían que fuese cierto y seguían insultando a los peninsulares. Berbeo, ya asustado por el furor de los presentes, propuso a los realistas que la aprobación debería darse ante el público, haciendo juramento a Dios por medio del arzobispo.

Falsa aprobación

Berbeo calmó los ánimos de la gente exclamando que la insurrección había sido todo un éxito, que los españoles aceptarían todas las demandas contenidas en las capitulaciones y que el logro alcanzado se dio gracias a todos los congregados. Y, para asegurar sus palabras, en la tarde se oficiaría una misa para que las peticiones comuneras fueran aprobadas bajo juramento divino. La gente estalló en júbilo. Mientras tanto, la junta de la Real audiencia redactó una misiva dirigida a Santa fe en la expresaban que el documento había sido firmado bajo presión, en violentas circunstancias. Era evidente que, desde el principio las capitulaciones fueron una farsa de los tiranos. No obstante, miles de comunes se aglomeraron a escuchar la misa oficiada por el mismo arzobispo de Santa Fe, Caballero y Góngora, uno de los más altos cargos en el clero de la Nueva Granada. Sus palabras llamaban a la conciliación y a la mesura pero, en el fondo, insinuaban conformismo y vasallaje El pueblo escuchó en silencio; sólo cuando salieron a la plaza central, el Alcalde Joaquín Vargas y el representante Eustasio Galavis, la gente comenzó a despreciarlos de nuevo. El secretario general de los comuneros leyó punto por punto las peticiones y cada vez que los escuchaban, la gente estallaba en gritos de alegría; al terminar la lectura, los delegados españoles, abucheados, se arrodillaron ante el arzobispo y todos los presentes y, con la mano derecha en la Biblia, prestaron juramento en nombre del Rey y de Dios aprobando así las capitulaciones. Luego, Berbeo, en su discurso, profería que la empresa de los comuneros había sido un triunfo rotundo y que la guerra había sido ganada por la unión de los pueblos granadinos. En suma, decretó el fin de la insurrección. El arzobispo entonó el Te Deum, himno de acción de gracias; al terminar, las campanas redoblaban sin cesar, el pueblo embebido por la victoria no desdibujaba la satisfacción en sus rostros.Pero, como era de esperarse de una dominación establecida por cientos de años, no iba a pasar mucho tiempo sin que sus garras opresivas cayeran para destapar este gran embuste conciliador.

Sin embargo, el levantamiento en diversos lugares seguía su rumbo y continuaba incrementándose. El causante de este justa intención era el comandante José Antonio Galán quien, con su valiente mesnada, había ocupado Mariquita. En Honda, los colaboradores comuneros se tomaron el estanco, pero los españoles ya estaban preparados para cualquier tipo de revuelta; en la noche se desencadenó una sanguinaria batalla en la que los americanos fueron acribillados. Al conocer Galán esta mala noticia, se puso en marcha sobre Honda, y era tal el prestigio que se había ganado, que los realistas se embarcaron para Nare, dejando abandonada la ciudad. Mariquita y Honda, eran ciudades importantes para el control del Magdalena, crucial corredor fluvial del territorio y gran paso en el avance de la revolución. Las hazañas de Galán fueron ejemplo de fortaleza y se propagaron incitando la sublevación en Ibagué, Neiva, la Mesa, Tocaima, Purificación y otras poblaciones en lo que hoy se conoce como el Tolima y el Huila. En su paso triunfal liberaron cientos de esclavos en las minas de sal y de oro La gente lo aclamaba como el libertador de los comunes. Pero la noticia de las capitulaciones la recibió con disgusto en Ambalema, sometiéndose con desazón a su ordenanza.

Juan Francisco Berbeo líder de los comuneros, con el fin de sacar provecho de su poder, dirigió a la Real audiencia un escrito solicitando el nombramiento de corregidor y representante mayor del Socorro, lo cual fue aceptado por el tribunal realista. Esta investidura le hizo perder el prestigio que había ganado con los comunes, los que de ahora en adelante lo considerarían como traidor; por demás, este hecho es una nimiedad con relación al daño que promovió en su discurso: la desmovilización comunera, pues las consecuencias que pronto llegarían de los vengativos españoles iban a ser trazadas con terror y muerte.

Cruentas represalias

“La hora del castigo no debía hacerse esperar, la sangre de los primeros mártires iba a regar la tierra para atestiguar lo que valían los juramentos de los representantes de la autoridad de Carlos III. (…) se preparaba la venganza con la astucia de la Zorra”[7] .

En Santa Fe, la noticia de la desmovilización de los armados afianzó la decisión de aplastar a los que consideraban insolentes y osados por levantarse en contra del poder español; la afrenta al soberano y su intención de destituirlo debería ser saldada con la muerte. Para ello, llegaron de Cartagena 500 veteranos armados y el primer pronunciamiento Real fue dar castigo a los insubordinados. Comenzaron en la capital, ordenando la prisión y la expropiación de los bienes a los hombres que influenciaron al pueblo. Fueron conducidos a Cartagena donde murieron. Después de haber ajusticiado a los que consideraban promotores de las revueltas en Santa Fe, emprendieron su vendetta por el territorio.

El siguiente paso era recuperar los negocios reales como las plantaciones de tabaco, quina, las minas de sal y de oro. El ejército español tenía la orden ultimar cualquier foco de resistencia. Con este salvaje propósito llegaron a las minas de sal de Nemocón, las cuales estaban ocupadas y adjudicadas por Ambrosio Pisco a indígenas desde su adhesión a los comuneros. Un gran batallón sitió el lugar y con sevicia masacraron a los indios, que sólo poseían picas y piedras para la resistencia. Muchos murieron y algunos lograron fugarse por el monte. Desde esta masacre, los realistas emprendieron una nueva estrategia: la intimidación de la muerte. En consecuencia, cogieron seis indios y les cercenaron sus cabezas y las llevaron a Santa Fe, para ser expuestas en varias plazas, dejándolas allí hasta su deterioro natural; su objetivo, mostrar lo que le pasaría a quien intentara levantarse de nuevo contra el Rey. Fue la puesta en marcha de un ejemplificante régimen de terror y barbarie de las huestes realistas.

Lo ocurrido en la Capital del virreinato llegó a oídos de los generales comuneros en el Socorro. Cayendo en cuenta de lo que les esperaba y temerosos por su suerte, intentan la reagrupación de la milicia comunera y encargan el mando a José Antonio Galán. Pero, esta decisión era descontextualizada, pues las grandes masas de combatientes ya se habían dispersado y la oportunidad de sorpresa que los llevó tan lejos ya estaba perdida. La revolución había perdido su fuerza y el temor cundió al conocerse el salvajismo español con los indios en Nemocón.

La Real audiencia, conociendo la fama adquirida por Galán, temía que éste pudiese organizar de nuevo a los insurrectos por ello, ofrecieron por su cabeza 400 arrobas de carne, mil pesos e indulto a quienes lo ajusticiasen; la traición se dio paso para salvar el pellejo de quienes habían sido parte de las acciones comuneras. Dos capitanes del Socorro, Francisco Rosillo y Juan Bernardo Plata, otrora, miembros del Concejo Supremo de Guerra, con cien hombres, se convirtieron en cazadores de Galán,.

La persecución fue sin descanso. Bernardo Plata se empeñó en su búsqueda día y noche, hasta que lo consiguió cerca de Chagaguete. Galán era muy escurridizo y andaba con menos de diez hombres; era el prófugo más respetado y querido por el pueblo, sin embargo, no pudo contra la delación . Una noche se hallaba durmiendo en una casa derruida y, conociendo de antemano su paradero, los realistas cercaron la vivienda Al darse cuenta que estaba allí dispararon sin contemplación La mayoría de sus hombres fue ejecutada en el sitio y Galán fue apresado con un tiro que destrozó su hombro. Este hombre oriundo de Charalá, tenía , en el momento de su apresamiento, 32años de vida y su oficio era el de labrador. Fue llevado al Socorro, donde días antes las tropas españolas habían tomado el control.

Se dictaron sentencias sin ningún tipo de juicio, se acusaba a los detenidos de hechos en los que no habían sido participes; la sentencia era la muerte. Pero el resentimiento de la Corona española se ensañó con el valeroso Galán, el ejemplo más escabroso de la represalia realista debería caer en los hombros de este héroe.

En esos días fueron retenidos cientos de hombres y mujeres, a los cuales, en un cadalso construido para el momento, se les describía sus cargos sin apelación; obligaron a todos los habitantes a que presenciaran los actos punitivos. Para la mayoría de los acusados el castigo era el suplicio con 200 azotes de escarmiento y prisión por años, según los “delitos” que hubiesen cometido; los relatos evidencian que muchos murieron allí.

Jorge Lozano de Peralta fue condenado a cadena perpetua en el castillo de San Felipe de Barajas, por ser el creador de los escritos versados, que se conocieron en el Socorro tres años antes, sin fórmula y sin juicio; no fue condenado a muerte, pues Fray Ciriaco de Archila, abogó en su defensa al virrey, en la que se concedió la absolución de la pena capital, so pena de vivir confinado en prisión en la península.

Por minucias sentenciaron a decenas con la pena capital, como son los casos de Manuel José Ortiz por una carta a Galán que describía el camino de los realistas. Fue decapitado y su cabeza fue expuesta en la plaza del Socorro; o Lorenzo Alcantuz por arrancar y romper las Armas Reales, como también a la familia Molina, padre e hijo, por demostrar entusiasmo independentista delante los representantes de la Real audiencia. El método consistía en torturar hasta que expresaran su arrepentimiento al soberano, luego eran ahorcados.

La venganza ejemplarizante debería ser para José Antonio Galán. Este hombre sencillo al que no se le recuerda un discurso suyo ni se le conoce manifiesto escrito, era el caudillo del pueblo, hombre de acción y modelo de gallardía. Por ello, las personas lo siguieron como a ningún otro capitán de los comuneros neogranadinos, la presencia de Galán levantaba a los pueblos. Esto hizo perder la paciencia a los regentes y corregidores y, para él deberían ser los peores martirios.

La sentencia fue dictada el 30 de enero de 1782, fue acusado de muchos crímenes que él no había cometido, lo culparon de robo, haberse resistido a la justicia, asesinato y de alto crimen de lesa majestad. Pero,no conformes con estas imputaciones, se le declaró incestuoso con su hija, a la que por medio de torturas a ella y a su familia, hicieron declarar en contra de Galán. El objetivo del tribunal acusador era desdibujar la figura de libertador que los granadinos conservaban de él y ni la calumnia ni la muerte pudieron borrar su insigne recuerdo.

Galán fue sacado de la prisión al medio día, fue arrastrado y golpeado durante el camino hacia el cadalso. Al llega, la gente congregada empezó a reclamar y rumores de motín se empezaban a oír, así que los realistas prefirieron ahorcarlo sin tortura, evitando una confrontación con los presentes. El cuerpo sin vida de Galán fue descuartizado, su torso fue quemado a la vista del pueblo y sus extremidades repartidas por diversos lugares; la cabeza de Galán fue enviada a Guaduas, lugar de su primera victoria como comandante, expuesta en una pica en la entrada de la población; la mano derecha fue clavada en el centro de la plaza del Socorro; sus pies fueron ubicados en Charalá y Mogotes, no fueron removidos sino semanas después. Su muerte significó el ascenso de primer mártir para la causa de la independencia de América, hoy en día perdida en los anaqueles de la historia.

Al descendiente de los Zipas Ambrosio Pisco, reducido cerca de Nemocón, se le mantuvo en estrecha prisión hasta febrero de 1782. Se le acusó de haberse sustituido a Carlos III con el titulo de Príncipe de Bogotá y señor de Chía, el veredicto: la muerte. Sin embargo, el castigo debería ser ejemplar y la condena se conmutó a la de prisión perpetua en Cartagena, con el vejamen que la compartiría su mujer y su sobrino, Luís Pisco, apenas de catorce años de edad.

Los mismos representantes del Rey, como el alcalde de Zipaquirá y los ministros españoles, que juraron arrodillados cumplir con las capitulaciones, fueron los que acusaron y firmaron tan horrendas sentencias, acusando hasta a los hijos inocentes de los condenados. Las casas de todos los culpables fueron quemadas, se declaró infames a sus descendientes y confiscados todos sus bienes.

Llevadas a cabo estas medidas de barbarie, el terror entre los neogranadinos se esparció como el viento, la voz de la lucha fue apagada por el temor y la muerte. Francisco Gutiérrez de Piñeres regresó de Cartagena y ocupó nuevamente el puesto de visitador-regente. Con su llegada, el 18 de marzo de 1782, se declararon nulas públicamente las capitulaciones; se mandó a recoger todas las copias que de ésta se habían impreso, con el objetivo de borrar de la memoria de los hombres tal acto de rebeldía contra el poder absoluto Español.

Así quedaron desechadas las capitulaciones que desde el comienzo proyectaban tal fin; así perdieron los pueblos las conquistas tan valientemente alcanzadas; así murieron cientos de hombres por sus justas demandas; así impuso el gobierno colonial su despotismo.

Para el soberano Español, la pacificación de la Nueva Granada se debió en gran parte por la mediación del Arzobispo Caballero y Góngora, al que premió con el obispado de la Colonia, autoridad civil del virreinato y le confirió la orden de Carlos III, con la gracia de perdonar. Este hombre, natural del Reino de Andalucía en la península ibérica, partidario de la monarquía, no debe extrañarse que dispusiera de todas sus dotes para conservarle al trono español esta parte de sus dominios; no obstante, por la alta autoridad de que estaba investido, fue el creador del indulto a los comuneros, todos los jefes y partidarios de la insurrección encontraron en él un protector. La amnistía fue general; paró la persecución, ordenó poner en libertad a todos los que se encontraran presos en la jurisdicción del virreinato, hasta le dio la libertad a Ambrosio Pisco y su familia, invalidando la orden del mismo Rey de España; dispuso que los restos de Galán y los ajusticiados fueran sepultados a la usanza de un funeral cristiano. En su gobierno promovió el desarrollo de la industria, las minas, las artes, la agricultura y el comercio. Intervino en la aprobación de la Real Expedición Botánica, en 1783, dirigida por José Celestino Mutis y apoyó la construcción de un instituto científico en Mariquita.

Fue una época de silencio y temor, pero a su vez próspera, ya que abrió el camino a esa generación de intelectuales y sabios que llevaron a cabo, en 1810, la independencia española, obra iniciada por la semilla que los comuneros habían plantado 30 años antes.

Por ahora, era cierto que la insurrección comunera había perecido, pero el eco que dejó a su paso estuvo presente en los granadinos, en sus memorias y en sus historias orales. Este gran suceso sirvió de modelo para sus descendientes, dejando una huella imborrable del poder que tiene el pueblo unido, que lucha por reivindicar su importante papel en cualquier sociedad. Más allá de sus desaciertos, la insurrección comunera es un ejemplo de lucha, aún más para los que en el presente se consideran parte activa de la historia.


Notas

[1] Familia francesa cuyo nombre proviene de Bourbon l´Archambault. Ingresó a España a partir de Felipe V (1683-1746). Hicieron parte de esta dinastía, Fernando VI (1746-1759); Carlos III (1759-1788), Carlos IV (1788-1808) y Fernando VII (1808-1833).

[2] POSADA, Francisco. El movimiento Revolucionario de los Comuneros. ED Tiempos Nuevos. Cali 1970. pp. 6

[3] La Armada de Barlovento fue creada en 1638 con sede en Veracruz y, posteriormente, en La Habana. Tenía como tarea principal proteger el tráfico y control marítimo en el Caribe y el Golfo de México.

[4] Fue introducida al reino desde 1592 y gravaba algunas transacciones comerciales. En la administración de Piñeres iba aumentar considerablemente su extensión.

[5] Francisco Posada en su investigación sobre las implicaciones de los tributos de Piñeres sostiene que: “ nos permite deducir la existencia de dos tendencias: por una parte, aquella netamente progresista, que se plasmaba sobre todo en el desenvolvimiento de la pequeña industria, los cultivos vinculados a ella y el comercio interzonal, y la otra, integrada principalmente por las medidas coloniales –impuestos, restricciones, etc.—que frenaba el desarrollo de la producción. En otras palabras: las fuerzas productivas que pugnaban por su crecimiento y frente a ellas el dique de anacrónicas estructuras cuya función no era la del beneficio de la sociedad neogranadina, ni siquiera el de capas apreciables de su población, sino la de desviar el fruto de la labor de sus gentes de trabajo hacia el mayor beneficio posible de la Corona”.

[6] BRICEÑO, Manuel. Los Comuneros. Historia de la insurrección de 1781. ED Silvestre y Compañía. Bogotá. 1965. p 15.

[7] Ibíd. p 76


BIBLIOGRAFÍA

  1. AGUILERA PEÑA, Mario. Los comuneros: guerra social y lucha anticolonial, Ed. Universidad Nacional, Bogotá, 1985.
  2. BRICEÑO, Manuel, Los Comuneros. Historia de la insurrección de 1781, Imprenta de Silvestre y Compañía, Bogotá. 1880.
  3. GARCIA, Antonio, Los Comuneros 1781-1981, Ediciones Plaza y Janes, Bogotá, 1981.
  4. POSADA, Francisco, El movimiento revolucionario de los comuneros, Ediciones Tiempos Nuevos Cali, s.f.

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