Por Alfonso Hernández

Hace doscientos años, las poblaciones de América sujetas a la Corona española dieron comienzo a la lidia que concluiría con la revolución de independencia. La ocasión es propicia para rememorar, así sea someramente, los hechos, las batallas, que condujeron al triunfo de los vasallos y a la derrota del arrogante Soberano. Siempre resultará provechoso para un pueblo que soporta la opresión extranjera, que padece el estancamiento, y cuyas mayorías se debaten en la pobreza y la desesperación, inquirir a esa maestra infatigable, la Historia, acerca de cómo lograron los antepasados alcanzar lo que por centurias se juzgó inverosímil.

A la luz de estas enseñanzas, resulta ostensible la falsedad de las palabras de quienes predican una transformación social que brotaría, no de la pelea aguerrida, sino del concurso armónico entre los sojuzgados y los sojuzgadores; o las de aquellos que en doctas disertaciones afirman que la Independencia fue un fruto maduro que cayó, sin más, a consecuencia de la invasión napoleónica a España; que no hubo tal insurrección o que ella fue algo completamente secundario.

Con solo echar una ojeada a las principales batallas de esa guerra que ardió por cerca de 16 años, desde el Reino de Nueva España hasta el Río de la Plata, se desvanecen esas aseveraciones. Tal gesta no hubiera sido posible sin el apoyo de los pueblos, cimiento que, como en toda revolución, fue desigual, mayor en unas provincias que en otras, entusiasta a lo largo de ciertos períodos y menguado en diversas ocasiones. No faltaron incluso los momentos de franco respaldo a los realistas. Pero la tropa novata y semidesnuda de criollos, llaneros, mestizos de diversa raigambre social y regional, esclavos e indígenas no hubiera podido derrotar al ejército, veterano y pertrechado, de la metrópoli europea, decadente pero aún poderosa, sin el respaldo, la convicción, el odio al enemigo, y la entrega de los americanos.

Recordemos cómo veían los militares ingleses a los insurrectos que lograron esta hazaña.

"A causa de la prolongada duración de la guerra y por el principio de exterminio que en ella predominaba, el país presentaba una escena uniforme de devastación y de miseria. Las tropas independientes estaban reducidas a un estado mayor de pobreza, carentes de disciplina y ni siquiera una cuarta parte de ellas iba provista de las armas necesarias… de ropa se veían más faltos todavía. Una cobija, con un agujero en la mitad, puesta sobre el cuello y atada en torno al cuerpo con una tira de cuero ha sido el traje de los oficiales. Las tropas descalzas y en harapos…

“Los ejércitos patriotas marchan en hordas, sin concierto ni disciplina, su equipaje es muy poco más de lo que cubre sus espaldas, están totalmente desprovistos de tiendas de campaña y cuando acampan lo hacen sin regularidad y sistema. Los oficiales que los mandan van por lo general a caballo, también van los soldados que pueden procurarse caballos o mulas,... con frecuencia su único alimento consiste en carne de mula, frutas silvestres y un maíz seco que llevan en los bolsillos... la paga era totalmente desconocida en ellos debido al agotamiento absoluto de recursos pecuniarios y aunque al cabo pudiera lograr triunfar, no existe posibilidad de que aún así lleguen a poseer medios de ofrecer compensación monetaria a quienes puedan haber tomado parte en la lucha... los independientes despliegan en la acción gran bravura y determinación, y con frecuencia logran éxitos a pesar de su falta de disciplina, de la deficiencia de las armas y del modo desordenado de conducir el ataque o la defensa" (en Pardo, p. 254).

Estas huestes, una vez ganada la batalla de Boyacá, gozaron de grandes ventajas. Los realistas en Santafé confiaban en que “Bolívar y sus bandidos” serían completamente derrotados, pues se les había informado que las armas de Fernando VII habían triunfado en los combates de Gámeza y Vargas. Refiere el historiador José Manuel Restrepo que, una vez el oficial Manuel Martínez de Aparicio le comunicó al Virrey Sámano la noticia del revés sufrido por las tropas de Barreiro en la Batalla de Boyacá, Sámano, quien había ordenado la ejecución de numerosos patriotas y despojado de los bienes a muchos más, presa del pánico, comenzó a preparar la fuga.

Los Oidores, los empleados, los españoles y los otros enemigos de la independencia huyeron también; la mayoría tomó el camino de Honda con el propósito de embarcarse para Cartagena; los demás se dirigieron a Popayán, para de allí trasladarse a Quito.

El aborrecimiento a la tiranía realista y el apego a la causa insurgente se habían fortalecido a lo largo de los años aciagos transcurridos durante la reconquista española. Ese ánimo insurrecto hizo posible la campaña libertadora y causó numerosos descalabros a las tropas colonialistas. Por ejemplo, la noche del 10 agosto apareció en el cerro de Monserrate el teniente coronel español Antonio Pla, con más de 300 hombres, quien temeroso de la presencia de Bolívar en Santafé, evitó entrar a la ciudad para conservar sus fuerzas; sin embargo, los indígenas de Guasca y Guatavita disgregaron las tropas amedrentadas y tomaron prisioneros a Pla y a otros oficiales.

Igual suerte corrieron muchos soldados y oficiales de los fugitivos. Los paisanos, armados cuando más con lanzas, les arrebataban los fusiles y los hacían prisioneros; los habitantes de las provincias de Mariquita y Neiva se levantaron contra el poder español y acosaron a las tropas de Calzada.

Bolívar adoptó drásticas disposiciones revolucionarias. Con el objeto de financiar la continuación de la lucha, ordenó confiscar parte de las propiedades de los emigrados, dejándoles el resto a las familias para su manutención. El desvelo dominante consistía en barrer del suelo de la Nueva Granada los remanentes de las tropas de ocupación, por eso, desde el mismo campo de Boyacá, destinó algunos cuerpos del ejército para que siguieran a Pamplona, plaza que enfrentaba un inminente ataque de los españoles y, luego, envió expediciones a Antioquia, al mando de José María Córdoba; a Popayán, al Socorro. Los americanos tomados prisioneros fueron incorporados a las huestes independentistas, con lo cual aumentaron considerablemente sus efectivos. No obstante los vejámenes de que habían sido objeto, la actitud de los anticolonialistas fue bastante benevolente, pues no ordenaron ejecuciones, conducta que contrastaba con la sanguinaria de Morillo y Sámano. Aunque meses después, el once de octubre, el general Santander se vio forzado a pasar por las armas a José María Barreiro y a 38 de sus oficiales, quienes habían sido capturados el 7 de agosto, y desde la prisión, aprovechándose de la benevolencia del gobierno independiente, conspiraban para restablecer el régimen caduco. Este fusilamiento, en la plaza pública, fue una muestra de decisión y energías revolucionarias que atemorizó a los monarquistas y dio nuevos bríos a los partidarios de la libertad.

Las consecuencias del buen suceso de los rebeldes en Boyacá se extendieron por doquier. En varias provincias de la Nueva Granada las autoridades realistas abandonaron las capitales y buscaron refugio en otros lugares, mientras que los luchadores patriotas que habían permanecido ocultos en los bosques durante los más de tres años del Régimen del Terror, salieron a perseguir a las amilanadas tropas españolas y encontraron el respaldo entusiasta de los habitantes. Santafé, Tunja, Socorro, Pamplona, Neiva, Margarita, Antioquia y Chocó y la mayor parte de Popayán habían quedado libres, en lo fundamental, a consecuencia de aquella de victoria. Un total de cerca de 940.000 personas y el vasto territorio que poblaban constituirían en adelante la base de la libertad de América y le darían cuerpo a la república independiente con la que habían soñado y por la que habían batallado sin descanso los hijos de estos territorios, quienes estaban por lo general decididos a favor de la causa de la independencia. “Voluntariamente ofrecían sus bienes y recursos para hacer la guerra a los españoles; voluntariamente o sin repugnancia se presentaban al servicio de las armas y voluntariamente marcharon a los campos de batalla”. (Restrepo, vol. IV pág. 96)

Afirma el historiador Restrepo que esta fue la época de más alto patriotismo en la Nueva Granada, pues estaba muy fresca la memoria de la sangre derramada por Morillo, Enrile, Sámano y sus congéneres. Así, Bolívar y su Estado mayor lograban levantar nuevos batallones con harta celeridad; a los más duchos los enviaban a otros frentes de combate, como el de Pamplona, y los recién formados ocupaban las posiciones dejadas por los que habían marchado a dar libertad a otras provincias o a conjurar los peligros que aún se cernían sobre la naciente república. Con los afanes propios de la guerra, recogían y enviaban a la Guayana dinero para comprar armamento y municiones y para aliviar la situación de los patriotas que combatían en Venezuela, cuya causa tomó un nuevo y más poderoso aliento.

Bolívar nombró para cada una de las provincias libertadas un gobernador militar y otro civil, y les definió sus atribuciones; suprimió la Real Audiencia pero conservó el gobierno municipal y el sistema de rentas públicas, tal y como se hallaban establecidos por las leyes y ordenanzas españolas en el virreinato de Santafé, en todos los cargos puso al frente a patriotas probados. Un tribunal de apelaciones y una alta corte, con residencia en esta ciudad, debían ejercer el poder judicial en segunda y tercera instancias, dejando que conocieran en la primera los alcaldes ordinarios y los demás jueces reconocidos por las leyes españolas.

Mediante un Decreto del 11 septiembre, el Libertador encomendó el mando de las provincias libres de la Nueva Granada al general Francisco de Paula Santander, con el título de vicepresidente de la Nueva Granada. Disponiéndose a marchar a Venezuela, publicó una proclama en la que decía: "Nuevas victorias esperan al ejército libertador, que no tendrá reposo mientras haya enemigos en el norte o sur de Colombia.

"Granadinos, ocho de vuestras provincias respiran en libertad. Conservad ileso este sagrado bien con vuestras virtudes, patriotismo y valor. No olvidéis jamás la ignominia de los ultrajes que habéis sufrido, y vosotros seréis libres." (En Restrepo, vol. IV pág. 98). El 20 septiembre partió a unirse al ejército del Norte, llevando consigo refuerzos considerables.

En Diciembre el Congreso de Angostura, constituido en su mayoría de venezolanos y, minoritariamente, por neogranadinos, proclamó la República de Colombia, a la cual se proponía unir, cuando fuera liberado, el actual territorio del Ecuador. Dos enormes pruebas enfrentaba la naciente República: la primera, terminar de liberarse, y luego liberar a Perú y Bolivia; la segunda, sentar las bases del nuevo Estado.

Con el saldo de la Batalla de Boyacá, y al erigirse un gobierno de las provincias libres de la Nueva Granada, la guerra pasó a librarse, no ya solamente entre grupos insurrectos y la Corona, sino entre dos Estados: España y la República de Colombia. Ésta estaba dedicada casi por entero al esfuerzo bélico: sus efectivos militares pasaron de 7.000 a principios de 1819 a por lo menos 23.000 en 1821; el presupuesto oficial del ejército entre 1818 y 1823 aumentó de unos miles a millones de pesos; casi tres cuartos de sus ingresos se destinaban a la guerra. (Pardo, 174).

 

Guerra en las provincias

La lucha era encarnizada en casi todas las comarcas aún en poder del enemigo o en las que éste tenía una presencia fuerte. MacGregor tomó Riohacha, pero los desafueros cometidos por sus tropas provocaron levantamientos de los residentes y de los indios guajiros, por lo que esa plaza se perdió nuevamente en 1819. Bolívar le encomendó al coronel Mariano Montilla actuar en el Magdalena y luego en Riohacha y Valledupar; éste logró penetrar en Barranquilla y Soledad; poner sitio a Cartagena, que tomó en septiembre con el apoyo del almirante Padilla; y ocupar Santa Marta, el 26 de noviembre. En respuesta, los realistas formaron guerrillas que asediaban permanentemente a las fuerzas de Montilla.

En el Pacífico, Juan Illinggworth liberó Micay e Iscuandé, Buenaventura y Tumaco; Córdoba tomó Barrancabermeja y guerreó en Antioquia, y el general Masa, en Tenerife, en donde ahogaba a los enemigos, con lo que los aterrorizó y pudo ganar el control sobre los ríos Cauca y Magdalena. En la Guajira también se produjeron levantamientos.

Las dificultades de los colonialistas españoles no se limitaban a las insurrecciones en América, sino que los reclamos contra el absolutismo también tomaban fuerza en la Península. Es así como, en enero de 1820, el coronel Rafael de Riego y el capitán Antonio Quiroga, quienes estaban al mando de una parte de la poderosa fuerza que se estaba reuniendo para tratar de reconquistar las colonias de ultramar, encabezaron una revuelta exigiéndole a Fernando VII que prometiera sujetarse a la constitución de 1812. Este pronunciamiento dio al traste con la pretendida expedición y obligó al rey a jurar la constitución. Con estos cambios políticos se propuso que los americanos participaran en el gobierno de España y fueron puestos en libertad quienes, como Antonio Nariño, habían sido capturados en las batallas de independencia y permanecían en las mazmorras de España.

Como consecuencia de los sucesos acaecidos en la Península, Morillo dio instrucciones de buscar acuerdo con los rebeldes, los que incluirían la suspensión de hostilidades y que éstos juraran la Constitución española de 1812. Buscaban los chapetones que la bandera de construir una república soberana se canjeara por algunas pequeñas reformas en el régimen de sometimiento. El 7 julio Bolívar aceptó negociar el armisticio pero dio instrucciones de este tenor: "Si el objeto de la misión de estos señores es otro que el reconocimiento de la República de Colombia, usted se servirá significarles de mi parte que mi intención es no recibirlos ni aun ni oír ninguna proposición que no tenga por base este principio." (Pardo, p.173). La guerra prosiguió. No obstante, se llegó a un armisticio el 25 noviembre. El objeto de tales tratados no consistía en renunciar a la independencia, sino en ganar tiempo para vigorizar dicha causa. El Libertador quería un cese de hostilidades de seis meses de tal manera que pudiera fortalecer sus tropas, sin darles tiempo a las españolas de preparar ningún nuevo desembarco. El 26 noviembre se firmó el armisticio por seis meses. Además del plazo, Simón Bolívar exigía que se reconociera la República de Colombia: "Si no se nos acepta prefiero la guerra y aún el exterminio, que nos será más honroso" (173). Se acordó también un tratado de regularización de la guerra que incluía reglas para el trato a los prisioneros y civiles, prohibía la pena capital y hacía obligatorio el canje de cautivos. Estos dos convenios se firmaron en Trujillo, y pusieron término a la guerra a muerte, declarada en el mismo lugar ocho años antes. Bolívar firmó como Presidente de la República de Colombia, lo que constituyó de hecho un reconocimiento por parte de España. El 27 noviembre se entrevistó con Pablo Morillo en Santa Ana.

Cuando la población de Maracaibo se sublevó —territorio controlado por los partidarios de la Corona al momento de firmarse los acuerdos—, los jefes patriotas enfrentaron la disyuntiva de permitir que se sometiera de nuevo a los rebeldes o anular los pactos. Fieles al querer revolucionario, optaron por lo segundo.

Mientras que se negociaban los tratados y durante el tiempo en el que estuvieron vigentes, Bolívar y su gobierno constituían y disciplinaban nuevos escuadrones, conseguían pertrechos: había que prepararse cabalmente para las faenas bélicas que se vislumbraban en breve. Así se organizaron tres ejércitos:

-Uno para redimir a Venezuela;

-Otro para libertar el sur de Colombia, incluyendo Quito;

-El tercero para desalojar a los españoles de la costa norte de Colombia.

 

Campaña de Venezuela

En medio de las más penosas dificultades, como la escasez de avituallamientos, el ejército contó con la ventaja de que la opinión de los pueblos le era favorable, suministrándole alimentos e información sobre los movimientos del enemigo, en cuyas filas se dieron numerosas e importantes deserciones, que alentaron aún más a los independentistas.

Los planes se concentraron en dar libertad a Venezuela, para lo cual necesitaban enfrentar y derrotar a un ejército de 12.000 hombres, emplazados en: San Carlos, Calabozo, Barquisimeto y Apure, Guanare, Coro y San Felipe, Caracas y la Guaira, Barlovento y Cumaná. Ya por entonces, Miguel Latorre había reemplazado a Pablo Morillo en el mando.

Las tropas de Bolívar sumaban unos 10.000 efectivos, distribuidos en Barinas, cercanías de Maracaibo, Apure y otro cuerpo en el oriente.

Bolívar ansiaba romper las cadenas que pesaban sobre Venezuela, propósito que había resultado en derrota en la Primera República, bajo la dirección de Miranda, y en la Segunda República, bajo la dirección del propio Bolívar. También la Expedición de los Cayos y la Campaña del Centro se habían frustrado.

El nuevo plan consistía en concentrar tres de los cuatro cuerpos del ejército para destruir al ejército español; mientras que éste procuraba agrupar sus fuerzas y atacar directamente a Bolívar, que estaba en Barinas. El 28 de abril, con el propósito de impedir la aglutinación de los batallones realistas, las tropas libertadoras de Bermúdez atacaron Caracas, la tomaron y luego se retiraron. Con el mismo fin, el coronel Cruz Carrillo marchó sobre Valencia insinuando que buscaba cortar las comunicaciones de Latorre con Puerto Cabello, sitio determinante para el reabastecimiento de los chapetones. Con dichas maniobras se impidió a Latorre concentrar sus divisiones para acometer las de Bolívar. Entretanto, José Antonio Páez marchó desde Achaguas hasta Barinas; entre junio 2 y 19 se reunieron en San Carlos tres cuerpos del ejército, con cerca de 6.500 hombres. Las fuerzas de Latorre en Carabobo contaban unos 6.000.

Las acciones decisivas tuvieron lugar el 24 de junio. No obstante la distracción de fuerzas conseguida con las maniobras de Valencia y Puerto Cabello —que a la postre resultaría decisiva—, las condiciones eran harto difíciles para los independientes, pues ya en los primeros días de junio Latorre se hallaba acampado con sus huestes en la llanura de Carabobo, en la cual podría obrar a sus anchas la caballería realista, mientras que los republicanos tendrían que penetrar por cañones y cañadas arduos de recorrer. Bolívar consigue por medio de la sorpresa que un destacamento realista abandone el inaccesible desfiladero de Buenavista, del que se apodera su vanguardia al amanecer del 24 junio. Ordena flanquear al ejército enemigo por la derecha, el ala más débil, operación que encomienda a las tropas del general José Antonio Páez, las que, después de encarnizada e intrépida batalla, derrotan a las de Fernando VII. “Solamente la división de Páez, compuesta de dos batallones de infantería y 1.500 jinetes, de los cuales pudieron combatir bien pocos, bastó para derrotar al ejército español en tres cuartos de hora.” (Restrepo, pág. 262) Bolívar ordenó perseguir a los fugitivos y bloquear Puerto Cabello. Luego siguió a Caracas, la cual fue evacuada por el coronel realista Pereira, al conocer el desastre de Carabobo. El libertador entró a Caracas el 29 junio, acompañado de su estado mayor y el de la división de Páez. Una vez instalado en la capital, envió un llamado al general Soublette, vicepresidente de Venezuela, para que se hiciera cargo del gobierno de la capital de la provincia de Caracas y restableciera en esta ciudad la capital de Venezuela, pues hasta entonces había sido Angostura. Solamente quedaban en manos de los españoles las plazas de Cumaná y Puerto Cabello. La independencia de Colombia había alcanzado otro gran logro con la Batalla de Carabobo.

La división de Pereira capituló y parte de sus soldados y oficiales se unieron a las filas de los independientes. Como muestra de magnanimidad, se ofreció a los españoles europeos y a los desafectos que se hallaban ocultos pasaporte para salir del país con sus familias y caudales. Se disolvió el cabildo español y se conformó otro con compatriotas reconocidos.

 

Independencia de Quito

Mientras la guerra continuaba para limpiar a las diferentes provincias de tropas enemigas y de las partidas de guerrilla realistas, y en tanto que se hacían esfuerzos encaminados a organizar el gobierno, Bolívar puso en marcha su plan de ir a Quito a libertarlo.

Ya por entonces en el sur ardía la guerra. El general San Martín había llegado a Perú y derrotado en algunas batallas a los españoles, lo cual enardeció los ánimos del pueblo de Guayaquil, cuya guarnición se rebeló y proclamó la independencia de esa provincia el ocho de octubre de 1820. Los alzados apresaron a los funcionarios gubernamentales y a los militares desafectos al movimiento. El cabildo municipal designó un gobierno provisional de tres miembros el que, a su vez, ordenó que se eligieran representantes facultados para elaborar una constitución y organizar el gobierno revolucionario. Se adoptaron disposiciones para extender el movimiento por todas las provincias de Guayaquil y el reino de Quito y estallaron levantamientos en las ciudades de Cuenca, Ambato, Riobamba y otras. Poco después, las tropas del peninsular Aymerich derrotaron a los insurrectos, que mantuvieron, de todas formas, el control en Guayaquil.

Cuando Panamá conquistó la independencia en noviembre de 1821, España quedó sin el dominio de un solo puerto importante sobre el Océano Pacífico. Pero los Andes ecuatorianos se mantenían bajo su férula.

Bolívar, conocedor de estos sucesos, decidió que había que desplegar todos los esfuerzos para que Guayaquil se mantuviera libre y para rescatar Quito, por ello, en diciembre emprendió la marcha hacia el sur con 2.500 hombres y destinó al general José Mires a Guayaquil, remitiéndoles a los luchadores de esta ciudad más de mil armas, municiones, y otros elementos de dotación militar. Proyectaba combinar el robustecimiento de las fuerzas del sur con un ataque desde el norte, para diezmar a los enemigos de la independencia. A dicho empeño se oponían grandes obstáculos como la fatiga de los pueblos y la miseria proliferante después de varios años de contienda armada.

Pero el espíritu de los revolucionarios era indoblegable. A Antonio José de Sucre Bolívar le encomendó la hazañosa faena de apuntalar y expandir las insurrecciones del sur. Sucre, acostumbrado a batallar en las llanuras de Venezuela, en las riberas del Orinoco y a lo largo del Magdalena, tuvo que desempeñarse por primera vez en las formidables montañas de los Andes, en sus picos, en sus volcanes, en sus páramos. Arribó a Guayaquil en abril de 1821 con 550 infantes, procedente de Buenaventura; de inmediato, se dedicó a formar y entrenar un destacamento para defender Guayaquil. Ya en agosto de 1821 derrotó a una columna realista en Yaguachi, y luego, sus hombres, entusiasmados por esa victoria, presionaron al jefe, quien se mostraba reticente, para que empeñara batalla en Ambato, lugar en donde encontraron la derrota.

Por su parte, José de San Martín, libertador del Río de la Plata, envió destacamentos peruanos bajo el comando del coronel Andrés de Santa Cruz para reanimar la lucha en Quito. En febrero 21 de 1822, los independientes entraron a Cuenca, que había sido abandonada por los realistas. Luego las tropas de Sucre ingresaron a Riobamba, en donde se proveyeron para continuar la campaña. Al mismo tiempo Bolívar estaba librando la batalla de Bomboná, lidia inevitable para llegar a Pasto y domeñarlo, y seguir a Quito. Mientras guerreaba por tan fatigantes breñas, ordenó al coronel José María Córdoba marchar con sus hombres a apuntalar las falanges capitaneadas por Sucre.

Después de varias maniobras magistrales, éste apareció con sus hombres cortando las comunicaciones entre las ciudades de Quito y Pasto, en la mañana del día 24 del mes de mayo, con lo que imposibilitó que estos dos reductos realistas se ayudaran. Los quiteños no disimulaban su simpatía por la causa independiente, a cuyos soldados animaban desde los tejados de las casas, causando gran alarma a las fuerzas de Aymerich. A las ocho de la mañana Santa Cruz con la avanzada ocupa Pichincha y resiste los embates del enemigo mientras arriban los demás contingentes patriotas. Ya a las 9:30 los dos ejércitos estaban listos para la batalla; detrás de las líneas independientes se abren profundos abismos, a los cuales tratan de empujarlos los realistas. Santa Cruz ocupa la línea derecha; Córdoba, la izquierda y Mires se mantiene en la retaguardia. Después de una reñida batalla y de realizar grandes sacrificios y gestos de heroísmo los patriotas alcanzan la victoria. Destacó el coraje del teniente Abdón Calderón, de 18 años de edad, quien, herido en el brazo derecho, tomó la espada con la mano izquierda y continuó luchando hasta que una bala de cañón le destrozó las dos piernas; también descolló José María Córdoba, quien peleó con gran arrojo y sapiencia. Más de 1.000 prisioneros cayeron en manos de los independientes, además de municiones y armas. Los realistas buscaron refugio en Quito, pero su condición era tan precaria que tuvieron que rendirse, lo que Sucre les facilitó ofreciéndoles unas condiciones generosas. Este joven de 27 años tomó posesión de la ciudad de Quito en la tarde del 25 de mayo de 1822, con lo que se consolidó la libertad de esas provincias, que llegarían a constituir la República del Ecuador, y la Colombia de entonces abarcó todos los territorios que se había propuesto. La soñada liberación de Colombia, por la que tanta sangre y lágrimas se habían derramado, era una realidad. El poderoso imperio europeo, con su arrogante ejército profesional mordía el polvo de la derrota ante unas huestes escasamente pertrechadas y con poca formación militar, pero aceradas por la decisión de poner fin al avasallamiento foráneo.

Ya por entonces, Chile y Buenos Aires habían logrado la emancipación. Sin embargo, subsistía una amenaza: el virreinato del Perú permanecía parcialmente —principalmente el Alto Perú, hoy República de Bolivia—en poder de España y contaba con unos 19.000 hombres en armas; se trataba, además, de la provincia que más riquezas le proporcionaba al gobierno peninsular, gracias en gran medida a la minas de plata de Potosí. Lima era por entonces la ciudad más poblada de toda Suramérica.

En el Caribe, Cuba y Puerto Rico se erigían en otra amenaza sobre las costas colombianas y venezolanas, ya que solo en la Habana los chapetones contaban con cerca de 10.000 soldados y una fuerte escuadra.

En agosto de 1820, el general José de San Martín —libertador de Argentina— y el almirante Cochrane habían partido de Valparaíso a la cabeza de una expedición organizada para libertar el Perú. San Martín ordenó a una de sus divisiones marchar a Lima y promover la insurrección de los pueblos y a comienzos de noviembre desembarcó el ejército en la localidad de Huacho, al norte del Callao. Por el mismo tiempo se daba el levantamiento de Guayaquil, el 9 de octubre.

Poco después, Cochrane bloqueó el puerto del Callao, con lo que los realistas quedaron privados de abastecimientos por vía marítima. San Martín fortificó su posición en Huacho y armó a los rebeldes, quienes se organizaron en partidas que tendieron un cerco alrededor de la Capital. El batallón realista Numancia, formado por reclutas colombianos, desertó y engrosó las filas patriotas con seiscientos hombres y todos sus bagajes. La insurgencia brotaba por doquier: las poblaciones al norte de Lima se sublevaron y, en la ciudad de Trujillo, el marqués de Torre-Tagle enarboló la nueva bandera del Perú y juró la independencia.

Luego de obtener estas ventajas y sin comprometerse en un combate formal, el Libertador San Martín puso sitio a Lima. En el mismo bando realista reinaba la disensión; el 29 de enero se soliviantaron los oficiales realistas contra el virrey Pezuela, lo derrocaron y, en su lugar, nombraron al general La Serna. Asediados, abandonaron Lima y San Martín entró triunfante a ésta, la capital del Virreinato.

Aunque una guarnición de 2.000 hombres del rey, bajo el mando del general La Mar, resistía el sitio en la fortaleza del Callao, la primacía Ibérica en estas tierras enfrentaba agobios crecientes. Recordemos que por las mismas fechas Bolívar vencía a los realistas en la Batalla de Carabobo, el 24 de junio, y el 29 entraba victorioso en Caracas. Después de doce años de lucha, los ejércitos del norte, colombianos y venezolanos, y los del sur, chilenos y rioplatenses, convergían y estrechaban el cerco a los realistas.

Fruto de esta acometida y de la rebeldía de las gentes de la tierra de los incas, el 28 de julio se proclamó la independencia del Perú. Restaba por barrer a los opresores del Alto Perú y los Puertos Intermedios, zona de elevadas montañas, donde los ejércitos del Río de la Plata siempre habían fracasado.

Para adelantar el establecimiento y orientación del nuevo Estado, el 20 de setiembre se instaló el primer congreso constituyente del Perú. Ese mismo día San Martín entregó su título de Protector, con el que se le había honrado, pronunció un discurso de despedida y se retiró de la vida pública. Lo sucedió un triunvirato.

Las fuerzas realistas, al mando del virrey la Serna, sumaban todavía 19.000 hombres, que controlaban el Alto Perú. Contra ellas se lanzó una campaña, en la que fracasó el ejército peruano. Como consecuencia de ese revés, los triunviros tuvieron que dimitir y, en marzo, asumió el poder Ejecutivo José de la Riva Agüero, quien le solicitó apoyó a Bolívar. Éste ofreció soldados y embarcaciones y, 48 horas después, 3.000 militares colombianos se embarcaron para Callao, a los que posteriormente se unirían otros 3.000. Toda la expedición quedó bajo el mando de Antonio José de Sucre, a la vez ministro plenipotenciario de Colombia ante Perú.

Las disensiones hacían mella en el Perú pues parte de las tropas respaldaban a Riva Agüero, pero las estacionadas en Lima y el general Lamar eran partidarios del marqués de Torre Tagle, quien aspiraba a la Presidencia. Por ese mismo tiempo una nueva campaña del ejército peruano en la zona de Puertos Intermedios, bajo comando de Santa Cruz, también fue un desastre, razón por la cual en junio el Congreso invitó a Bolívar a dirigir la guerra. Cuando éste llegó a Lima, el gobierno del país estaba en total caos; los conflictos entre los dirigentes provocaban luchas fraccionales, pronunciamientos militares y confabulaciones con el virrey español. Los fiascos militares, las discordias y la contemporización con el enemigo, arrojaron como saldo la pérdida de Lima y Callao.

En un esfuerzo por recuperar el terreno perdido, en febrero de 1824 el Congreso peruano dio a Bolívar la suprema autoridad política y militar de la República. Las tropas colombianas y lo que quedaba de las peruanas y argentinas, en total unos 6.000 hombres, se concentraron al norte de Lima, en la zona de Cajamarca. El objetivo era enfrentar a las fuerzas realistas estacionadas en el cerro de Pasco, centro geográfico y cruce de caminos del Perú.

El ejército del norte del rey, comandado por José de Canterac contaba con 7.000 efectivos. Hacia las tres de la tarde del 6 agosto, en la pampa de Junín, la caballería del rey embiste a los independientes. Los escuadrones colombianos esperan a pie firme, impertérritos. Así frenan la carga. Luego arremeten los granaderos de Colombia al mando del mayor Felipe Bravo y traspasan la línea española para salir a sus espaldas. 45 minutos dura el combate, que termina con la fuga de la caballería realista.

El virrey La Serna ordenó a su ejército del sur trasladarse y unificar fuerzas para atacar a Bolívar antes de que pudiera recibir refuerzos desde Colombia. El 6 diciembre Sucre acampó en el borde de las pampas de Ayacucho, el rincón de los muertos, en lengua aimara, y el ocho en la tarde las tropas del rey se ubicaron en el lado opuesto de la altiplanicie a 3.500 m de altura. El día nueve en la mañana, el general Juan Monet, enviado por el virrey, cabalgó hasta el centro de llano y conferenció con Córdoba. Le manifestó que la superioridad española era evidente y que era mejor no derramar sangre, pero Córdoba indicó que si bien los españoles tenían más fuerzas, los patriotas contaban con mejores soldados. Los del virrey eran 9.310 y los patriotas, 6.910. Luego de estos contactos, se rompieron los fuegos. Córdoba logró con 2.000 hombres hacer pedazos a un ejército de más de 5.000. Su división se apoderó de los cañones del centro realista y empezó su ascenso al cerro Cundurcunca. Después de hora y media de combate quedó destruido el ejército del rey. Canterac pidió la capitulación, que se firmó en el mismo campo de batalla de Ayacucho. El resultado fue contundente: el virrey fue herido y tomado prisionero, de sus tropas hubo 1.800 muertos, 700 heridos, 2.000 capturados. Sucre, ascendido por Bolívar a mariscal, marchó al Alto Perú a consolidar la victoria. El 11 enero 1826 cayó la fortaleza del Callao, sitiada desde febrero de 1825. Terminaban así 300 años de dominio español sobre estas provincias.

La decisión indoblegable de expulsar al opresor, el manejo inteligente de las disputas entre las potencias en beneficio de la causa de la independencia, el aprovechamiento de las dificultades internas por las que pasaba la Corona, en cuyo territorio crecía el rechazo al absolutismo, el apoyo de amplios sectores de la población americana, que odiaba el dominio de la Península a causa de la exacciones y violencias, fueron los factores que determinaron esa importante victoria, que abarcó a casi toda la América hispano hablante.

Los patriotas perdieron muchas batallas, varios de sus ejércitos fueron diezmados, las disensiones hicieron mella en sus filas; pero persistieron, arrostraron ingentes desafíos y triunfaron, dejándonos la más importante, y la más actual, de las lecciones: cuando un pueblo decide sacudirse el yugo, no hay potencia capaz de impedírselo.

 


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