Por una de esas coincidencias e ironías en las cuales es fecunda la Historia, en estos años convergen el bicentenario de las gestas de la Independencia de España y la exacerbación del dominio norteamericano sobre Colombia. Al tiempo que se rememoran las batallas que expulsaron a las tropas del Pacificador Morillo, el encomendero de la Casa de Nariño abre las puertas a la invasión de los ejércitos de los Estados Unidos. Cuando se recuerda la miseria que agobiaba a los pobladores de la Nueva Granada, sujetos al despotismo peninsular, y se recapitula cómo ventilaron sus quejas y se levantaron en revolución, y se mira y se compara todo ello con los millones de compatriotas asolados por la miseria y la sevicia de los opresores actuales, se siente la necesidad de convertirse en alumnos de los libertadores, se percibe la vigencia de sus enseñanzas primordiales.

 

Estudiar el Memorial de Agravios, redactado por Camilo Torres; la Carta de Jamaica, escrita por Simón Bolívar, o la crítica de Antonio Nariño a la economía del virreinato; releer esa rica y profunda prosa, atender a la lucidez de sus pensamientos, asimilar el vigor de las convicciones y la fortaleza de carácter de estos y otros ilustres patriotas, y, nutridos por ese ejemplo, someter a crítica la sociedad colombiana del presente, constituye la única manera seria de celebrar el Bicentenario. Los globos comerciales, la gesticulación de los felones y la cabalgata- que a pesar de su organizador desnudó la miseria de los pueblos de la ruta libertadora y el abandono en que se encuentran los monumentos históricos- sólo pretenden trivializar la memoria de la revolución y usurpar la herencia que pertenece al pueblo y a quienes batallan contra el vasallaje, no a los déspotas y cipayos, aunque se pongan la mano en el corazón para entonar el Himno Nacional.

Que la juventud entienda que los próceres no son frías estatuas ni la historia, páginas muertas, sino muestras inmortales de que el primer derecho y el más inexcusable deber estriban en sublevarse contra la opresión.

A pesar de las grandes diferencias entre las épocas, hay lecciones imperecederas; la principal, tal vez, aquella que nos prueba que si un pueblo se decide a sacudirse el yugo y arrostra todas las dificultades, sus esfuerzos serán coronados por el éxito.

Por ello, Notas Obreras ha conformado una comisión de 12 miembros para investigar la historia de la Revolución y, en varias entregas, compartir los frutos de este esfuerzo, resaltando siempre que se trata de que cobre nueva vida el espíritu de emancipación. De igual manera, invita a todos los lectores a contribuir con esta tarea. El Bicentenario, más que una fiesta, debe ser una escuela de lucha por la soberanía y la dignidad nacionales y el bienestar del pueblo.

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