Por Alfonso Hernández

Según se aprecia en las noticias y los comentarios de prensa, hay un estado de euforia en Colombia. Juan Manuel Santos y demás encumbrados funcionarios del gobierno se han esmerado en convencer a la opinión de que las locomotoras de la prosperidad democrática, marchando a todo vapor, llevan al país a un estadio de progreso y bienestar no vistos. A las desatinadas afirmaciones les hacen eco interesado las gentes de las finanzas, los contratistas del Estado y, desde luego, las multinacionales mineras y de hidrocarburos. 

 Un día el director del DANE da el parte de victoria de la batalla contra el desempleo, que “cayó” de 10.7 % a 10.4%, y el presidente señala que la nueva cifra es “histórica”. Se aduce que se trata de una prueba fehaciente de cuán acertadas son las políticas oficiales y cuánto singularizan al dragón colombiano en el concierto de las naciones latinoamericanas y de las economías emergentes. No obstante, el 2012 se cerró con 2’400.000 desempleados y 7’500.000 subempleados. Además, nuestra nación mantiene los más altos porcentajes de desocupación de toda la zona, ya que en Venezuela es del 6,4%, en Ecuador, de menos del 5%, en Argentina, de 6,9%. De manera que lo que de veras distingue a Colombia en esta materia no son sus virtudes, sino sus vicios.

Otro día, con similares delirios, se anuncia que la valorización bursátil de Ecopetrol llegó a los US$ 129.500 millones, con lo que superó a la de Petrobras, de US$ 126.800 millones. Se resaltan estos guarismos, fruto de la especulación, para dar a entender que nuestra petrolera ya es superior a la del Brasil. Se aminora lo más importante: Petrobras tiene activos superiores a US$ 320.000 millones, produce 2,6 millones de barriles diarios y sus reservas ascienden a 16,4 millones de barriles; en tanto que los activos de Ecopetrol alcanzan los US$ 48.000 millones, la producción, 760 mil barriles diarios y sus reservas llegan a 2.000 millones de barriles. A no dudar, ésta es la más importante empresa del país y, aunque no se pueda comparar sensatamente con la brasilera, constituye un patrimonio que a todos nos corresponde defender frente a los embates privatizadores. Porque, justamente, lo que se esconde tras la trepada del valor accionario son los apetitos de quienes buscan ganancias en una compañía que vende sus productos a los nacionales a unos precios siempre en incremento, mientras que en el Brasil existen algunos controles a los precios internos de los combustibles.

La propia revaluación del peso se considera una demostración de la buena fortuna de la economía, pues resulta, según se asevera, de la atracción que ejerce sobre los capitales foráneos la pujanza interna. Desdichadamente, no es el caso. Las cifras más recientes mostraron que el producto interno ha perdido dinamismo y que, peor aún, sólo la minería, los hidrocarburos y las finanzas crecen, aunque ahora a tasas más moderadas; mientras que la industria y la agricultura decaen, pues la valoración del peso estimula las importaciones y entorpece las ventas externas o las hace menos rentables. A este malestar los economistas lo denominan Enfermedad Holandesa.

Son tan graves los síntomas que ya el 70% de las exportaciones son minero-energéticas. Como en los tiempos coloniales, se nos limita a las faenas extractivas, nos vemos precisados a entregar a manos llenas nuestros recursos a cambio de un progreso ilusorio, y de nuestras tierras feraces y aguas manantiales solo queda devastación.

La verdad es harto distinta a lo que se difunde. El ingreso creciente de capitales extranjeros tiene entre sus motivaciones principales, además de la ya mencionada de extraer los recursos del subsuelo, la de sacar provecho de las operaciones cambiarias y financieras. Dado que la tasa de interés establecida por la Reserva Federal de los Estados Unidos es igual a cero y en la Unión Europea, casi del mismo tenor, a los financistas gringos o nacionales y a las grandes empresas les resulta muy provechoso tomar prestado allá y dar en préstamo aquí, obteniendo elevados márgenes de utilidad. Recientemente se informó, por ejemplo, que Davivienda se endeudó en quinientos millones de dólares. Ha de señalarse que con las tribulaciones que sufren las potencias, los bancos de esas latitudes tienen pocas oportunidades de negocio en sus propios lares y prefieren incursionar en el Sur.

Inclinación que se acentúa en Colombia, pues los márgenes de intermediación son más altos que en las demás repúblicas del entorno. Los de Colombia son de 7,2%; Chile, 3%; México, 4,1%; Panamá, 1,75%; Venezuela, 3,5% y, Argentina, 1,4%. De la intermediación proviene casi el 58% de los ingresos de las entidades bancarias colombianas.

Como ya se señaló, la revaluación aupada por el ingreso de capitales tiende a abatir la industria y la agricultura, y las medidas que se toman para controlarla crean problemas adicionales, como el deterioro del balance del Banco de la República, que adquiere millones de dólares diariamente, en un esfuerzo poco efectivo para hacer subir el valor del dólar. Esta entidad debe entregar utilidades al gobierno, pero, en vez de obtenerlas, ha venido afrontando pérdidas, así: en 2010, de 272.500 millones de pesos; en 2011, 356.000 millones; en 2012, 350.000 mil millones, y se estima que en el 2013 ascenderán a un billón de pesos.

Otras soluciones consisten en aumentar las reservas internacionales, lo que implica que la nación, en vez de sufragar sus múltiples necesidades, ha de congelar cuantiosos recursos, beneficiando al gobierno de los Estados Unidos, que en su intento de recuperar los renglones productivos, el consumo y abaratar sus géneros en los mercados internacionales, viene imprimiendo dinero a borbotones y depreciando por otros medios su divisa. Digamos de paso que esta política arriesga provocar una “guerra de monedas” y que guarda enorme semejanza con aquella que se denominó empobrecer al vecino.

Los capitalistas, auxiliados por el régimen, también recurren a la congelación o rebaja de los salarios y a mayores requerimientos de productividad, con lo cual descargan en las personas laboriosas buena parte de los costos de la revaluación. Hay operaciones que parecerían absurdas si no se conociera cómo a diario se transfieren las riquezas públicas a los oligopolios privados. So pretexto de evitar una mayor apreciación del peso, Ecopetrol, por ejemplo, debe mantener en bancos extranjeros sumas enormes, por las que no recibe casi rédito alguno, dineros que encontrarían mejor destino supliendo las graves carencias nacionales. Para colmo, la estatal petrolera acude a endeudarse en miles de millones con los bancos, pues las abyectas disposiciones económicas le impiden utilizar sus propios recursos. Así ocurre también con fondos de la Tesorería General de la República.

Entre las recetas cocinadas para aliviar las dolencias de nuestra “bonanza” figura la de alcanzar el superávit fiscal y subir el ahorro, que no es nada distinto a imponer sacrificios anejos a los ciudadanos.

Mientras tanto, la deuda externa, pública y privada, se agiganta. En abril de 2012 llegó a 76.591 millones de dólares, representando un 8,7% del PIB la privada y un 11,9% la pública; siendo la tasa de crecimiento del 12,4 %. La historia es conocida: en el momento en que la Reserva Federal de los Estados Unidos decida subir las tasas de interés, la carga de las obligaciones se hará insoportable para el Estado y para las compañías y bancos. La fiesta terminará y comenzará una resaca bastante penosa. Es la suerte de las naciones cuyas clases en el poder han optado por uncirlas al yugo de los dictados financieros de las potencias, en vez de arrostrar las dificultades, — a la postre son benéficas—, de aplicar una política económica diseñada en pos del bienestar de la nación y del pueblo.