El afán de Peñalosa en urbanizar la reserva Tomas van der Hammen obedece a sus compromisos con los grandes constructores y con el sector financiero

Bajo el título de “¿Otro Alcalde para Transmilenio?,” el diario El Espectador registra la inconformidad existente con el hecho de que el señor Enrique Peñalosa someta el transporte público de Bogotá a la camisa de fuerza de Transmilenio, lo que corresponde al provecho que obtiene como representante de las firmas productoras de buses Volvo y Scania, con las cuales ha sostenido prolongadas y redituables relaciones. Se sugiere que ante el “conflicto de intereses” se nombre un Alcalde ad hoc para el sistema de transporte masivo.

Pero el asunto es tan grave que se necesitaría un mandatario local con esas características para todo lo demás. La mencionada nota señala que “Justo el alcalde que debe presentar ante el Concejo una modificación del Plan de Ordenamiento Territorial (POT), que definirá los usos del suelo en la ciudad, fue financiado en buena medida por constructores. Su campaña recibió casi $2.700 millones en donaciones. De esto, personas o empresas vinculadas a la construcción y a labores inmobiliarias le aportaron casi el 35 %, seguido de empresas dedicadas al mercado de valores o servicios financieros (33 %).”

De manera que el burgomaestre recibió casi el 70 % de los dineros de su campaña de los agiotistas y de los constructores. Ahora se entiende con toda claridad el porqué de su empecinamiento por arrasar la reserva Thomas van der Hammen y todo aquello que se oponga a que sus patrocinadores logren las utilidades que les corresponden por sus inversiones electorales. Así como en el transporte no le importan el caos ni la aglomeración, tampoco le han de interesar los desastres ambientales o de otra índole que se causen a la cuidad para que los urbanizadores y los bancos hagan pingües ganancias. El cotidiano explica también que el gerente del proyecto Metro, Andrés Escobar, designado de acuerdo con el gobierno nacional, “llegó a ese cargo desde la gerencia de la empresa constructora Pedro Gómez, que le donó a la campaña de Peñalosa $1 millón.” (Como se puede ver, se consiguen algunos altos cargos a precio de ganga).

Es claro, pues, que Peñalosa no viene a modernizar la capital, sino a valorizar el capital, el de sus padrinos. Procede, además, con soberbia, que lo lleva a pensar que los bogotanos lo consideran un personaje divino. Tanto que, sin que nadie lo hubiera calificado de tal, estimó imprescindible aclararles a los crédulos ciudadanos que “yo no soy un mesías” y que no haría milagros. Su locuacidad se explaya acerca de las arborizadas rondas de los ríos, el cantar de los pajaritos y los venados que se extraviarán por las calles y avenidas bogotanas, todo gracias a su gestión de inigualable experto mundial. De ahí que su sorpresa y disgusto fueran tan grandes cuando, al salir a dar una caminata por las calles, encontró en vez de adoradores, indignados habitantes que le increparon por el desmonte del metro subterráneo, por sus propósitos de privatizar las empresas públicas y por perseguir de manera despiadada a los vendedores ambulantes, a quienes no les ofrece salida distinta a la de padecer hambre. Montó en cólera el señor Peñalosa y ante las protestas contra el pésimo servicio de Transmilenio no vaciló en acudir al Esmad para emprenderla a bastonazos contra los “terroristas” que osan resistirse a sus planes, y rociar barrios enteros con gases lacrimógenos. 

Lo que vale la pena resaltar es que Peñalosa en un verdadero modelo de nuestra nunca suficientemente alabada democracia: los poderosos grupos económicos nacionales o extranjeros compran presidentes y alcaldes, gobernadores, senadores y diputados y estos gobiernan y legislan al servicio de quienes les sufragan los gastos de campaña. Anotemos, de paso, que el mal no es patrimonio exclusivo de Colombia, pues eso mismo es materia de discusión actualmente en los Estados Unidos. Por supuesto, los cargos públicos se desempeñan con el objeto de engordar los ávidos bolsillos o propulsar las carreras de los funcionarios. Así no es extraño que los niños mueran de hambre, que las empresas estatales se vendan al malbarato, que al escándalo de un desfalco lo acalle el del subsiguiente, y que la economía nacional sea enclenque y rezagada, lo que no cambiará mientras siga rigiéndonos esta democracia plutocrática; tan distinta a la verdadera que necesita el país.