Brutalidad de la policía contra la ciudadanía que protesta. Foto: elpais.com

Las protestas de la ciudadanía en las estaciones de Transmilenio en Kennedy y Soacha y la brutalidad con la que el gobierno usó al ESMAD para reprimirlas no pueden explicarse con el rancio maniqueísmo del Alcalde y que repiten los medios de comunicación: que hay una inconformidad justa porque las dos últimas administraciones han manejado mal el sistema y que esto ha sido aprovechado con fines políticos por agitadores profesionales y terroristas a los que por el bien de la ciudad hay que aplicarles todo el peso de la Ley y meter tras las rejas. Tal interpretación de lo que está pasando es un embuste que permite que individuos como Peñalosa sigan poniendo sus intereses particulares por encima de los de millones de personas.

Transmilenio es un negocio en el que el Estado construye y mantiene la infraestructura con los impuestos que paga toda la población, para que  los dueños de las flotas de buses y la empresa que hace el recaudo se queden con el 95% de las jugosas utilidades. Desde el comienzo Transmilenio adolece de grandes fallas, pues Peñalosa lo concibió como alternativa al metro y no como complemento de éste en un sistema multimodal. Hoy está colapsando. La indignación que se expresa continuamente en los portales y estaciones se debe principalmente al hacinamiento que se produce en las horas pico porque la frecuencia de las rutas se calcula pensando en las utilidades y no en la necesidad de los usuarios, que tienen que someterse a largas esperas y pagan un pasaje costoso, incrementado en 11,1% por el mandatario local.

Sistemáticamente, los gobernantes al servicio de un puñado de importadores, agentes de las grandes casas automotrices, interesados en vender en el país buses y camiones acabaron con los Ferrocarriles Nacionales, con la navegación por el río Magdalena, y en alianza con los transportadores privados acabaron con la empresa distrital de buses. Fue así como llegamos al pandemónium del transporte público de carga y de pasajeros en el que impera el individualismo de los grandes propietarios, por naturaleza enemigos de las soluciones racionales en las que el Estado asume el monopolio en la prestación de estos servicios. Tales intereses son los mismos que han impedido la construcción del metro en el Distrito Capital.

Desde comienzos de los noventa del siglo pasado el Banco Mundial se opuso al metro para Bogotá y planteó que la solución al caos del transporte era la que se estaba ensayando en Curitiba, Brasil, con troncales de solobús, lo que hoy llaman autobuses de tránsito rápido, o BRT, por sus siglas en inglés. Peñalosa fue el encargado de poner en práctica ese sistema durante su primera Alcaldía. Desde entonces elaboró un discurso contra el metro y para promover la expansión universal de sistemas como Transmilenio, especialmente en las grandes ciudades de las naciones atrasadas. Su sofisma principal es que allí, por la escasez de recursos, un sistema BRT resulta más barato pues cuesta la vigésima parte de un metro. Dice, además, que este modelo disminuye la emisión de gases de efecto invernadero al desestimular el uso del carro particular. Fue así como las empresas automotrices suecas Volvo y Scania, fabricantes de los buses articulados movidos con diésel lo convirtieron en su principal propagandista y, por ahí derecho, en genio del urbanismo de fama internacional. En septiembre de 2009 Peñalosa fue nombrado presidente del Institute for Transportation and Development Policy, ITDP, una entidad con sede en Nueva York que se dedica a promover el uso de los BRT en el mundo, con él como principal conferencista.

En medio de la pasada campaña la relación del burgomaestre con la Volvo y Scania fue develada por el periodista de El Espectador Yohir Akerman, en un artículo titulado Las palabras de Peñalosa. Posteriormente, en el blog Al Garete, el periodista Carlos Carrillo profundizó acerca del generoso patrocinio que las dos empresas suecas le han dado al Alcalde en su papel de promotor orbital de los sistemas BRT en oposición al metro. Pero estas denuncias poco se conocieron pues los medios estaban empeñados en mostrar a este vendedor de buses como el único capaz de salvar la ciudad del caos en el que la sumieron las dos últimas administraciones.

A regañadientes y sólo por su afán electoral Peñalosa se vio obligado a hablar del metro, pero tan pronto fue elegido destapó su intención de sabotearlo para darle a la ciudad más Transmilenio. Sin soporte alguno descalificó el metro subterráneo cuyo proyecto estaba basado en estudios que le costaron al Distrito cerca de $150 mil millones de pesos y dijo que su propuesta era uno elevado, lo cual significa, ni más ni menos, que una vez más los estudios que han costado miles de millones se han arrojado a la basura y que el metro está embolatado por quién sabe cuántos años más.

Mientras llenaba de tanquetas y de gases lacrimógenos los  barrios de Patio Bonito y trataba de terroristas a los ciudadanos inconformes y desesperados que claman por una real solución al problema del transporte en Bogotá, el agente de la Volvo y Scania ofreció ¡más buses, más buses, más buses! Porque para él este atiborrado y caótico medio de transporte representa “la democracia en acción”.

 


Dos videos de propaganda de la Volvo que comprometen al Alcalde Peñalosa y a Transmilenio