Por Alfonso Hernández

Las protestas se presentaron el 9 de marzo durante todo el día y en toda la ciudadEl pasado viernes 10 de marzo, se colmó la paciencia de los bogotanos que se ven obligados a transportarse en Transmilenio. Después de numerosas expresiones de inconformidad, que se presentaron a lo largo de semanas e incluso en años anteriores, la mañana del 10, miles de usuarios, decididos a conquistar un servicio de transporte digno, se dedicaron a bloquear los portales de Las Américas, Banderas y el del Norte. La protesta fue creciendo con celeridad y pronto todo el sistema estaba paralizado. La gente entendió que no le quedaba otra opción, pues las quejas y pequeños mítines no habían logrado que la Administración Distrital, —ni la de Petro ni las del Polo ni las de Peñaloza o Mockus— pusiera coto a los desafueros que comete a diario este monopolio privado que disfruta de la protección del Distrito Capital.

Todo transcurrió de manera pacífica hasta cuando el burgomaestre de la Bogotá Humana ordenó al ESMAD atacar brutalmente a los manifestantes. Ante las palizas, los gases sofocantes y los chorros de agua, la multitud respondió enardecida y fue tal su arrojo que las fuerzas represivas fueron incapaces de atemorizarla; solo hasta el anochecer retornó la calma a la ciudad. Fue tan sobresaliente la jornada que varios medios de comunicación la compararon con el Bogotazo.

La población está cansada de un sistema costoso, demorado e incómodoLas causas del descontento no son escasas ni de poca monta. Apenas unas quince familias controlan la propiedad de ésta, una de las empresas más grandes del país y los pasajeros tienen que someterse a diario a una situación ignominiosa para engordar los bolsillos de los llamados operadores del sistema Transmilenio. Diseñado en el comienzo para movilizar a 800.000 pasajeros diariamente, ya transporta cerca de un millón setecientos mil; en la ruta de la avenida Caracas acarrea 45.000 pasajeros/hora/sentido en las horas pico, cuando su capacidad es de apenas 35.000. Dado ese hacinamiento, la gente tiene que abordar a empellones; mujeres embarazadas, niños, ancianos y discapacitados viven un martirio para desplazarse a los hogares o sitios de trabajo. Cada traslado es extenuante. En las horas valle, la administración de la firma reduce las frecuencias de modo que los articulados vayan siempre repletos, mientras que numerosos vehículos permanecen inmóviles en los portales. Otro tanto ocurre con los que cubren las rutas alimentadoras. A causa de la aglomeración, es común que al cerrarse las puertas de los automotores, las personas resulten atrapadas y con lesiones. Como el tránsito está colapsado en la ciudad por el repetido incumplimiento de los contratos, leoninos y cargados de sobre costos, no hay remedio sino encaramarse a los endiablados buses rojos. No obstante todas estas incomodidades y atropellos se tiene que pagar el pasaje de transporte urbano más costoso de América Latina y uno de los más elevados del mundo. Y como toda mala situación es susceptible de empeorar, las losas de las vías aún sin abrirse ya están fracturadas y las que se sometieron a reparación pronto vuelven a quebrarse, lo que le desangra al fisco distrital sumas exorbitantes. De él hacen leña los operadores, los contratistas constructores y los gobernantes distritales que, como la Administración polista de Samuel Moreno desfalcaron sin piedad a la Capital.

Con la situación que tan someramente se describe aquí, no es extraño que la ira de la ciudadanía haya estallado después de haber dado muestras durante varios años de una paciencia rayana en la mansedumbre.

El Alcalde, con ínfulas de virrey deseoso de descuartizar a los José Antonio Galán en cierne, se ha ensañado contra los valerosos muchachos que se pusieron a la cabeza del descontento represado, ordenando a la Policía desatar la más feroz represión y ha publicado afiches con fotografías de quienes denomina el cartel de los vándalos. Semejante propaganda negra caracteriza a Petro y sus retrógrados como una de las organizaciones de derecha más furiosas. En todo ello ha contado con el respaldo irrestricto del presidente de los falsos positivos, Juan Manuel Santos.

El burgomaestre, venteando una rencilla mezquina de la izquierda dúctil, acusó al Polo Democrático y al senador Robledo de estar detrás de las movilizaciones. Los amarillos devolvieron el cargo sosteniendo que una “Funcionaria de Petro incitó a usuarios de Transmilenio a ejercer presión ciudadana para lograr cambios en contratos del sistema”. Como se ve, estos izquierdistas consideran un insulto el tomar parte en las luchas populares; a tal punto ha llegado su temor de que el gran capital deje de ser condescendiente con ellos y de favorecerlos en la prensa, la radio y la televisión.

Robledo se rasgó las vestiduras, fue enfático en que nada tuvo que ver con lo ocurrido y profirió dos terribles amenazas: una que demandará por injuria y calumnia al mandatario local, pues considera que con ese cargo le mancha su reputación de político obediente a las reglas de juego dictadas por los monopolistas. La otra, que lo citará a un debate en el Senado sobre el transporte masivo de la Capital, el debate que no les hizo a los mandatarios del Polo durante los ocho años en los cuales ocuparon el Palacio Liévano y agravaron los problemas de movilización que aquejan a los bogotanos.

La policía reprimió la protesta salvajementeEn ningún momento el senador “radical” condenó la embestida salvaje de la Policía, en cambio sí se sumó a Santos y a Petro en los denuestos contra los luchadores a quienes señaló como vándalos, promotores de desmanes, de despropósitos, etc., etc. Luego, insistió en la necesidad de que se distinga la protesta “civilizada”, “democrática” de quienes destruyen la propiedad pública, y protagonizan disturbios. Siguiendo los pasos de su copartidaria Clara López, continuó con el llamado a que “la Policía debe diseñar mecanismos para ver cómo se pone control sobre este tipo de cosas” y se protege, como en los partidos de fútbol, a quienes van a ver el espectáculo de quienes causan desorden. En sus palabras no se trata de aplastar a todo el mundo, lo que nos permite concluir que el alambicado planteamiento busca “aplastar” sólo a los agitadores o subversivos. Consejo que la Policía está llevando a cabo con la difusión de las fotos de numerosos jóvenes a quienes somete al escarnio público. Para el senador, son los muchachos que se niegan a ser transportados como reses los que destruyen la propiedad pública, no los Iván y Samuel Moreno o los Nule, quienes, según él, deben ser rodeados de garantías; los que cometen despropósitos y desafueros son los agredidos manifestantes, no quienes se lucran de un medio de locomoción apiñando a los pasajeros; ni quienes roban al Distrito vendiéndole losas inservibles, sino quienes rechazan ese timo.

Notas Obreras respalda irrestrictamente la lucha del pueblo bogotano para que Transmilenio sea propiedad pública, se declaren nulos los contratos con los pulpos privados que lo controlan, se rebajen las tarifas y se aumenten la flota y las frecuencias de los buses. Igualmente condena la represión policial y el señalamiento a los luchadores populares y exige su libertad inmediata e incondicional. Considera urgente que los usuarios se organicen y no permitan que su batallar se convierta en mero ajetreo electoral y disputa de urna entre los robledos y los petros, que no difieren en nada substancial.