Por Francisco Cabrera

malestar transmilenioLas protestas en las estaciones de Transmilenio son cada vez más frecuentes. En la de este 28 de febrero en Banderas, en la localidad de Kennedy, cientos de personas realizaron un bloqueo que duró 10 horas, el más prolongado en los 11 años de existencia del Sistema. La indignación de los usuarios estalló alrededor de las seis y media de la mañana cuando un numeroso grupo se tomó los carriles y comenzó a gritar consignas que expresaban su inconformidad. Algunos hasta improvisaron pequeños carteles. Los reclamos de la ciudadanía son reiterados, entre otros, las largas esperas de hasta 30 y 40 minutos, debidas a la escasa frecuencia de los buses y a que los articulados pasan repletos, especialmente en las horas pico; el alto costo de los pasajes; la escasez de rutas alimentadoras, y la incomodidad que viven los pasajeros.

 

Los inconformes no aceptaron diálogos con intermediarios y exigieron la presencia de Gustavo Petro en el lugar. Este no llegó, pero hacia las dos de la tarde, algunos voceros de la protesta fueron trasladados a la Alcaldía para escuchar sus demandas, al tiempo que el gerente de Transmilenio declaraba en los medios que el origen del problema era un aumento en la demanda y que esto se remediaría con la pronta entrada en circulación de otros 130 articulados. Hacia las cuatro de la tarde, el secretario de gobierno, Antonio Navarro, anunció que se había llegado al acuerdo de expedir un decreto para crear comités de usuarios por rutas, para “tener control social de la calidad del servicio”. Es, en resumen, el viejo truco de los gobiernos: “si no quieres resolver un problema, crea un comité”. Así lo intuyen los representantes de la protesta para quienes lo acordado no garantiza que no se presenten nuevos bloqueos en un futuro.

La verdad es que existe la percepción de que los problemas tienden a agravarse en la medida en que Transmilenio crece y se reducen las otras opciones para movilizarse. Los bogotanos vienen entendiendo que, al igual que la salud, la educación y los servicios públicos, el transporte no debe convertirse en monopolio privado, en el que el afán de ganancias prevalece sobre el bienestar de los usuarios. Tampoco aceptan que ingentes recursos recaudados con los impuestos de la ciudadanía se destinen a construir y a mantener las vías exclusivas de un sistema que enriquece a un puñado de acaudalados.

Los hechos de Banderas demuestran que el malestar con Transmilenio viene pasando de pequeñas escaramuzas, a una pelea de mayor profundidad.