Por Francisco Cabrera

Esta campaña no sólo va a decidir quién tomará el relevo en la continuación de los planes neoliberales para la ciudad. En ella se libra más de un pugilato para definir la suerte de las principales colectividades políticas del país. Uno, es el que tienen casado Juan Manuel Santos y su jefe de la víspera, Álvaro Uribe, expresión de la pugna entre dos facciones oligárquicas. Entre las fuerzas santistas compiten las banderías que se apartaron del uribismo, más el Partido Liberal, interesadas en medir fuerzas con miras a futuros reagrupamientos. También está el pulso entre los dos bandos en los que quedó dividido el Polo Democrático y, finalmente, ante la conmoción de la ciudadanía por los mayúsculos escándalos de corrupción a nivel nacional y distrital, la batalla de todos contra todos es por quién obtiene el trofeo de campeón de la moral y las buenas costumbres. Los comicios, en fin, serán una primera muestra de la recomposición del mapa político en la era del santismo, en lo cual Bogotá desempeña un papel sustantivo.

Santos vs Uribe

Las diferencias entre Uribe y Santos no son meramente formales. Aunque se identifican en su servilismo frente a los Estados Unidos y se esmeran por complacer a financistas y monopolios, por su origen, el primero tiene unos nexos más profundos con los terratenientes y con la agro exportación, los sectores que más han estado conectados con el narcotráfico y el paramilitarismo. El segundo, en cambio, es un hijo mimado de la rancia burguesía capitalina interesada en lavarse las manos de sus complicidades con las andanzas del uribismo. En sus estilos personales, el del primero es gansteril, el del segundo, de tahúr.

Los disgustos del patrón del Ubérrimo comenzaron cuando Santos, poco antes de su triunfo electoral, aceptó los apoyos de César Gaviria y de Germán Vargas Lleras. El entonces jefe del liberalismo se había convertido en un duro crítico de los métodos del mandatario de la Seguridad Democrática y el dirigente de Cambio Radical —otro heredero de apellido ilustre—, fue tildado de traidor cundo se negó a apoyar la segunda reelección y lanzó su propia candidatura.

La conformación del gabinete también provocó la cólera de Uribe que vio llegar a los ministerios a opositores y depositarios de sus odios, mientras sus más cercanos colaboradores fueron a parar a los estrados judiciales —algunos ya han dado con sus huesitos y sus carnitas en la cárcel— por cuenta de los escándalos del DAS, Agro Ingreso Seguro y por la corrupción que pulula en las instituciones oficiales. El país ya se está acostumbrando a ver a este viudo del poder trinando por su cuenta de Twitter frente a las actuaciones del que ayer fuera su subalterno: un día es por la reconciliación de Santos con las cortes; otro, por el restablecimiento de las relaciones con Chávez, después por la Ley de Víctimas y el reconocimiento del conflicto. Ante el anuncio de Santos de un nuevo escándalo en la DIAN que compromete a funcionarios que vienen del gobierno anterior, el ex presidente declaró en una entrevista para Terra TV: "Ojalá esos hallazgos no se le conviertan en falsos positivos de la corrupción"; es decir, insinúa que los asesinatos oficiales de los que su gobierno fue responsable, se debieron sólo a su Ministro de Defensa.

Otro escenario de la pelea entre Uribe y Santos ha sido el Partido Verde, el cual, a cada paso, muestra sus fragilidades. Ya en septiembre del año pasado Uribe dejó claro que intervendría directamente en la campaña para elegir alcaldes y gobernadores, concejales y diputados. La atención de los medios se centró en Bogotá, en donde se rumoraba una posible aspiración suya a nombre del Partido de la U; sin embargo, el ex presidente comenzó a hacer públicas sus simpatías por Peñalosa y, poco a poco, se fue apropiando de su candidatura, lo que provocó el rechazo de Mockus y su posterior renuncia al Partido. Muy rápidamente los verdes olvidaron las enseñanzas del profesor Antanas contra el “todo vale”, lo dejaron marcharse y se quedaron con los votos que les ofrecía Uribe.

Por su parte, Santos también tenía entre sus planes a los verdes no sólo para adueñarse de su candidato, sino para cooptar a todo el Partido. El 20 de julio, en la instalación de las sesiones del Congreso, le anunció al país el ingreso de esa colectividad a la Mesa de la Unidad Nacional, decisión que fue cuestionada, entre otros, por Sergio Fajardo, quien aseguró que se tomó de manera inconsulta. Lo cierto es que Peñalosa ya no era sólo el candidato de Uribe, sino que pasó a serlo también de Santos, al igual que los aspirantes de las otras agrupaciones integrantes de la coalición de gobierno.

¿Y el moralista Mockus? No se crea que lo movieron a su retiro cuestiones de principio. Recordemos que en medio de la contienda presidencial se entrevistó en Palacio con el mismísimo cabecilla del “todo vale” para asegurarle que con él sus tres huevitos estarían en las mejores manos. Los hechos han demostrado que al profesor el poder le gusta tanto como a Uribe, pero son dos santones distintos. Total, Mockus no tardó en inscribir su candidatura para aspirar a un tercer período como alcalde del Distrito Capital, esta vez a nombre de la Alianza Social Indépendiente, ASI. Al fin y al cabo el Partido Verde no era más que una personería a la que él, Garzón y Peñalosa le echaron mano para adelantar la campaña presidencial pasada.

Los gomelos del jefe de la Unidad Nacional

La burguesía está de plácemes porque dentro de la baraja de candidatos a dirigir la ciudad se encuentran tres jóvenes promesas, a cual más ligadas con el proyecto de ciudad en el que la oligarquía ha venido empeñada desde comienzos de los 90, pero que, se lamenta, sufrió un retroceso por causa de la corruptela que afloró durante la administración de Samuel Moreno. Los tres personajes son: Carlos Galán, el pupilo de Vargas Lleras, de Cambio Radical; David Luna, designado por el Partido Liberal, y Gina Parody, otrora consentida de Uribe, pero quien se apartó de éste cuando se tramitó y aprobó la Ley de Justicia y Paz, con la que ella estuvo en desacuerdo, declarándose desde entonces “independiente”. Aunque recogió firmas para inscribir su nombre, se asegura que tras ella está el propio Santos, lo cual no sería raro si se observa el equipo que la respalda y los recursos con los que cuenta.

Recientemente, Luna les planteó una “alianza generacional” a Galán y a Parody, y aunque ésta la rechazó alegando que en las listas de Cambio Radical figuraban personas cuestionables, es evidente que, así la unidad no sea sino con dos de ellos, quien resulte como candidato entrará a la pelea. Lo otro que es obvio, es que tal candidatura será una carta más en el juego de Santos.

Gustavo Petro vs Aurelio Suárez

El otro riña en esta campaña es el que se da en el seno de la llamada izquierda. Las desavenencias se acentuaron luego de la campaña presidencial cuando Petro inició acercamientos con Santos, pero, sobre todo, cuando presentó un informe sobre las irregularidades en la contratación en el Distrito y la dirección de los amarillos decidió respaldar a Samuel Moreno. Las hipocresías de la dirigencia polista quedaron plenamente al desnudo. Mientras criticaban a Petro por su santismo, aparecía expuesto el contubernio del Polo con el Partido de la U y con los liberales en la Administración del Distrito. En tanto a nivel nacional fungían como guardianes de la moral y de paladines de la lucha contra la corrupción, en la capital el destape sobre la podredumbre en los contratos era calificado de conspiración de la extrema derecha. Quienes se han presentado como abanderados de la lucha contra las privatizaciones, guardaron un silencio cómplice frente a la propuesta de Samuel Moreno de vender la ETB. Otro tanto sucedió cuando el burgomaestre pidió endurecer las penas contra las protestas que “perturban el transporte público y masivo”, algo que finalmente quedó consignado en la fascista Ley de Seguridad Ciudadana, aprobada recientemente.

Al tiempo que el Polo se hundía en el desprestigio, Petro logró hábilmente sacudirse de la responsabilidad que le cabía por haber hecho parte de su dirección. Por eso, al lanzar su candidatura por el movimiento Progresistas, creado por él, rápidamente entró a disputarle a Peñalosa el primer lugar en las encuestas. Además, en el PDA quedó un sector encabezado por cuatro congresistas —los senadores Luis Carlos Avellaneda, Jorge Guevara y  Camilo Romero y el representante Mauricio Ospina— que, amparándose en la última reforma política, están planteando una escisión que les permita apoyar a Petro sin el peligro de perder las curules por doble militancia. Lo cierto es que éste se quedó con la mayor parte de la base social que ha respaldado al Polo en Bogotá, mientras que la candidatura de Aurelio Suárez, no despega y se ha quedado con menos del 1% de la intención de voto.

Para concluir, a dos meses de las elecciones aún no hay nada definido, excepto que Santos es el que cuenta con las mayores ventajas en la puja por la Capital. Si Petro fuera elegido, el gobierno de la Unidad Nacional tendría en él a un aliado al mando de Bogotá. El curso de los acontecimientos en los próximos días depende de las coaliciones que se rumoran: la ya mencionada entre los tres, o por lo menos dos de los petimetres y la que podría darse entre Petro y Mockus, cuya vieja amistad es ampliamente conocida. Aunque esta última es poco probable si se tiene en cuenta que el exalcalde sólo acepta acuerdos cuando es en torno a su persona. Amanecerá y veremos.

Desde cuando el exrector ganó el puesto en 1994, se evidenció que en el Distrito los resultados dependen menos del poder de las maquinarias y más del de los medios de comunicación para mover el voto de las capas medias, sensibles a los discursos moralizadores. El asunto lo tienen claro todos los aspirantes, máxime con las fechorías de la Administración Moreno aún tan frescas. Todos se proclaman los campeones de la moral y de la ética, llegando uno de ellos, el del Polo, aliado íntimo hasta ayer no más de los hijos de La Capitana, a repetir fastidiosamente que en Colombia no hay nadie más honrado que él. En torno a los demás asuntos programáticos —sobre los cuales habrá tiempo para profundizar—, las diferencias entre los candidatos son apenas de matiz, pues todos se ciñen a mantener los aspectos estratégicos que le fueron definidos a la ciudad durante las administraciones de Jaime Castro, Mockus y Peñalosa y a las que les dieron continuidad Luis Eduardo Garzón y Samuel Moreno.