Por Francisco Cabrera[*]

Antanas Mockus llegó con el garrote contra los trabajadores del Distrito. Tras anunciar la liquidación de cinco mil puestos de trabajo de diferentes dependencias, procedió al despido de 2.837 empleados de celaduría y servicios generales adscritos a la planta de la Secretaría de Educación. Con su despotismo envuelto en zalamerías y payasadas dijo a los medios de comunicación que solo estaba cumpliendo con el mandato de la Ley 617 de ajuste fiscal, y que la medida le representa a la ciudad un ahorro de $23.200 millones. Como sucede con este tipo de disposiciones atrabiliarias, su defensa la enmascaran argumentando las conveniencias para la ciudad.

Acatando la orden de Sindistritales, los trabajadores emprendieron la resistencia a esta medida que los lanza a engrosar las filas del desempleo. Desde el mismo 28 de febrero, cuando se conocieron las cartas de despido, celadores y aseadoras se tomaron cerca de 150 planteles educativos en donde recibieron el apoyo de estudiantes, profesores y padres de familia.

Los despedidos se negaron a aceptar las dos opciones que les presenta el gobierno distrital: unas míseras indemnizaciones o la reubicación en empresas privadas. Lo primero, adobado con los llamados «programas de readaptación laboral» y la «constitución de microempresas o famiempresas» se viene aplicando desde los tiempos de Gaviria, y los trabajadores bien saben lo amarga que ha sido tal experiencia.

Hoy ni el comercio, ni el transporte sirven de refugio, pues no solamente sufren las consecuencias de la recesión generalizada, sino que son arrinconados por políticas como Transmilenio y por impuestos cuya carga los somete a la ruina.

La posible reubicación en empresas privadas nos da la verdadera clave de este tipo de despidos, y explica la relación de estos últimos con las políticas del Banco Mundial: la privatización de las funciones de celaduría y de servicios generales, que a la chita callando se generalizó en el país. Al amparo del Estado han cobrado fuerza monopolios en estas actividades, algunos de ellos en manos de multinacionales (Fuller en aseo, por ejemplo). Estas empresas llevan a grados aberrantes la explotación y la privación de derechos sobre los trabajadores, a quienes someten a un régimen semejante a la esclavitud.

Cuando se anunciaron los despidos hubo sectores que se alegraron creyendo que los recortes en la nómina se harían en los cargos y asesorías de sueldos millonarios, convertidas en nóminas paralelas en todas las dependencias del Distrito y que sirven de botín a los más encumbrados funcionarios; o que se eliminarían los gastos en la contratación de ONG para inútiles estudios sobre lo divino y lo humano. Pero no. Mockus la emprendió contra un sector necesario, y el más humilde de los trabajadores. Así se supo que su mandato no será menos fascistoide que el anterior. Ya el equipo de tecnócratas está proponiendo eliminar los regímenes especiales de los empleados y disminuir los salarios en las empresas de acueducto y teléfonos, con el argumento de abrir cupo para otros empleos.

Los trabajadores a escala distrital y nacional deben prepararse para responder con redoblada energía, porque la arremetida contra sus empleos y sus reivindicaciones se mantiene viva.


[*] Publicado en Tribuna Roja Nº 82, marzo 8 de 2001.