rusia domingo sangriento
Marcha del 22 de enero de 1905, día conocido como el domingo sangriento

En los meses previos a los gloriosos acontecimientos de octubre de 1917 [1], cuando la clase obrera erigió el socialismo por primera vez en un país, Rusia, el más vasto de la tierra, el magnífico líder de este proceso, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, señaló varios factores que habían hecho posible el derrocamiento de la centenaria satrapía zarista, el establecimiento de un gobierno provisional de la burguesía y de un Soviet (Asamblea) de diputados obreros y soldados en San Petersburgo, hechos que dieron comienzo a la revolución y que acaecieron en febrero de ese año. Poco antes de partir para Rusia, desde Suiza, en donde se hallaba exiliado, en el primero de sus cinco artículos conocidos como Cartas desde Lejos, de comienzos de marzo, planteó:

¿Cómo ha podido producirse el “milagro” de que sólo en 8 días —según ha afirmado el señor Miliukov [Ministro de Exteriores del Gobierno Provisional burgués] en su jactancioso telegrama a todos los representantes de Rusia en el extranjero— se haya desmoronado una monarquía que se había mantenido a lo largo de siglos y que se mantuvo, pese a todo, durante tres años —1905-1907— de gigantescas batallas de clases en las que participó todo el pueblo?

Tajante, respondió: “Ni en la naturaleza ni en la historia se producen milagros”, y añadió: los “virajes bruscos” que esta ofrece, las revoluciones, tienen un contenido tan rico, presentan “combinaciones tan inesperadas y originales formas de lucha y de correlación de fuerzas que muchas cosas les parecen milagrosas a las mentalidades de la pequeña burguesía.”

Y pasó a elucidar las bases materiales de lo que aparecía “inexplicable”. En primer lugar, “la energía revolucionaria desplegada por el proletariado ruso en 1905-1907”, sin la cual habría sido imposible una segunda revolución tan rápida, que culminó su etapa inicial (el derrocamiento de la autocracia) en unos pocos días. Ese estallido y el período ultrarreaccionario que lo sucedió, entre 1907 y 1914, lanzó a la palestra política rusa, por primera vez, a millones de obreros y decenas de millones de campesinos y como una suerte de revolución cultural escardó los prejuicios que oprimían a la sociedad y reveló la naturaleza, intereses, fuerzas, modos de actuar, objetivos inmediatos y de largo plazo de todas las clases, y la verdadera naturaleza de la monarquía de los Romanov.

Añadió, que para que esa primera gran revolución condujera a los rápidos acontecimientos de los albores de 1917, se necesitó de un “acelerador omnipotente”, de un “director de escena”, del “factor más importante”: la guerra imperialista mundial, ese “amasijo sanguinolento” en que los amos de la esclavitud capitalista habían sumido al mundo desde 1914, en la cual Rusia se había alineado con las potencias de la Entente Cordiale (Inglaterra y Francia y posteriormente Estados Unidos). La crisis la terminaron de precipitar el capital financiero anglo-francés, los octubristas [2] y los demócratas constitucionalistas (kadetes) [3], que se esforzaban por impedir acuerdos “separados” entre Guillermo II (último káiser del imperio alemán y último rey de Prusia) y Nicolás Romanov, por lo que decidieron deponer a este y reemplazarlo por “espadones más enérgicos, menos gastados, más capaces”, y así mantener a Rusia en la sarracina.

Este artículo tiene por objeto analizar, siguiendo, principalmente, textos de Lenin, el primer factor mencionado: la Revolución de 1905-1907.

El jefe de los bolcheviques, ante un auditorio de jóvenes suizos, el 9 de enero de 1917, para conmemorar el décimo segundo aniversario de la matanza de obreros conocida como el Domingo Sangriento, fecha que dio inicio al auge revolucionario de 1905, pronunció, en lengua alemana, en La Casa del pueblo de Zurich, una conferencia titulada Informe Sobre la Revolución de 1905. Allí resumió lo sucedido.

En San Petersburgo, la capital del imperio, el 9 de enero de 1905, millares de obreros marcharon en procesión hacia el Palacio de Invierno (residencia del zar), con el ánimo de entregarle a este una petición; iban dirigidos por el sacerdote ortodoxo Gueorgui Gapón, un personaje carismático, que a la sazón se había convertido en el dirigente sindical más destacado de Rusia, “se identificaba de todo corazón con los trabajadores y sus aflicciones”, hallaba inspiración en el célebre escritor León Tolstoi, y había fundado, con la bendición del gobernador de la capital y de la policía zarista, la Asamblea de Trabajadores Rusos de Fábricas y Talleres, para buscar la “elevación moral y cultural de la clase obrera”, organización que a finales de 1904 contaba con unos 20.000 seguidores(PIPES, 2016).

revolucion rusa 1905 Gapon

Inicialmente, la principal preocupación del religioso era el “bienestar espiritual de su rebaño”. Pero a finales de 1904, decidió que su Asamblea debía hacer política, influido por el creciente ambiente opositor de los zemstvos, a los que durante la época de la contrarreforma la autocracia les limitó, hacia 1890, sus ya de por sí escasas prerrogativas. Los zemstvos eran unos órganos de administración “autónoma” local creados en las provincias centrales de Rusia en 1864, cuyos integrantes eran principalmente liberales adinerados que se oponían tímidamente al zar, y esperaban de él algunas concesiones, sin afectar las bases de la autocracia. Estas instituciones habían empezado a realizar cónclaves nacionales  semilegales con visos políticos, cuyo punto culminante fue un congreso realizado entre el 6 y el 9 de noviembre de 1904, el cual contó con la bendición del zar. Sus reivindicaciones se circunscribían a que se conformara un parlamento con voz en la elaboración del presupuesto estatal y poder de supervisar la burocracia. Para el zar, hasta estas nimiedades eran inaceptables: “Jamás, bajo ninguna circunstancia (…) aprobaré una forma representativa de gobierno, porque la considero perjudicial para el pueblo cuyo cuidado me ha confiado Dios.” A cambio, el 12 de diciembre de 1904, publicó una ley “concerniente a la mejora del orden político”, que anunciaba algunas reformas baladíes referentes al campesinado, “tan presente en nuestro corazón”, otras sobre derechos jurídicos y civiles, sobre rendición de cuentas de los funcionarios, tolerancia religiosa, suavización de la censura, un seguro estatal para trabajadores.

Gapón en sus memorias refleja cuánto lo habían motivado estos acontecimientos:

Entretanto, en noviembre se celebró el gran Congreso de los Zemstvos, al que siguió la petición de los abogados rusos en el sentido de que se garantizaran la ley y la libertad. No pude sino sentir que estaba cerca el día en que arrebataríamos la libertad de manos de nuestros antiguos opresores, y al mismo tiempo temía con espanto que, por falta de apoyo de las masas, el  esfuerzo fracasara. Me reuní con varios intelectuales liberales y les pedí su opinión sobre lo que podrían hacer los trabajadores para colaborar con el movimiento de liberación. Me aconsejaron que también nosotros redactáramos una petición y la presentáramos al gobierno. Pero no me pareció que tal petición fuera de mucho valor a menos que la acompañara una gran huelga industrial (CITADO POR PIPES, 2016).

La oportunidad se presentó el 20 de diciembre de 1904, cuando la fábrica Putílov, la empresa industrial más grande de todo el imperio y la tercera de Europa Occidental (manufacturaba desde herrajes hasta destructores y su respectiva artillería), despidió a 4 obreros miembros de la Asamblea. Otras fábricas pararon en solidaridad. El 7 de enero de 1905, los huelguistas ya llegaban a 82.000 y al día siguiente, a 120.000.

El domingo 9, millares de obreros se dirigieron en manifestación a la plaza del Palacio de Invierno, la residencia de “su majestad”, para formularle una petición, que empezaba en los siguientes términos:

“Nosotros, obreros, vecinos de Petersburgo, acudimos a Ti. Somos unos esclavos desgraciados y escarnecidos; el despotismo y la arbitrariedad nos abruman. Cuando se colmó nuestra paciencia, dejamos el trabajo y solicitamos de nuestros amos que nos diesen lo mínimo que la vida exige para no ser un martirio. Mas todo ha sido rechazado, tildado de ilegal por los fabricantes. Los miles y miles aquí reunidos, igual que todo el pueblo ruso, carecemos en absoluto de derechos humanos. Por culpa de Tus funcionarios hemos sido reducidos a la condición de esclavos”.
La petición exponía las siguientes reivindicaciones: amnistía, libertades públicas, salario normal, entrega gradual de la tierra al pueblo, convocatoria de una Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal, y terminaba con estas palabras:
“¡Majestad! ¡No niegues la ayuda a tu pueblo! ¡Derriba el muro que se alza entre Ti y Tu pueblo! Dispón y júranoslo, que nuestros ruegos sean cumplidos, y harás la felicidad de Rusia; si no lo haces, estamos dispuestos a morir aquí mismo. Solo tenemos dos caminos: la libertad y la felicidad, o la tumba” (CITADO POR V.I. LENIN, Informe sobre la revolución de 1905).

A los manifestantes los embargaba la exaltación religiosa, entonaban himnos y portaban iconos, pero presentían que algo funesto se acercaba, algunos les habían dejado cartas de despedida a sus seres queridos, pues el gobernador de la capital había llamado a los trabajadores a marginarse y amenazado con utilizar la fuerza. El 8 de enero ordenó arrestar a Gapón, que se ocultó de inmediato, pero apareció al otro día al frente de los manifestantes. El “padrecito zar” recibió a los obreros inermes con tropas de ulanos y cosacos con sables desenvainados y ráfagas de ametralladora. Unos mil fueron asesinados y quedaron más de dos mil heridos.  En medio de la matanza, en las inmediaciones del puente de Narva, como un fantasma, el cura Gapón se levantó de entre las víctimas y gritó a todo pulmón: “¡Ya no hay Dios, no hay zar!”

Krovavoe voskresenie

En la proclama El comienzo de la revolución en Rusia, escrita en Ginebra y publicada en el número 4 del periódico Vperiod (Adelante), Lenin menciona que en los días posteriores al Domingo Sangriento la consigna de los obreros de Petersburgo, que antes creían en el zar, por boca de su líder, el padre Gapón, era la de derrocarlo de inmediato: “Ya no tenemos zar. Un río de sangre lo separa del pueblo. ¡Viva la lucha por la libertad!” Lenin agrega: “Nosotros decimos: ¡Viva el proletariado revolucionario!”, y llamó a armar al pueblo. “Solo el pueblo armado puede ser un verdadero baluarte de su libertad.” Y definió cómo debía actuar la clase obrera en circunstancias históricas como esa, en las que se veía obligado a marchar junto con otras clases, en particular con sectores de la burguesía:

El proletariado debe seguir siempre su camino independiente sin debilitar sus vínculos con el Partido Socialdemócrata [generalmente los partidos revolucionarios marxistas de la época llevaban este nombre] ni olvidar nunca sus magnos objetivos finales de emancipar a la humanidad entera de toda explotación (…) Los socialdemócratas podemos y debemos caminar aparte de los revolucionarios de la democracia burguesa, guardando la independencia de clase del proletariado, pero debemos marchar unidos con ellos durante la insurrección, al asestar golpes directos al zarismo, al hacer frente a las tropas y al asaltar las bastillas del maldito enemigo de todo el pueblo ruso.     

Los desórdenes y los saqueos, muy especialmente de armerías, se extendieron por toda la capital. “El Domingo Sangriento generó una oleada de horror que recorrió el país entero; entre las masas, la imagen del “buen zar” se derrumbó.” Hubo mítines de protesta en todo el país. En Riga, el 13 de enero, mientras se desarrollaba una huelga general, las tropas asesinaron a 70 personas; el 14, en Varsovia, a 93, y a otras 31, el 18 de abril (1 de mayo). En junio, en Odesa, se produjeron las peores matanzas; allí los huelguistas recibieron el apoyo de los marinos del acorazado Potemkin, un enorme buque de la armada imperial. Hubo unos 2.000 muertos y más de 3.000 heridos graves. Sobre esta grandiosa sublevación el cineasta ruso Serguei Eisenstein dejó un inmortal testimonio en la película del mismo nombre del buque, la cual es considerada uno de los hitos de la cinematografía mundial.

En la conferencia a los jóvenes suizos, Lenin les señaló cómo se le imponía comparar aquella ingenua petición del obrerismo con las resoluciones de los social-pacifistas, que les pedían a los gobiernos burgueses que desataron la guerra imperialista de 1914 que pactaran una “paz democrática”, lo cual, dijo, resultaba tan estúpido como esperar que el sanguinario zar se inclinara a hacer reformas democráticas mediante peticiones pacíficas. No obstante, la gran diferencia entre una y otra actitud es que los social-pacifistas eran unos hipócritas que pretendían alejar al pueblo de la lucha revolucionaria a la que lo habían llamado los socialdemócratas que no se dejaron corromper por los capitalistas de sus propios países y que, por el contrario, llamaron a convertir la contienda entre potencias en guerras civiles contra sus propios gobiernos. Mientras que los “incultos obreros rusos de la Rusia prerrevolucionaria” habían demostrado que eran “hombres sinceros en los que por vez primera despertaba la conciencia política”. Y, precisamente, el despertar de la conciencia política y del deseo de ir a la lucha revolucionaria de inmensas masas populares era lo que le había impreso su verdadera significación histórica al 9 de enero de 1905.

Se ha discutido si Gapón era un agente provocador, pues provenía de la asociación zubatovista —por Serguei V. Zubátov, jefe de la policía política de Moscú (Ojrana), quien planeó alejar a los obreros de la influencia de los revolucionarios, no solo mediante la labor de zapa, sino promoviendo concesiones secundarias a sus exigencias económicas— y porque el gobierno había permitido que el movimiento se desarrollara sin mayores trabas, para en un determinado momento lanzar una represalia sangrienta. Pero, dice Lenin, tampoco podía descartarse que el sacerdote fuera un instrumento inconsciente del plan policíaco. Además, porque entre el clero joven fermentaba un movimiento liberal y reformador llamado “neoortodoxo”. Dice, además, que quizas los hechos del Domingo Sangriento pudieron haberlo empujado hacia un camino verdaderamente revolucionario, como podían indicarlo las cartas escritas por el monje después de la matanza en las que pregonaba: “ya no tenemos zar”, e instaba a luchar por la libertad. De ahí que el partido frente a este dirigente debía ser cauteloso y desconfiado, pero, a la vez, debía participar activamente en las huelgas, así las hubiera comenzado un zubatovista, y desarrollar una propaganda enérgica de las ideas y consignas socialdemócratas.

El gobierno, aderezando con cinismo el crimen, designó una comisión para investigar las causas de lo sucedido, la cual, paradójicamente, determinó pedirles a los obreros fabriles que enviaran representantes a la misma; una medida sin precedentes. Así, en la segunda semana de febrero, hubo elecciones en las fábricas de la capital con la participación de 145.000 obreros. Los delegados elegidos nombraron representantes para integrar una comisión que planteó exigencias que el gobierno no aceptó, y la comisión fue disuelta. Pero este hecho resultó de una importancia histórica enorme, pues, no solo habían tenido lugar las primeras elecciones obreras libres de toda la vida del país sino que “por primera vez en la historia rusa había una representación electa de un gran cuerpo de trabajadores […], y no simplemente obreros de distintas fábricas”. Con ello, el gobierno mismo había ayudado a sentar las bases de lo que luego, hacia el final del mismo año, sería el Soviet de Diputados Obreros de San Petersburgo.

Lenin también extrajo de la carnicería la siguiente esclarecedora lección, que sería fundamental para los días decisivos de octubre de 1917, publicada en otro artículo de Vperiod, El Plan de la batalla de Petersburgo; hizo, además, la anotación de que podría parecer extraño llamar batalla a una matanza de obreros inermes, pero el gobierno hizo sus cálculos considerando la defensa de la capital y del palacio de Invierno desde el punto de vista militar, hasta despojó de mando a los civiles y puso a la ciudad bajo la férula de generales sedientos de sangre:

El proletariado deberá aprender de estas lecciones militares del gobierno. Y ya que ha comenzado la revolución, aprenderá también el arte de la guerra civil. La revolución es una guerra. Es de todas las que conoce la historia, la única guerra legítima, legal, justa y realmente grande. Una guerra que no se libra como las demás, por el interés egoísta de un puñado de gobernantes y explotadores, sino en interés de las masas del pueblo contra los tiranos, en interés de los millones y millones de explotados y trabajadores contra el abuso y la violencia.”

El frío asesinato, continúa Lenin, también les enseñó a los obreros que sin armas se verían siempre condenados a ser ametrallados con cualquier pretexto, y cuando el pueblo reflexionara sobre todo lo ocurrido se percataría de que “en la guerra se debe actuar según las reglas de la guerra”, por lo que las batallas futuras deberían ajustarse a planes que ya no solo serían desarrollados por grandes duques y por zares.

Hasta ese momento, prosigue, su partido lo conformaban muy pocas personas, por lo que los reformistas de la época los tildaban de “secta”; pero al calor de los nuevos acontecimientos, esos pocos centenares se transformaron en millares y esos millares en jefes de millones de proletarios, y en el curso de unos pocos meses, el enorme país, de cerca de 130 millones de habitantes , sumido por siglos en la tinieblas medievales, se lanzó a la revolución. El medio principal de esta fue la huelga de masas. Así, explica el jefe proletario, por su contenido social —sus objetivos eran conquistar la república democrática, la jornada de ocho horas, confiscar los inmensos latifundios de la nobleza— fue una revolución democrático burguesa; en tanto que, por la dirección que le imprimieron los asalariados, y los medios que utilizó —la huelga, un método específicamente proletario de lucha— se trató, a un tiempo, de una revolución proletaria. Fue la primera gran revolución de la historia humana en la que la huelga política de masas desempeñó un papel extraordinario.

Ascenso de la lucha proletaria

Na Vasilyevskom ostrove

Desde luego, tampoco se trataba de que esto hubiera acontecido como por ensalmo. El desarrollo acelerado del capitalismo en Rusia en las últimas décadas del siglo XIX,  trajo un crecimiento altísimo de la clase obrera urbana y rural y, con él, su preciado instrumento de lucha, la huelga. En la década anterior a 1905 el promedio anual de huelguistas había llegado a 43.000; en cambio, solo en enero de 1905, se lanzaron a ella 440.000 obreros. Al finalizar 1905 habían paralizado actividades 2 millones 800 mil trabajadores. Entre estos se destacaban los metalúrgicos, cuya mayoría de acciones fueron políticas, antes que económicas. Lenin los comparaba con los obreros textileros, que los sobrepasaban en número, 150 % más, y representaban el sector más atrasado y peor retribuido del obrerismo, todavía con un pie en el campo, entre quienes predominaron inicialmente las huelgas por reivindicaciones económicas y solo a finales del año se lanzaron a las huelgas políticas. Sobre esta circunstancia, subrayó:

“Sólo la lucha económica, por el mejoramiento directo e inmediato de su situación es capaz de poner en movimiento a las capas más atrasadas de las masas explotadas, de educarlas verdaderamente y de convertirlas —en épocas de revolución—, en el curso de pocos meses, en un ejército de luchadores políticos.”

El paulatino crecimiento de las luchas obreras se había iniciado desde 1885, con grandes huelgas en la zona manufacturera central del país. En las primeras de ese año la participación de los revolucionarios socialistas fue insignificante, estaban “completamente aislados y no aglutinados en organización alguna”. Como resultado de estas incipientes batallas el gobierno hizo algunas concesiones económicas. Lenin lo periodizó como sigue:

1881, obreros petersburgueses, con motivo del funeral del escritor progresista N. Shelgunov, participaron en la manifestación, pronunciaron discursos políticos en contra del gobierno y acordaron celebrar el primero de mayo, acto que se realizó en la clandestinidad con la participación de entre 70 y 80 proletarios.

1886, el movimiento se hizo masivo, decenas de miles de trabajadores se lanzaron a la huelga, a la agitación callejera, esta vez con el concurso de una pequeña organización socialdemócrata, conformada básicamente por estudiantes. Dirigido de forma consciente y sistemática por socialdemócratas, el movimiento adquirió grandes proporciones e importancia, superando lo que había significado, en 1885, la huelga de la fábrica de textiles Morózov, en inmediaciones de Moscú, que tuvo gran repercusión y había sido hasta ese momento la pelea obrera más importante. El gobierno de nuevo hizo concesiones económicas, y los ceses se extendieron a toda Rusia. Creció la afluencia de intelectuales a la socialdemocracia, y se fundó el Partido Socialdemócrata.

1901, Los obreros se solidarizaron con las luchas estudiantiles y se lanzaron a la política revolucionaria, pidiendo el derrocamiento de la autocracia. Los intelectuales se dividieron definitivamente en un ala liberal democrático burguesa y otra socialdemócrata, este sector participó cada vez de forma más amplia, directa y activa en el movimiento.

1902, una enorme huelga en Rostov se convirtió en un claro movimiento político obrero con identidad propia, ya no adherido al de los intelectuales. La participación de la socialdemocracia se tornó más activa, y el obrerismo obtuvo el derecho a realizar mítines públicos de masas, “por primera vez se enfrenta como clase a todas las demás clases y al gobierno zarista.”

1903, las huelgas se combinaron con mítines políticos de masas y arrastraron al movimiento a más de 100 mil obreros de distintas ciudades. Surgió entre algunos socialdemócratas, principalmente en Kiev, la opinión de que se estaba en vísperas de combates de barricadas, pero Lenin advirtió:

“Las vísperas resultan ser, sin embargo, relativamente largas, como si quisieran enseñarnos que a veces las clases poderosas acumulan fuerzas durante meses y años enteros, como si trataran de poner a prueba a los escépticos intelectuales que han adherido a la socialdemocracia.”

Y, en efecto, eso sucedía en el Partido, en el que el ala intelectual peroraba sobre un “tipo superior” de manifestaciones bajo la forma de acuerdos con los zemstvos a fin de no causar miedo, y esgrimía la tesis de que en la palestra política quienes contendían eran solo dos fuerzas: la burocracia (zarismo) y la burguesía, ¡olvidando a los asalariados como fuerza independiente!

1905, el movimiento proletario se tomó la escena (un rotundo mentís a la línea de los “intelectuales”), la asociación obrera legal, fundada por Gapón, optó el camino revolucionario, las huelgas comenzaron a transformarse en alzamientos (Lenin había planteado en su folleto ¿Qué hacer?, casi tres años antes, la consigna de la insurrección armada de todo el pueblo); la participación de la socialdemocracia se hizo mucho más notable, pero, aún muy débil frente a la necesidad de las masas de una dirección revolucionaria socialdemócrata (V.I. LENIN, Las primeras enseñanzas).

La pelea por la tierra

Las batallas obreras del comienzo de año sacaron a la palestra al segundo gran protagonista de la revolución: el campesinado. En la primavera (marzo-mayo) afloró el primer gran movimiento campesino, “no solo económico, sino también político, habido en Rusia”. Aunque la emancipación de los labradores rusos “de la más penosa dependencia feudal” había empezado ya en 1861, aún eran en su mayoría analfabetos, vivían en una miseria indescriptible, abrumados por los terratenientes y embrutecidos por los curas y aislados por enormes distancias por la falta casi total de caminos.

campesinos rusos 

La reforma de 1861, bajo Alejandro II, que abolió el régimen de servidumbre, no solo conservó la propiedad de los terratenientes sino que las tierras de los campesinos fueron declaradas propiedad de aquellos; estos podían recibir una parcela solo pagando un rescate y con el consentimiento del terrateniente. Los labriegos tenían 49 años para pagar la deuda, al 6 % de interés anual. Los atrasos en el pago del rescate aumentaban año tras año, hecho que provocó la depauperación masiva y la ruina de las fincas. Los campesinos que habían dependido de los terratenientes pagaron de rescate al gobierno 1.900 millones de rublos, mientras el valor de las tierras así obtenidas no superaba en el mercado los 544 millones de rublos. Fueron obligados a pagar no solo por la tierra sino por su libertad personal. Aparte de esto, al efectuarse la reforma, más de 1/5 de la tierra que usufructuaban bajo el régimen de servidumbre les fue arrebatado en favor de los grandes propietarios. Los recortes eran la parte mejor de las tierras campesinas (pastos, abrevaderos, prados). Lenin calificó esta reforma como el primer acto de violencia masiva contra el campesinado, en beneficio del capitalismo naciente en la agricultura. El rescate fue una verdadera expoliación de las masas campesinas. Después de la reforma, la minoría terrateniente concentraba 71.500.000 deciatinas de tierra, en tanto que la enorme masa de campesinos, menos de la mitad, 33.700.000 (una deciatina igual a 1,09 hectáreas).

En otra de sus obras famosas, A los pobres del campo, Lenin hace un más detallado análisis de la estructura de la propiedad agraria. Señala que el total de las tierras de la Rusia europea, entre las de propiedad privada y las comunales, se calculaba en 240 millones de deciatinas, de las cuales, menos de 500 mil familias poseían 109 millones —pero de estas, la mitad eran propietarios muy pequeños, de menos de 10 deciatinas cada uno—; mientras que más de 10 millones de familias campesinas poseían 131 millones correspondientes a los lotes comunales. El terrateniente más grande, la corona, era dueño de 7 millones de deciatinas, poseía más tierra que medio millón de familias campesinas. Las iglesias y monasterios poseían seis millones de deciatinas más. Los siguientes dos datos ilustran todavía más hasta donde estaba concentrada la propiedad rural: 16 mil familias poseían cada una más de 1.000 deciatinas y, en total, 65 millones de deciatinas. ¡Y 924 propietarios, dueños cada uno de más de 10.000 deciatinas, un total 27 millones! Digamos de paso que la estructura rural colombiana ¡a comienzos del siglo XXI!, proporcionalmente no dista mucho de esa aberrante situación.

Desde 1825 intelectuales de las clases medias se habían puesto al frente de las luchas agrarias que tenían como telón de fondo tal sistema de propiedad. En 1881, fue muerto el zar Alejandro II, abuelo de Nicolás II, a manos de unos de estos luchadores que creían que ejecutando a personas de las clases opresoras se conseguiría la liberación del pueblo. Muchos sacrificaron heroicamente sus vidas, pero nunca, dice Lenin, a pesar de haber contribuido a la educación revolucionaria del pueblo, alcanzaron, “ni podían alcanzar”, el objetivo de avivar la revolución popular. Empero, la oleada de huelgas que se produciría años después sí lograría despertar a las grandes masas campesinas de su sueño letárgico:

La palabra “huelguista” adquirió para los campesinos un sentido completamente nuevo, viniendo a ser algo así como rebelde o revolucionario, conceptos que antes se expresaban con la palabra “estudiante”. Pero como el “estudiante” pertenecía a las capas medias, a la “gente de letras”, a los “señores”, era extraño al pueblo. El “huelguista”, por el contrario, había salido del pueblo, él mismo figuraba entre los explotados. Cuando lo desterraban de Petersburgo, muy a menudo retornaba al campo y hablaba a sus compañeros de la aldea del incendio que envolvía a las ciudades y que debía eliminar a los capitalistas y a los nobles. En la aldea rusa apareció un tipo nuevo: el joven campesino consciente. Este mantenía relaciones con los “huelguistas”, leía periódicos, refería a los campesinos los acontecimientos que se producían en las ciudades, explicaba a sus compañeros del lugar la significación de las reivindicaciones políticas y los llamaba a la lucha contra los grandes terratenientes-nobles, contra los curas y los funcionarios.

Los campesinos, entonces, se incorporaron a la lucha; en marzo de 1905 ya había un verdadero movimiento insurreccional. Se lanzaban contra los terratenientes, les prendían fuego a sus palacios y fincas, se apropiaban del ganado y el grano, se enfrentaban a muerte con los policías, y exigían la entrega de la tierra al pueblo. El zar y su ejército, derrotados en Manchuria, se vengaban con el pueblo inerme, se abalanzaban contra los campesinos pobres. En cambio, la clase obrera urbana ganaba en los campesinos revolucionarios un nuevo aliado; y a su Partido le aparecía un doble reto: apoyar e impulsar ese movimiento democrático y revolucionario, de un lado, y, de otro, mantener una posición clasista consistente en organizar al jornalero rural en el partido, haciéndole ver que sus intereses eran antagónicos con los de los capitalistas agrarios, y por tanto llamarlos a luchar por la revolución socialista; pues su miseria y opresión no cederían porque algunos se convirtieran en pequeños patrones, sino cambiando el capitalismo por el socialismo. Solo cabía una solución:

Junto a la burguesía campesina contra todas las supervivencias de la servidumbre y contra los terratenientes asentados en este régimen; junto al proletariado urbano, contra la burguesía campesina y cualquier otra burguesía, tal es la “línea” del proletariado del campo y de sus ideólogos, los socialdemócratas.

En otras palabras:

Apoyar a los campesinos cuando su lucha contra los terratenientes ayude al desarrollo y fortalecimiento de la democracia; mantenerse neutral ante ellos cuando su lucha contra los terratenientes sea exclusivamente un ajuste de cuentas entre dos fracciones de la clase poseedora de la tierra, indiferente para el proletariado y la democracia.

Esta orientación revestía especial importancia dada la composición de clase del campo ruso. Aparte de lo ya mencionado existía una capa de entre un millón y medio y dos millones de campesinos acomodados, la cual tenía en sus manos más de la mitad de los medios de producción y de toda la propiedad de la tierra que poseían los labriegos. Clase sin duda hostil al régimen de servidumbre, a los terratenientes, a los funcionarios, capaz de ser demócrata, pero cuya hostilidad hacia el asalariado rural era todavía mayor. Entre este y el propietario rural rico (kulak) se ubicaba el campesino medio. Estas capas tenían elementos comunes, por lo que todo su movimiento revestía un carácter democrático. Pero la tarea de los socialdemócratas era aferrarse al punto de vista de clase y organizar la más estrecha alianza entre el obrero urbano y rural, fomentar enérgicamente las aspiraciones verdaderamente democráticas contenidas en la vaga y confusa consigna: “tierra y libertad”, pero al tiempo preparar en el campo los elementos de la lucha socialista. El Partido debía impulsar todas las medidas revolucionarias que mejoraran la vida de los campesinos y para esto no se detendría ante la expropiación de las tierras señoriales. Así, pondría en pie una organización independiente y clasista de los braceros, enfatizando en la explicación del antagonismo de sus intereses con los del capitalista rural, haciendo ver que solo la unidad y la lucha común de los obreros urbanos y agrarios contra toda la sociedad burguesa podía llevar a la revolución socialista, la única capaz de sacar a los pobres del campo de la miseria y la explotación. Lanzó la consigna de construir comités campesinos revolucionarios, encargados de poner bajo su mando la insurrección  agraria y llevar a cabo el programa revolucionario; comités en los que el Partido debía trabajar y acompañarlos en sus acciones democrático-revolucionarias (V.I. LENIN, El proletariado y el campesinado).

En dichos comités debía hacerse una intensa propaganda para combatir la ignorancia de los aldeanos, que no les dejaba ver el carácter político del movimiento, ni entender que sin una transformación democrática de todo el aparato estatal, no era posible implantar medidas sólidas para ampliar la propiedad de la tierra. A la vez que mantenerse vigilante de la conducta de su aliado temporal, el campesinado propietario, para ver cuando muestra sus garras de capitalista. En este mismo documento Lenin señala la legitimidad de la guerra de los campesinos por la tierra en los países coloniales y semicoloniales, pero insiste en su carácter, “en última instancia”, democrático-burgués, por lo que “a la par que la socialdemocracia apoya ese contenido mantiene sus reservas,  insiste en la independencia de la democracia proletaria para trabajar por la revolución socialista” (V.I. LENIN, Sobre nuestro programa agrario, carta al iii congreso).

Al calor de estos acontecimientos y con base en lo expuesto, Lenin propuso cómo debería quedar redactado el punto del programa del Partido en la cuestión agraria en ese momento, entre otras cosas, para evitar que planteamientos coyunturales como el de los “recortes” terminaran siendo presentados por los reformistas o mal comprendidos por la masa como sus máximas aspiraciones:

El POSDR [Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia] exige ante todo (…) la creación de comités campesinos revolucionarios para eliminar todas las supervivencias de la servidumbre, para llevar a cabo una transformación democrática de todas las relaciones existentes en el campo y para implantar medidas revolucionarias destinadas a mejorar la situación de los campesinos, sin detenerse ante la confiscación de las tierras señoriales. La socialdemocracia apoyará a los campesinos en todas sus empresas revolucionario-democráticas, pero defenderá al mismo tiempo los intereses propios y la organización independiente del proletariado rural.

En la revolución de 1917 Lenin enfatizaría en la nacionalización de la tierra, a lo cual conducen, bajo el régimen capitalista, todas las medidas encaminadas a transformar las relaciones agrarias. En 1905 señalaba que el Partido era enemigo de ella mientras se construía la república democrática, pero que ya con ésta y con el pueblo armado y con la puesta en práctica de otra medidas republicanas “la socialdemocracia no podría renunciar a la nacionalización de la tierra ni atarse las manos en ese sentido.” Pero en el momento, resalta Lenin, y hasta llegar al triunfo de la insurrección campesina, la consigna “deberá tener en cuenta necesariamente el antagonismo entre campesinos y terratenientes”. Lenin enfatiza también que con su formulación de “llevar a cabo una transformación democrática de todas las relaciones existentes en el campo” les amplía la perspectiva a los campesinos, haciendo trascender sus objetivos al aspecto político del movimiento, sin lo cual todas sus medidas serían inseguras y les serían de nuevo arrebatadas fácilmente por los opresores.

Los bolcheviques fomentan la rebelión de las tropas y las nacionalidades

motc3adn potemkinY esa unión de la huelga proletaria de masas en las ciudades con el movimiento campesino en las aldeas hizo tambalear el último y más “firme” sostén del zarismo: el ejército. Los avances del movimiento obrero y campesino condujeron a insurrecciones de soldados por todas partes, siendo la más famosa la ya citada del acorazado Príncipe Potemkin, de la Flota del mar Negro.

No obstante la extensión del movimiento de los soldados, Lenin anotó que las masas de la milicia aún eran demasiado ingenuas, pacíficas, benévolas, confiadas. Les faltaba firmeza y mayor conciencia de sus misión, no comprendían que la única garantía de la revolución era continuar la lucha armada hasta derrocar el gobierno y conquistar el poder en todo el país. Se sublevaban con facilidad pero así mismo liberaban a los oficiales que habían apresado y cedían ante sus engañifas. El alma de estas insurrecciones fueron los obreros y campesinos de uniforme; pero, los obreros socialdemócratas enlistados, no supieron tomarse la dirección y pasar a la ofensiva.

En el mismo sentido resume la experiencia del movimiento campesino. A pesar de que sus insurrecciones cubrieron más de un tercio de los distritos del país, les faltó ir mucho más a fondo:

“Desgraciadamente, los campesinos solo destruyeron entonces la quinzava parte del número total de fincas de los nobles, solo la quinzava parte de lo que hubieran debido destruir para barrer del suelo ruso, de una vez para siempre, esa vergüenza del latifundio feudal (…) actuaron demasiado dispersos, demasiado desorganizadamente y con insuficiente brío en la ofensiva, siendo ésta una de las causas fundamentales de la derrota de la revolución.”

A los levantamientos de obreros, campesinos y soldados vino a sumársele el estallido de un movimiento de liberación nacional, fruto de que alrededor del 57 % de la población rusa sufría la opresión nacional, se le negaba el uso de su lengua materna y era rusificada a la brava. Lenin que, recordemos, en uno de los documentos citados les hablaba a los jóvenes obreros suizos, aprovechó para mostrarles “un pequeño ejemplo” de cómo crecía este movimiento. Les contó que en diciembre de 1905 muchachos polacos de educación secundaria quemaron todos los libros y cuadros rusos y retratos del zar y apalearon a los maestros y a sus condiscípulos rusos al grito de “¡Fuera de aquí, a Rusia! Y presentaron estas reivindicaciones: 1) que todas las escuelas pasaran a depender del Soviet de Diputados Obreros; 2) reuniones conjuntas de estudiantes y obreros en los edificios escolares; 3) autorización para vestir en los liceos blusas rojas como señal de adhesión a la república proletaria.

La táctica bolchevique y la Duma

En el otoño (septiembre-diciembre) de 1905 el movimiento llegó a su apogeo. El 6 de agosto el zar, para calmar las aguas, expidió un Manifiesto en el que instituía una asamblea representativa: la llamada Duma de Buliguin: una caricatura de parlamento sin poder con apenas funciones consultivas y elegido por un número irrisorio de personas. El documento reafirmaba la “inviolabilidad del poder autocrático”; a la burguesía le concedía que el voto no se basara en el estamento sino en requisitos de propiedad, fijados en un altísimo nivel; los obreros industriales no podían votar; en San Petersburgo y Moscú tan solo podrían hacerlo entre el 5 % y el 10 % de los residentes; en provincia, esa proporción era del 1 %, o menos (R. PIPES). Sin embargo, los potentados, los liberales y los oportunistas “estaban dispuestos a aferrarse con ambas manos a esta dádiva”, cuyo objeto exclusivo era “contener la efervescencia del pueblo” y debilitar la lucha. Por el contrario, el partido de Lenin, que caló el verdadero carácter de esa “concesión”, lanzó de inmediato las consignas de:

¡Abajo la Duma consultiva! ¡Boicot a la Duma! ¡Abajo el Gobierno zarista!  ¡Continuación de la lucha revolucionaria para derrocar al Gobierno! ¡No es el zar, sino un gobierno provisional revolucionario quien debe convocar la primera institución representativa auténticamente popular de Rusia!

El llamado bolchevique prendió en la masa con enorme vigor. En octubre de 1905 el número de huelguistas aumentó a más de medio millón de obreros fabriles (en solo un mes), a quienes habían de sumárseles, entre otros, los ferroviarios —El Sindicato de Empleados y Obreros Ferroviarios era la organización sindical más grande de Rusia con 700.000 afiliados: 130.000, obreros, y, el resto, peones locales, sobre todo campesinos (citado por PIPES)— y los empleados de Correos y Telégrafos. Los primeros decretaron la huelga general que interrumpió el tráfico en toda Rusia y paralizó totalmente al gobierno. En el plan para el artículo La huelga política de toda Rusia, Lenin transcribió un verso de una bella canción de los obreros alemanes: “Todas las ruedas se detienen cuando así lo quiere tu vigorosa mano”.  La Duma de Buliguin nunca pudo reunirse, el vendaval revolucionario la arrasó.

El zar promulgó un Manifiesto el 17 de octubre, mientras transcurría la gran huelga política de masas, con el propósito de contener el auge revolucionario. El corresponsal del diario Times, de Londres, hizo el siguiente reporte: “El pueblo ha vencido. El zar ha capitulado. La autocracia ha dejado de existir.” Cierto que esa concesión era un gran triunfo revolucionario, pero estaba muy lejos de decidir la suerte de la libertad, y el zar tampoco había capitulado. Antes bien, se disponía a reagrupar fuerzas. Había cedido porque comprendió que no estaba en condiciones de lograr una victoria total, y sí podía sufrir una derrota contundente; un síntoma de esto era que en distintos lugares sucedían negociaciones entre el pueblo y las tropas, o, peor todavía, estas se retiraban de las ciudades: “era el principio del fin”. El Manifiesto prometía Constitución inmediata, Duma con derechos legislativos, vigencia de las leyes a partir de su aprobación por los  representantes del pueblo; responsabilidad ministerial. Además, concedía libertades cívicas, inviolabilidad de la persona, amnistía, libertad de conciencia, de reunión, de asociación.

Los banqueros y los demás potentados europeos y rusos recibieron alborozados la buena nueva, los capitales regresaron, buena parte con destino a sofocar la revuelta. Mejor no podía ser, se hacían pequeñas concesiones pacíficas que satisfacían plenamente a los amos, y no se les concedía excesiva libertad a las masas. Claro que a los magnates les parecía que, por el atolladero en que estaba el gobierno, se había llegado demasiado lejos en los favores a los “anarquistas”, a la huelga, a la revolución. Distinto, si las complacencias hubiesen sido con los liberales, “hombres moderados a los que se hubiera debido escuchar”.

Lenin, a quien nunca engañaba la palabrería, ante el féretro de uno de los tantos bolcheviques asesinados mientras se redactaba el ucase, manifestó:

¿Qué valen todas esas libertades prometidas, mientras el poder y las fuerzas armadas permanezcan en manos del gobierno? ¿No es en realidad una trampa esa amnistía por cuyo mecanismo los presos que salen de la cárcel son cazados a tiros por los cosacos en la calle? (V.I. LENIN, Nikolai Ernestovich Bauman, TOMO 12).

A pesar de esto, el Partido orientó para que se aprovechara al máximo la situación creada por el Manifiesto. Las puertas de las universidades fueron abiertas y las aulas se convirtieron en centros de debate de millares de obreros, artesanos, empleados que discutían amplia y libremente los candentes problemas políticos. También se conquistó la libertad de prensa. En solo Petersburgo se publicaban tres diarios socialdemócratas con tirajes de hasta 100.000 ejemplares. La consigna principal de los proletarios era: ¡Jornada de 8 horas y armas! Para un número creciente de obreros se hizo evidente que la revolución solo la definiría la lucha armada. Y en medio del fragor de los combates se conformó “una organización de masas original: los célebres Soviets de Diputados Obreros, asambleas de delegados de todas las fábricas”, que fueron convirtiéndose en verdaderos gobiernos provisionales revolucionarios en varias ciudades, en órganos y dirigentes de las insurrecciones. Desgraciadamente, se lamenta Lenin, estas pequeñas repúblicas locales duraron períodos demasiado breves y sus victorias fueron muy débiles y muy aisladas.

Los capitalistas emprendieron cierres de fábricas y despidos masivos de obreros en respuesta a que estos instituían autónomamente la jornada de 8 horas. Arrojaron a la calle a 100 mil obreros. El gobierno y los capitalistas pretendían provocar estallidos aislados del obrerismo, para aplastarlo por separado. Pero el Soviet de Petrogrado, orientado por los bolcheviques, llamó a no aceptar el combate en condiciones desfavorables y, más bien, lanzarse a exigir la reapertura inmediata de todas las fábricas y la reincorporación de los despedidos; pedir la solidaridad de todo el obrerismo del país; llamar a la huelga política general si no eran oídos; y envió delegados a otras ciudades a contactar obreros, soldados, asociaciones campesinas (Resolución del Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado del 14 de noviembre contra el lockout).

La revolución de 1905 tuvo su punto culminante en la insurrección de diciembre en Moscú, donde un contingente de no más de ocho mil heroicos proletarios, levantados en armas, le ofrecieron resistencia al gobierno zarista durante nueve días, y solo pudieron ser sofocados mediante la llegada de regimientos de Petersburgo y otras ciudades. Los revolucionarios habían comprado armas en el extranjero y las transportaron clandestinamente. Lenin, que había regresado a Rusia en noviembre, de manera oculta se puso al frente de la preparación del alzamiento. Publicaba las orientaciones para la actividad diaria en el periódico Novaia Zhisn (Vida Nueva). Stalin, el otro gran líder de la revolución, a quien luego le correspondería dirigir la mayor parte de la construcción del socialismo, desplegaba su labor revolucionaria en Transcaucasia; allí pronunció estas palabras: "¿Qué necesitamos para conseguir un verdadero triunfo? Necesitamos tres cosas: armamento, armamento y más armamento". Sin embargo, no se logró que la huelga y la posterior insurrección se extendiesen a todo el país, ni aun a Petersburgo, lo que debilitó las posibilidades de éxito. El ferrocarril se mantuvo en manos del gobierno zarista, lo cual le permitió transportar las tropas de la capital a Moscú. Los demás levantamientos también fueron aplastados con sevicia. “Ahí comenzó el viraje hacia el repliegue gradual de la revolución. La marcha ascendente de ésta cesó, comenzando su descenso.” (Historia del PCUS)

Lenin se llenaba de indignación con los profesores burgueses al estilo del “señor catedrático” Max Weber, que motejó de descabellada esta insurrección. Y les refrescó la memoria a los sabios académicos de la “cobarde burguesía”, explicándoles cómo el auge huelguístico, los levantamientos del campesinado y los soldados, y todo el desarrollo de la revolución rusa de 1905 llevaban inevitablemente a la lucha armada entre la vanguardia consciente del obrerismo y el gobierno zarista. Más adelante veremos también como debió polemizar agudamente sobre este mismo episodio con Plejánov, el líder menchevique.

El boicot a la primera Duma

El 11 de diciembre de 1905 el zar expidió la Ley sobre elecciones a la Duma de Estado. A diferencia de la consultiva de Buliguin esta tendría carácter legislativo. Aunque se agregaba el estamento obrero (curia obrera) y se ampliaba la composición del electorado urbano, el sufragio no era universal. No tenían derecho a votar los campesinos sin tierra, las mujeres, los pueblos nómadas, los militares, los menores de 25 años, y apenas podían hacerlo no más de dos millones de obreros. El sufragio no era igual: el voto de los terratenientes tenía el valor de tres de la curia urbana, de 15 de los campesinos y de 45 de los obreros. Tampoco secreto, ni directo, sino que constaba de varias etapas. En fin, se garantizaba un enorme predominio de los terratenientes y los capitalistas.

Se puso, entonces, en primer plano si se debía participar o no  en la Duma de Estado. El Partido realizó la Conferencia de Tammerfors, Finlandia, en reemplazo del IV Congreso, que no pudo llevarse a cabo, entre otras razones, por el paro ferroviario y la insurrección de Moscú. En ella se decidió no participar en las elecciones, denunciar cómo se excluía a la clase obrera y a los campesinos y llamar a una lucha resuelta en su contra. Lenin señaló que se trataba de una caricatura de representación popular, que no había libertad de agitación; y que si se caía en el señuelo del constitucionalismo no se podrían desplegar las banderas del Partido. Menos aconsejable era participar cuando en la mayoría de Rusia bullía la guerra civil.

Además, los sectores liberales se habían dividido, precisamente, en torno a la participación. Los demócratas constitucionalistas (Kadetes) impulsaban concurrir, mientras que los liberales más radicales, el ala izquierda, estaban por el boicot y tendían a un acuerdo con los revolucionarios. Así, el boicot permitía una clara y  acertada relación con la burguesía, mientras que participar les impediría a los pobres distinguir entre sus aliados cercanos y sus enemigos. Había una ventaja colateral: no se les permitiría a los gendarmes conocer los miembros del Partido. Podrían, más bien,  aprovecharse revolucionariamente las asambleas electorales, actuar al margen y a pesar de las elecciones, hacer un “boicot activo”. Participar también sembraría dudas sobre si los bolcheviques habían arriado la bandera de la Asamblea Constituyente, a cambio de una farsa de parlamento.

revolucion 1905

Los demócratas constitucionales cortejaban a los asalariados y a los campesinos para que les ayudaran a obtener la victoria en la Duma. En contra del argumento de que aún era previsible la insurrección sostenían que la revolución rusa llevaba ya años y no meses y que una y otra vez habíase probado que no conducía ni a la insurrección ni al gobierno provisional pregonados por el bolchevismo; que los intentos siempre habían sido sofocados; que también estaba probada la imposibilidad de la cooperación entre la intelectualidad liberal y los obreros y los campesinos; y, entre despectivos y asustados, preguntaban que si acaso lo que surgiría de ese gobierno provisional sería la dictadura del proletariado, porque de tal cosa no cabía hablar en Rusia. Lenin les respondió que no se trataba de saber si iba o no a haber contrarrevolución, ya que siempre la habría, sino de discernir quien saldría vencedor. Que los obreros y los campesinos sí se habían sublevado y que en esas rebeliones había participado una parte de la intelectualidad burguesa. Que las alusiones a la dictadura del proletariado eran simplemente una falsificación, porque la propuesta de los bolcheviques consistía en estatuir “una dictadura democrática del proletariado y el campesinado”. Concluía afirmando que el motivo por el cual los terratenientes liberales querían participar no era otro que el de que abominaban la lucha revolucionaria y la convocatoria revolucionaria de una Asamblea Constituyente; deseaban una componenda. Pero era vano suspirar por una componenda en una época de agudizada guerra civil.

La unidad y la lucha entre bolcheviques y mencheviques

Como entre los obreros y el pueblo crecía el clamor de que se buscara la unidad de las fuerzas del partido, los bolcheviques, pertrechados con las decisiones tomadas en Tammerfors, les propusieron a los mencheviques que se llevara a cabo un Congreso de Unificación del Partido (COMITÉ CENTRAL DEL P.C. (B) DE LA URSS, Historia del Partido Comunista (Bolchevique) de la Unión Soviética). Lenin insistió en que las políticas unitarias tenían que basarse en una diáfana defensa de los principios. Por ello, la campaña de fusión de las fracciones del Partido, por parte de los bolcheviques, debía consistir en: primero, apoyar la fusión; segundo, combatir con camaradería la táctica de los mencheviques. La fusión no obligaba a disimular en lo más mínimo las divergencias tácticas o a exponerlas inconsecuentemente o con alteraciones. La lucha ideológica hasta el congreso de unificación debía ser franca, directa, resuelta. Y luego, ya con un Partido único, la táctica, que consiste en la determinación de las acciones inmediatas, debía ser única, es decir, la aprobada por la mayoría, a la que la minoría está obligada a someterse, conservando su derecho de crítica y a agitar sus ideas hasta una nueva consideración del problema (V.I. LENIN, La Duma de Estado y la táctica socialdemócrata, TOMO 12).

Lenin

De acuerdo con esa orientación, Lenin, de inmediato, abordó la polémica con quien fuera uno de sus principales rivales teóricos y políticos, el menchevique Plejánov. Este pretendía ocultar sus inclinaciones hacia los demócratas constitucionalistas y su intención de aliase con ellos para ir a la Duma, criticando la táctica bolchevique del último trimestre de 1905. Afirmaba que la huelga política se había iniciado a destiempo y conducido a alzarse en armas también precipitadamente; que no era difícil haber previsto que las fuerzas serían insuficientes, en definitiva, que “no se debía haber tomado las armas”. Que, en consecuencia, se ponían a la orden del día nuevos procedimientos tácticos como concentrarse en el movimiento sindical, el cual había sido relegado por dejarse llevar de la idea de la insurrección. Que, por “falta de tacto”, se había apartado a los partidos oposicionistas. Finalmente, se pronunciaba contra el boicot a la Duma, pero sin especificar si había que participar o promover la idea de formar unos abstractos “órganos de autogobierno revolucionario”, de los que hablaban con fruición los mencheviques. Pero, a renglón seguido, señalaba que “la agitación electoral en el campo plantearía vivamente el problema de la tierra”, y como las fracciones partidarias estaban de acuerdo con la confiscación “ya era hora de poner en práctica” las debidas “resoluciones”.

En medio de todo, aparecía evidente el deseo de adaptarse a la Constitución, participar en el sindicalismo legal y en la Duma. Para los bolcheviques, en cambio, pasaban a primer plano la insurrección y el combate a las ilusiones de tipo constitucional, por lo que el movimiento puramente sindical tendría un lugar modesto.  Sostener que no debieron tomarse las armas adolecía de unilateralidad. Descartar la insurrección significaba declarar cerrado el periodo revolucionario y abierto el “constitucional” de la revolución democrática. Desde luego, ponía en claro la idea de que la insurrección debía abandonarse si la realidad objetiva indicaba que se había hecho imposible, pero eso era apresurarse demasiado, pues, la propia historia de 1905, demostraba que el movimiento se había levantado una y otra vez luego de los períodos de ira reaccionaria. Por otro lado, la autocracia no había cedido, tenía enormes contradicciones con sectores burgueses, y había sumido al país en una crisis económica que se ahondaba cada día. Todavía más absurda era la idea de Plejánov de llamar a confiscarles la tierra a los terratenientes y al tiempo pedir no apartar a los oposicionistas con “faltas de tacto”, siendo que estos perdonarían mil veces cualquier desatino; pero, tratándose de expropiarlos, hasta los Kadetes saltaban a la primera línea para aplastar las insurrecciones campesinas. Llamar a conquistar la tierra sin el triunfo de la sublevación armada no pasaba de ser una frase vacía, llamar a la expropiación de los terratenientes era tanto como incitar a la insurrección. Así, no había razones para descartar el alzamiento, no se podía ni se debía perder la esperanza en los obreros, los campesinos y los soldados. Había que prepararse para la rebelión, sin negarse a usar todos y cada uno de los medios legales para ampliar la propaganda, la agitación, la organización. Debían, además, difundirse y analizarse críticamente las experiencias armadas de Moscú, Rostov, el Donets y preparar con paciencia y tenacidad nuevas fuerzas y formas de combate, incluida la guerra de guerrillas (La situación actual de Rusia y la táctica del Partido obrero, TOMO 12).

El IV Congreso del Partido (de Unificación) se realizó finalmente en Estocolmo, Suecia, en abril de 1906. Asistieron 111 delegados con voto, en representación de 57 organizaciones partidarias y, 9 más, entre socialdemócratas polacos, letones y del llamado Bund (judíos socialistas). Los mencheviques fueron mayoría, entre otras razones, porque la represión desatada contra las organizaciones bolcheviques luego de la insurrección de diciembre, impidió que todas enviaran sus representantes. A los mencheviques también les permitió alterar el balance de fuerzas a su favor el hecho de que “en los días de la libertad” habían enlistado un amplio sector de intelectuales sin afinidad con el marxismo, por lo que se presentaron casos como el de Tiflis, una ciudad con escasa presencia obrera, pero que obtuvo una delegación igual en número a la de Petersburgo, el mayor centro industrial del país con cientos de miles de proletarios (COMITÉ CENTRAL DEL P.C. (B) DE LA URSS, Historia del Partido Comunista (Bolchevique) de la Unión Soviética).

Por lo tanto, dice Lenin, el contenido de las tres principales resoluciones del Congreso reflejó esta relación numérica. En ellas, aparecieron “con precisión” las concepciones erróneas del menchevismo. En el programa agrario optaron por la “municipalización”, que consistía en que una parte de las tierras serían propiedad de los labriegos, pero otra la deberían tomar en arriendo de la que los terratenientes les transfirieran a los zemtsvos; es decir, un “justo medio” entre una verdadera revolución agraria y una reforma tipo demócrata constitucionalista, lo cual no aceptarían los campesinos, que exigían o bien el reparto directo de la tierra o su conversión en propiedad de todo el pueblo. En los términos aprobados los campesinos no obtendrían nada de lo que necesitaban y sí se les darían nuevos bríos y mayor influencia a los capitalistas recalcitrantes que predominaban en los zemstvos. 

En cuanto a la Duma, la resolución consideraba deseable conformar un grupo socialdemócrata en ella. Pero el Congreso no quiso tener en cuenta que las nueve décimas partes de los obreros conscientes rusos habían boicoteado la Duma. Además, cuando este sesionó, ya prácticamente había terminado el proceso electoral en todo el país. Aun así, los mencheviques rechazaron la propuesta de sujetar la participación, en el tramo que faltaba, a la posibilidad de hacer una agitación realmente amplia entre las masas. Incluso, se opusieron a que solo pudieran integrar el grupo parlamentario socialdemócrata quienes se hubieran presentado a las elecciones como candidatos de organizaciones obreras. La conclusión solo podía ser que el Congreso había emprendido el camino del parlamentarismo. Los bolcheviques insistieron en que era inexcusable no usar este último, pero todo dependía de las condiciones concretas y, añadían que, en el caso específico de la Duma, habría de considerarse la imposibilidad de conformar un grupo parlamentario sin parlamentarios socialdemócratas elegidos por organizaciones obreras.

El Congreso también repelió la iniciativa de emprender una lucha decidida contra las ilusiones constitucionalistas; no quiso pronunciarse sobre la doble naturaleza de los demócratas constitucionalistas, que predominaban en la Duma, a quienes los caracterizaba su tendencia a conchabarse con la autocracia y a debilitar y ponerle fin a la revolución. El Congreso se dejó obnubilar por el “éxito momentáneo” del partido de los conciliadores burgueses.

En las resoluciones sobre la insurrección armada ni se intentó una crítica sincera de los errores de los obreros, ni una valoración del período octubre-diciembre de 1905, ni siquiera se quiso abordar la relación entre la huelga y la insurrección. No se dijo francamente que se consideraba un error el levantamiento, pero sí se lo condenaba de forma encubierta.

Los bolcheviques decidieron, entonces, que contra esos acuerdos del Congreso, que consideraban equivocados, se debía batallar ideológicamente, y así lo harían. Pero al tiempo hacían constar que eran adversarios de toda escisión y partidarios de respetar los acuerdos; así mismo, aceptaban rechazar el boicot al Comité Central, aun cuando en él solo hubiera quedado una “minoría insignificante” de bolcheviques. Expresaban su convicción sobre la necesidad de preservar la unidad, pero practicando la libre discusión de los asuntos y la crítica libre, como procedía entre camaradas.

En el aspecto organizativo la única diferencia consistió en la exigencia bolchevique de que el Comité Central tuviera la potestad de nombrar y sustituir a los integrantes de la Redacción del órgano central del Partido. Coincidían, por lo demás, en el centralismo democrático, en la necesidad de garantizar los derechos de la minoría, en cubrir todos los cargos por elección, en que los dignatarios rindieran cuentas y fueran sustituibles. Aplicar esto consecuentemente, concluían, era la única garantía contra las escisiones, y garantizaba que la lucha ideológica en el Partido fuera plenamente compatible con la unidad organizativa más rigurosa (V.I. LENIN, Llamamiento dirigido al Partido por los delegados al Congreso de Unificación pertenecientes al exgrupo “bolchevique”, TOMO 12).

Cabe anotar aquí que el bolchevismo, encabezado por Lenin, hizo una autocrítica sobre un aspecto de la actuación del Partido en esta revolución. Si bien la rectificación no enjuiciaba ni uno solo de los enfoques centrales con los que guio la lucha de clases del pueblo en el periodo, sí se relacionaba con una decisión táctica de gran importancia, como lo fue el boicot a la primera Duma de Estado. El Partido analizó que el boicot a la Duma de Buliguin había tenido éxito, porque había sucedido “en la etapa ascendente de la revolución y apoyándose en sus avances”, y no en la del reflujo, ya que solo durante el auge revolucionario era posible hacerla fracasar. Inclusive este triunfo tampoco podía considerarse decisivo. Pero como a la rebelión de diciembre de 1905 le siguieron otras, aunque desarticuladas y parciales, por ejemplo, en el ejército, y más huelgas en el verano de 1906, la consigna del boicot tenía la intención de “concentrar y generalizar estas insurrecciones”. No obstante, los hechos probaron que el momento ya había pasado. De ello se extraía una importante aprendizaje: había que saber avanzar resueltamente en la etapa ascendente de la lucha, pero también, cuando esta termina, saber replegarse en orden, sin pánico, con serenidad, esforzándose hasta lo imposible por salvaguardar los militantes de la furia del enemigo, y al tiempo reorganizarse y acumular fuerzas para una nueva batalla.

Lenin, en otra de sus importantes obras: La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, escrita en 1920, hizo el siguiente balance de ese episodio:

El boicot de los bolcheviques contra el "parlamento" en el año 1905 enriqueció al proletariado revolucionario con una experiencia política extraordinariamente preciosa, haciéndole ver que, en la combinación de las formas legales e ilegales, de las formas parlamentarias y extraparlamentarias de lucha es, a veces, conveniente y hasta obligado saber renunciar a las formas parlamentarias... Lo que constituyó ya un error, aunque no grande y fácilmente corregible, fue el boicot por los bolcheviques de la "Duma" en 1906... De la política y de los partidos se puede decir -con las variaciones correspondientes- lo mismo que de los individuos. No es inteligente quien no comete errores. Hombres que no cometan errores no los hay ni puede haber. Inteligente es quien comete errores que no son muy graves y sabe corregirlos bien y pronto (Historia del PCUS).

Con base en esta corrección, los bolcheviques afrontaron el análisis de la segunda Duma, luego de que el zar disolviera la primera, el 8 de julio de 1906, después de una breve existencia de dos meses. Lenin dijo que había sido disuelta “sobre una base estrictamente constitucional”, como se obra en toda “monarquía constitucional”, y que en el mismo decreto, para hacerle todavía más honor a la Carta, se autorizaba la celebración de nuevas elecciones. Ahora, singularmente, todas las esperanzas de los Kadetes se desplazaban de la  “Constitución” a la revolución. Y eso que fanfarroneaban de ser en la Duma “la coraza de la dinastía” y partidarios de la estricta constitucionalidad. Lenin les enrostro: “La lógica de la vida es más fuerte que la de los manuales de derecho constitucional. La revolución enseña”. Los Kadetes se derrumbaron de un solo plumazo de la monarquía, se demostró que no eran más que “espuma”.

Pero, la Duma con su breve existencia logró demostrar que una asamblea del pueblo con poder no podía existir si subsistía el viejo régimen. Incluso el pueblo utilizó “diez veces más” que los Kadetes la pequeña ampliación de libertades, lo mismo hicieron los partidos situados a la izquierda de estos: los trudoviques [5] los superaron en la Duma, y, entre las masas, los socialdemócratas y los socialistas revolucionarios. Pero como los asalariados se reanimaron y el movimiento campesino revolucionario se consolidó,  el gobierno se vio “obligado” a disolver la Duma. La monarquía le había respondido a la revolución con un acto revolucionario en esencia, aunque formalmente constitucional: la disolución de la Duma, remata Lenin. Había caído por su incapacidad para luchar por el poder.

Lenin orientó que había que responder al cierre del parlamento con la huelga general. Esta no podía ser pacífica porque el gobierno “ya había probado la sangre en diciembre”; y las solas manifestaciones debilitarían al proletariado sin ningún provecho. Contra esto conspiraba la preponderancia del ala derecha del Partido, que había permitido descuidar las acciones combativas. Entonces, la huelga debería convertirse de inmediato e inevitablemente en insurrección. Los bolcheviques debían esforzarse en explicar los nexos existentes entre estas dos formas de lucha, y fundir en uno solo el torrente de los estallidos obreros, los alzamientos campesinos y la “revuelta” militar. Los campesinos adelantándose a que lo decidiera una asamblea constituyente de todo el pueblo debían orientarse a destruir la propiedad terrateniente, y procurar que los bienes de estos pasaran a propiedad del pueblo con el menor daño posible. Pero explicaba que la destrucción de bienes, ganados y edificios, que muchas veces se presentaban, eran fruto en ocasiones de la falta de organización, de la debilidad propia de cuando una de las partes enfrentadas se venga del enemigo al no poder aniquilarlo.

Finalmente, entra a hacer una análisis de los Soviets. Parte de la apreciación de que la “forma de la lucha” está ligada a la “organización para la lucha”. Señala que si bien los Soviets gozaban de la inmensa autoridad que les habían conferido las jornadas de octubre y de diciembre, esto a veces se convertía en un fetiche, y se llegaba a creer que bajo cualquier circunstancia eran “necesarios y suficientes” para la revolución, por lo que se presentaba una actitud no crítica sobre la elección del momento  en que debían crearse. La experiencia había mostrado que eran órganos de la lucha directa de masas; habían surgido para dirigir las huelgas, luego se transformaron en comandos de la lucha general revolucionaria contra el gobierno, y luego en órganos de la insurrección. No fue la doctrina, ni ningún llamamiento, ni ninguna táctica, lo que condujo a esos cuerpos apartidistas de las masas a ver la necesidad de la insurrección y a convertirse en el órgano de la misma. Por esto construirlos, luego del cierre de la Duma, era igual a llamar a la insurrección. De lo que se deducía que estas organizaciones y otras de masas semejantes eran insuficientes para organizarla. Servían para forjar la unidad, transmitir consignas, despertar y atraer a las masas; pero eran del todo insuficientes para organizar “las fuerzas de combate directas”, el levantamiento, en sentido estricto. A los soviets a veces se les llamaba parlamento de la clase obrera y, decía Lenin, que ningún obrero estaría de acuerdo en que su parlamento se convocara solo para entregarlo a la policía. Había, pues, que crear una organización directa de las fuerzas, militar, compuesta por destacamentos obreros armados para defender su “parlamento”. Formar esa organización con sencillez, sin mucho formalismo, sin mucho papeleo; crear pequeños grupos de combate ágiles, móviles,  con personas del mismo oficio de la misma fábrica, de Partido y sin partido, y cuya tarea común sería: la insurrección contra el gobierno. Que en cada ciudad hubiera miles y miles de estos grupos de combate, “entonces, no habrá ametralladoras capaces de resistir”. Finalmente, recomienda estudiar a profundidad los Soviets de diputados obreros, que de hecho fueron embrión de un gobierno provisional, lo cual tenía mayor importancia que elucubrar “en general” sobre un gobierno revolucionario provisional. (V.I. LENIN, La disolución de la Duma y las tareas del proletariado, Tomo 13).

En consecuencia el bolchevismo optó por participar en las elecciones a la segunda Duma, para utilizarla como una tribuna al servicio de la revolución, y excluyendo cualquier clase de contubernio con los Kadetes. Pero el Comité Central menchevique llamó a pactar acuerdos electorales con ellos y a apoyarlos en la Duma. Adujo, haciendo gala del más depurado cretinismo parlamentario, que como este era un órgano legislativo, sería capaz de ponerle contención (contrapeso) al gobierno zarista.

En mayo, mientras sesionaba la Duma, se realizó en Londres el V Congreso del POSDR. El grueso de la representación de los centros fabriles era bolchevique, mientras el grueso de los delegados mencheviques provenían de zonas de pequeña producción, con predominio de artesanos o semiproletarios, o también de regiones netamente campesinas. El Congreso tuvo como uno de sus puntos centrales el de la relación con los partidos burgueses; trazó, frente a ellos (Kadetes, centurias negras [6], octubristas, social-revolucionarios [7]) la siguiente táctica: mantener una lucha implacable contra los “netamente contrarrevolucionarios”; contra los demócratas constitucionales (Kadetes) urgió desenmascarar su hipocresía y su falso democratismo y luchar contra sus intentos de dirigir a los campesinos. Frente a los partidos de las clases medias, como los socialistas revolucionarios, debían desenmascararse sus intentos de presentarse como socialistas, pero admitía que podían hacerse acuerdos concretos con ellos. Ante los sindicatos, cuya “neutralidad” y no sujeción a las orientaciones partidarias promovían los mencheviques, se resolvió que debía lucharse porque la dirección ideológica y política de estos estuviese en manos de Partido.

Al poco tiempo del Congreso, el zar dio el llamado golpe de Estado del 3 de junio de 1907. Disolvió la segunda Duma, porque tampoco colmó sus exigencias, y convocó la tercera, con aún menos derechos electorales, sobre todo para las masas trabajadoras. Ordenó detener la fracción parlamentaria socialdemócrata, compuesta por 65 diputados, que fueron deportados a Siberia. De la carnicería a los obreros y los campesinos fue encargado el Primer ministro Piotr Stolypin, cuyo nombre quedó ligado al infame período de persecución y crimen contra los obreros y los campesinos, los revolucionarios y demás personas de avanzada que se abrió a partir de ese año: “la reacción stolypiniana”.

El telón de fondo de la revolución de 1905

guerra ruso japonesa.jpg 3Así como la guerra imperialista fue el “acelerador” de la revolución de febrero de 1917 y, en última instancia, de la Revolución Socialista de Octubre, en la de 1905 también fueron esenciales los “arcanos” de la política internacional, puesto que la relación de Rusia con el capital europeo y la guerra ruso japonesa, que había estallado en febrero de 1904, precipitaron los levantamientos de 1905 en la tierra de los zares al desvelar la “podredumbre” y la vulnerabilidad de su, aparentemente, imbatible poderío. Lenin, que como nadie había estudiado los entresijos de esa sociedad, a mediados de 1904 señaló que ya no estaba lejano “el vergonzoso final de una guerra vergonzosa”.

La autocracia rusa vivía al debe, la sostenían los empréstitos extranjeros. Pero, aparte del auge del movimiento revolucionario, la guerra con el Japón también minó su crédito, cuando se demostró su debilidad militar y la inevitabilidad de la derrota. El capital dejó de confiar en ella y por miedo a la revolución decidió presionarla a hacer la paz en el exterior, e internamente con los liberales. A fin de evitar conmociones excesivas y salvar el “orden social” deseaba mantener la monarquía, pero constitucionalizada.

Los capitalistas europeos temían por los enormes caudales invertidos. Sus principales publicaciones pusieron en duda la solvencia de Rusia y al descubierto, rasgándose las vestiduras, la “ingeniosa mecánica” con la que entrampaba a los “inocentes” financistas,  comparable con la de unos estafadores de apellido Humbert, quienes acostumbraban exhibir enormes sumas de dinero obtenidas en préstamo o mediante fraudes, para así conseguir nuevos empréstitos —costumbre inveterada del mundillo de los tiburones de las finanzas, y tan vigente en las altas esferas, hasta el punto de que uno de sus exponentes más connotados es Donald Trump, el magnate timador inquilino de la Casa Blanca—. Rusia prestaba para poder seguir prestando. Así, los agiotistas ingleses y franceses empezaron a ver la necesidad de darle un remezón al régimen, exigiéndole hacer pequeñas concesiones a los liberales a cambio de seguir nutriéndole la bolsa. Lenin afirmó que estaba en marcha “el juego especulativo de la burguesía internacional con miras a salvar a Rusia de la revolución, y al zarismo del completo hundimiento”. Al negarle los préstamos lo presionaban a instaurar un “moderado y cuidadoso” régimen seudoconstitucional. La evolución de los acontecimientos terminó por unir, a pesar de sus diferencias nacionales, “a los bolsistas franceses y los grandes magnates ingleses, los capitalistas alemanes y los comerciantes rusos”.

El telón de fondo de todos estos movimientos lo suministraba la ya segura derrota del imperio a manos del Japón. Rusia había llegado tardíamente al capitalismo, pero éste se desarrollaba con celeridad; sus capitalistas requirieron mercados extranjeros para sus manufacturas; el destino más prometedor era el Lejano Oriente, en especial China. También algunos creían que Rusia podía habilitarse como una gran ruta de pasajeros y mercancías de Europa occidental al Pacífico, por lo que convencieron a Alejandro III de construir un ferrocarril a través de Siberia, que principió a hacerse en 1886, y llegaría a ser el más extenso del mundo. Las apetencias rusas también fueron estimuladas por Alemania que deseaba alejar al zar de los Balcanes, donde esta, en compañía de Austria, tenía sus propios planes. En 1895 Rusia obtuvo, mediante sobornos y la promesa de una alianza defensiva, que China aceptara acortar la ruta del Ferrocarril Transiberiano mediante un atajo por Manchuria. China autorizó a Rusia a construir una línea hasta Vladivostok a través de Manchuria, y Rusia se comprometió a respetar la soberanía de la provincia. Petersburgo violó las condiciones del tratado al enviar tropas a Manchuria y establecer en Harbin una base de operaciones. En 1898 los rusos obtuvieron de China en arrendamiento a largo plazo la base naval de Puerto Arturo —hoy conocida como Luyshun, ubicada en el extremo sur de la punta de la península de Liaodong en el territorio de la actual República Popular China—. En 1902 Rusia llegó a la conclusión de que solo podría alcanzar sus objetivos económicos en Manchuria mediante una intensa colonización, lo que le exigía asentar su autoridad en la zona. Esto la condujo a anexarse Manchuria, lo cual fue aprobado por el zar en febrero de 1903.

Los japoneses tenían sus propios intereses. Plantearon que reconocerían los de Rusia si esta avalaba los suyos en Corea. Estuvieron a punto de lograr un acuerdo, pero especuladores de las “altas esferas” interesados en los recursos madereros coreanos agravaron las relaciones con Japón. Al final de 1903 Japón decidió ir a la guerra. Rusia no tomó ninguna medida; en el fondo, sentía un gran desprecio por el país oriental. Alejandro III había calificado a los nipones de “monos que se hacen los europeos”. El 8 de febrero de 1904 Japón atacó y sitió Puerto Arturo sin haber declarado la guerra; pronto aseguró su dominio en el mar, desembarcó tropas en Corea, y atacó por tierra en Manchuria. Rusia enfrentó enormes dificultades logísticas, entre otras cosas, por la lejanía de los centros en los que se concentraban su población y su industria, aparte de que no había acabado de construir  el ferrocarril. Japón en todo momento demostró tener un mando más calificado y mejor informado (R. PIPES).

Y el 2 de enero de 1905 cayó Puerto Arturo. Rusia había estado en posesión de esta semicolonia durante seis años, y había invertido millones de rublos en construir ferrocarriles, puertos, ciudades.

Lenin cita cómo describió el impacto del acontecimiento el “circunspecto” periódico belga L’Independance belge:

Uno de los más grandes acontecimientos de la historia contemporánea (…) una tremenda y espantosa catástrofe (…) La fuerza moral de un poderoso Imperio se derrumba (…) Se pronuncia el fallo condenatorio sobre todo un sistema político (…) el hecho tangible y brutal destruye todas las mentiras convencionales (…) Por primera vez el viejo mundo se ve humillado por una derrota irreparable, que le ha sido infligida por el misterioso y al parecer adolescente mundo nuevo.

Estas palabras reflejaban el “seguro instinto de clase” de la grandes poderes europeos, ante el surgimiento de un nuevo mundo, y su desconcierto por el derrumbe del poderío militar ruso, bastión de la reacción europea, su gendarme. Para Lenin, la “catástrofe” aceleraba en proporciones enormes el desarrollo capitalista mundial, y ayudaba a precipitar la revolución social. Si los ricos se acongojaban, el proletariado tenía toda la razón para alegrarse. El objetivo más importante de la guerra para los japoneses había sido logrado. Se le había “asestado un golpe irreparable a la Europa atrasada y reaccionaria.” Aunque los plumíferos de la prensa europea lo consideraban una fortaleza inexpugnable, Japón conquistó Puerto Arturo en ocho meses y, así, resolvió el problema cardinal de la guerra: la flota rusa del Pacífico había quedado aniquilada, le habían hecho unos 48.000 prisioneros, de las mejores tripulaciones y de todo un ejército de tierra, habían caído alrededor de 10 mil soldados, a más de un gasto de unos 300 millones de rublos. Japón se apoderó definitivamente de la península de Liaodong, obtuvo una base de operaciones de capital importancia para presionar sobre Corea, China y Manchuria, y liberó, para luchar contra Kuropatkin, comandante supremo de las fuerzas rusas en Asia oriental, a un ejército fogueado de alrededor de 100.000 hombres.

Para Lenin, aún más importante que la debacle militar, era la importancia que esta tenía como síntoma del derrumbe de todo el sistema político ruso. Señaló que la época en que las guerras las hacían los mercenarios ya había pasado y que ahora las libraban los pueblos, lo que hacía destacar una de sus grandes cualidades:

La que pone de manifiesto de modo tangible (…) la discordancia existente entre el pueblo y el gobierno (…) La crítica que todos los rusos progresistas, la socialdemocracia y el proletariado de Rusia formulaban contra la autocracia se ve confirmada por la crítica de las armas japonesas, hasta el punto de que la imposibilidad de seguir viviendo bajo la autocracia la sienten ahora, cada vez más, inclusive quienes no saben lo que la autocracia significa, inclusive quienes, aun sabiéndolo, desearían con toda su alma mantener en pie el régimen autocrático.

Había quedado al descubierto la incompatibilidad del régimen con el desarrollo social, con los intereses del pueblo, ya que éste había tenido que pagar con sangre las cuentas del gobierno autocrático, por lo que su única salida era derrocarlo. El poderío militar zarista resultó un castillo de naipes y demostró “ser un obstáculo para la organización del arte militar moderno”. Lenin afirmó: “Jamás fue tan estrecha como ahora la relación existente entre la organización militar de un país y toda su estructura económica y cultural”. De ahí que la derrota militar derivara en una profunda crisis política; una vez más en la historia “desempeñó un gran papel revolucionario la guerra de un país avanzado contra uno atrasado”; y el asalariado consciente “enemigo implacable de la guerra, de esa inevitable e inseparable secuela de toda dominación de clase, no puede pasar por alto la misión revolucionaria que la burguesía japonesa está realizando al derrotar a la autocracia rusa”.

Los mencheviques, en cambio, peroraban que debía buscarse una “paz a toda costa” y consideraban inadmisible “especular con una victoria de la burguesía japonesa”; argumentos que, decía Lenin, eran propios solo del demócrata liberal que plantea los problemas políticos de manera sentimentaloide. La “paz a toda costa” en realidad era la divisa de la bolsa europea y de la reacción rusa. La posición de la socialdemocracia no podía consistir en pedir la paz, pues una paz zarista no era mejor, sino incluso podía ser mucho peor que la guerra zarista. Contra la “paz a toda costa”, debía levantarse, sí, la bandera de la paz, pero junto con la del derrocamiento de la autocracia; es decir, paz a costa del derrocamiento del zarismo. De la misma manera, los liberales, a través de su más destacado representante, Piotr Struve, antiguo marxista legal [8], planteó que el gobierno existente debía acabar de inmediato la guerra y, por mediación de Francia, negociar con Japón. Lenin respondió que, por el contrario, los bolcheviques no especulaban con la mediación de los acaudalados franceses, ni dirigían sus exigencias “al gobierno que existe en la actualidad”, sino a la Asamblea Constituyente del pueblo, libre y genuinamente soberana —la conformación de esta por medio del voto igual, universal y directo, era una de las exigencias clave de la revolución democrático burguesa, pero nunca llegó a suceder: en 1905, por el triunfo final de la reacción y, en 1917, porque ya con la revolución socialista triunfante, insistir en ella significaba comprometer el triunfo y darle marcha atrás a la rueda de la historia—.

Para Lenin asuntos “tan sencillos” como los de la paz y la guerra no podían analizarse certeramente sin tener en cuenta los antagonismos de clase de la sociedad moderna. No debía pasarse por alto que la burguesía en todas sus manifestaciones, más allá de las formas democráticas y humanitarias como los presente, “defiende siempre, por encima de todo y antes que nada, los intereses de su propia clase, los intereses de la “paz social”. Es decir, los intereses del aplastamiento, del desarme de todas las clases oprimidas.” Agregaba que el enfoque proletario del “problema de la paz” debía diferenciarse radicalmente del de la burguesía, así como debe hacerlo con problemas como el libre comercio, el anticlericalismo, etc.

La clase obrera debe luchar sin tregua contra la guerra, pero sin olvidar que esta solo podrá acabarse cuando se acabe por completo la división de la sociedad en clases; que mientras exista la dominación de clase, la guerra no debe ser considerada desde el punto de vista democrático-sentimental; que en las que estallan entre naciones explotadoras debía distinguirse el papel de la burguesía progresista y el de la burguesía reaccionaria de una u otra nación. La socialdemocracia rusa aplicó estos principios generales del marxismo al análisis específico del enfrentamiento ruso-japonés.

Las discusiones teóricas y organizativas

Las divergencias entre los socialdemócratas en materia de táctica y organización, que se acrecentaron alrededor del auge revolucionario de 1905, ya completaban más de una década. Los aportes que Lenin le hizo al marxismo en los terrenos teórico, ideológico y político en torno a estas polémicas fueron determinantes para que los bolcheviques lograran destacarse como los primeros combatientes en la marejada revolucionaria de ese año, y pudieran acopiar nuevas enseñanzas, que se probarían esenciales en 1917.

En la segunda mitad de la década de 1890 había surgido en Rusia una tendencia “economista”, que se caracterizaba por impulsar un punto de vista carente de toda independencia, que se arrastraba detrás de la burguesía. Seguía al alemán Eduard Bernstein [9] y promovía un sedicente movimiento “puramente obrero”, es decir, incontaminado de la lucha política; esto la condujo a la traición en masa de los llamados marxistas legales, que corrieron hacia el liberalismo, y a la creación por parte de los socialdemócratas de una peregrina teoría conocida como “táctica proceso”, que les valió el mote de seguidistas: se arrastraban a la zaga de los acontecimientos, bailaban entre extremos y le rebajaban la envergadura a la acción de los obreros revolucionarios y la confianza en sus propias fuerzas. Su pretexto era, paradójicamente, que así elevaban la actividad independiente de la clase trabajadora; pero, en realidad, la degradaban. Se prosternaban ante la espontaneidad del movimiento tras la búsqueda de “resultados palpables”. Lenin, en su libro ¿Qué hacer?, los fustigaba demostrando cómo no eran ellos precisamente quienes podían “elevar” la actividad de los proletarios, pues ellos carecían precisamente de esa actividad.

La controversia también se libraba en el terreno organizativo: líderes como Axelrod, Martínov, Mártov y Líber defendían la tesis laxa de que cualquier huelguista, los profesores y estudiantes podían ser miembros del Partido sin el deber de incorporarse a una de sus organizaciones; pregonaban también la separación de las publicaciones partidarias de la estructura del Partido y el desconocimiento de las decisiones tomadas por la mayoría. Con el nombre rimbombante de la “organización como proceso”, justificaban la desorganización y promovían el anarquismo intelectual. Inventaron también la teoría, en acuerdo con los zemstvos, del “tipo superior de manifestación”, según la cual las protestas tenían que ser pacíficas y no provocar miedo cerval, con lo que atacaban la idea de la insurrección armada; consideraban la intrepidez máxima enviarles por correo las declaraciones obreras a los concejales y repartirlas en las asambleas de los zemstvos. En el fondo se trataba de reafirmar su “teoría” de que en la arena política había apenas dos contendientes: la burguesía y la burocracia, y que, por lo tanto, la clase obrera debía subyugarse a quien estaba interesado en derrocar al régimen: la burguesía liberal. Lenin les protestaba que existía una tercera fuerza: el proletariado; en rigor, la segunda, por el número, y la primera, por su combatividad; fuerza que, aparte de interesarle derrotar a la autocracia, estaba “dispuesta a actuar para derrocarla efectivamente.”

Precisamente, con el fin de preparar la insurrección el jefe proletario impulsaba la creación de una red de cuadros que se formara a sí misma en el trabajo organizativo y de difusión de un periódico central, que no tendría que esperar con los brazos cruzados la consigna del levantamiento, sino que desplegaría una labor regular que garantizaría las mayores posibilidades de éxito en caso de que este se presentase. Esta misma labor le aseguraría los más estrechos vínculos con las  grandes masas obreras y con todos los sectores descontentos con la autocracia, a quienes les asignaba una gran importancia para la insurrección. Así lo plasmó en ¿Qué hacer?:

El plan de un periódico político central para toda Rusia, lejos de ser el fruto de un trabajo de gabinete de personas contaminadas de doctrinarismo y literatura mixtificada (…) es, por el contrario, el plan más práctico de empezar a prepararse en el acto y por doquier para la insurrección, sin olvidar al mismo tiempo ni por un instante la labor corriente de cada día.

A la luz de los acontecimientos de 1905, Lenin prosiguió también otras esclarecedoras polémicas, por ejemplo, las relativas a los acuerdos con otros sectores sociales y políticos, y la referente a la utilización del atentado individual como medio de lucha contra los explotadores. Luchaba contra el predominio de la fraseología que llamaba, contra viento y marea, a la unidad en la lucha sobre las “disensiones fratricidas”, sobre el “criminal socavamiento” de la solidaridad socialista., etc. Aconsejaba que para enfrentar las “disensiones fratricidas”, el remedio consistía en forjar “una organización unitaria, coherente y coincidente en las cuestiones de principio, y no el conglomerado de lo heterogéneo.” Para unirse en la lucha se necesita saber precisa y claramente y con base en la experiencia en qué y hasta dónde se puede marchar juntos. De otra forma, la unidad se convierte en palabrería. Y ese saber se adquiere precisamente mediante el debate. Más cuando, como sucedía en Rusia, discusiones de la mayor trascendencia se llevaban a cabo no por un supuesto “culto a la discordia”, sino para definir el rumbo de la lucha de clases. Por ejemplo, si no se “ofendía” al populismo [10] y al “social-revolucionarismo”, llamándolos desviaciones democrático burguesas, el proletariado se envilecería detrás de los ensueños liberales de sus portavoces.

Ahondando en el asunto de la unidad sostenía que para que no surgieran entre los aliados disputas inesperadas y confusas era necesario acostumbrarse a discutir en el terreno de los principios; conocer los puntos de partida de cada tendencia, para así definir las coincidencias al igual que las disensiones; y advertía del enorme daño que causaban las “unidades de lucha” entre los más heterogéneos elementos, lo cual conducía, usualmente, a fricciones mutuas y dolorosos desengaños. Finalmente, que cómo el Partido inconciliablemente marxista de los obreros revolucionarios era la única garantía de la victoria del socialismo, no se debía renunciar jamás, ni aun en los momentos más revolucionarios, a su total independencia, ni a la absoluta intransigencia de su ideología.

En los primeros meses del levantamiento de 1905 la tendencia que dentro del Partido impulsaba la sujeción a la democracia burguesa se manifestó planteando que esta ya se hallaba herida de muerte por el hecho de que se había agazapado y lisonjeaba a los pobres en busca de su apoyo, mostrándose como adalid de sus intereses económicos y políticos; pero, al mismo tiempo hacía circular profusamente propaganda en la que se sostenía que la socialdemocracia, debido a sus disensiones, no había podido dirigir a los obreros y que ella se disponían a hacerlo. Lenin señalo que esa actuación solapada de la burguesía antes que significar su hundimiento lo que demostraba era que estaba tensionando todas sus fuerzas para apoderarse del movimiento obrero, y que este solo conseguiría resultados sustanciales si lo dirigía un partido obrero unido, que adquiriera consciencia de la posición especial que ocupaba como clase y entendiera que su emancipación solo podría ser obra de sus propios esfuerzos, y no de la acción de los demócratas burgueses (V.I. LENIN, El proletariado y la democracia burguesa, TOMO 9).

Con respecto al atentado personal, que impulsaban sectores de la intelectualidad, que en Rusia había ocupado un lugar de primer orden (no pocos nobles y funcionarios fueron muertos en acciones de este tipo, incluido el zar Alejandro II), el problema central consistía en que los protagonistas de dichas acciones procedían aisladamente y pretendían suplantar al movimiento obrero y a las masas. Su accionar nada tenía que ver con hechos como los del llamado Terror en la Revolución Francesa, ejercido por las masas para doblegar la feroz resistencia de la nobleza feudal y de quienes claudicaban ante ella:   

El terrorismo de la Gran Revolución Francesa.. comenzó el 14 de julio de 1789, con la toma de la Bastilla. Su fuerza era la fuerza del movimiento revolucionario del pueblo… ese terrorismo no surgió porque la gente se sintiera decepcionada de la fuerza del movimiento de masas, sino, al contrario, porque creía inconmoviblemente en su fuerza. La historia de ese terrorismo es extraordinariamente aleccionadora para los revolucionarios rusos.

Estos planteamientos tenían, entre otros, el objetivo de precaver a los revolucionarios contra la “decepción” producida por las prolongadas paralizaciones aparentes del movimiento; y exponía que la mejor manera de sobrevivir a estas era mediante la firmeza y la consecuencia en los principios. Lo principal era confiar en el heroísmo colectivo de las masas, marchar con ellas, desplegar la abnegada energía individual en un vínculo indisoluble y efectivo con la masa en rebelión.

Causa una profunda admiración cómo Lenin, aun en medio de los auges revolucionarios, y mientras atendía las tareas prácticas de la lucha, se ocupaba de la escritura de textos teóricos de una enorme profundidad. Por ejemplo, en los primeros meses de 1905, escribiría Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, y, a mediados de 1917, El Estado y la revolución.

En Dos tácticas… se ocupó de definir meridianamente el carácter de la revolución que se estaba llevando a cabo en Rusia: una revolución burguesa que, por ello mismo, no socavaba el capitalismo, sino que les abría el camino a su rápido desarrollo, y conducía al dominio de la burguesía como clase. Esta idea no la entendían sectores como el de los socialistas revolucionarios, porque desconocían las leyes que rigen el desarrollo de la producción mercantil y capitalista; esto mismo les impedía entender que aun con el éxito del levantamiento agrario, incluido el reparto de la tierra a favor del campesinado, no se destruiría ni mínimamente el capitalismo sino que se impulsaría su desenvolvimiento y la diferenciación de la población rural. Esto era de una inmensa importancia teórico-práctica, pues de ello derivaba la necesidad de mantener la independencia de clase del Partido en medio del movimiento “democrático general”. No obstante, ese hecho no quería decir que la revolución democrática no tuviera un enorme interés para el obrerismo; y, todavía más importante, que ella podría desenvolverse ya a favor de los magnates financieros, los grandes capitalistas y los terratenientes liberales, o de los obreros y los campesinos. Mientras tanto, los mencheviques sostenían la errónea tesis de que la revolución solo podía resultar beneficiosa a la burguesía.

Sostener, agregaba, la “ancestral teoría populista” de que la revolución burguesa se hallaba en pugna con los intereses de la clase obrera llevaba a absurdos como negar la necesidad de usar las libertades políticas, y conducía al anarquismo, que negaba la participación de aquella en ese tipo de revolución, la política burguesa y el parlamento. Los populistas y los anarquistas sostenían que Rusia podía dar un salto por encima del capitalismo, por algún medio distinto al de la lucha de clases. Lenin consideraba que bajo las condiciones económicas y sociales del país era reaccionario buscar la redención de la clase obrera en algo distinto a un mayor desarrollo del capitalismo, porque esta sufría no tanto por éste sino por su insuficiencia. Por lo que convenía que se barrieran las trabas del pasado que impedían “el desarrollo amplio, libre y rápido del capitalismo”, y la mejor manera de hacerlo era mediante la revolución burguesa. Cuanto más consecuente fuera esta tanto más allanado estaría el camino de la lucha por el socialismo, así pareciera extraño o paradójico: “En cierto sentido, la revolución burguesa es más beneficiosa para el proletariado que para la burguesía”, ya que a esta le convenía mantener ciertas anclas en el pasado, que los cambios no fueran radicales, que se guardara prudencia respecto a las “honorables instituciones” de la monarquía; que hubiera reformas, no revoluciones, de tal manera que los cambios no desataran la energía de los de abajo, no fuera que cuanto más se desplegara la fuerza revolucionaria, los obreros y los campesinos decidieran “cambiar de hombro el fusil”, es decir, voltear contra la burguesía el arma que esta pusiera en sus manos durante la lucha contra el feudalismo.

Para el pueblo el camino reformista de los aplazamientos y dilaciones era el más doloroso. Así como a la burguesía su situación de clase la impelía a la inconsecuencia, y se satisfacía con algunas reformas mezquinas, al proletariado también su situación lo impulsaba a ser un demócrata consecuente, “no tenía nada que perder, excepto sus cadenas”. Entonces, el no poder saltarse el marco democrático liberal de la revolución no quería decir que no se pudiera y se debiera, dentro de esos límites, luchar por los intereses inmediatos del proletariado y prepararse para la victoria futura completa.

El punto clave estaba, entonces, en que había distintas clases de democracia burguesa: una, la de la “clase alta” que pedía el sufragio universal pero que hacía compromisos con el zar para lograr una seudoconstitución; y otra, la del campesino con las armas en la mano, alzado contra terratenientes y burócratas y que proponía defenestrar al zar. Este campesino también era un burgués, pero mediaba un mundo entre uno y otro método de establecer el capitalismo. Los opositores a Lenin se limitaban a alegar sobre el carácter burgués de la revolución, no diferenciaban entre la democracia republicano-revolucionaria y la monárquico-liberal, no subrayaban las consignas “democráticas de vanguardia”. Sus disquisiciones buscaban ocultar la disposición a plegarse a la burguesía y a los terratenientes, a dejar en manos de ellos la iniciativa, a ocultar su traición a la revolución.

Los neoiskristas [11] también insistían en el peligro de que la socialdemocracia se hallara con “las manos atadas” en la lucha contra las inconsecuencias de la burguesía y terminara diluyéndose en la democracia burguesa. Lenin decía que este era el verdadero eje de la escisión en el Partido;  reconocía la existencia real de ese peligro, y afirmaba que lo importante era analizar de qué lado provenía esa amenaza, en dónde se engendraba: si en el seguidismo de los mencheviques o en el “revolucionarismo” de los bolcheviques. La respuesta a esto se encontraba en el análisis de los dos únicos desenlaces posibles de la revolución: o sucedía una victoria decisiva sobre el zarismo, o, por falta de fuerzas, se llegaba a un arreglo entre este y los elementos más inconsecuentes de la burguesía. La victoria decisiva no la podrían obtener los terratenientes ni los fabricantes, porque ellos, por su situación de clase, ni siquiera la deseaban, ya que arrastraban el “lastre” de la tierra, del capital, de la propiedad privada; necesitaban, pues, del zarismo, con sus policías, sus soldados y sus burócratas contra obreros y campesinos. Entonces, la única fuerza capaz de obtener la victoria decisiva era el pueblo: El triunfo sobre el zarismo sería “la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado.” Una dictadura, es decir, que el éxito se apoyaría inevitablemente en la fuerza de las armas, en las masas armadas, en la insurrección y no en instituciones creadas pacífica y legalmente. Esto porque los cambios que implantarían los oprimidos provocarían la resistencia desesperada del zarismo, los terratenientes y los capitalistas. Sin dictadura sería imposible aplastar esa resistencia. Aun así, sería una dictadura democrática, no socialista, porque no tocaría las bases del capitalismo sino después de pasar por una serie de etapas. En el mejor de los casos llevaría a cabo una redistribución de la propiedad de las tierras, mejoraría en serio la situación de los obreros, y, fiel siempre a su posición internacionalista: haría que “la hoguera revolucionaria prenda en Europa.”

Lenin también veía que lograr ese objetivo era incierto debido a la aún escasa influencia de la socialdemocracia sobre el proletariado, pero muchísimo más débil todavía sobre las masas campesinas; y por la dispersión, ignorancia y escaso desarrollo del pueblo, principalmente de los pobres del campo. Sin embargo, la insurrección había empezado y la situación internacional iba siendo favorable a la revolución. Pero si estas fuerzas al final de cuentas no eran suficientes y se hacía el arreglo entre la burguesía y el zarismo, esto sería también una revolución burguesa, pero bajo la forma de un “monstruoso engendro”, desenlace similar al de la mayoría de revoluciones del siglo XIX, “una senda difícil, dura, larga, pero conocida y trillada.”

Pero, si, en medio de todo, el proletariado le lograra imprimir su sello a la revolución, esta se resolvería “a la manera plebeya”, es decir, de la misma forma como habían ajustado los jacobinos en Francia las cuentas con los enemigos de la revolución, aplastando la resistencia de los opresores sin ninguna concesión a “la herencia maldita del feudalismo, del atraso, del escarnio para el hombre”. Así, solo con una victoria completa, con el establecimiento de la dictadura democrática revolucionaria de los obreros y los campesinos, el proletariado no se ataría las manos en la lucha contra la burguesía.

En conclusión, la burguesía será siempre inconsecuente, solo el proletariado puede luchar conscientemente por la democracia a condición de que el campesinado se le una. Por ello, la táctica seguidista en momentos de auge revolucionario, pregonada por sus rivales en el Partido, le hacía el juego a la democracia burguesa, desorientaba a la clase obrera, embotaba su conciencia, rebajaba su táctica y disminuía las tareas de la insurrección armada. (V.I. LENIN, Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, TOMO 11)

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El proletariado terminó por imprimirle su sello a la revolución, aunque debió esperar para ello más de una década desde los hechos que acabamos de relatar. Y si bien es cierto que esta “primera revolución rusa había terminado con una derrota”, también lo es —y más importante aún— que: “una derrota después de un tenaz combate es un hecho de mucha mayor importancia revolucionaria que una victoria ganada fácilmente”, para decirlo en palabras de Federico Engels. La mejor confirmación de esta sentencia es que el ensayo general “fracasado” de 1905-1907 fructificó en el triunfo de la Revolución Socialista de Octubre de 1917. ¡Y cuánta lozanía conserva! Tanta, que podemos decir que los obreros y los campesinos y las personas progresistas y revolucionarias de nuestro país tienen en este legado teórico, político, organizativo un arsenal insustituible para abatir a sus jurados y centenarios enemigos: los imperialistas norteamericanos y las oligarquías lacayas; y también a todos los pérfidos que, a diario, oran en el altar de la propiedad privada y consideran anatema atreverse a luchar por la nacionalización de los monopolios nacionales y extranjeros y la confiscación de los latifundios, y la instauración de un estado democrático dirigido por proletarios y labriegos, medidas estas las más básicas e ineludibles para, de verdad, empezar a transformar a  Colombia, y echar aquí también los cimientos del socialismo. Parafraseando a Lenin: ¡Que esos pequeños burgueses de cortos alcances concentren toda la energía de su mente y su alma en la esperanza de nuevas elecciones! ¡Que esos “pájaros bobos” oculten “medrosos su corpachón entre las rocas”, pues ¡los obreros y los campesinos pronto harán suyos los logros de la Revolución Socialista de Octubre de 1917! “¡Brame con más fuerza la tempestad!” [12] (V.I. LENIN, Ante la tempestad, TOMO 13)

Bibliografía

Lenin, V. I. (1982). Obras Completas. Moscú: Editorial Progreso, 1982.

URSS, C. C. Historia del Partido Comunista (Bolchevique) de la URSS. Moscú.

Pipes, Richard Historia de la Revolución Rusa, Editorial Debate, Madrid, 2016

[1] En términos generales utilizamos en este artículo el calendario juliano, que se usó en Rusia hasta 1918. Para adoptar el calendario gregoriano, o moderno, el gobierno soviético dispuso que el día siguiente al 1 de febrero de 1918 fuera el 13 del mismo mes.

[2] Así se llamaba a los miembros del partido Unión del 17 de Octubre, que apoyaba al zar y era abiertamente reaccionario. Representaban los intereses de los grandes empresarios y terratenientes que desarrollaban sus negocios de forma capitalista.

[3] Conocidos como kadetes, se trataba del principal partido de la burguesía liberal monárquica rusa. Para llamar a engaño a las masas se denominaban Partido de la Libertad del Pueblo. Luego del triunfo de la Revolución de Octubre de 1917 se aliaron con las potencias imperialistas para atacar la República Socialista Soviética.

[4] Rusia era un imperio multinacional; la nación dominante eran los gran-rusos, que constituían a comienzos del siglo XX alrededor del 45 % de la población. Los ucranianos, 17,8 %; bielorrusos, 4,7 %; polacos, 6,3 %; musulmanes y suníes, 11,1 %; judíos, 4,2 %; además de diversas nacionalidades bálticas, caucásicas y siberianas. De los casi 60 millones de gran-rusos, 85 % eran campesinos.

[5] Los trudoviques (Grupo del Trabajo): eran un movimiento de demócratas de la pequeña burguesía en la Duma, compuesto por intelectuales y campesinos de orientación populista. Los bolcheviques practicaban una política de llegar a acuerdos con ellos.

[6] Las centurias negras eran bandas zaristas organizadas por la policía para perseguir, agredir o asesinar revolucionarios o personas progresistas en general, y, además, organizar pogromos antisemitas.

[7] Los Socialistas revolucionarios (eseristas): era un partido de la pequeña burguesía rusa, surgido de la unificación de grupos populistas; estaban arraigados, principalmente, en las masas campesinas. Vacilaban entre la burguesía liberal y el proletariado.

[8] El marxismo legal fue una tendencia surgida entre la intelectualidad liberal en la década de los 90 del siglo XIX en Rusia. Tomaban del marxismo algunos elementos, en particular los relacionados con el cambio del feudalismo al capitalismo, pero rechazaban sus aspectos centrales como el de la inevitabilidad del socialismo. De este grupo salieron varios de los dirigentes del partido kadete.

[9] Integrante del Partido Social Demócrata de Alemania Conformó, luego de la muerte de Federico Engels, en 1895, una corriente revisionista de los principales postulados del marxismo.

[10] Corriente revolucionaria de la pequeña burguesía de Rusia, surgida en los años 60 y 70 del siglo XIX. Se denominaban a sí mismos socialistas, pero su socialismo era uno utópico, que pregonaba que este no se desarrollaría en Rusia, sino que allí se saltaría directamente del feudalismo a una idílica sociedad basada en la pequeña producción campesina. Terminó por fundirse con las corrientes liberales.

[11] Hace referencia al periódico Iskra (La Chispa), fundado por Lenin en 1900, fue el primer periódico marxista clandestino de Rusia. Lenin ejercía prácticamente todas las labores en él: redactor jefe y director y escribía artículos sobre los problemas de la formación del partido y la lucha de clases del proletariado. Los mencheviques terminaron por apoderarse de la publicación, y esta, a partir del número 52, dejó de ser el órgano del marxismo revolucionario.

[12] Lenin cita palabras de El Canto del petrel del poeta y novelista ruso Máximo Gorki.