Francisco MosqueraSe cumplen 10 años de la desaparición de Francisco Mosquera, quien con toda certeza ha sido el más grande maestro del proletariado colombiano. Hondo fue el vacío que su temprana muerte dejó entre los obreros y campesinos avanzados y entre todos los patriotas y amantes del progreso, que batallan contra la sojuzgación norteamericana y por la prosperidad nacional.

Desde muy joven la mente de Mosquera se inflamó con los anhelos de luchar contra la opresión y las injusticias de clase que postran en la miseria a millones de seres, y se sintió impelido a suplir la ausencia de una dirección revolucionaria. Cuando decidió dedicarse con todas sus fuerzas a la causa obrera, entendió la necesidad de apropiarse del marxismo-leninismo y del pensamiento de Mao Tsetung, compendio científico de la ideología y la experiencia universal de los esclavos del salario. Con Mosquera el marxismo adoptó una forma nacional; su prosa, de impecable belleza, se ocupó de la organización del partido, de la táctica, de las luchas del obrerismo y del pueblo —las propias y las de allende las fronteras— y nos develó la esencia de los más importantes episodios de la realidad colombiana e internacional acaecidos en sus más de treinta años de activismo revolucionario.

Mosquera dotó al proletariado de un programa estratégico. En su momento, valiéndose del materialismo histórico, hizo un análisis de clase de la sociedad colombiana y estableció que el desarrollo del país se hallaba entrabado por el dominio neocolonial de los Estados Unidos y por el semifeudalismo en el campo, y que, por tanto, las tareas de la revolución son de carácter nacional y democrático. Esta gesta libertaria que aglutinará en un frente único a los campesinos, las capas medias y a empresarios nacionales no será dirigida por la burguesía sino por el proletariado, la única clase que combate al imperialismo mirando hacia el porvenir y no añorando perpetuar el capitalismo o regresar a regímenes pretéritos. Por su contenido económico y político, nuestra revolución, afirmó Mosquera, se parecerá a las que se pusieron a la orden del día en los países dominados por el imperialismo después de la revolución rusa de 1917, es decir, no será socialista como aquella, sino de nueva democracia, como la planteada por Mao en China. El nuevo Estado y la nueva economía, sin embargo, asegurarán el ulterior paso al socialismo gracias a la dirección obrera y a que se conformará un sector estatal de la economía con los monopolios expropiados.

Mosquera nos enseñó a buscar resueltamente la unidad de la clase obrera, pues esta es una condición indispensable para que el partido de los proletarios pueda dirigir la brega antiimperialista. Con él aprendimos que la unidad es un proceso en el que el partido de los trabajadores se gana el respaldo de su propia clase gracias a su esfuerzo denodado atendiendo las peleas contra los patronos y el gobierno, y a su vez, las tareas de propaganda que despierten la conciencia política del obrerismo. Si quiere crecer y avanzar, el partido obrero está obligado a librar un combate sin cuartel contra quienes difunden o concilian con las ideas de los enemigos de clase y contra quienes traicionan las luchas de los asalariados.

Mosquera nos enseñó a buscar resueltamente la unidad del pueblo para la lucha antiimperialista. Con él aprendimos que la construcción del frente único pasa por un largo proceso de alianzas cuya duración dependerá de los cambios en la situación nacional y del comportamiento de los aliados. En ese proceso se dará una disputa entre las posiciones del proletariado y las de la burguesía por la dirección del frente: las soluciones obreras son revolucionarias, las burguesas reformistas, pues no se atreven ni a tocar la propiedad de los monopolios, ni a cambiar el viejo Estado por uno nuevo. Alcanzar la soberanía nacional y eliminar las trabas feudales al desarrollo de las fuerzas productivas son en realidad tareas burguesas, pero con el surgimiento del imperialismo la clase que puede llevarlas hasta el final es la clase obrera. Además, porque es la única forma de garantizar, en una segunda etapa, el paso al socialismo. La burguesía de un país neocolonial por naturaleza es vacilante e inconsecuente, pues al tiempo que es arruinada por el dominio imperialista, le teme a la revolución. Para garantizar su supremacía en un frente que aglutine a más del 90 por ciento de los colombianos, el partido del proletariado debe hacerse fuerte principalmente entre su propia clase y dentro del campesinado pobre, y, con el mismo ardor con el que defiende la unidad, debe cerrarle el paso a las tendencias vacilantes y reformistas de la burguesía.

Mosquera nos enseñó a aplicar la táctica marxista en un país en el cual la democracia formal encubre la dictadura oligárquica y proimperialista. Con él aprendimos que las formas de lucha, la ofensiva o la defensiva, dependen de la correlación de fuerzas, del estado de ánimo de las masas y de la capacidad de iniciativa del enemigo. La lucha por las libertades democráticas y por las reivindicaciones populares, la actividad electoral y parlamentaria, las alianzas, la brega sindical, y cualquier resquicio que se pudiera utilizar, en manos de Mosquera se convertía en herramienta para impulsar la revolución. Con él aprendimos a fustigar a los oportunistas de “izquierda” y de derecha. A los primeros, porque inspirados en Cuba, y sin tener en cuenta las particulares condiciones de Colombia, decidieron declarar una guerra extemporánea y carente de respaldo popular, causando enormes perjuicios al proceso revolucionario. A los segundos, porque idolatran el parlamentarismo y la legalidad y generan en las masas la ilusión de que sus penurias se aliviarán con algunos remiendos al “estado de derecho” y no por la vía revolucionaria, y porque les hacen creer a los oprimidos que bajo la dictadura oligárquica es posible la vigencia de los “derechos humanos”.

Mosquera nos enseñó a desentrañar las contradicciones del presente para poder avizorar el porvenir. Con él aprendimos a analizar el curso de los acontecimientos aplicando un enfoque marxista, de tal forma que se pueda alertar a las masas sobre las implicaciones de las tendencias económicas y políticas que van tomando cuerpo a nivel nacional e internacional. Cuando se derrumbó la Unión Soviética y resurgió la hegemonía norteamericana, Mosquera advirtió que ello se traduciría en una “extensión sin fronteras del capitalismo”. En América Latina, y en Colombia en particular, aquello se manifestó en la apertura económica, que Gaviria implantó modificando la Constitución, reformando el Estado, eliminando las trabas a la importación de capitales y mercancías y privatizando las empresas estatales. Mosquera predijo la ruina del aparato productivo que sobrevendría, con sus secuelas de desempleo, hambre y miseria, y en general, de mayores penurias para el pueblo. Ni siquiera las grandes empresas estarían a salvo, con lo cual el espectro de las fuerzas susceptibles de engrosar la resistencia antiimperialista se ampliaba. Semejante salto hacia atrás no podía realizarse sin un recambio en el mando del Estado, para lo cual el imperialismo se valió de una panda de tecnócratas desclasados sin mayor arraigo con la nación y con su historia. El Tratado de Libre Comercio y el ALCA que hoy se están negociando son el punto culminante del proceso. Sorprende la presteza con la que Mosquera fue pronunciándose a medida que los hechos se desenvolvían y lo atinado del análisis.

Mosquera nos enseñó la importancia del internacionalismo proletario. Con él conocimos la polémica del Partido Comunista de China contra la dirigencia revisionista soviética que transformó a la patria del socialismo, de Lenin y de Stalin, en un tenebroso régimen socialimperialista. Con él seguimos de cerca la hazaña de la Gran Revolución Cultural Proletaria en China para aprender de las invaluables lecciones que arrojaba a los partidos obreros, nos regocijamos con las derrotas que le propinaron al Tío Sam las luchas de liberación nacional de los pueblos del sudeste asiático y nos consternamos con la muerte del presidente Mao. Con él combatimos las aventuras expansionistas del socialimperialismo en Indochina, en África, en Centroamérica y en Afganistán, y denunciamos las agresiones del imperialismo norteamericano en Granada, Panamá, Irak, Somalia, Yugoslavia, Corea del Norte y Haití.

Mosquera nos enseñó que para poder dirigir la revolución el proletariado requiere de su propio partido, compuesto por cuadros esclarecidos, conocedores del marxismo-leninismo y de la realidad nacional e internacional, férreamente unido sobre la base del centralismo democrático y ligado estrechamente a las masas, principalmente obreras y campesinas; un partido capaz de corregir sus errores gracias a que emplea con valor el arma de la crítica y la autocrítica y está dispuesto a superar todas las dificultades para conquistar la victoria.

Infortunadamente, el Moir, el partido de los desvelos de Francisco Mosquera, ha dejado de ser ese partido. La actual dirección se ha deslizado hacia la charca del oportunismo: ha mantenido una actitud cómplice con las camarillas obreras que simulan alguna oposición a las políticas del régimen, pero que en realidad convalidan el despojo de las conquistas de los trabajadores; so pretexto de enfrentar la fascistización del país, se ha sumado a la tendencia en boga que clama por la defensa del “estado social de derecho”, es decir, de la Constitución gavirista de 1991 que le abrió paso a la apertura económica; ante la arremetida ideológica imperialista que presenta la traición al socialismo como supuesta prueba de la imposibilidad del triunfo de la clase obrera, el Moir, contrariando el espíritu del mosquerismo, ha rehuido salirle al paso a esta batalla ideológica, y en cambio, ha desterrado de su propaganda las alusiones al rumbo socialista de la revolución. Descompuesto ideológicamente, el Comité Ejecutivo Central del Moir, vive obnubilado por el parlamentarismo y por mantener algunos cargos en la burocracia sindical, al precio de abandonar la lucha abnegada y consecuente por los intereses de las masas y por la revolución.

No obstante esa defección, la obra de Mosquera, en vez de opacarse, ha de iluminar el camino de la lucha de los oprimidos por unas banderas que hoy están más vigentes que nunca. Si bien Mosquera no pudo ver realizado su sueño de romper las cadenas con las que el imperialismo norteamericano ata a la nación e impide el progreso material y espiritual de sus gentes laboriosas, su valor, genio, carácter, y la fidelidad a la causa de los grandes jefes del proletariado, seguirán siendo fuente de inspiración para los comunistas y demás patriotas de Colombia.

Juremos lealtad a los nobles ideales que alentaron su existencia.

Agosto 1° de 2004