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Mediante la retórica del emprendimiento, la iniciativa individual, la superación personal y otros artificios se pretenden ocultar las verdaderas razones de la pobreza y la riqueza de los seres humanos. No se trata de un encubrimiento nuevo; hoy, lo mismo que ayer, la mayoría de los economistas y otros servidores ideológicos del capitalismo se han valido de incontables herramientas para limpiar el rostro de este sistema económico. Hace 150 años Carlos Marx combatió similares ofensivas; a la vez que despojabade todo valor a esas explicaciones “idílicas”, a las “anécdotas del pasado” y a aquellas “niñerías insustanciales” que anhelaron esclarecer la acumulación originaria de capitales, mostraba el porqué de la existencia de hombres exitosos, dueños de los medios de producción, y de otros que sólo poseen su fuerza de trabajo. Descubría, en otras palabras, la historia de poseedores y desposeídos, de burgueses y proletarios. A 200 años del nacimiento de Marx, no son pocas sus enseñanzas que aún son válidas para la clase obrera.

Advertía que la acumulación originaria desempeñaba en economía política el mismo papel que en teología representaba el pecado original: “Al morder la manzana, Adán engendró el pecado y lo transmitió a toda la humanidad” (Marx, 1982, p. 607). Criticaba que los economistas de su época pretendieran explicar la acumulación originaria a partir de una historia que se remontaba al pasado, en la que había dos grupos de personas; una minoría que albergaba a los trabajadores, a los inteligentes y a los que se distinguían por su capacidad de ahorro; una mayoría que alojaba a un “tropel de descamisados” que malgastaban todo cuanto tenían. Los primeros acumulaban riqueza, mientras que los derrochadores no tuvieron nada más que despilfarrar ni vender, sólo su “propia pelleja” (Marx, 1982, p. 607). Era el epílogo “idílico” con el cual se procuró resolver el “secreto” de la acumulación originaria:

De este pecado original arranca la pobreza de la gran mayoría, que todavía hoy, a pesar de lo mucho que trabajan, no tienen nada que vender más que sus personas, y la riqueza de una minoría, riqueza que no cesa de crecer, aunque haga ya muchísimo tiempo que sus propietarios han dejado de trabajar (Marx, 1982, p. 607).

El análisis estructural que caracterizó a Marx no le permitía convenir con semejantes bagatelas, y se propuso demostrar que los métodos de la acumulación originaria no tuvieron nada de idílicos; todo lo contrario, en su historia desempañaron un “gran papel la conquista, la esclavización, el robo y el asesinato; la violencia, en una palabra” (Marx, 1982, p. 607).

Karl MarxLa violencia distintiva de la acumulación originaria capitalista no es otra cosa que el desarrollo histórico que comienza en el feudalismo y que termina con el enfrentamiento entre dos clases: los propietarios del dinero, la mercancía y los medios de producción y los obreros libres que venden su fuerza de trabajo. A esto se llega mediante la disociación entre poseedores y desposeídos, que da lugar al surgimiento del obrero asalariado. La conversión de este último, de productor y poseedor de sus medios de producción a vendedor de su fuerza de trabajo, se debió al proceso de la liberación de la servidumbre y la coacción gremial, así como al despojo de sus medios de producción y garantías de subsistencia ofrecidas por las instituciones feudales. El capitalista, que encarna a esa gente ahorrativa y emprendedora, tuvo que desalojar a los maestros de los gremios artesanos y a los señores feudales que concentraban las fuentes de donde fluían las riquezas; se vio en la necesidad de librar una feroz batalla contra el régimen feudal y sus privilegios, convertidos en limitantes del desarrollo y circulación de mercancías y de la libre explotación del hombre por el hombre. “El recuerdo ― observaba Marx― de esta cruzada de expropiación ha quedado inscrito en los anales de la historia con trazos indelebles de sangre y fuego” (Marx, 1982, p. 609).

De estos anales de sangre y fuego se hizo víctima a la población rural inglesa del último tercio del siglo XV; según Marx, un caso clásico para entender el fenómeno. Para el capitalismo se hacía inevitable el “licenciamiento de las huestes feudales” (Marx, 1982, p. 611), la invasión de tierras y el despojo de los medios de vida del campesinado; era una exigencia lanzarlos al mercado de trabajo como obreros libres. No fueron pocos, mucho menos idílicos, los métodos utilizados. Los señores feudales se apropiaron de los “terrenos comunales”, de los cuales los campesinos eran copropietarios, arrojándolos violentamente de las tierras que sembraban. Cuando la Reforma, con la piedad innata del cristianismo, expropiaba las tierras de la Iglesia en el siglo XVI, propietaria de una porción significativa del suelo inglés, sus moradores, ya sin medios de vida, ingresaban a las modernas “filas del proletariado” (Marx, 1982, p. 614). La legislación, que ha servido a quien detenta el poder, mediante las “leyes sobre el cercado de terrenos comunales” (Marx, 1982, p. 617), también hacía lo suyo y permitía que los terratenientes usurparan las tierras del pueblo, con lo que incrementaban las llamadas “haciendas capitalistas y “haciendas de comerciantes”, que dejaron al campesinado como fuerza de trabajo dispuesta para la industria. Este proceso de expropiación se acompañó de la “limpieza de fincas”, donde era urgente “barrer de ellas a los hombres” (Marx, 1982, p. 620) y dejar sin lugar a los campesinos que las trabajaban. Este despojo abría paso a la agricultura capitalista, a la incorporación del capital a la tierra y se creaba un contingente de proletarios libres que iban a ser absorbidos por la naciente industria.

Como el proceso de usurpación del campesinado no se correspondía con lo que la industria realmente absorbió, muchos de ellos terminaron convirtiéndose en “mendigos, salteadores y vagabundos” (Marx, 1982, p. 625); entonces, fueron inevitables las leyes que los persiguieran: “los padres de la clase obrera moderna empezaron viéndose castigados por algo de que ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos a vagabundos y mendigos” (Marx, 1982, p. 625). Tras ser expropiados y convertidos en menesterosos, la legislación de la época los hostigó y quiso someterlos a la férrea disciplina de la nueva industria a “fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos” (Marx, 1982, p. 627).

El despojo y la conversión violenta de los labriegos en obreros libres se alzaban como prodigios de la acumulación originaria. Marx descubría así que el naciente capitalismo obtenía las tierras y la mano de obra indispensables para su desarrollo. Se hacía forzoso investigar sobre la procedencia del capital; una historia no menos "idílica" que el licenciamiento de las huestes feudales y el desahucio de los campesinos.

De los “cohechos, asesinatos e infamias” (Marx, 1982, p. 639) del colonialismo europeo, el de España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra, provinieron una significativa parte de los capitales que echaron a andar al capitalismo. Las colonias en América, Asia y África eran sometidas al pillaje, la matanza y la crueldad para que el asalto de sus recursos robusteciera el comercio de exportación; amén de constituirse en un excelente mercado para los productos que la naciente industria de las metrópolis necesitaba vender. Mientras el robo a las colonias hacía su parte, la sangre de los cautivos servía de combustible para la gran industria a partir de la próspera compra y venta de esclavos. A mediados del siglo XVIII, los ingleses, que hasta ese momento sólo podían hacer negocios de esclavos entre África y las Indias Occidentales inglesas, le arrancaron a la Corona Española la prerrogativa para comercializarlos con la América hispánica: a las arcas británicas y a los emprendedores de la moderna industria ingresaron los dineros provenientes del comercio de “4.800 negros al año” (Marx, 1982, p. 646).

Niños trabajando en las minas a mediados del Siglo XIX

El capital también encontraba en la “gran cruzada heródica del rapto de niños” (Marx, 1982, p. 644) una prometedora fuente de acumulación. Era común que los “patronos” merodearan los asilos en busca de infantes, entre los 7 y 14 años, para esclavizarlos en las fábricas ávidas de mano de obra. Mediante el engaño de llevarlos a las “casas de aprendices” se les sometía a las condiciones más feroces: la población infantil que comparecía a las manufacturas “se les mataba trabajando…, se les azotaba, se las cargaba de cadenas y se las atormentaba con los más escogidos refinamientos de crueldad; en muchas fábricas, andaban muertos de hambre y se les hacía trabajar a latigazos (Marx, 1982, p. 645).

Este breve recuento, que no trató la génesis del arrendatario y el industrial capitalistas, el sistema de crédito y la deuda públicas, el orden tributario moderno, el régimen proteccionista y las guerras comerciales como notables procesos que sirvieron a la acumulación originaria, enseñó cómo Marx desgarró el velo al idílico cuento. Reveló la manera en la que el ordenamiento feudal en el campo y la disposición gremial en la ciudad impedían al dinero proveniente de la usura y el comercio convertirse en capital industrial. Era forzoso que estas restricciones desaparecieran. Y así se hizo. Se licenciaron las huestes feudales y se expropiaron de sus tierras a los campesinos, lanzándolos a la moderna industria como obreros libres sin nada que vender más que su fuerza de trabajo. Junto a estos métodos, también concurrían la conquista y saqueo de América, Asía y África, cuya participación con el oro, la plata y los esclavos inyectaron los capitales para que la naciente y boyante industria capitalista marchara: “el botín conquistado fuera de Europa mediante el saqueo descarado, la esclavización y la matanza, refluía a la metrópoli para convertirse en capital” (Marx, 1982, pp. 640,641).

Con razón sentenciaba Marx, el “capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza” (Marx, 1982, p. 646), y citando una publicación de la época, concluía que el capital:

[…] huye de los tumultos y las riñas y es tímido por naturaleza. Esto es verdad, pero no toda la verdad. El capital tiene horror a la ausencia de ganancia o a la ganancia demasiado pequeña, como la naturaleza tiene horror al vacío. Conforme aumenta la ganancia, el capital se envalentona. Asegúresele un 10 por 100 y acudirá adonde sea; un 20 por 100, y se sentirá ya animado; con un 50 por 100, positivamente temerario; al 100 por 100, es capaz de saltar por encima de todas las leyes humanas; el 300 por 100, y no hay crimen a que no se arriesgue aunque arrostre el patíbulo. Si el tumulto y las riñas suponen ganancia, allí estará el capital encizañándolas. Prueba: el contrabando y la trata de esclavos (Marx, 1982, pp. 646-647).

Bibliografía

Marx, C. (1982). El capital. Crítica de la economía política, tomo 1. México: Fondo de Cultura Económica.