Editorial

Ha estallado una sublevación popular en Irak: en el torrente de su arrojo y sacrificio, de su llanto y de su sangre, están zozobrando las pretensiones de la superpotencia del orbe.

Los rebeldes resisten a las tropas invasoras norteamericanas y les disputan cada calle, cada casa en la ciudad de Faluya. En Kut, al sur de Bagdad, pusieron en fuga al destacamento ucraniano, que bajo las órdenes gringas ocupaba la ciudad, y mantienen el control de los edificios de gobierno y de las estaciones de policía. Otro tanto ocurre en Nayaf. También tomaron la mayor parte de la ciudad de Kufa y se preparan a presentar batalla a las guarniciones títeres italianas acantonadas en Nasiriya. Al sur de Kerbala, los destacamentos búlgaros imploran el envío de refuerzos, y la pelea se extiende a Bagdad y a varias carreteras importantes. Las fuerzas de ocupación responden bombardeando barrios y lugares sagrados; los hospitales se colman de mujeres y niños víctimas del terrorista ejército norteamericano.

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Ha estallado una sublevación popular en Irak: en el torrente de su arrojo y sacrificio, de su llanto y de su sangre, están zozobrando las pretensiones de la superpotencia del orbe.

Los rebeldes resisten a las tropas invasoras norteamericanas y les disputan cada calle, cada casa en la ciudad de Faluya. En Kut, al sur de Bagdad, pusieron en fuga al destacamento ucraniano, que bajo las órdenes gringas ocupaba la ciudad, y mantienen el control de los edificios de gobierno y de las estaciones de policía. Otro tanto ocurre en Nayaf. También tomaron la mayor parte de la ciudad de Kufa y se preparan a presentar batalla a las guarniciones títeres italianas acantonadas en Nasiriya. Al sur de Kerbala, los destacamentos búlgaros imploran el envío de refuerzos, y la pelea se extiende a Bagdad y a varias carreteras importantes. Las fuerzas de ocupación responden bombardeando barrios y lugares sagrados; los hospitales se colman de mujeres y niños víctimas del terrorista ejército norteamericano.

En la acritud de la contienda ha venido surgiendo algo nuevo y prometedor: la solidaridad, la unidad de las distintas vertientes religiosas y políticas. “Sean bienvenidos los iraquíes de todas las religiones —judaístas, cristianos, todos—, a ayudar al pueblo de Faluya, de Kerbala, de Mosul, de Nasiriya y Basora”, dijo un clérigo chiíta quien, a la cabeza de una larga cola de habitantes de Bagdad, donaba sangre para los combatientes sunitas heridos en Faluya. Aseguró que no habría guerra entre las dos principales tendencias islámicas de Irak, chiítas y sunitas, por tanto tiempo malquistadas.

Todos aportan. Lemiya Wan, doblada por los años, el miércoles pasado, arrastraba por las calles de Bagdad una carreta de madera cargada de arroz, azúcar y cinco latas de petróleo para cocinar. Explicó que eso era lo único que le quedaba en casa para comer, pero que lo donaba a los luchadores de Faluya, o de cualquier otra ciudad, para quienes pidió la bendición de Dios. Incluso algunos editorialistas de diarios como The New York Times y The Washington Post reconocen que en cada campesino, conductor de taxi y niño iraquí hay un enemigo del ejército norteamericano[1].

El gobierno de Estados Unidos y los conglomerados financieros que provocaron la guerra saben que su situación es apurada en extremo: si mantienen la ocupación, sufrirán el desgaste permanente de enfrentar una revuelta popular; si se retiran, el mundo entendería que el poderío militar gringo es incapaz de domeñar a un pueblo decidido, y toda su estrategia de avasallamiento global quedaría comprometida. Por eso, la camarilla dominante de Estados Unidos se esfuerza por conservar el botín para ella sola, pero en pasar a otros cuanta carga bélica y política pueda. Organizaron una policía mercenaria iraquí, adiestrada a las carreras, que en la presente crisis les falló, pues muchos de esos agentes han entregado armas e información a los rebeldes. Pretenden designar a dedo un gobierno y una asamblea, y preparan para el 30 de junio una mascarada de “retorno de la soberanía a Irak”. Este andamiaje también se está desarmando, pues los principales líderes espirituales de esa nación no han querido prestarse a secundar las imposiciones de Paul Bremer. Es más, el actual gobierno provisional ha entrado en crisis, pues el ministro del Interior renunció y el interino de Comunicaciones dijo que era imposible seguir al lado de los norteamericanos cuando estos abusan de la fuerza.

Después de haber desafiado a las Naciones Unidas —tan odiadas en Irak, pues durante muchos años estuvieron a cargo del bloqueo que hambreó a ese pueblo— las llaman para que les ayuden a conformar un régimen títere con algún viso de legitimidad. El Departamento de Estado clama a la OTAN y a otros países a que les saquen las castañas del fuego. La tendencia parece contrariar esas peticiones. Kazajstán dijo que retiraría sus tropas, y el nuevo gobierno español muy posiblemente se verá precisado a hacerlo, ya que los ibéricos castigaron electoralmente a José María Aznar por su indigno papel en el Golfo Pérsico. Los otros compinches de Bush, Blair y Berlusconi son objeto de un creciente rechazo en sus respectivos países.

El propio George Bush vive el mal momento de tener que explicar simultáneamente por qué no fue capaz de impedir los ataques del 11 de septiembre contra el territorio de los Estados Unidos, obligación esa sí legítima y primerísima, y en cambió dilapida esfuerzos en atacar a otros pueblos. Sus aspiraciones reeleccionistas pueden quedar reducidas a pavesas en las arenas de Arabia.

Los halcones calculaban que al aporrear a Irak, aleccionarían a Irán y a todo el Medio Oriente, pero éste, tan estratégico, en vez de mostrarse más sumiso, se torna levantisco. Las cuentas de los dedicados a la rapiña eran que el poderío militar superior y la exclusividad en el poder mundial les permitirían invadir a cuanta nación quisieran y hacer olvidar las derrotas propinadas por los vietnamitas. Nuevo yerro; hoy se recuerdan las hazañas de esa nación asiática con más frecuencia y de manera más vívida.

Donald Rumsfeld, teórico del asesinato en masa, émulo de los artífices de la Blitzkrieg, fanfarroneó sobre su nueva doctrina militar que permitiría, gracias a los avances tecnológicos, formar un ejército pequeño e invencible. Ahora posterga el retiro de batallones y amenaza con enviar nuevos.

Los imperialistas posaron de libertadores y aseguraron que los chiítas y el pueblo iraquí en conjunto saldrían a vitorearlos. Los chiítas, empuñando las armas y en el motín callejero, les dan un enérgico mentís. Los belicosos círculos gobernantes yanquis pretenden ahogar en sangre el valor de los iraquíes. Solo lograrán desenmascarase como una camarilla rapaz y criminal.

Las tierras bañadas por el Tigris y el Eufrates, cuna propicia de algunas de las primeras y más importantes civilizaciones, están nutriendo los renuevos de la lucha antiimperialista mundial. Brindemos nuestro más cálido apoyo.


[1] Relato basado en un artículo de Karl Vick en el Washington Post

Abril 10 de 2004