La Revolución Francesa

“Pues si la revolución, aunque inscrita en aquello que la precedió,
tuvo que ser tan compleja, tan larga y tan sangrienta, f
ue porque se encontró con enemigos poderosos que modificaron su desarrollo.
Luchando contra ella despertaron las pasiones de sus más fervientes partidarios;
por eso, tras la revolución de la clase media se produjo la del pueblo llano en 1792,
y después la vuelta del péndulo, una vez saldada la nación, tras el 9 de termidor”

(FURET, François.
“La Revolución Francesa” en: BARNY, Royer... [et al.].
Alcance y legado de la revolución francesa. Madrid: Editorial Pablo Iglesias, 1989, p.17)

La Libertad guiando al pueblo - Eugène Delacroix, 1830

Como la mayoría de los acontecimientos de su naturaleza, el levantamiento en Francia no puede entenderse de forma aislada; comporta circunstancias propias y externas que, en su momento, intervienen para provocar lo que la historia ha considerado como la revolución de su tiempo.

A finales del siglo XVIII se presentan convulsiones políticas en varios lugares de Europa y del mundo, con intensidades de diverso tipo, pero con la trascendencia de evidenciar la inconformidad de los sectores sublevados: Irlanda, Bélgica y Holanda fueron algunos de ellos; sin embargo, es en Norteamérica en donde se origina la más importante, pues condujo a su independencia del Imperio británico, el más poderoso de ese entonces. Es una época en la cual las viejas formas de gobierno europeas atraviesan por profundas dificultades políticas y económicas. Hay una serie de condiciones en el panorama europeo y americano que, a su manera, van influenciando, quizás no de forma definitiva, el proceso francés.

Ahora bien, las circunstancias particulares de la Francia de este periodo proporcionan elementos para entender su revolución. ¿Cuál era el escenario interno?

La monarquía francesa se encontraba entre las más características y su poder era notable. Sin llegar a ser igual a Gran Bretaña, rivalizaba con ésta en aspectos económicos. Los británicos se sentían intranquilos por el mayor dinamismo del sistema colonial galo en las Indias Occidentales y por el aumento de las exportaciones francesas en el periodo que va de 1720 a 1780.

Los nobles recibían prerrogativas que los sectores populares de la sociedad no disfrutaban, se les eximía de impuestos y podían, por derecho, exigir tributos feudales, razones que los posesionaron como una clase de primer orden en Francia, pese a representar tan sólo el 1,7%, unas 400.000 personas, de los 23 millones de habitantes que conformaban el total de la población. Las cosas no eran tan aventajadas en la escena política: sus instancias representativas estaban sitiadas por la monarquía absoluta, lo que socavaba su independencia en este terreno. Quedaba así apartada oficialmente de las actividades comerciales y del ejercicio de una profesión que dependía de la realeza. Se veían en apuros para mantener la suntuosidad de su estilo de vida; poco auxiliaban las rentas, los maridajes por interés, las donaciones, los empleos de poco esfuerzo o las pensiones que daba el rey. Pese a las restricciones monárquicas no les quedaba otra cosa que apelar a los favores otorgados por su posición de clase, que era su principal carta. La hacían valer por medio de la inmoderada recaudación de derechos feudales a sus vasallos campesinos y en la lucha por los puestos oficiales que, por lo general, eran asignados a la clase media; más diligente en el desempeño de las funciones pero carente de fuerza política para impedir el apoltronamiento nobiliario.

Las consecuencias no se hicieron esperar. La administración central y de las provincias iba cayendo en manos de los nobles, afectando los cimientos del Estado; el campesinado se irritaba y el grupo injustamente apartado de los empleos públicos producía el odio hacia quienes los desplazaban.

Dos décadas antes surgía otro elemento que preparaba el estallido revolucionario. La situación del campesinado mostraba una condición precaria. Nada en el horizonte evidenciaba que las cosas fueran a cambiar, al menos, por parte de los que ejercían el poder. Los trabajadores de la tierra representaban el 80% de los franceses y pese a que con suficiencia constituían la mayoría de la población, una fracción significativa de sus componentes sobrevivía sorteando la pobreza y la falta de recursos, el rezago técnico y la onerosa carga de los diezmos, tributos feudales e impuestos estatales. Su población crecía concomitante con la miseria y sólo una pequeña clase de campesinos privilegiados se beneficiaba de la inflación y podía vender su excedente productivo; el resto, que era la mayoría, padecía la disminución de las ganancias por los altos precios y las malas cosechas.

El otro componente de la organización social francesa era la monarquía. Al igual que la británica en tiempos de la Paz de París, atravesaba por serias dificultades económicas. La participación que había tenido en la independencia norteamericana la dejaba al borde de la ruina financiera y las enmiendas llevadas a cabo entre1774 y 1776 para modernizar el sistema administrativo y fiscal no habían dado los frutos esperados.

Todo lo contrario, la economía continuaba con un déficit en su balanza de ingresos y gastos del 20%. ¿Cuál fue la causa de los problemas financieros? Hobsbawm señala que, principalmente, fueron la guerra de Independencia Norteamericana y su deuda, y no, como a menudo se ha señalado, el boato de la monarquía francesa. Para 1788, un año antes del estallido revolucionario, el presupuesto global se dividía en los siguientes montos: 50% para la deuda —entre ella la generada por la intervención en la guerra norteamericana—; el 25% destinado a la guerra, la diplomacia y el ejército; y un 6% reservado para los gastos cortesanos.

Este panorama de dificultades en el ejercicio de gobierno de la monarquía permitió a la aristocracia y a los parlamentarios aprovechar la situación. De modo que, se comenzaron a abrir las fisuras en el absolutismo. Quizás la más contundente de ellas fue el llamado a establecer los Estados Generales; una maniobra del rey para enmendar los hilos estatales. Sin embargo, la intentona no arrojó lo esperado, esencialmente porque sus postulados políticos no daban cuenta de la grave situación económica y social que atravesaba Francia y porque menospreciaba los intereses de aquellos que no pertenecían ni al clero ni a la nobleza y cuyos miembros en su mayoría eran de la clase media, reunidos bajo la figura del “tercer estado”.

El escenario daba la oportunidad para que la burguesía en ciernes se posicionara. La ideología revolucionaria era el pensamiento del liberalismo clásico y éste era la corriente característica de los burgueses que comandaron la gesta.

Las ideas progresistas se basaban en el empirismo ingles del siglo XVII y el humanismo renacentista. Los principios que aplicaban eran producto de la investigación científica, cuyos fundamentos utilizaban para cuestionar la superstición y la estructura atrasada del Antiguo Régimen. Fueron importantes los aportes de Montesquieu sobre el principio de la división de los poderes del estado en las ramas ejecutiva, legislativa y judicial, que era un argumento sustancial en contra del absolutismo monárquico. La corriente surgida hacia la segunda mitad del siglo XVIII conocida como los enciclopedistas y que sistematizó conocimientos de diferentes ámbitos en la Enciclopedia Francesa también influenció la ideología de los insurrectos franceses. Filósofos, economistas y matemáticos basados en la razón y el liberalismo produjeron las ideas, francmasones y agitadores las propalaron y los revolucionarios las pusieron en marcha.

Todo el conjunto de ideas liberales y burguesas se concretaron en la Declaración de derechos del hombre y el ciudadano de 1789. Se constituía como un documento que contradecía la sociedad basada en jerarquías y prerrogativas nobiliarias; no hay que perder de vista los intereses de clase que lo configuraron, pues ante todo fue una construcción humana. No se trataba entonces de una Declaración que abogara por las reivindicaciones de todas las capas de la sociedad. Hobsbawm señala que aquella postulaba en su primer artículo que “los hombres nacen y viven libres e iguales bajo las leyes”, pero que posteriormente terminaba aceptando la existencia de diferencias sociales, “aunque fuera sólo por razón de utilidad común”. Del mismo modo, y consecuente con la economía liberal clásica que le daba sustento, concebía la propiedad privada como natural, inalienable y sagrada.

El manuscrito contenía en sus apartes la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y el derecho de éstos para elaborar las leyes; sin embargo, señala el historiador inglés, que la Asamblea representativa, modelo fundamental de gobierno, no necesariamente debía ser elegida de manera democrática. Esto quería decir que la figura de una monarquía constitucional, sostenida sobre los pilares de una oligarquía de propietarios y expresada en una Asamblea representativa, y no una república democrática, se acomodaba más a los intereses del burgués liberal representativo de este tiempo que, desde la Revolución Francesa hasta La Comuna de París, no se caracterizó por ser un demócrata sino un devoto del constitucionalismo y la organización de un estado gobernado por contribuyentes y propietarios que diera garantías a la iniciativa privada y a las libertades civiles.

El tercer estado también jugó un papel fundamental en la Revolución, pues pugnaba por sacar ventaja de su eventual mayoría de votos y por poder convertir los Estados Generales en una Asamblea de diputados que votaran de forma individual, así como por superar los estamentos feudales y su manera tradicional de votación por medio de órdenes que permitían al clero y la nobleza —inferiores en número— imponerse. A la sazón de este conflicto de intereses de clase es que se presenta la primera disputa revolucionaria. Tras la apertura de los Estados Generales los representantes del tercer estado constituyeron una Asamblea Nacional con la facultad de enmendar la Constitución; con esta maniobra se le adelantaban a cualquier ardid del rey, el clero y la nobleza para hacerse con el control de las disposiciones de los Estados Generales.

Pero ¿por qué esta situación de demandas aparentemente reformistas y parlamentarias se constituye en una revolución?

Sin la pretensión de explicar las causas de la Revolución Francesa con las notas que Lenin plantea acerca de las leyes fundamentales de la revolución[13], tenerlas en cuenta provee elementos importantes para entender este tipo de acontecimientos. Es preciso aclarar que su estudio se basa en el análisis de la historia de los levantamientos rusos que tuvieron lugar en los albores del siglo XX, y no en la sublevación gala.

Lenin señala que, para que se presente la revolución, no es suficiente con la conciencia que tengan los explotados y oprimidos de no poder vivir como lo venían haciendo, o que conciban la posibilidad del cambio; se necesita, también, que la clase que detenta el poder no pueda gobernar como hasta ese momento: “Sólo cuando las ‘capas bajas’ no quieren lo viejo y las ‘capas altas’ no pueden sostenerlo al modo antiguo, sólo entonces puede triunfar la revolución”[14]. Esto se expresa en la realidad cuando se presenta una crisis nacional general que perjudique, tanto a las clases dominantes, como a los sectores dominados. De modo que, para que prospere la revolución, deben la mayoría de los oprimidos darse cuenta de la urgencia del cambio revolucionario y ser capaces de inmolar su vida por él. Asimismo, los que ejercen el poder deben sufrir una crisis que les perturbe la manera como han gobernado, llevando el interés por la política y su lucha a los sectores menos concientes e impasibles, que deteriore la forma de gobernar de los déspotas y los conduzca hasta la ineptitud y la desesperación para seguir dirigiendo, llevando de este modo a su derrocamiento y a la toma del poder por parte de los insurrectos.

Para que

la batalla decisiva se halle completamente en sazón…I) todas las fuerzas de clase…adversas [deben estar] suficientemente sumidas en la confusión, suficientemente enfrentadas entre sí, suficientemente debilitadas por una lucha superior a sus fuerzas; 2) que todos los elementos vacilantes, versátiles, inconscientes, intermedios…, se hayan puesto bastante al desnudo ante el pueblo, se hayan cubierto de ignominia por su bancarrota práctica; 3) que…empiece a formarse y a extenderse con poderoso impulso un estado de espíritu de masas favorable a apoyar las acciones revolucionarias más resueltas, más valientes y abnegadas…he aquí en qué momento está madura la revolución…[15]

De vuelta a la situación francesa, y considerando lo señalado por Lenin —hasta donde las circunstancias lo permitan—, hay que mencionar, que el tercer estado se impuso a la reacción del Antiguo Régimen y a las órdenes plutocráticas porque hacia eco de las reivindicaciones de la militancia burguesa, de la clase trabajadora empobrecida de las ciudades y de las capas campesinas revolucionarias; es decir, de unos sectores sociales en conjunto mayoritarios, afectados enormemente por la estructura del poder real y que por la satisfacción de sus intereses, muchas veces de diversa índole, necesitaban el cambio. Más importante aún, y para que todo no quedara en un movimiento meramente reformista, fue la coincidencia entre el llamado a la formación de los Estados Generales y la grave crisis económica y social que padecía el país galo. De hecho, en los diez años que precedieron al estallido revolucionario, la mayoría de sus ramas de producción atravesaron por ingentes dificultades; un crudo invierno y una pésima cosecha en los dos años anteriores a 1789 preparaban la pólvora; la alteración en el reino adquiría magnitudes importantes y la agitación política, impregnada con la ideología liberal burguesa y la propaganda en torno a las elecciones en los Estados Generales, movilizaba al pueblo y le daba esperanza de liberarse de los tiranos, por eso respaldaron a los representantes del tercer estado, por eso la situación francesa se estremecía.

Asalto a La BastillaEl efecto lógico de la contrarrevolución alentó el arrojo de las masas. La preocupación de los representantes del Antiguo Régimen al movilizar las tropas contra los sublevados precipitaron, el 14 de julio de 1789, el asalto a la Bastilla, cárcel emblemática del Estado y símbolo del despotismo real.

Este acontecimiento fue el detonante para que el inconformismo se propalara por toda Francia y para que el Antiguo Régimen comenzara a derruirse; fue el preludio de un nuevo horizonte para las clases cuyos intereses eran opuestos a los del rey, el clero y la nobleza.

Levantamientos en diferentes lugares del país colocaban contra la pared al régimen; en los días posteriores a la toma de la Bastilla, gran parte del orden rural francés, así como el aparato del Estado monárquico, caían uno a uno. A juicio de Hobsbawm, tan sólo quedaban destacamentos militares dispersos y poco efectivos, una Asamblea Nacional sin poder coercitivo y unas administraciones dirigidas por la clase media que colocarían en píe de lucha a elementos de burgueses armados, conocidos como “guardias nacionales”.

El desenlace tuvo como política oficial la anulación de las prerrogativas feudales y la disolución del feudalismo como sistema económico y social. Cabe destacar que la sustitución de un sistema económico, político y social por otro no se presenta de forma mecánica y absoluta; es un proceso paulatino en el que las fuerzas características de aquel van imponiéndose sobre las de éste, quedando algunos rezagos del viejo sistema que se resisten a cambiar.

Las transformaciones preocupaban no solamente al rey, sino a ciertos revolucionarios de la clase media que asustados por los alcances y las complicaciones que para sus intereses representaba la insurrección popular, decidieron que era preciso tomar medidas en el asunto y adoptar posiciones reaccionarias y enfocadas al conservadurismo. Eran aquellos, como lo ha mostrado la historia de las revoluciones, que tras satisfacer sus intereses de clase y ver seriamente amenazada su comodidad por el avance revolucionario de los oprimidos deciden cerrar filas con los sectores contrarrevolucionarios:

Una y otra vez veremos a los reformistas moderados de la clase media movilizar a las masas contra la tenaz resistencia de la contrarrevolución. Veremos a las masas pujando más allá de las intenciones de los moderados por su propia revolución social, y a los moderados escindiéndose a su vez en un grupo conservador que hace causa común con los reaccionarios, y un ala izquierda decidida a proseguir adelante con sus primitivos ideales…[16]

Es en este escenario que es posible hablar de girondinos y jacobinos; aquellos representaban a esas camarillas, “belicosas en el exterior y moderadas en el interior, un cuerpo de elocuentes y brillantes oradores que representaba a los grandes negociantes, a la burguesía provinciana y a la refinada intelectualidad”[17]. Los jacobinos se constituían en el grupo que llevaría la revolución hasta sus últimas consecuencias.

Fueron los moderados los que se alzaron victoriosos en los primeros años de la Revolución, siendo mayoría en la Asamblea Constituyente e iniciando cambios en el orden económico, con una gran influencia de las ideas liberales, como la restricción de gremios y corporaciones y el impulso a los empresarios privados. Sin duda, las enmiendas más significativas estuvieron relacionadas con la secularización y la comercialización de las tierras pertenecientes a la nobleza que tras el estallido revolucionario huyeron dejando sus posesiones; esta misma suerte corrieron las tierras del clero. Según Hobsbawm, esto representó para los sectores populares el beneficio de envilecer el poder de la iglesia, el fortalecimiento de los comerciantes de aldeas y provincias y la compensación para muchos campesinos que participaron en la Revolución.

Los moderados en el poder tenían como estandarte la carta de 1791, documento que, en teoría y a través de una monarquía constitucional, dirigiría los destinos del nuevo Estado. Sin embargo, la clase en el poder tenía serias dificultades para gobernar. Por un lado, la forma como llevaban la economía, basada en los principios de la libre empresa, hacía que los costos de los alimentos oscilaran en todo momento y que, en consecuencia, las masas afectadas arreciaran la lucha; pues era un momento en el que cualquier alza en los precios del pan comportaba la furia del pueblo.

A nadie puede sorprender que la penuria y al carestía engendraran regularmente revueltas. La gente, tan pronto se encaraba contra los que se decía que poseían grano o comerciaban con él, saqueaba sus casas, o incluso ‘se le ponía en el farol’, es decir, se les colgaba de la cuerda destinada a sostener el farol que iluminaba la calle…[18]

Por el otro, la monarquía hacia todo lo que le fuera posible para “expulsar a la chusma de gobernantes comuneros y restaurar al ungido de Dios, al cristianísimo rey de Francia, en su puesto legítimo”[19]. En este escenario convulsivo retumba, en abril de 1792, la guerra civil en Francia, originada por el choque entre la extrema derecha y la izquierda moderada.

Para los sectores de la monarquía y el clero emigrados a Alemania occidental, la arremetida para colocar nuevamente en su sitio a Luís XVI debía tener como punta de lanza la participación activa desde el extranjero. El hecho de que la monarquía de los demás países europeos hiciera causa común con el restablecimiento del Viejo Régimen no era sólo una cuestión de solidaridad de clase, estaban protegiendo su propia pelleja, pues al sofocar a los insurrectos franceses pondrían coto a una inminente propalación de las ideas revolucionarias en sus territorios.

Tras el estruendo de la guerra, la pugna entre los sectores en disputa se tornaba irreconciliable. En lo corrido de agosto y septiembre, con la participación fundamental de los sans culottes[20] parisinos, fueron derrotadas las fuerzas reaccionarias y proclamado, tanto la República, como las medidas que descollaron por su carácter revolucionario; entre éstas sobresalieron el paso por las armas de los presos políticos, el arresto del rey, la invocación para enfrentar a la Legión Extranjera y la decisión de llevar a cabo las elecciones para conformar la Convención Nacional. Cuando ésta hubo de consolidarse, los girondinos tenían la sartén por el mango como partido en la dirigencia y sus disposiciones orientaron los destinos de la Revolución.

La política adoptaba por los girondinos y su concepción de lo que acontecía era equivocada, ya que la actitud que tomaban no era propia de un Estado en guerra permanente, con una economía en dificultades y con la amenaza latente de la contrarrevolución y la invasión extranjera. Adoptaron la concepción de que para salir avante, los estados debían embarcarse en ofensivas localizadas y respaldadas por el concurso de un ejército regular, con una economía poco controlada y dejada a los vaivenes propuestos por el liberalismo económico. A esto se le sumaban algunas vacilaciones, como la de no ajusticiar al rey o resoluciones timoratas que encontraban su justificación en la preocupación girondina por lo que pudiera acontecer con sus intereses si las masas seguían adelante con la Revolución. La historia de las revoluciones ha señalado que se necesita el control férreo del Estado para hacerse con el poder, que para que los insurrectos salgan victoriosos deben decidirse por campañas totales y que, en general, los ejércitos rebeldes se componen de elementos irregulares, poco preparados para la guerra, cuyo ejercicio soldadesco lo emprenden a medida que avanza la contienda.

Los girondinos, pues, no se correspondían con lo esperado por las circunstancias y lo demandado por los sans culottes; cada maniobra de los moderados se acercaba más a los propósitos de la reacción que a los intereses de los sublevados. La Francia levantada necesitaba pétreas disposiciones: era menester el control estatal de la economía, el racionamiento de recursos y el reclutamiento en masa. Los girondinos no pudieron sostenerse en el poder de la joven república, su inoperancia frente a las demandas de la Revolución, llevó a que en los primeros días de julio de 1793 los sans cullotes propinaran el golpe que los derrocó.

Las circunstancias exigían una colectividad que fuera coherente con la situación y que satisficiera los intereses de los sectores que comandaban el alzamiento. Los jacobinos ocuparon ese lugar.

Cuando los jacobinos se hacen al poder, la situación del país galo, en todos sus órdenes, era un absoluto caos. Su economía estaba en bancarrota y su entorno social era desolador; las huestes de las monarquías invasoras la embestían por los distintos frentes: la inglesa arremetía por el occidente y el sur, la alemana por el norte y el oriente; además, de los ochenta departamentos que constituían Francia, sesenta estaban contra Paris, fortín revolucionario y la ciudad que simbolizaba el levantamiento. De cara a este estado de cosas, aparecían como posibilidades para los jacobinos el puño de hierro con todos sus reparos o el fenecimiento de la Revolución, la derrota del movimiento insurrecto y la restauración del Viejo Régimen.

Así lo entendieron los radicales, y tras el revés padecido por los girondinos en 1793, en la Convención Nacional, algunos líderes jacobinos, como Robespierre, Danton y Saint-Just ingresaron al Comité de Salvación Pública para hacerle frente a las condiciones adversas que en ese momento amenazaban la supervivencia de la insurrección.

El Comité, a medida que avanzaban los días, se fue constituyendo como el ente más importante del poder político de la República, hasta que le fueron arrogadas las disposiciones del poder ejecutivo a finales de 1793. Sus determinaciones estuvieron siempre marcadas por la defensa de la Francia republicana, y en ese sentido, por la dureza en las decisiones: control absoluto de la economía, manteniéndola estable a través de la regulación de precios y salarios, con lo que se garantizaban los bastimentos para las tropas y para la población; movilización de destacamentos para proteger tanto a la joven república, como para sofocar la reacción y los alzamientos internos. Es aquí en donde el filo de la guillotina hace lo suyo y se funda el Reinado del Terror, cuyo recuerdo es lo único que quieren rememorar los historiadores y aquellos que denuestan de las revoluciones por su desmedida violencia, ignorando la historia, ora por estulticia, ora porque les conviene, pero se empecinan en hacer creer, sin prueba empírica alguna, que el paso del hombre por la tierra está plagado por la inmanencia del amor y la justicia, tal como lo relatan los cuentos de la tierra prometida; pero no se acuerdan de los comportamientos del clero, la nobleza, la monarquía o la burguesía misma, actuaciones no tan limpias, por demás.

La dictadura fue un paréntesis indispensable para el establecimiento de la libertad; el reinado de la multitud, el instrumento necesario del gobierno de la clase media[21]

Tras el férreo gobierno de los jacobinos y, aproximadamente un año después de haber tomado el poder, los privilegios feudales se derrumbaban uno a uno y sin moneda alguna de indemnización; la república francesa contaba con una economía sólida, se confiscaban las posesiones expropiadas a la monarquía, al clero y a los nobles para otorgárselas a los pequeños propietarios para su labranza. Lo regimientos patriotas repelían a los destacamentos invasores que, luego de diversas batallas, fueron derrotados y expulsados. Las tropas republicanas triplicaron su número “y estaban a punto de iniciar una etapa de veinte años de ininterrumpidos triunfos militares”[22]. Los radicales habían puesto fin a la anarquía interna y su gobierno se imponía en todo el territorio galo. Ya controlado el país, era menester la instauración de una carta magna que representara los intereses del grupo que estaba en el poder y los de la Revolución.

En efecto, con la nueva Carta, el pueblo gozaba de beneficios que nunca antes se hubieran pensado. En sus líneas se revelaba como política de gobierno que el bien común se erigiera como propósito fundamental; el pueblo alcanzaba el derecho al sufragio universal y a la insurrección, el trabajo y el alimento. La de los jacobinos, “fue la primera genuina Constitución democrática promulgaba por un Estado moderno”[23], y las directrices progresivas que planteaban sus enmiendas contribuyeron en la eliminación de la esclavitud en las colonias francesas y a la manumisión de muchos esclavos. En el campo ideológico, sustituyó el calendario cristiano por el de la Revolución[24], con lo que inauguraba oficialmente el fenecimiento del culto católico como religión de Estado para ser sustituido por el culto a la inteligencia, a la razón. Se instauró el control de la economía mediante una Ley que establecía el monto máximo de los productos básicos de existencia, así como la regulación de los salarios. Se persiguió sin pausa a los usureros y especuladores incautando sus posesiones y repartiéndolas a los necesitados. Se implementó el cuidado de niños, ancianos y enfermos y se estableció la enseñanza primaria como pública, obligatoria y sin ningún costo. Con reformas orientadas a mejorar las condiciones de vida de los más pobres combatió la mendicidad, cuyo ejercicio fue proscrito. Eran aquellas, pues, las disposiciones de la República jacobina.

Arresto de RobespierreSin duda, la oposición que generaban tales directrices, esencialmente populares, contribuyeron a la terminación del poder de los jacobinos; pues atentaban contra los intereses de los poderosos.

El 9 de Termidor —27 de julio de 1794, según el calendario cristiano— fue el día en el cual el propio partido de Robespierre, Saint Just y Couthon decide arrestarlos y pasarlos por la guillotina. El tiempo de la Convención hubo de finalizar en este momento. Con excepción de la República de 1848-1851, sobrevinieron, uno tras otro, una letanía de gobiernos hostiles, todos ellos contra los intereses del pueblo, como el Directorio, el Consulado, el Imperio, la Monarquía Borbónica Restaurada, la Monarquía Constitucional y el Imperio; mas esa, ya es otra historia.