De la carátula del libro TrumpNation: The Art of Being the Donald, escrito por Timothy OBrien
De la carátula del libro TrumpNation: The Art of Being the Donald, de Timothy OBrien

La escritora Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura de 2015, sostiene que la Revolución Rusa se propuso crear el hombre nuevo, y lo logró, con lo que se originó lo que ella denomina, con ironía, el Homo sovieticus; así, tituló uno de sus libros El fin delHomo sovieticus” (Alexiévich, 2015), en el que pretende caracterizar a esta “especie”, que a nuestro juicio —y siguiendo el estilo clasificatorio de Alexiévich—, es resultado de la evolución de un alto grado de conciencia del Homo laboriosus. El sovieticus pobló ciertas regiones de la tierra, a partir de la Rusia Bolchevique, desde el año 1917. Era una especie extraña a los ojos de las gentes de hoy, en la cual los individuos no dudaban en sacrificarse por la colectividad, los trabajadores gobernaban y no se le rendía culto, sino que se repudiaba, la explotación del hombre por el hombre y el egoísmo. Después de llevar a cabo verdaderas hazañas históricas, tales como derribar la dictadura de zares, terratenientes y capitalistas, poner al mando a los obreros, derrotar el fascismo, alentar la descolonización y obligar a que se respetaran algunos derechos laborales en las propias tierras de su contrario (el Homo americanus), el Homo sovieticus, traicionado, calumniado y confundido, cedió la primacía generalizada a su antagonista, quien, con sus instintos y pasiones irrefrenadas, extendió su depredación por toda la superficie del planeta.

Un verdadero prototipo del linaje victorioso lo constituye Donald Trump, que hace poco celebró los cien días de su ascenso a la presidencia. El estrafalario personaje derrotó uno a uno a los precandidatos que le opuso la cúpula del partido Republicano y, luego, a Hillary Clinton, candidata demócrata y preferida por la gran prensa, las altas finanzas, las cumbres corporativas y el cenáculo que dicta la ética y las normas y formas de lo políticamente correcto. 

El terremoto que constituye el triunfo de Donald Trump merece un examen atento, ya que ha puesto al descubierto poderosas tensiones subyacentes en la sociedad norteamericana. Periodistas, políticos, investigadores de las ciencias sociales, diplomáticos han venido haciendo un esfuerzo para dilucidar, primero,  las circunstancias que dieron lugar a ese imprevisto resultado y, segundo, para vislumbrar algunas de sus consecuencias para el acontecer de esa nación y de los demás países del mundo. Ahora que empieza a aclarase qué parte de las promesas se propone cumplir el nuevo mandatario y cuáles eran solamente trucos para captar votos, es más factible entender las verdaderas dimensiones del hecho electoral que, con algunas similitudes, afecta a diferentes naciones. 

La tarea consiste en ver a través del personaje, de sus ademanes y discursos, de sus procedimientos, de su vida, las características de la sociedad que lo ha elevado a la jefatura del Estado más poderoso, no sólo de nuestra época, sino de toda la historia. Hay que entresacar, de un abigarrado conjunto, los principales motivos y anhelos, prejuicios y juicios que llevaron a casi sesenta y tres millones de ciudadanos a apoyarlo contra viento y marea.

No faltarán quienes piensen que escudriñar los rasgos de la personalidad constituye un empeño vano puesto que son las fuerzas sociales, y no los individuos, las que en una lucha perpetua determinan el discurrir de la historia. No obstante, no debe menospreciarse la incidencia que en ese fluir ejercen los personajes y personajillos, los cuales son, a la vez, espejo del medio que los engendra y polo de atracción o repulsión de sus conductas y concepciones. Otros, más descaminados, toman al pie de la letra las palabras y, haciendo caso omiso del contexto social y de la trayectoria del sujeto, piensan que este es partidario de producir un cambio drástico que alzaría los salarios del obrerismo y pondría fin a la naturaleza financiera y globalista, es decir, imperialista, del coloso del norte. (Petras, 2016)

Por el contrario, los acontecimientos más recientes están demostrando que, si bien la revuelta popular electoral encabezada por el plutócrata dio al traste con la plana mayor de los dos partidos tradicionales —Republicano y Demócrata—, Wall Street y las multinacionales (que salieron derrotados con Clinton y la docena de precandidatos republicanos) han resultado, sin embargo, victoriosos con Trump. Todo por esa ley definitoria de la democracia capitalista que les permite a los potentados ganar también cuando pierden.

Trump ha sido un hombre de negocios y del espectáculo, con los que ha amasado fortuna y fama, pedestales para su ascenso al poder. Dediquemos esta primera entrega a examinar algunos de los rasgos del carácter y los métodos del nuevo inquilino de la Casa Blanca a través de su desempeño empresarial. La siguiente se ocupará de sus actividades de beneficencia y en el mundo de los medios de comunicación; otras más echarán un vistazo a la situación internacional y a la política interna de los Estados Unidos, algunas veces rebasando el objetivo de estudiar el triunfo mismo de Trump y sus consecuencias, para ver de otear un panorama más amplio.

Un espécimen bien adaptado a su medio

“Yo soy el sueño americano en versión agigantada”, Donald Trump.

Una de las primeras definiciones de lo que llegaría a ser llamado “el sueño americano” la dio Abraham Lincoln: “Cierto que no nos proponemos hacerle la guerra al capital, pero sí queremos que todos, incluso los más humildes de los hombres, tengan la misma oportunidad de hacerse ricos. Cuando uno empieza la carrera de la vida en la pobreza, como nos ha ocurrido a la mayoría, la sociedad libre es de tal naturaleza que uno sabe que puede mejorar su condición, uno sabe que no estará sometido durante toda la vida a la suerte de trabajador... Este es el verdadero sistema”. (Hofstadter) En esta frase se resume lo que, según se afirma, han ofrecido los Estados Unidos: oportunidades iguales para todos. Era la época anterior a la formación de los grandes oligopolios que llegaron a concentrar la producción industrial y la riqueza. Nunca las oportunidades fueron de veras para todos: los negros eran esclavos y los indios sufrían el despojo y el exterminio, pero una masa de población blanca, con numerosos inmigrantes, podía, mediante el trabajo duro y la frugalidad, —y la explotación de la mano de obra “libre”— acumular un cierto capital. Las escalinatas del ascenso económico y social no estaban clausuradas de un todo. La situación cambió, pero la quimera se mantiene.

Hoy, el sueño americano es como una lotería —cada vez más trucada—: a todos se les vende, pero solo premia a un puñado; la fabulosa retribución a este pequeño grupo depende del saqueo a la inmensa mayoría, que debe mantener vivas sus fantasías para que el casino continúe el pillaje. Trump dice la verdad, su éxito constituye la encarnación de las ilusiones de muchos, y la prueba de que el camino está cerrado para casi todos, agregamos nosotros. Su vida nos muestra con nitidez cómo funciona el paraíso de la iniciativa individual, de la libre empresa, de la democracia capitalista.

El hombre de negocios[i]

Sus antepasados. De sus ascendientes recibió muchas de las enseñanzas que habrían de convertirlo en el hombre victorioso que se ufana de ser. La madre y el abuelo paterno de este declarado enemigo de los inmigrantes provenían de Europa. Mary McLeod nació en Escocia, en 1912, y a la edad de dieciocho años se embarcó en el SS Transylvania para los Estados Unidos. Por la época en que Mary arribó, el Ku Klux Klan —precediendo al que habría de ser su hijo— exigía mediante acciones agresivas, muchas de ellas abiertamente criminales, que se limitara drásticamente la inmigración y dirigía sus ataques en buena parte contra los católicos. (Kranish & Fisher, Marc, 2016)

Artic hotelEl abuelo de Donald, Friedrich, se crio en Kallstadt, una región productora de vino, al sudoeste de Alemania, en el Palatinado, valle del Rin. La familia poseía tierra para cultivar uvas, higos y castaños; además, disponía de espacio para algunas cabezas de ganado. No obstante, Friedrich, deseoso de escabullirse de la vida rural y del servicio militar, emprendió viaje a Nueva York, ciudad a la que llegó el 19 de octubre de 1885, a la edad de dieciséis años, con el carácter de inmigrante ilegal. Comenzó como barbero y, cierto tiempo después, cogió rumbo a Seattle, lugar en el cual se dedicó a ofrecer a los viajeros alojamiento y comida, ocupación que le permitió establecer relaciones amigables y productivas con proxenetas y tahúres. Desde entonces, empezó a comprar tierras. Posteriormente se dirigió a la comunidad minera de Monte Cristo, donde se había construido un ferrocarril para transportar el oro y la plata extraídos de las montañas. Friedrich evitó a toda costa la agotadora faena de la excavación y, en vez, abrió un hotel y consagró sus mejores esfuerzos a hacerse a tierras ajenas preñadas de minerales preciosos. Gracias a la respetabilidad adquirida con esas riquezas, en 1896 fue elegido juez de Paz de Monte Cristo. (Ibid.) Su establecimiento, el Artic, al que después llamó Caballo Blanco, mereció comentarios del periódico local, el Yukon Sun, que, luego de alabar la atención prestada, recomendaba a las mujeres decentes evitar alojarse en tal lugar, pues, según decía, era frecuentado por lo más depravado del sexo femenino. El muy listo Friedrich vendió sus acciones cuando las autoridades comenzaron a tomar medidas contra la práctica de los juegos de azar, el alcoholismo y la prostitución, que tenían su centro en el hospedaje del joven señor Trump. Este decidió probar suerte en Wall Street, pero no como financista, sino, de nuevo, como barbero.

Por aquel entonces, estalló la Primera Guerra Imperialista Mundial, que desató fuertes sentimientos antigermanos en los Estados Unidos. Poco después, Friedrich falleció y les dejó a sus hijos una importante riqueza en propiedad raíz. Friedrich Christ Trump, el padre de Donald, era apenas un adolescente cuando su padre murió. La viuda, Elizabeth, fundó una empresa de bienes raíces, E. Trump e Hijo. El mayor de los Trump, Fred, edificó su primera casa a la edad de diez y siete años y desplegó su actividad constructora en Queens, comprando tierras ociosas y casas a menos precio porque sus propietarios estaban bajo el riesgo de enfrentar ejecuciones judiciales.

Se vivían tiempos de ruina financiera, de tasas de desempleo que alcanzaban el 25 %, y las calles se llenaban de desarrapados. Haciendo, como se dice hoy, de la crisis una oportunidad, Friedrich emergía de la ruina general convertido en uno de los más exitosos hombres de negocios de la ciudad de Nueva York (Loc 561). Después, con la recuperación, logró apañar más propiedades y construir más unidades residenciales, estilo Tudor; también incursionó en Brooklyn. En 1936 se casó con Mary Anne Mc Leod, madre de Donald Trump.

Como para el capitalista la ruina ajena y la guerra son ocasiones felices, por aquella época, Friedrich se congratulaba de la posibilidad de obtener jugosas ganancias como resultado de la Segunda Guerra Mundial: “En caso de guerra, creo que las utilidades serán más rápidas y abultadas”. Al tiempo que demostraba habilidades para los negocios, desarrollaba destrezas de hombre espectáculo. En una ocasión utilizó su yate para hacer publicidad entre los bañistas a sus apartamentos en venta y alquiler, lanzando miles de inflables en forma de pescado que contenían cupones para un descuento en la compra de las viviendas.

De los cinco hijos engendrados en el matrimonio de Friedrich y Mary, el cuarto, Donald John, que nació el 14 de junio de 1946, habría de aprender y desarrollar estas pericias de publicista y negociante.

A medida que los veteranos de guerra regresaban a Queens y Brooklyn, Friedrich Trump vio una oportunidad de sacar tajada de un mercado de viviendas de pésima calidad, baratas, fáciles de construir, de vender o alquilar a aquellos hombres que volvían mutilados y empobrecidos. En Brooklyn construyó 1.344 unidades de vivienda que arrendaba a sesenta dólares el mes, a las que los neoyorquinos llamaban los vertederos de Trump para los amputados.

Friedrich mostraba un egoísmo y un ventajismo exacerbados. En una ocasión le pidió a una vecina que le permitiera instalar una antena de televisión en la casa de ella, por ser más elevada y captar mejor la señal. Luego le prohibió a la servicial señora hacer uso de la antena.

Primeros pasos. Sin lugar a ninguna duda, Donald fue un niño precoz. La precocidad se da en diferentes actividades y destrezas: Mozart, por ejemplo, ya a los cinco años componía obras que causaban admiración entre los adultos educados en el arte musical y mostraba dominio incipiente de teclados y violines. Darwin desarrolló tempranamente una insaciable curiosidad por las plantas y los animales. El pequeño Donald mostró con harta prontitud una alerta y dinámica perversidad. Entre sus goces predilectos estaba el mortificar a su hermano menor. Él mismo se ufanó de golpear a su profesor de música y haberle puesto un ojo negro. Otro profesor, entrevistado años después por los reporteros del Washington Post, les dijo que recordaba a Donald como una pequeña m…

Su padre le cultivó con ternura pero con rigor esos rasgos: le repetía “tienes que ser el rey y convertirte en un depredador, en un matón (killer) en todas las cosas que hagas”. (690) Lección esta de primera importancia para sobrevivir en el hábitat del Homo americanus. Tomó tan al pie de la letra el pequeñuelo las enseñanzas paternas que frisando los diez años andaba con algunos amigotes coleccionando cuchillos y navajas, con las que hacían fintas en las horas de descanso. Pero Fred no quería que su hijo llegara a ser un delincuente ordinario; alarmado, lo matriculó en la academia militar, en septiembre de 1956, a fin de frenar las tendencias de granuja de su cuarto heredero.

Si bien allí Donald se apartó de las armas blancas, su actitud de perdonavidas se acentuó. Mereció medallas por la limpieza y el orden, pero desagradaba a sus compañeros porque todo el tiempo presumía de rico, era arrogante y agredía a quienes le ganaban en los deportes u otras actividades. Siendo sargento, golpeó con un garrote a un cadete por romper la formación. En otra oportunidad, rasgó las sábanas de una cama que consideró mal tendida y trató de lanzar por la ventana al cadete que había cometido tal infracción. Siempre pretendía doblegar a quienes no se sometían a su voluntad. Quería ser reconocido como el número uno en todo; en los deportes se destacaba, pero en materia académica nunca logró superar la mediocridad, que se recrudecía por la falta manifiesta de interés. Se graduó en 1964 y se ocupó de eludir por todos los medios el servicio militar. Luego se matriculó en Fordham, institución en la que en la clase de filosofía se convirtió en una completa nulidad, pues, en vez de prestar atención a las lecciones, se dedicaba a dibujar edificios.

Vestía formalmente y con elegancia, nunca bebía. Aficionado siempre a los deportes, llevaba a los compañeros de equipo en su automóvil a los lugares de los encuentros, pero les cobraba la gasolina y los peajes, siendo que el entrenador le daba para cubrir esos gastos. Mostraba repugnancia porque en aquella universidad había muchos italianos e irlandeses; además, no consideraba a ese centro de enseñanza a la altura de su categoría. Se cambió por ello a la Wharton School, de la universidad de Pennsylvania. Allí aseguró que llegaría a ser el mayor constructor de Manhattan (876). Aunque él afirma que estaba entre los mejores estudiantes, ni los registros académicos ni sus compañeros corroboran esa aseveración. Lo que sí dicen quienes compartieron esos años de estudio es que Donald “no era lo que se llama un intelectual”. Sus preocupaciones estribaban en el comercio y en los negocios apalancados. Por supuesto, no participó en las protestas contra la agresión a Vietnam ni en las que se adelantaron por los contratos suscritos entre la universidad y los militares para desarrollar armas biológicas y herbicidas para ser arrojados en la jungla vietnamita y así poder detectar a las fuerzas guerrilleras.

Después de graduarse, se dedicó de lleno a acompañar a su padre en los negocios. Este le aconsejó: trabaja duro, sé humilde y agradecido y aférrate a la fórmula ganadora de construir hogares para la clase media en Queens, Staten Island y Brooklyn. Había otras lecciones: Fred había aumentado la fortuna que le heredó su padre con esmero y frugalidad y mucha ayuda de los programas gubernamentales de vivienda, de los que obtenía un provecho non sancto. Ya en 1954, había sido llamado ante el Congreso porque se le acusaba de haber hecho uso ilegal de préstamos garantizados por el gobierno para un proyecto habitacional en Brooklyn, denominado Beach Haven: había tomado en préstamo tres millones y medio más de los que se requerían para desarrollar el programa. (962). Luego, en 1966, Fred fue acusado de haber apañado mil ochocientos millones de un programa estatal, para construir la Villa Trump. Los investigadores de Nueva York sostuvieron que había inflado los costos del programa.

Un racista consumado. Muchos de los complejos de apartamentos estaban en vecindarios conflictivos y racialmente divididos. El propio gobierno venía fomentado conductas racistas al aconsejar que se evitaran los proyectos “inarmónicos”. Pero el racismo de los Trump fue desaforado, al punto de que el famoso cantautor y guitarrista Woodrow Wilson Guthrie, Woody Guthrie, escribió una serie de versos que afirmaban que Fred Trump expulsaba a los negros de Beach Haven, complejo en el que habitaba el artista (975):

Imagino que el anciano Trump sabe
Cuánto odio racial atizó
En el fondo de  los corazones humanos
Cuando dibujó esa línea de color en su proyecto de mil ochocientas residencias. (htt)

Múltiples veces, la compañía de Fred enfrentó investigaciones por esta conducta, que la ley federal de 1968 había declarado ilícita, como fruto de las innumerables movilizaciones antirracistas. Donald y Fred se negaban a arrendarles a los negros, especialmente en algunos conjuntos, mientras que destinaban otros para la gente de color y más pobre. Las pruebas abundan. En marzo 18 de 1972, Alfred Hoyt solicitó en arriendo un apartamento de dos habitaciones en el complejo Trump, en Westminster Road, en Brooklyn. Se le dijo que no había en el momento apartamentos de esas especificaciones para arrendar. Al día siguiente, su esposa, Sheila Hoyt, de piel blanca, recibió la aprobación para alquilar una unidad de dos habitaciones en el mismo complejo. Dos empleados de la firma Trump declararon a la Justicia que tenían instrucciones de Fred y de Donald de acoger solamente a judíos y a ejecutivos y de rechazar a los negros (1015). A las minorías raciales se les enviaba a Patio Gardens, otro complejo, en Flatbush Avenue, en Brooklyn, donde el 40 % de los inquilinos eran negros. Para Donald Trump, los negros son perezosos, no se les puede confiar el dinero, no saben controlar nada (2634).

A Donald no le agradaban mucho los negocios de su padre, él quería algo más elegante, por lo cual, en 1971 se mudó para Manhattan, contrató a un diseñador de interiores y empezó a merodear en los clubes más exclusivos de Nueva York, con miras a abrirse campo en la sociedad de mayor alcurnia.

Acompañado de trúhanes. En Le Club, Trump conoció a Roy Cohn, quien ejercería una influencia decisiva en su vida. Cohn alardeaba de su muy útil amistad con cinco de las familias más importantes del crimen en Nueva York; como fiscal en Manhattan había logrado enviar a varias personas a la silla eléctrica acusándolas de espionaje en favor de la Unión Soviética. Hizo parte de la oficina de seguridad federal interna, y el tristemente célebre senador Joseph McCarthy lo contrató como consejero principal de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado, estado mayor de la cacería de brujas anticomunista que azuzaba McCarthy. Cohn se convirtió luego en abogado de los más diversos clientes: la arquidiócesis católica, las casas de juego y los magnates inmobiliarios. Se jactaba de burlar el pago de impuestos y en varias ocasiones hubo de enfrentar cargos por obstrucción a la justicia, soborno, extorsión, entre otros delitos. Como era astuto, siempre logró salirse con la suya. Donald Trump sería su alumno predilecto y el más veloz y fiel a las enseñanzas del avieso maestro. 

Roy Cohn, derecha, al lado de Joseph McCarthy

Trump, en el momento en que se encontró a esa alma gemela, enfrentaba un juicio por racismo y, ante la abrumadora evidencia en su contra, sus abogados le habían aconsejado llegar a un compromiso. Por el contrario, Cohn le dijo: cuando te ataquen, contraataca con una fuerza demoledora. Decidió, entonces, contratarlo como su defensor. Este entabló una contrademanda al gobierno federal imputándole falsas acusaciones y exigiendo una indemnización de cien millones de dólares. El demandante y su apoderado, falseando los hechos, dijeron que el gobierno pretendía que se les entregaran viviendas en calidad de beneficencia a los negros y advirtieron que, de salir adelante las pretensiones oficiales en el juicio, la ciudad sería masivamente abandonada no solamente por los inquilinos que repudiaban a los vecinos de color, sino por comunidades enteras. A la vez, negaban que sus rechazos se basaran en cuestiones étnicas; se trataba, según afirmaron, de un abuso del gobierno. Llevaron adelante sus maniobras haciendo retractar a los testigos, principalmente a los empleados que habían declarado que los Trump los obligaban a negarse a arrendar a los negros. También sostuvieron que la fiscal —una joven recién graduada, aún llena de ideales— había obtenido mediante amenazas de encarcelamiento falsos testimonios contra los Trump; la sindicaron, igualmente, de usar los métodos de la Gestapo[ii]. En varias ocasiones, Donald tuvo que comprometerse ante los juzgados a no continuar discriminando, pero a cada promesa le seguía un incumplimiento. Entre tanto, Cohn había llegado a ser no solo su abogado, sino su consejero, publicista, intermediario y amigo. Años más tarde, sería sancionado con la prohibición de ejercer, por deshonestidad. 

Trump siguió siempre los consejos de Cohn: ante cualquier acción judicial o una simple crítica, respondió con demandas intimidatorias mediante las cuales exigía reparaciones onerosas; además, difamaba a quienes osaran reprocharlo o desenmascarar sus maniobras. Con esta forma de chantaje, impedía que las personas sin recursos para afrontar un pleito prolongado y costoso pudieran denunciar cualquier tropelía. Ya hace tiempo que el procedimiento ha sido acogido por numerosos capitalistas como una nueva forma de mordaza de la “democracia” de los magnates.

La irritabilidad de Donald Trump lo ha llevado a acudir a casi todo para embozalar las opiniones o informaciones que considera desfavorables. En una ocasión le escribió a un reportero que encontró algunos detalles arquitectónicos incongruentes en uno de sus complejos, acusándolo de perdedor y de mal vestido; a otra le reenvió la columna que ella había escrito, con un círculo alrededor de su foto y una nota que decía: “la foto de una perra”.

Los negocios inmobiliarios. Durante los años setentas, Nueva York vivió un periodo de abatimiento económico: la ocupación hotelera cayó a un 62 %, la construcción se frenó y se suspendió la edificación subsidiada, que era el núcleo del negocio de los Trump. Estos se propusieron comprar unos terrenos del ferrocarril Central de Pennsylvania (Penn Central), que se había declarado en bancarrota; uno ubicado en la calle 34, en donde proyectaban construir veinte mil apartamentos y el Centro de Convenciones de la ciudad, y el hotel Commodore, en la calle cuarenta y dos Este. Obtuvieron la opción de compra de los terrenos de la calle 34 y también la reconstrucción del hotel. Este se había inaugurado en 1919, y se le nombró Commodore en honor al barón y comodoro Cornelius Vanderbilt, uno de los primeros monopolistas, quien amasó su fortuna en los ferrocarriles y el comercio marítimo. El hotel, después de compartir la época de gloria del ferrocarril, vivía su caída, provocada por los aeropuertos y las autopistas interestatales.

También en esta democracia capitalista de los Estados Unidos, madre y maestra de todas las de su género, el tráfico de influencias es parte esencial del éxito de los “emprendedores”, del buen suceso de la “libre empresa”. Donald logró mediante maniobras la opción de compra de los terrenos del ferrocarril en la calle 34, y por los mismos medios, que la ciudad decidiera construir el Centro de Convenciones en ellos, apañando una gruesa suma de dinero; había contratado a Louise Sunshine, tesorera de la campaña de Hugh Carey a la gobernación, para que le ayudara a convencer a los líderes de la ciudad. Donald y su padre le habían donado a Carey USD 135.000 para sus gastos electorales. Trump se apoyó también en Abe Beame, viejo amigo de su padre y alcalde de Nueva York, quien en una reunión con ellos, los abrazó y les dijo: “Para cualquier cosa que necesiten Donald y Fred, tienen mi respaldo completo”. No es extraño que hubiera conseguido exenciones de impuestos por años, cuyo monto superaba con mucho lo que había pagado por los lotes y edificios.

Anteriormente Sunshine le había ayudado al vanidoso Donald a conseguir una autorización para usar sus iniciales, DJT, en las placas del automóvil. Ella cuenta que se convirtió en el “factor de credibilidad para Trump”: las conexiones políticas de ella siempre fueron claves para él, quien con frecuencia utilizaba el nombre de la funcionaria para amedrentar a los empleados públicos y obligarlos a que le tramitaran sus exigencias con precisión y prontitud. El negociante pronunciaba amenazador el “usted no sabe quién soy yo”, cuando algún empleado encontraba un reparo legal o de procedimiento a sus apetitos.

Para que pudiera sacar adelante la reconstrucción del Commodore, necesitaba que la empresa ferrocarrilera le vendiera el terreno, que la ciudad le aprobara el proyecto y lo eximiera de impuestos, que  una compañía le administrara el hotel y que los bancos lo financiaran. La Corporación Urbana de Desarrollo tenía las facultades para aprobar exenciones a las propiedades y podría comprar el hotel por un dólar y luego dárselo en usufructo a Trump y a la cadena hotelera Hyatt por noventa y nueve años. De nuevo, Sunshine le hizo los contactos para que se reuniera con funcionarios de esa entidad, cuyo presidente había hecho negocios con Fred, el papá de Donald. Trump llegó a amenazarlo con hacerlo despedir si no le otorgaba pronto las exoneraciones. Una vez obtenidas estas, que le ahorraban unos cuatrocientos millones de dólares, reclamó que la Autoridad Metropolitana de Transporte pagara la construcción de una vía que conectara el Commodore con la estación del metro de la calle 42.

Trump siempre mostró mucha habilidad para manipular a todas las partes: a los bancos y a los dueños del Hyatt les aseguraba que ya tenía consolidado el acuerdo con la ciudad, cuando aún eso no era cierto; a las autoridades les garantizaba que el Hyatt y los bancos estaban ansiosos por emprender la remodelación, cuando estaban más que recelosos de embarcarse en ese negocio; además daba ruedas de prensa presentando todo como definitivamente arreglado.

Por aquella época, Donald Trump le pidió matrimonio a la modelo checa Ivana Zelníčková. Mente capitalista sin mácula de sentimentalismos no redituables, le impuso a su prometida, con el apoyo de su abogado, Cohn, incluir en los acuerdos prematrimoniales una cláusula que establecía que, en caso de divorcio, ella le devolvería todas las inversiones hechas por él a propósito de la conquista y durante la vida marital, es decir, los regalos. Al divorciarse, le impuso firmar un acuerdo de confidencialidad, por el cual le quedaba prohibido comentar en público acerca del marido o la vida en pareja. Las nupcias se llevaron a cabo bajo la bendición del reverendo Norman Vincent Peale —otra de las fuentes de inspiración de Donald—, autor, en 1952, de “El poder del pensamiento positivo”, uno de los libros más vendidos y pilar de la “cultura” de autoayuda, baratija que pretende desconocer el papel desempeñado por el sistema social en la vida de las personas y busca hacerles creer a los incautos que con mera mente optimista se superan las tribulaciones materiales, de salud y de toda otra índole. Donald llegaría con el tiempo a ser campeón de esa doctrina para mentecatos.

El 25 de septiembre de 1980, el Gran Hyatt, antiguo Commodore, abrió sus puertas. Ya por aquella época habían quedado claras las características como negociante de Donald Trump: obtener generosas exenciones tributarias, enfrentar  socios contra socios y antagonizar a unos rivales contra otros, acudir a maniobras financieras de las más audaces y trampear a diestra y siniestra. Por ejemplo, para que se le concedieran los derechos sobre el Hotel Commodore, se comprometió a compartir las utilidades con el gobierno de la metrópoli; acuerdo que incumplió alterando la contabilidad. Además, cuando el hotel empezó a arrojar utilidades, sacó del negocio a los Pritzkens, los dueños del Hyatt (1502).

Abuso a los inmigrantes. En la demolición del edificio Bonwit Teller para dar lugar a la construcción de la famosa Torre Trump, y en la construcción de esta, Trump, el hoy campeón de la persecución a los inmigrantes ilegales dizque para garantizar mejores empleos y salarios a los trabajadores estadounidenses, contrató a cientos de polacos indocumentados, conocidos como la brigada polaca. Laboraban entre doce y dieciocho horas diarias, sin cascos protectores, siete días a la semana; dormían con frecuencia en los pisos que aún quedaban del edificio en demolición. Les pagaba menos de cinco dólares la hora, suma inferior al salario mínimo, y hubo veces en que se les cancelaba con vodka. A algunos se les despidió sin pagarles y se les amenazó con hacerlos deportar si se quejaban. El trabajo de la construcción de la torre fue agobiante. Eddie Bispo, supervisor de la aplicación del concreto, dijo que las faenas fueron tan arduas que él usualmente comenzaba a las seis de la mañana y muchas veces salía después de las once de la noche. Es una de las astucias claves del Homo americanus: explotar inmisericordemente a los foráneos y utilizarlos para envilecer el precio de la mano de obra local, a la que, al mismo tiempo, se somete al azote del desempleo; instilar xenofobia entre los asalariados locales, acusando a los foráneos de robarles los puestos de trabajo, para mantener a los extranjeros tan atemorizados que no sean capaces ni de reclamar la paga. Para reinar, quienes encarnan el sueño americano dividen y siembran la discordia entre los proletarios. Este fue otro de los “horribles crímenes” del Homo sovieticus: abogaba por la unidad de los trabajadores.

Con frecuencia, Trump enviaba comentarios de prensa, que firmaba como el señor Barron, cuando no quería identificarse. Usando ese nombre amenazó con demandar si no se retiraba el pleito instaurado contra él por la violación de las leyes de contratación laboral; también aseguró que ignoraba que hubiera trabajadores indocumentados en sus edificaciones. Finalmente, acusó al contratista de ese acto ilegal. Sin embargo, en el juicio se demostró que uno de los más altos funcionarios de la organización Trump había estado tomando decisiones y recibiendo información pormenorizada de las labores de demolición. 

En 1983, año en que la torre Trump se inauguró, su propietario no había pisoteado solamente los derechos de los obreros, sino que había agredido al mundo artístico al destruir las esculturas femeninas danzantes, de quince pies de altura, de la fachada del Bonwit Teller; aunque se había comprometido a preservar la obra y a obsequiársela al Museo de Arte Moderno —promesa con la que trató de aplacar las protestas de los intelectuales neoyorquinos—. Le pudieron más los afanes de lucro que la sensibilidad estética.

Complicidades con la mafia. Trump compró el concreto para construir la torre a S&A Concrete, de propiedad de dos cabecillas del crimen organizado de Nueva York: Tony Salerno, alias el Gordo, y Paul Castellano, Paul El Grande, asesinado en 1985. Cohn había sido apoderado de ambos. También tenía entre sus proveedores a otro jefe mafioso, John Cody, que dirigía el sindicato de camioneros transportadores de cemento. El Subcomité de Justicia Criminal de la Cámara, en 1989, consideró a Cody “El más peligroso de los malhechores que se lucran del trabajo en la industria de la construcción en Nueva York” (1594). Llama la atención que cuando, en 1982, una huelga de camioneros del cemento paralizó las obras en toda Nueva York, la construcción de la Torre Trump no sufrió el menor retraso. La novia de Cody, Vernia Hixon, adquirió tres grandes apartamentos dúplex en la torre, que Trump le quitó cuando su novio fue enviado a prisión.

 
Tony Salerno, jefe de la familia mafiosa Genovesa, desde 1981 hasta su condena en 1986

Trump se propuso construir un condominio enorme en la parte sur del Central Park, en Nueva York; así compró el Barbizon Plaza Hotel y otro edificio en el número cien del mismo parque. Allí enfrentó resistencia de los inquilinos deseosos de mantenerse en sus apartamentos, que gozaban de control del valor de los arriendos; entre ellos había personas con ingresos fijos, como los pensionados. Con el propósito de desalojarlos, cubrió las ventanas rotas de los apartamentos desocupados con papel de aluminio y, haciendo alardes de generosidad, propuso alojar en ellos a los indigentes a la vez que abandonó el mantenimiento de tuberías y grifos que goteaban y de las instalaciones destruidas (1620). Cuando los arrendatarios se quejaron, dijo que los ricos tenían un umbral de dolor muy bajo.

En 1982 figuró en la lista de los cuatrocientos más ricos de los Estados Unidos que elabora la revista Forbes, artículo que estimó su fortuna en unos cien millones de dólares; aunque parezca sorprendente, después de cada publicación que calculaba su patrimonio, Trump se manifestaba indignado, pues sostenía que había una drástica subvaloración. Una de sus obsesiones ha sido mostrarse como superrico, pues esto despierta la admiración y el respaldo de quienes anhelan poseer montones de dinero. Es el sueño americano que comparten muchos nativos e inmigrantes, y al cual se aferran cuanto más aceleradamente ruedan cuesta abajo.

Por ello, la ostentación es un arma predilecta del magnate presidente. Para darle a la torre Trump el aire de uno de los edificios más elegantes del mundo, programó conciertos musicales todas las tardes; como los indigentes de la ciudad iban al atrio a escuchar, Trump ordenó desalojarlos, pero ellos se mantenían aún en las afueras tratando de oír. Saltaba a la vista el violento contraste entre el lujo y la miseria (1696); entre triunfantes ejemplares del Homo americanus y los arrojados al infierno por la voracidad de este predador.

Tahúr entre tahures. Trump extendió sus operaciones a Atlantic City, ciudad que, buscando superar el abatimiento económico, había autorizado la operación de casinos. Aunque el potentado no tenía ninguna experiencia en esa materia, decidió probar suerte atraído por la posibilidad de obtener elevados beneficios. Por su parte, las autoridades locales se sentían cautivadas por la bien cultivada reputación de riqueza de Donald; casi todos los que habitan en la jungla capitalista se prosternan ante los acaudalados. El ricacho tomó ventaja de que un casino de la Cadena Hilton estaba en baratillo, porque le habían negado la licencia poco antes de la inauguración. Lo rebautizó Trump Castle Hotel and Casino. En 1986 compró con dinero prestado setenta millones de acciones del Holiday Inn, uno de sus rivales en el mundo del juego. Por las maniobras en este negocio, fue acusado por la Comisión Federal de Comercio de prácticas anticompetitivas; no obstante, se le permitió tener tres casinos en Atlantic City. En este, como en casi todos sus negocios, Donald hacía uso de los fondos de su padre para financiarse. Adicionalmente, adquirió el Taj Mahal, de Resort International, que atravesaba dificultades después de la muerte de su propietario. Luego se hizo a un suntuoso yate, aviones y rutas de Eastern Airlines. Había entrado en un verdadero frenesí de compras apalancadas con crédito, que lo llevarían a la declaración de bancarrota.

Para obtener las licencias en Atlantic City, Trump hubo de enfrentar algunos tropiezos. Al revisar la contabilidad, las autoridades municipales objetaron el elevado endeudamiento de su firma. En respuesta, el magnate ofrecía conseguir USD175 millones: un préstamo de cien millones por el 50% que poseía en el Gran Hyatt, y  lo restante con base en los derechos de un hotel casino, cuyo edificio ni siquiera existía aún. Pedía que los funcionarios tuvieran fe en él, más que en su dinero.

El otro obstáculo era que las regulaciones prohibían abrir casinos a quienes hubieran enfrentado pleitos con la justicia o mantenido relaciones con elementos mafiosos; disposiciones encaminadas a evitar que las organizaciones criminales controlaran los establecimientos de juego. Aparte de la investigación de vieja data a causa del racismo, y los contactos con la mafia, Trump entró en nuevos tratos con forajidos en la misma Atlantic City, específicamente con la pandilla de los Scarfo, que delinquía en Filadelfía y mangoneaba el sindicato de los trabajadores de los casinos en Atlantic; contaba con veinte mil afiliados. Kenny Shapiro, socio de los Scarfo, había negociado con chatarra en Filadelfia y, luego, traficó con bienes inmuebles. El socio de Shapiro era Daniel Sullivan, quien también tenía registros judiciales; entre otros, se le había acusado de haber sido uno de los asesinos de Jimmy Hoffa, dirigente del sindicato de camioneros. Trump les pagó a Sullivan y Shapiro por el leasing de un lote decenas de millones de dólares y contrató a Sullivan como negociador para resolver problemas laborales. También lo relacionó con su banquero en el Chase Manhattan, presentación que le facilitaría a Sullivan obtener un préstamo de varios millones de dólares. Aunque todas estas cosas terminaron saliendo a la luz, los altos funcionarios de la ciudad se inclinaron ante el millonario e hicieron caso omiso de las muy explícitas regulaciones.

En 1990 sus casinos estaban en dificultades a causa de su furor de compras, los niveles exorbitantes de deuda y los gastos para conquistar a Marla Maples, quien vendría a ser su segunda consorte. De sus veintidós propiedades, solo tres producían ganancias, y Trump debía más de USD 3.200 millones, mientras que su patrimonio era negativo en USD 295 millones.

Situación similar enfrentaba la aerolínea, que exhibía el afán egocentrista del dueño. Trump había hecho pintar cada aeronave con su apellido; les puso alfombra roja gruesa, con lo que las azafatas tuvieron serias dificultades para mover el carruaje de bebidas y comidas; ante las quejas de estas, les respondió que empujaran con más fuerza. Las suntuosidades incrementaron los gastos en un millón de dólares por cada nave. Como buen capitalista, pretendió ahorrar aumentando la carga laboral, es decir, reduciendo la tripulación de cabina de tres a dos, pero las normas no se lo permitieron, ya que estas exigían un piloto, un copiloto y un ingeniero.

No le han faltado a nuestro personaje las agilidades del ladrón. Como le quedaba apenas una línea de crédito de cien millones de dólares, temía que se la retiraran; entonces, aprovechó que los banqueros estaban en vacaciones y retiró todo el dinero en un solo día.

Pero las tribulaciones continuaron. Le fueron incautados los helicópteros, embargadas las propiedades y le nombraron un contador. Desesperado, acudió de nuevo a su padre, quien le dio tres y medio millones, que presentó como si hubieran entrado por concepto de juego, porque si los depositaba en una cuenta, irían directamente a los acreedores. A los subcontratistas del Taj Mahal, con quienes se encontraba en mora, ofreció pagarles en efectivo solo una tercera parte de cada deuda y las dos restantes, en bonos a diez años. Varios de ellos quebraron. Como Trump tenía que informarles cada negocio a los banqueros, estos montaron en cólera cuando lo vieron en televisión con Marla, quien lucía un diamante de doscientos cincuenta mil dólares, obsequio de su prometido en quiebra.

Los financistas tuvieron que contener la ira, pues si la sociedad desaparecía, ellos también sufrirían pérdidas. Decidieron, entonces, prestarle otros sesenta y cinco millones de dólares y diferirle los intereses de mil millones a cinco años (Pág. 179); a cambio, asumirían el control de gran parte del negocio; el magnate tendría que reducir sus gastos a unos cuatrocientos mil dólares. Para impedir que se conociera el verdadero estado de las finanzas de su conglomerado, Trump había designado tres contadores y cada uno conocía solo una parte, por ejemplo, los casinos o los condominios. Ninguno sabía la situación de conjunto (181). 

Timador financiero. Encontró la manera de salvarse acudiendo a la clásica estafa a los inversionistas. Creó una compañía por acciones propietaria del Plaza Hotel & Casino Trump que operaría, además, los casinos que comprara en el futuro. Así recogió ciento cuarenta millones de los inversionistas, a un valor de catorce dólares la acción. Adicionalmente, vendió ciento cincuenta y cinco millones en bonos basura de los casinos que no cotizaban en la bolsa, para pagar ochenta y ocho millones de sus deudas. Estas maniobras hicieron subir el precio de las acciones del Plaza Hotel a treinta y seis dólares, y la participación de Trump en la compañía se estimó en más de doscientos noventa millones, con lo que la revista Forbes lo incluyó de nuevo en la lista de los cuatrocientos estadounidenses más ricos, a lo que siguió la consabida protesta. No había pasado un año desde la constitución de la firma accionaria, cuando esta  compró a precios exorbitantes los casinos más endeudados de Trump: el Trump Taj Mahal y el Trump Castle. Él era a la vez comprador, porque tenía 55 % de la firma accionaria y la administraba; y vendedor de sus casinos. La compañía por acciones pagó por el Castle cien millones más de lo que valía, y Trump se embolsilló USD 880.000 en efectivo después de arreglar el negocio. La firma le compró el Castle en 1996 por USD 529 millones y lo vendió por USD 38 millones en 2011. Mientras que los precios de las acciones caían de cien dólares a cuatro, Trump, como presidente de la sociedad, mantenía un sueldo de dos millones y bonificaciones de cinco millones; desde 1995 hasta 2009, recibió más de cuarenta y cuatro millones. Además, entre 2006 y 2009, la compañía le compró más de USD 1,7 millones en mercancías de la marca Trump, incluidos USD 1,2 millones en botellas de agua. Los tenedores de acciones y bonos perdieron más de mil quinientos millones durante la administración de Trump.

Para finales de 1996, los ingenuos accionistas, que pensaban que habían hecho un negocio fabuloso, se vieron asfixiados con una deuda de más de mil setecientos millones que Trump les había transferido al venderles los casinos. La compañía gastó gran parte de su dinero en pago de intereses. Trump no solo descargó en otros las pérdidas ocasionadas por su codicia loca; también inculpó a los demás y nunca asumió su responsabilidad por los descalabros: los achacaba a sus subalternos, al estado de la economía, etc. 

Tuvo sus buenas razones cuando dijo que desde el punto de vista empresarial la venta de acciones había sido todo un éxito y  (Pág. 192) después se promocionó como el héroe capaz de sobrevivir a los tiempos más difíciles. Sin duda, él figura entre el puñado de quienes tienen los hígados y la habilidad de llevar al colmo la iniciativa individual de la que se jactan los capitalistas, los emprendedores: estafar a una gran masa para enriquecerse. He ahí al Homo americanus desplegando todas sus artes.

En 1998, el Tesoro sancionó a la compañía Trump con una multa de cuarenta y siete mil dólares por no entregar los informes de las transacciones y por alterar la contabilidad. Finalmente, la oficina de Stock Exchange, que vigila a las sociedades que cotizan en la bolsa, suspendió la negociación pública de las acciones, por la situación en la que estaba la empresa. Trump también fue investigado por orquestar una campaña publicitaria por debajo de cuerda, para desalentar la apertura de nuevos casinos en The Catskill Mountains.

Multas, sanciones e investigaciones, separación de poderes y demás parafernalia no le han impedido el rápido ascenso; nunca han constituido barrera insuperable para que el gran capital despoje a millones de seres. Por el contrario, las constituciones y leyes, policía y cortes son garantes de la propiedad privada  capitalista y, por tanto, de la explotación y el robo. Algunas disposiciones prohíben unos pocos abusos, solo para maquillar la opresión y mantener la entelequia de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. La vida de Donald Trump demuestra que los potentados no respetan ni siquiera esas ínfimas medidas, y las autoridades unas veces hacen la vista gorda y otras multan con unos miles los procedimientos torticeros con los que los oligarcas obtuvieron millones. Pagada la multa, limpia la hoja de vida, y el infractor queda listo para continuar sus latrocinios en una escala aún mayor.

El mismo Trump declara que las leyes son su hazmerreír y un factor que le permite consolidar sus trapacerías. Al respecto dice: “Yo juego con las leyes de bancarrota, las cuales son muy buenas para mí, pues son una herramienta para reducir la deuda”. Y en otra ocasión: “Uso las leyes de este país para peluquear la deuda…mantengo la propiedad de la compañía, la arrojo al capítulo (de la ley de quiebras), negocio con los bancos. Hago arreglos fantásticos. Tú sabes, es como en El Aprendiz. No es nada personal; son los negocios”. En otras palabras, incurre en niveles de deuda elevados con el propósito de declarar las empresas en bancarrota y, luego, renegociar descuentos. Se trata de desplumar no solo a trabajadores y compradores, sino también a otros burgueses: banqueros, accionistas, compradores de bonos. La selva capitalista en todo su apogeo.

Y pensar que los políticos de izquierda y derecha en nuestros lares pregonan que la corrupción y el tráfico de influencias son una anomalía de nuestro “Estado de derecho”, que hay países “serios”, democracias maduras, operantes, en las que tales desafueros no se toleran y las leyes obligan por igual a todos. Generalmente, se refieren a los Estados Unidos; le reconocen así un trono moral inmerecido y le ayudan a justificar su arbitraria injerencia, con la que exalta o “raja” a las demás naciones, según se avengan a sus apetencias.

Por el contrario, el Homo sovieticus convirtió en propiedad social lo que es producto del esfuerzo de todos, acabando así de base el expolio a millones; castigó con severidad no solo a los delincuentes menores, sino, especialmente, a esos, como Trump, que no asaltan a uno, sino a miles y miles. Este es el motivo principal del odio contra él. Los elementos como este prototipo de Homo americanus del que hablamos en este artículo provocaban en la Rusia revolucionaria el rechazo, el desprecio de toda la sociedad; no se les alababa, se loaba a quien defendía, con abnegación y entereza, el interés colectivo. 

Por más de once años, Phillips-Van Heusen fabricó ropa para la firma de Trump, contratando empresas en China, Honduras, Bangladesh y otros países en los cuales los trabajadores baratos cosían el nombre de Trump en los cuellos de miles de camisas. Quien hoy promete gravar las importaciones de productos manufacturados en el extranjero por empresas gringas se ha lucrado en grande con la explotación de la mano de obra asiática y centroamericana. El sujeto de marras no aportó dinero para este su nuevo “emprendimiento”, sino que recibía un porcentaje por las ventas, que alcanzó a ser de un millón de dólares al año. Se vendía ropa femenina y masculina. Abrió también la embotelladora de agua de su marca: Trump Ice; de colonia: Trump Success. Alquiló su nombre para la producción de gafas, corbatas, billeteras, y hasta colchones. Luego otra de colonia: Donald Trump, la Nueva Fragancia. En 2016, el año en que fue elegido presidente, recibió ingresos de veinticinco firmas que bajo licencia utilizaban su marca; como no aportaba dinero, las pérdidas corrían por parte de los socios, de las ganancias siempre tomaba una gran tajada. Es la plena realización del individuo burgués: todas las cosas a su servicio y en su nombre; las cosas cosas y las cosas humanas, aquellos seres que por carencia de capital no pueden “desarrollar libremente su personalidad”.

Educador en malas artes. No podía faltar: Trump proyectó fundar su universidad. Al anunciarla dijo, con un gesto conmovedor de desprendimiento: “Si tuviera que escoger entre ganar mucho dinero e impartir un montón de conocimientos, diría que sería tan feliz haciendo lo uno como lo otro”. Era la primavera de 2005 y se trataba de enseñar nada menos que el camino del éxito. La propaganda rezaba: “aprenda a hacer dinero en un mercado deprimido” (209); “Trump piensa en grande” y “por amor al dinero”. El docente-animador universitario preguntaba a los aspirantes. “¿OK, muchachos, están listos para ser el próximo Trump millonario de la finca raíz? Y le reclamaba a la concurrencia que respondiera con entusiasmo ¡Sííí! Iba a seguir tal academia, quizás sin saberlo su fundador, los preceptos del Banco Mundial: una enseñanza en contexto, encaminada a proveer al estudiante de competencias, pragmática y no atestada de teorías inútiles; evitando “sobreeducar”. Son todas orientaciones claves para la educación de los esclavos modernos en una época en la que se conjugan la búsqueda presurosa de utilidades con la parla que les niega a la ciencia y al rigor de su método una validez que supere a la que se le reconoce a las historietas de cualquier charlatán. Una instrucción costosa, pero gozosa. Y, por supuesto, el móvil de la Universidad de Trump era el ánimo de lucro.

La institución comenzó impartiendo seminarios gratuitos en los que se pedía a los estudiantes la información sobre sus ingresos y propiedades, o de sus familiares, arguyendo que se trataba de darles una orientación basada en sus condiciones particulares para hacer los negocios. Buscaba, en realidad, detectar a los alumnos con ingresos suficientes, para engancharlos en cursos costosos, los Gold Elite Package, con matrículas que costaban más de treinta y cinco mil dólares. Unos seiscientos alcanzaron a pagar el Gold Elite. Pero había para todos los presupuestos. Talleres de tres días por USD 1.495 con promoción a otro de USD 9.995 y, finalmente, el Gold. Las clases tenían lugar en las pistas de baile de los hoteles.

Aunque la concepción general encajaba perfectamente en la lógica capitalista de que la educación también tiene que ser un negocio, este no reunía los requisitos del estado de Nueva York para ser denominado universidad. Trump no se desanimó, retiró la palabra obstáculo y rebautizó la empresa: Trump Entrepreneur Initiative. Los estudiantes estafados entablaron numerosas demandas contra el magnate hoy presidente; se afirma que defraudó a más de cinco mil personas. En 2010, la pomposa institución cerró sus puertas y el astuto propietario, en otra de sus maniobras de diversión, prometió donar las utilidades obtenidas a una entidad caritativa. Nunca cumplió. Desde luego, la Fiscalía abrió la respectiva investigación contra Trump, quien alegó que él había prestado su ilustre nombre a la entidad, pero poco había tenido que ver con su marcha cotidiana.

En 1985 compró una mansión de 118 habitaciones en las playas de Miami, llamada Mar-a-Lago, con un préstamo de ocho y medio millones de dólares. Había sido construida en 1927 por una de las mujeres más ricas del mundo, Marjorie Merriweather Post, quien se la donó al gobierno de los Estados Unidos en 1973, para que la destinara al uso de la Casa Blanca durante el invierno. La administración de Jimmy Carter la retornó a la Fundación Post, aduciendo que el costo de mantenimiento era muy elevado. Trump ofreció por Mar-a-Lago veintiocho millones, que la Fundación rechazó, en espera de una propuesta que se acercara al valor de la propiedad. Trump, a través de una tercera persona, compró una que lindaba con la playa, frente a Mar-a-Lago, y amenazó con que edificaría una residencia espantosa para bloquearle la vista al océano. Así, logró que el precio cayera de manera drástica. Finalmente, la obtuvo por cinco millones, más otros tres que pagó por las antigüedades y mobiliario lujoso de los Post (Pág.145). La convirtió en un club privado, al que le construyó una pista de baile estilo Luis XIV, con hojas de oro en las paredes, de un valor de siete millones, y enchapados de oro en los baños. En 2015, los nuevos miembros del club le pagaron cien mil dólares iniciales, más cuotas anuales de catorce mil dólares. Lo arrienda para bodas y eventos y hoy dicho club se ha cotizado como una sucursal de la Casa Blanca; a él concurren jefes de Estado, altos funcionarios, magnates y hasta se cuelan expresidentes de repúblicas bananeras, quienes languidecen por toparse con Trump cuando cruza un pasillo o en el orinal, para estrecharle la mano o ser los destinatarios de un displicente Hello!  

gettyimages 27856781La mujer objeto del mercado. Al hoy mandatario de los Estados Unidos le ha encantado presentarse como el predilecto de las más bellas mujeres. Ha buscado fotografiarse con reinas de belleza y modelos escasas de ropas, en limusinas o en la casa del propietario de Playboy, Hugh Hefner. En 1992 se asoció con la pareja propietaria del concurso La modelo de Calendario del Sueño Americano, George Houraney y Jill Harth. La alianza estalló en 1993, cuando los Houraney denunciaron a Trump por incumplimiento de contrato, y Jill, por haberla manoseado e intentar violarla. Según los mencionados exsocios de Trump, este había ordenado que no se permitiera participar a mujeres negras en los concursos ni en las fiestas de Mar-a-Lago. En 1996, compró acciones que le garantizaban el control de los concursos de Miss Universo, que incluían el de la Señorita Estados Unidos y el de la Señorita Adolescente. En 1996, convocó una rueda de prensa para atacar a la Miss Universo venezolana Alicia Machado por haber aumentado de peso. Ella se quejó de haber tenido que soportarle todas las rabietas, el racismo y la misoginia. Posteriormente, invirtió en agencias de modelos. En ambos casos resultaron también escándalos por su trato abusivo y confianzudo con reinas y modelos. Estas también se quejaron porque el millonario incumplió con los pagos y les rebajó la participación de un 80 % a un 20 %. Para Trump, la mujer es un mero adorno de su propia persona, por ello siempre se ha rodeado de ejemplares femeninos que se ajustan al estereotipo de belleza: pelo y piernas largas, pecho generoso. Él mismo resumió su opinión sobre la mujer: “no importa mucho que la prensa hable a favor o en contra de ti; lo importante es que siempre tengas a tu lado un bonito pedazo de culo joven”. Son su adorno, valen tanto cuanto su pecho y sus nalgas; no más. También un vehículo para garantizar la herencia del capital a los hijos.

Por el contrario, el Homo sovieticus justipreció siempre la personalidad y las capacidades intelectuales de la mujer. Incluso en la Rusia capitalista de hoy, y gracias a la influencia de los tiempos soviéticos, el 41 % de los investigadores son mujeres, en otros países desarrollados la cifra alcanza apenas al 29 %. En el Reino Unido, solo el 4 % de los inventores son de sexo femenino; en Rusia, 15 %. Y eso es porque:

El punto de partida del éxito de las mujeres rusas en matemática y tecnología se remonta a la era soviética, cuando el avance de la ciencia se convirtió en una prioridad nacional. 
Junto con el crecimiento de institutos de investigación especializados, la educación técnica se puso a disposición de todos y se alentó a las mujeres a seguir carreras en este campo”. (Bullock, 2017)

Si bien el Homo sovieticus no peroraba sobre el “empoderamiento”, bajo el socialismo si se educaba y dotaba a la mujer en iguales condiciones, para que se desempeñara en las profesiones más exigentes del saber. 

Trump es un tacaño, con frecuencia utiliza celulares prestados para no gastar sus minutos o riñe a los contratistas por unos cuantos dólares de una obra que cuesta millones. Combina, pues, lujo y mezquindad. Su avaricia y carácter desalmado han hecho que se le compare repetidas veces con Ebenezer Scrooge, de Cuento de Navidad, de Charles Dickens; pero nuestro moderno cicatero, a diferencia de su antecesor literario, no ha sufrido transformación positiva, sino que los peores rasgos no han hecho nada distinto que agudizarse.

Imposible enumerar todos los negocios y negociados del inquilino de la Casa Blanca. Mencionemos, no obstante, otro par. En 2005 lanzó el proyecto Trump International & Tower, Fort Lauderdale, en el cual puso en práctica todo lo aprendido a lo largo de la carrera en el mundo de la finca raíz. La publicidad citaba a Trump: “La experiencia de mayor calidad y lujo que he creado”. Esplendor, enormes expectativas y muy altos precios fueron la característica de los primeros momentos, con lo cual se logró entrampar desde profesores de escuela primaria y trabajadores manuales hasta empresarios, contadores y empleados de Wall Street. Pero pronto la recesión del mercado inmobiliario afectó las perspectivas; en tres años la construcción se había paralizado en medio de demandas y disputas. Los constructores eran incapaces de pagar un crédito de USD 139 millones que habían obtenido en diciembre de 2006. Varias firmas fueron a la quiebra y todos los trabajos se paralizaron en 2009. La torre inconclusa fue comprada en 2012 por Corus Construction Venture en un remate; entre tanto, los compradores de apartamentos en el complejo vieron cómo la fecha del disfrute de su nueva adquisición se alejaba. Además, las deudas que habían adquirido en pos de ese sueño dorado, llevaron a muchos a la ruina. Los contratos de venta habían sido elaborados con sumo cuidado para garantizarle a Trump eludir cualquier responsabilidad o costo en caso de quiebra, tampoco había invertido ni u dólar; no obstante, se embolsilló varios millones de los pagos iniciales por los derechos a utilizar su nombre. En 2012 se firmó un acuerdo entre SB Associates, representante de las dos firmas que desarrollaron el proyecto, y los compradores, por el cual a estos se les reembolsaba una parte de sus dineros, de la cual se descontaban los derechos legales. Trump no contribuyó tampoco a los reembolsos. (Pag. 215 ss)

El millonario extendió sus especulaciones a los encuentros de boxeo y lucha libre, también abarcó numerosos países con sus negocios inmobiliarios; en casi todos se dieron escándalos y litigios por sus manejos, pero ya había desarrollado el método para recoger los frutos y transferir las pérdidas.

Sin embargo, hasta los niños quieren adquirir los productos que llevan su marca, vestir los trajes Trump, porque ellos también quieren ser como el multimillonario, ya que este representa el éxito, y la gente piensa que si compra sus artículos, se impregnará de su fortuna. (O'Brien, 2015)

La apariencia, clave del éxito. Se puede afirmar que su éxito económico dependió inicialmente de la herencia y los desembolsos paternos posteriores, de su red de relaciones políticas, de numerosos engaños y de su fama. Cuanta más fama como hombre de éxito lograba, más se le abrían las puertas del éxito. En cierto grado, la fama de opulento —por ello la ostentación— le era de mayor importancia que el dinero mismo; las sumas gastadas en lujos, incluso en los casos de bancarrota, mantenían la apariencia deslumbrante que lleva a los incautos a abrir el corazón y la billetera a los potentados reconocidos como tales. Las denuncias de sus  fechorías, en vez de desacreditarlo, agigantaban su imagen de hombre astuto y audaz. Sus irrespetos más que vulgares a las mujeres lo proyectaban como el macho dominante de la manada. Las afrentas a los inmigrantes se alimentaban en la prepotencia  del americano del “destino manifiesto”. La imagen de poderoso y exclusivo, la refuerza con su manera de hablar en la que todo lo suyo se presenta como maravilloso, nunca visto. Este tipo de individualismo exacerbado es la almendra espiritual del capitalismo; sin embargo, por un tiempo, el socialismo, las luchas anticoloniales y las batallas del movimiento obrero obligaron a morigerar sus expresiones más abiertas. Ya unos años antes del desplome de la Unión Soviética, había comenzado una gran ofensiva del capital contra el trabajo. La caída de la URSS le dio un mayor auge. Se decretó la muerte del pensamiento colectivista y la eterna primacía del individualismo. Se proclamó que no hay actividad humana que pueda funcionar sin el móvil supremo de la utilidad; la salud, la educación, el cuidado de la niñez, la construcción de vías: todo debe tributar a los burgueses. El Estado crecientemente restringe sus funciones a las de policía que garantiza el orden y las utilidades. Transfiere gran parte de los recursos que colecta para que las empresas ejecuten las obras y se queden con la parte del león. ¡Hasta la beneficencia debe rendir dividendos! Las grandes finanzas obligan a todo ciudadano y a cada país a entregarles sudor y sangre. Es la apoteosis del Homo americanus, del Homo capitalistum. Este interés rapaz, estrecho y cortoplacista es el que Trump lleva hasta el extremo. Él es, por tanto, el prototipo; es decir, quien de manera más perfecta encarna esos vicios, o virtudes, según algunos. El capital es todo; el trabajo, nada.

Para The Economist, el desempeño de los negocios de Trump ha sido mediocre comparado con el del mercado de valores y de finca raíz en Nueva York, mientras que el Washington Post sostiene que el sujeto es una mezcla de jactancia, fracasos y cierto éxito real. Dichas publicaciones hacen énfasis en que hay otros mucho más exitosos que él, pero que no hacen alarde. Cierto, pero hay que entender la razón de esto, que es la misma que explica el porqué Trump siempre reclamaba con vehemencia que su fortuna se estimara entre las más abultadas. Hombre de instintos, captó que, en las condiciones actuales de la sociedad estadounidense, la apariencia es más importante que la realidad —lección bien sabida por todos los estafadores que en el mundo han sido—, ya que el espejismo del lujo hace que los compradores de apartamentos, deslumbrados, corran a entregarle la bolsa a semejante talento de los negocios;  los inversionistas a adquirirle sus bonos; los fabricantes a pagarle regalías por usar su nombre; los estudiantes a aprender sus fórmulas mágicas para hacerse millonarios, y los electores, a las urnas a ver si este rey Midas apuntala su declinante nivel de vida. Así como los pueblos piadosos han de seguir a aquel por cuya boca habla la voz de Dios, en una sociedad en la cual el consumo y la acumulación son el summum, el jerarca ha de ser quien encarne —o induzca a la gente a pensar que lo encarna— al ser supremo, el oro.  Esta es una de las razones centrales por las cuales Donald Trump es hoy el presidente de los Estados Unidos de América.

El antípoda

No siempre fue así. Si bien la mentalidad individualista ha sido el alma ideológica del capitalismo, había un cierto disimulo, una cierta contención, pues este sistema enfrentaba un poderoso adversario, lleno de altruismo, el Homo sovieticus, cuyos ideales ejercieron influencia benéfica en todos los países. Su caída dio rienda suelta al americanus, del que, vale la pena repetir, Trump es uno de sus exponentes más perfectos. Los hechos vienen demostrando que son equivocadas afirmaciones como las de Richard Rorty (Rorty, 1999), conocido intelectual norteamericano,  de que las revoluciones socialistas y el pensamiento marxista le hicieron un enorme daño a la izquierda al rechazar el reformismo y alentar la lucha radical por el cambio del sistema social. Lo que ha venido ocurriendo es que todo el espectro político se ha derechizado. La izquierda cambió la consigna de transformar de base la sociedad por la de hacer uno que otro remiendo a un régimen cada día más brutal con las mayorías. Los socialdemócratas se entregaron con ahínco a desmontar “el Estado de bienestar” y a echar leña a las descontroladas llamas del mercado. La derecha se tornó arrogante y los demonios del chovinismo, el racismo y el fundamentalismo religioso, que permanecieron arrinconados por un tiempo, gracias al socialismo, campean y son instrumentos predilectos de sectores de las clases dominantes para dividir y oprimir a los pueblos, muchas veces ahogándolos en sangre. Es todo lo que el Homo americanus tiene para ofrecer a humanidad: someterse resignadamente a las rapiñas del gran capital o enfrentar una guerra de tierra arrasada, con sus madres de todas las bombas y demás arsenal.

Para apuntalar el estado de cosas, se fabrican teorías que sostienen que el Homo sapiens es por naturaleza individualista y voraz. Que, en consecuencia, siempre se dividirá entre predadores y presas; que los oprimidos a lo máximo que pueden aspirar es a ser objeto de alguna caridad; que todo ordenamiento social que no obedezca a este esquema está condenado al fracaso por ser contra natura. 

Esto explica el afán del Homo americanus por aplicar la damnatio memoriae al Homo sovieticus. Así como los faraones que sucedieron a Akenatón destruyeron de manera sistemática la ciudad que hoy recibe el nombre de Amarna, capital religiosa y política de Akenatón, y suprimieron su nombre de ánforas, tumbas y palacios, hoy se acude al fuego de la mentira para erradicar al socialismo de la historia de las civilizaciones. Sus monumentos se esculpieron, más que en piedra, en el pedernal de una conciencia que no transige con el expolio ni la opresión.

Acudamos a algunos de los testimonios que recogió Alexiévich entre los ciudadanos de la antigua Unión Soviética, para ver las diferencias entre los modelos de ser humano que hay entre los dos sistemas: el capitalista y el socialista. El uno, pedestre, decadente, obsesionado por el consumo y la acumulación de capital (a lo Trump); el otro, por el bienestar de todos. Veamos también cómo el capitalismo se reinstauró en Rusia, como es su proceder, a trumpadas. Alexievich dice:

(Eran) Personas incapaces de sustraerse a la historia con mayúsculas, de despegarse de ella, de ser felices de otra manera. Personas incapaces de abrazar el individualismo de hoy, cuando lo particular ha terminado ocupando el lugar de lo universal. Los seres humanos quieren vivir sus vidas, sin necesidad de hacerlo movidos por un gran ideal. (Pág. 12)

Y una de las personas entrevistadas por ella muestra cómo la defensa de los intereses del pueblo era el fin superior:

¡Sí, sí! Morir era nuestro sueño más elevado. Sacrificarnos, darlo todo. El juramento que hacíamos al ingresar en el Komsomol[iii] lo decía: “Estoy dispuesta a dar mi vida, si la necesita mi pueblo”. Y no eran meras palabras, no. ¡Nos habían educado en ese espíritu! (Pág. 127).

Así lograron construir un país grande en el que se prodigaba el respeto al trabajo y se repudiaba el pillaje. La reversión trajo las conductas conocidas:

Los nuevos sueños consistían en construirse una casa, comprarse un buen coche, plantar un grosellero en el jardín… La libertad resultó ser la rehabilitación de los sueños pequeñoburgueses que solíamos despreciar en Rusia. La libertad de Su Majestad El Consumo. La consagración de las tinieblas, el afloramiento de deseos e instintos tenebrosos, de toda una vida secreta de la que apenas teníamos una vaga noción. (Pág. 15).

El lugar de los ideales más elevados, lo ocupó la vulgar codicia:

Ya nadie hablaba de los ideales. Por el contrario, se hablaba de créditos, porcentajes y acciones; ya no se vivía para trabajar, sino para “hacer” y “ganar” dinero. (Pág. 16).

De repente apareció gente muy distinta, jóvenes que lucían americanas color carmesí y sortijas de oro, y establecieron nuevas reglas de juego: si tienes dinero eres alguien; si no lo tienes, no eres nadie. ¿A quién le importaba que hubieras leído todo Hegel? La palabra literato sonaba como el diagnóstico de una enfermedad. (Pág. 26).

¡Ah, el amor en esos tiempos! ¡Las mujeres! ¡Aquellas mujeres que despreciaban a los ricos! No era posible comprarlas. Pero ahora nadie tiene tiempo para los sentimientos, porque todo el mundo está ocupado ganando dinero. Para nosotros, el descubrimiento del dinero fue como la deflagración de una bomba atómica. (Pág. 27).

El pedestal que correspondía a la gente honrada y laboriosa lo usurparon los forajidos, estilo Donald Trump. Desde luego, los propios dirigentes soviéticos pervirtieron, traicionaron y entregaron la patria de Lenin a la voracidad capitalista. 

Estamos hundidos en la mierda y todo lo que comemos nos llega de fuera. La patria de antaño ha sido sustituida por un enorme supermercado. Si eso es lo que llaman libertad, yo no la quiero para nada. ¡Qué asco! No podíamos caer más bajo. Somos esclavos. ¡Sí, esclavos! Con los comunistas, las cocineras regían el estado, como dijo Lenin. Mandaban los obreros, las ordeñadoras, las tejedoras… ahora el Parlamento ha sido ocupado por bandidos, por millonarios en dólares. Deberían ocupar una celda en la cárcel y no un escaño en el Parlamento. ¡La dichosa perestroika fue una absoluta tomadura de pelo! (Pág. 29).

Así como fue necesario excavar en las ruinas de la Roma y de la Grecia antiguas, para que floreciera el Renacimiento, que insufló los colores y las formas de la vida a las artes y al pensamiento, marchitos por el señorío de los dogmas religiosos; así será necesario penetrar a las minas de la historia de las revoluciones socialistas para demostrar que los seres tipo Trump no son el paradigma de la humanidad; para que el trabajador y los demás desposeídos, mustios bajo el yugo cruel del capital, recobren el horizonte y se dispongan, de nuevo, a transformar la sociedad. La ocasión es propicia, puesto que este año, en el mes de noviembre, se celebra el centenario de la Revolución Rusa, la más grande hazaña de los oprimidos en toda la historia de la humanidad. 

Próxima entrega: Trump, el benefactor y el hombre espectáculo.

Bibliografía

(s.f.). Obtenido de http://www.gente.com.ar/el-mundo/la-campana-se-pone-intensa-relanzan-cancion-de-woody-guthrie-que-acusa-de-racista-al-padre-de-donald-trump/21883.html
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O'Brien, T. (2015). The Art of Being the Donald. New York: Open Road.
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Rorty, R. (1999). Achieving Our Country. Londres: Harvard University Press.

 

[i] El grueso de la información de lo relacionado con la vida de Donald Trump es tomado de Kranish, M. , & Fisher, Marc, Trump Revealed. Se trata de dos periodistas destacados del Washington Post. Los números entre paréntesis corresponden ya sea a la locación o a la página de la versión del libro para Kindle.

[ii] Policía secreta del régimen nazi.

[iii] Unión comunista de la juventud rusa.