Por Alejandro Torres

Un periplo con renovadas exigencias y pocas concesiones a los palafreneros

Obama partió en tres etapas su tour latinoamericano, efectuado entre el 19 y el 22 de marzo; para cada una reservó el planteamiento de una parte de sus derroteros. En Brasil habló principalmente de negocios y eludió comprometerse con las aspiraciones de figuración de este país en los escenarios internacionales. En Chile se extendió sobre su llamada “Asociación entre iguales”, el plan general de la superpotencia para el sur del hemisferio; y en El Salvador dictó desdeñosamente el más avieso plan de intervención en Centroamérica.

A Brasilia arribó el 19 de marzo. La nueva presidenta, Dilma Rousseff, como bienvenida en el Palacio de Itamaraty, halagó sin tardanza las apetencias del huésped, mostrando su total disposición a asociarse con él en la explotación de las reservas petroleras pre-sal —gigantescos yacimientos de petróleo y gas descubiertos recientemente en el sur del país, ubicados costa afuera y a grandes profundidades, bajo un grueso lecho de roca salina— así como en la exploración de fuentes renovables de energía limpia. Soltada esta prenda, la mandataria pidió flujos comerciales más balanceados, cualitativa y cuantitativamente, e hizo alarde de los avances geopolíticos de su nación: las crecientes relaciones con África y el Medio Oriente; la cooperación con India y Suráfrica; el diálogo, en compañía de otros países suramericanos, con el mundo árabe; su “asociación estratégica” con la Unión Europea, y remarcó que sus miras no sólo apuntan hacia el norte sino a toda la región y aun al globo. En razón de los méritos expuestos, reiteró la aspiración de que Brasil sea tenido más en cuenta en la definición de los grandes asuntos mundiales y la esperanza de contar para ello con los buenos oficios del invitado. Expuso su deseo de contribuir a una “benigna multipolaridad” ayudando, por ejemplo, a la solución del conflicto entre israelíes y palestinos; pidió hacer más adecuados los instrumentos de gobierno mundial y anunció que Brasil estaba presto a aportar “a la paz y a la seguridad internacionales en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que será mejorado, convirtiéndose en uno más equitativo y democrático.” Una manera de pedir el aval para su aspiración a una silla permanente en ese Consejo. Por último, mencionó las “naturales contradicciones entre amigos”: los “desbalances económicos creados por la reciente caída financiera mundial”; la necesidad de “romper las barreras contra nuestros productos: etanol, carne, algodón, jugo de naranja, aeroplanos, etc.”; la lentitud “en transformar las instituciones multilaterales, que aún son el reflejo del viejo mundo”.

Obama respondió someramente al brindis inicial: “Los Estados Unidos no le dan simplemente la bienvenida al auge del Brasil, sino que quieren contribuir de todas las formas posibles para que desarrolle todo su potencial.” Pero, destacó los motivos esenciales de su viaje en la conferencia de prensa conjunta y, sobre todo, en la reunión organizada por el Consejo de Negocios Brasil-Estados Unidos, la Conferencia Nacional de la Industria y la Cámara de Comercio de Brasil, a la que por el lado gringo asistieron alrededor de 20 de los más altos ejecutivos empresariales, junto con Timothy Geithner, secretario del Tesoro; Gary Locke, secretario de Comercio; Ron Kirk, Representante Comercial; Fred Hochberg, presidente del Eximbank; Michael Froman, Segundo Consejero para Asuntos Económicos Internacionales. Vemos “mayores oportunidades de venderle más bienes y servicios a un país de alrededor de 200 millones de consumidores. Para nosotros esta es una estrategia de empleo (…) Por cada mil millones de dólares de exportaciones, nosotros creamos 5.000 trabajos en Estados Unidos”. Resaltó que las ventas norteamericanas a Brasil son de 50.000 millones de dólares al año, las cuales “sostienen más de 250.000 puestos en mi país.”

Luego enumeró, antes que la presidenta, los acuerdos alcanzados en varias áreas: un nuevo Diálogo Económico y Financiero, que hará “tan seria” la relación entre los dos países, como la que “tenemos con China e India”, y cuyo aspecto básico será la “cooperación económica” para expandir el comercio y la inversión, y buscar mecanismos para abolir las barreras existentes en esos campos.

En segundo lugar, el Diálogo Estratégico sobre Energía, orientado a “desarrollar de manera segura” —es decir, a echarles mano— los yacimientos pre-sal, los cuales se calcula podrían tener el doble de las reservas conocidas de hidrocarburos de los Estados Unidos, unos 22 mil millones de barriles. “En el momento preciso en que se nos ha recordado cómo la inestabilidad en otras partes del mundo puede afectar fácilmente el precio del petróleo, los Estados Unidos no podrían estar más felices con el potencial de esta nueva y estable fuente de energía”.

Anunció también una Asociación Brasilero-Estadounidense de Economía Verde para negocios “ambientales”; un pacto sobre educación, para incrementar el intercambio de estudiantes; y uno de infraestructura orientado a asegurar la participación de compañías de su país en la construcción de las obras para el Mundial de Futbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, en las que se calcula se invertirán 200 mil millones de dólares. “Las compañías estadounidenses están listas para ayudar en este desafío”, señaló.

Se detuvo en elogiar el compromiso de Rousseff y de sus antecesores, Lula y Cardozo, con el mercado libre, con lo que “han demostrado que el espíritu del capitalismo puede marchar parejo con el de la justicia social”. Este ha sido el caballito de batalla de Lula y su entorno, incluida su sucesora, el FMI, el BM y los grandes financistas, según el cual millones de brasileros en los últimos años han arribado a la clase media, es decir, han salido de debajo de la llamada línea de pobreza, lo que no es gran cosa dado que esto lo único que significa es el acceso a la estrechísima canasta familiar básica. Mientras tanto se oculta que decenas de millones se mantienen en los peores abismos de miseria, y que del “auge” se benefician fundamentalmente un puñado de multimillonarios que, en los mismos años, ha amasado gigantescas fortunas en dólares, y toda clase de inversionistas extranjeros que se abalanzaron sobre empresas y recursos naturales, gozando de gabelas ingentes concedidas por el gobierno izquierdista, entre ellas, las tributarias y pensionales, puestas en marcha inmediatamente se posesionó Lula de su primer mandato, al que llegó blandiendo la enseña de las “políticas económicas prudentes”, vale decir, las neoliberales dictaminadas por los organismos de crédito para garantizar el pago a rajatabla de la deuda externa y “atraer” la inversión extranjera. Algunas de las exigencias aún esperan, pero con ellas está comprometida la continuadora de la obra de Lula, ya que este no logró su aprobación; entre ellas figuran otro aumento en la edad de jubilación y un cambio del régimen laboral, tendiente a eliminar el décimo tercer salario, la indemnización por despido, reducir las vacaciones y hacer más flexible la contratación. Hoy el grueso de los ingresos del fisco lo aportan los pobres a través de impuestos indirectos, lo que ha conducido a que, en las propias estadísticas de dichos organismos, Brasil aparezca cada año más cerca del último lugar en el mundo en “distribución de la riqueza”, eufemismo por su concentración y centralización.

En lo atinente a los temas políticos, Obama exaltó el accionar unificado con la nación sureña en misiones favorables al amo yanqui: el trabajo militar conjunto en la crisis de Haití; el montaje de estructuras legales de las dos naciones contra el narcotráfico; la condena “junto con nosotros” en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU de los abusos contra éstos en Libia —un retroceso incluso frente a las posiciones de Lula, ya que este se negó a coadyuvar la condena de Irán en la ONU—; la promulgación por los brasileros de la iniciativa gringa de “promover el gobierno abierto y las nuevas tecnologías que les den poder a los ciudadanos”; los nuevos esfuerzos conjuntos para ayudar a otros países a combatir la corrupción; el trabajo mancomunado para promover la “seguridad alimentaria y el desarrollo agrícola” en África.

Pero, sobre el anhelado puesto para Brasil en el Consejo de Seguridad, se limitó a enumerar los favores que se le han concedido, con su mediación, tanto en el G-20 para que tenga “una mayor voz”, como para incrementar su voto e importancia en las instituciones financieras, como el FMI y el BM, y agregó que “continuará sus esfuerzos para asegurar que las nuevas realidades del siglo XXI se reflejen en las instituciones internacionales (...) incluyendo a las Naciones Unidas, donde Brasil aspira a una silla en el Consejo de Seguridad.” En plata blanca, echó un balde de agua fría sobre la reiterada petición.

El hecho es que el mandatario estadounidense, en noviembre anterior, había asumido con India el compromiso de respaldarla para esa posición. Ante el pleno del Parlamento de ese país aseveró: “Como dos líderes mundiales, los Estados Unidos y la India pueden trabajar juntos en pro de la seguridad global, especialmente cuando su país participará en el Consejo de Seguridad durante los próximos dos años. El orden internacional justo y sostenible buscado por Estados Unidos incluye hacer de las Naciones Unidas una organización eficiente, eficaz, creíble y legítima. Es por eso que puedo decir que en los años venideros espero un Consejo de Seguridad de la ONU reformado, que tenga a India como miembro permanente”. De tal forma que el vocero de la gran potencia notificó a la presidenta de que para el Tío Sam Brasil es ante todo un gigantesco mercado, al que, si se quiere, puede conferirle un trato comedido, distinto al del resto de sus vecinos del sur, pero que en lo que respecta a la geopolítica él es quien lleva la voz del hemisferio. Es claro que respaldar la aspiración india a la disputada dignidad le ofrece ventajas estratégicas, pues ello afinca los vínculos con un aliado fundamental en el Asia Lejana, el segundo país más grande de los llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica), poseedor también de un vasto territorio, de la segunda población mundial, casi 1.200 millones de habitantes; una poderosa plataforma continental en esa región, cuyo control podría inclinar favorablemente al imperio occidental la inevitable disputa con la China.

La estación terminó con un acto más propio de una colonia que de una república soberana. El mandatario gringo fue llevado al Teatro Municipal de Río de Janeiro, en donde las autoridades montaron un bochornoso espectáculo en el que los asistentes —bien escogidos— proferían alaridos de aprobación tras cada frase del enviado. Allí habló de los “valores” intangibles y de lo útiles que estos resultan para apuntalar el dominio. “Ambos [Brasil y Estados Unidos] creemos en el poder y en la promesa de la democracia (…) que ésta es el principal socio del progreso humano (…) que hallamos fortaleza en la diversidad (…) que ninguna nación debería imponerle sus deseos a otra (…) Pero también sabemos que hay ciertas aspiraciones compartidas por todos los seres humanos: todos buscamos ser libres. Todos buscamos ser escuchados. Todos anhelamos vivir sin temer ser discriminados. Todos anhelamos elegir cómo ser gobernados. Todos queremos decidir nuestro propio destino. Estos no son ideales estadounidenses ni brasileros. No son ideales occidentales. Estos son derechos universales y nosotros debemos apoyarlos en todas partes.” Los atronadores aplausos lo eran al más agresivo de los anuncios: Estados Unidos continuará interviniendo donde se le antoje en nombre de los “valores y derechos universales”.

En Chile, pontificando para el resto de América

A Santiago, el emisario del norte llegó ya no con la cúpula empresarial y la plana mayor del gobierno en asuntos económicos, sino en la más modesta compañía del señor Luis Alberto Moreno, presidente del BID, y de doña Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal. A Sebastián Piñera, el potentado ascendido a presidente, lo escoltaron en los actos oficiales los prohombres de la “transición” democrática, Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Ricardo Lagos, y todo el cuerpo diplomático del subcontinente. El escenario estaba servido para sermonear, con benevolencia, al resto de América Latina.

Obama inició su perorata encomiando el ejemplo chileno de evolución pacífica de la dictadura a la democracia, lo cual interpretaron los áulicos como una autocrítica, aunque en ningún momento aquel se refirió al “ejemplo” inverso: a cómo, en 1973, la gran potencia, adalid de los derechos humanos, había sustituido allí mediante bombardeos, cañonazos, asesinatos y torturas la democracia burguesa por una oprobiosa dictadura, porque el gobierno no se ajustaba del todo a sus intereses, a pesar de que el gobierno de Allende había jurado y re jurado respetar la Constitución y en general todas las instituciones “democráticas”, empezando por el ejército fascista de Pinochet, dirigido desde el Pentágono.

Luego entró en materia: “No podría imaginar un sitio más apropiado para discutir la nueva era de asociación que los Estados Unidos están buscando no solo con Chile, sino con toda América.” Recordó que en la Cumbre de Trinidad y Tobago había prometido impulsar “una sociedad entre iguales y con responsabilidad compartida, basada en el respeto y los intereses mutuos, pero también en los valores compartidos (...) Esa es la Latinoamérica que yo veo hoy. Una región en movimiento, orgullosa de su progreso y lista a asumir un mayor papel en los asuntos mundiales. Por todas estas razones, creo que América Latina es más importante para la prosperidad y la seguridad de los Estados Unidos que nunca antes”, frase que tanto encantó al inquilino de la Casa de Nariño y que se complementaba con la siguiente: “Yo creo que Latinoamérica será cada vez más importante para los Estados Unidos, especialmente para nuestra economía. Nuestro comercio ha aumentado. Nosotros compramos más de sus productos y sus bienes que ningún otro país e igualmente invertimos más que ningún otro (...) Exportamos tres veces más a Latinoamérica que a China. Nuestras ventas a esta región —las cuales están creciendo mucho más rápido que las que hacemos al resto del mundo— pronto responderán por dos millones de empleos en Estados Unidos. En otras palabras, cuando Latinoamérica es más próspera, Estados Unidos es más próspero (...) Con este viaje estoy trabajando para expandir el comercio y la inversión”; además, se refirió a su exigencia de “cielos abiertos”; a su apoyo a la Asociación Transpacífica, que incluye a Chile y Perú; y a la intensificación de sus “esfuerzos para empujar los acuerdos comerciales con Panamá y Colombia, los cuales son consistentes con nuestros valores y nuestros intereses.”

Procedió a describir la asignación de algunos papeles claves en la nueva era de “responsabilidad compartida”. Primero, Colombia y México (desde luego coordinados por la DEA) encabezarán en toda la zona la lucha contra las mafias del narcotráfico. Los Estados Unidos como parte de su “responsabilidad” aportan equipo, entrenamiento y tecnología. Ya sabemos el costo en vidas humanas, descarado intervencionismo y pérdida de soberanía que ha tenido para las naciones encargadas de liderar la tarea la política frente a los capos de la droga, impuesta so pretexto de defender la seguridad, el desarrollo y las instituciones democráticas corroídas por la corrupción, razones vueltas a invocar por Obama. En consonancia con ello, advierte que se necesita “someter los factores sociales y económicos que nutren la criminalidad (…) Por ello nos estamos juntando con nuestros socios a lo largo de América para intensificar la vigilancia comunitaria y fortalecer los sistemas juveniles de justicia.” Esto es, control sobre los aparatos policivos y judiciales y recrudecimiento de la represión sobre los jóvenes. En Centroamérica, dentro de una nueva estrategia de seguridad regional, sus socios deberán poner “el foco donde debe estar, en la seguridad de sus ciudadanos (…) Nos aseguraremos que nuestro apoyo no sea sólo bien intencionado, sino bien coordinado y bien gastado.”¡Una asociación entre iguales!

Explicó el papel que desempeñará por cada quien bajo la Asociación de las Américas para la Energía y el Clima, propuesta por él: Brasil en biocombustibles, Chile en geotermia, México en eficiencia energética, El Salvador conectando redes en Centroamérica para tener energía más confiable.

Dentro de la “misma filosofía” anunció el lanzamiento de dos nuevas iniciativas: una para aprovechar el poder de los medios de comunicación y las redes de Internet para “ayudar” a que estudiantes, científicos, académicos y empresarios, colaboren y desarrollen las nuevas ideas y productos “que mantendrán a ‘América’, a las Américas, competitivas en la economía global”; y el incremento a 100 mil del número de estudiantes estadounidenses en Latinoamérica y viceversa. Una prueba más sobre cuáles son los intereses que, en Colombia, guían la reforma universitaria santista.

Por enésima vez le ofreció a la América relegada, para salir del atraso, el paraíso de la microempresa: “Estamos expandiendo el crédito bajo el nuevo Fondo de Desarrollo de las Microfinanzas para las Américas. Estamos apoyando reformas impositivas, que son críticas para el crecimiento económico y la inversión pública. Hemos creado un nuevo programa “Vías a la Prosperidad” —microcrédito, capacitación en creación de empresa— para aquellos que deben compartir el crecimiento económico, incluyendo las mujeres y las comunidades indígenas y afro caribes.”

Y para terminar, lo infaltable: “El fortalecimiento de la democracia y de los derechos humanos”, y de las instituciones que la ornan: “elecciones libres y justas; legislaturas que hagan control; judicatura independiente; prensa y sociedad civil fuertes; transparencia y responsabilidad de los gobiernos.” Y aunque mantiene de labios para afuera que cada nación debe seguir su propio camino, que ninguna le debe imponer su deseo a otra, no pone en duda en que los presentes estarán “de acuerdo en que la democracia es mucho más que el gobierno de la mayoría, que la simple llegada al poder no le da a un líder el derecho a suprimir los derechos de otros, y que los dirigentes deben mantener el poder por medio del consentimiento y no de la coerción. Tenemos que pronunciarnos cuando veamos que los principios mencionados se violan. No vacilemos nunca en defender los derechos del pueblo para determinar su propio futuro, y sí, eso incluye al pueblo de Cuba. Seguiremos buscando caminos para incrementar la independencia del pueblo cubano.” En otro aparte había arremetido contra “algunos líderes que se aferran a ideologías en bancarrota para justificar su propio poder y buscan silenciar a sus oponentes porque estos tienen la audacia de exigir sus derechos universales.” Es obvio, que la exhortación a sus agentes no era únicamente a llevarle la “democracia” a Cuba sino también a Venezuela.

A su anfitrión lo llamó a seguir moviéndose para expandir el comercio y la inversión, porque, si bien con el acuerdo vigente con Chile el comercio se ha más que doblado, “el presidente Piñera y yo creemos que siempre hay algo más que podemos hacer para expandir nuestra cooperación económica (...) Así hoy recomendamos implementar totalmente el acuerdo de libre comercio para incluir protecciones a la propiedad intelectual, para que nuestras empresas puedan innovar y mantenerse competitivas”, y le agradeció, que en su calidad de miembro del Consejo de Derechos Humanos se haya juntado a él para exigir el cese de los abusos en Irán y Libia. Piñera, como buen cipayo, asintió: “Los derechos humanos no deben respetar fronteras. La responsabilidad es de todos nosotros en todos y cada uno de los lugares de mundo cualesquiera que sean las circunstancias en que se violen (...) una persona que ha bombardeado a su propio pueblo no merece mantenerse gobernando a ese pueblo”.

No hay duda: América del Sur tiene que conformarse con seguir siendo un enclave económico y político de los Estados Unidos; un peón de sus dictados mundiales, y una zona en donde sus “principios” y “valores” han de imponerse sin importar las decisiones y el sentir de las mayorías.

En El Salvador: la izquierda puntal de desaforada intromisión

Las regocijadas palabras de bienvenida dirigidas al caporal gringo por Mauricio Funes, ex guerrillero del Farabundo Martí, corresponsal por varios años de CNN y presidente de El Salvador desde 2009, retratan por qué su ascenso al poder, luego de 20 años de gobierno ininterrumpido de la coalición de ultraderecha Alianza Republicana Nacionalista, ARENA, era el desenlace más conveniente para la política yanqui de cambiarlo todo para que todo siga igual. “Gracias señor presidente por el apoyo que usted le ha dado al pueblo de El Salvador y al proceso de transición y construcción de la democracia que estamos viviendo (...) Pienso que los criterios en los que usted ha basado su visita a Latinoamérica son un apoyo al camino que ha tomado mi país: poner a Brasil y Chile como puntos de referencia”, dijo, y explicó que del uno aprendía de su evolución de la dictadura a la democracia y, del otro, como paradigma de que la lucha contra la pobreza es el mejor camino al crecimiento. Las muestras de gratitud fueron interminables: por la visita, que profundiza la amistad iniciada con la de Funes a Washington, inmediatamente fue elegido; por incluir a su país en iniciativas como la Asociación para el Crecimiento y el Proyecto Puente; por la presencia de funcionarios de su gabinete, que junto con los salvadoreños trazaron planes de seguridad para Centroamérica; y, como culmen de la humillación, por haberse dignado visitar la tumba de Monseñor Óscar Romero —asesinado por las bandas de derecha patrocinadas por el Comando Sur—. ¡“La visita significa para nosotros el reconocimiento de un líder, de un líder internacional como el presidente Obama, a la validez universal del mensaje de monseñor Romero”!

La abyección de Funes parecía no tener límites. Con la insistencia del converso reiteraba su total disposición a aceptar cualquier indignidad. “El año pasado, en junio, asistí a un encuentro de integración de Centroamérica, en el que sostuvimos que al lado del comercio necesitábamos tener una política regional de seguridad. Hemos presentado nuestras solicitudes a las autoridades y al gobierno de Estados Unidos por mayores fondos de cooperación destinados a nuestra policía, a modernizar las instituciones militares y perfeccionar y modernizar nuestros ministerios públicos, para que tengan una mayor capacidad de investigar los delitos, en particular los financieros. Estamos proyectando un programa de entrenamiento de 150 fiscales con la asistencia de los Estados Unidos, para especializar la investigación de delitos complejos como los del crimen organizado.”

Más adelante llamó a los inversionistas a dirigirse a El Salvador, aduciendo como credenciales que, por iniciativa del gobierno de los Estados Unidos, se está dando una cooperación en la que no sólo éstos aportarán recursos sino que también lo hará El Salvador, y la presentación a la Asamblea Legislativa de un paquete de reformas políticas para hacer “transparente” el manejo de estos fondos, en asocio entre el gobierno y el sector privado y bajo la supervisión de los mencionados Proyecto Puente y Asociación para el Crecimiento, inspirados y controlados por la Casa Blanca. Añadió: “Seguiremos presentando todas las iniciativas que sean necesarias para crear el ambiente institucional que nos permitirá tener una economía predecible y por esto despertar la confianza de los inversionistas.”

Aunque hubiera podido no decir nada Obama apuntó: “Siendo Estados Unidos el más grande socio comercial de El Salvador, nosotros identificaremos las reformas que puedan movilizar la inversión privada, incrementar el comercio (…) uno de cuyos pasos más importantes consiste en estimular la colaboración entre el gobierno y el sector privado (…) Trabajaremos en ello con los países de la región.” Felicitó a Funes por ser su país uno de los primeros cuatro del mundo vinculados a “nuestra Asociación para el Crecimiento, elemento clave de mi Administración sobre el nuevo camino al desarrollo”, y señaló que dentro de los planes inmediatos está “un encuentro de nuestros expertos con los asesores económicos del presidente y los exportadores para determinar cuáles son exactamente las barreras que impiden el desarrollo y el crecimiento de El Salvador.”

Aprovechó para anunciar un nuevo programa, el Crossroads Partnership, para construir con los países de la zona unas fronteras más seguras y eficientes que animen el comercio y el crecimiento antes que constreñirlos; mencionó los compromisos de Funes de desestimular la migración al norte; del lanzamiento de un nuevo esfuerzo contra el narcotráfico; anunció fondos por 200 millones de dólares para la Iniciativa Centroamericana de Seguridad, CARSI (por su sigla en inglés), destinada a intervenir en las Cortes, los grupos de la sociedad civil y en “las instituciones que defienden el imperio de la ley”, con la excusa de combatir la criminalidad. Remató advirtiendo que dentro del rediseño de la política norteamericana de asistencia para el desarrollo era importante que se reconociera que las reformas institucionales son más importantes que los dólares, porque un país como El Salvador no debe “depender a perpetuidad del exterior para su propio desarrollo.” Sujeción, total sujeción a las políticas del norte, pero menos mucho menos “ayuda” para el progreso.

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Del repaso de los acontecimientos relacionados con el impulso al TLC con Colombia y el viaje de Obama al sur del continente se desprende que la superpotencia occidental está urgida por apretarle el dogal a su retaguardia estratégica; que les va a disputar palmo a palmo a sus competidores —en la llamada era del conocimiento— la venta de cada libra de trigo y soya, de cada tractor o dispositivo electrónico, que se va a batir por la construcción de cada kilómetro de carretera y por la generación de cada kilovatio de energía; que al precio que cueste se apoderará de cada pozo de petróleo y gas y le abrirá paso a la inversión de cada dólar. Que en su beneficio arrasará con cualquier desarrollo autónomo y arruinará o supeditará a sus intereses toda producción nacional. Por ello, no tolerará las disidencias y a sus satélites les exigirá absoluta sumisión y a quienes se insubordinen les impondrá sus “valores universales” mediante conspiraciones “internas” o, de ser necesario, a través de expediciones punitivas en compañía de su adláteres. Se colige también, que para estos designios le han sido de enorme utilidad no solo las viejas castas dominantes sino varios de los sedicentes gobiernos izquierdistas, que se complacen en hacer la tarea mientras recitan letanías sobre “lo social”. Los pueblos, a los que se les infligirán los mayores sufrimientos, no tardarán en salir de la confusión y llevarán hasta las últimas consecuencias su centenaria consigna: ¡Fuera yanquis de América Latina!

Nota: la traducción de publicaciones extranjeras es del autor.


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