Por Alfonso Hernández
Ha entrado en la etapa final la carrera por la Casa Blanca, y los debates entre los candidatos republicano y demócrata facilitan analizar y comprender las posiciones políticas, los intereses y las conductas de quienes aspiran a gobernar a la superpotencia en los cuatro años venideros. El punto más álgido, y el más esclarecedor, sin lugar a dudas, ha sido el de la guerra contra el pueblo irakí.

Por Alfonso Hernández
Ha entrado en la etapa final la carrera por la Casa Blanca, y los debates entre los candidatos republicano y demócrata facilitan analizar y comprender las posiciones políticas, los intereses y las conductas de quienes aspiran a gobernar a la superpotencia en los cuatro años venideros. El punto más álgido, y el más esclarecedor, sin lugar a dudas, ha sido el de la guerra contra el pueblo irakí.

Bush enfrenta la tremenda dificultad de justificar esa agresión cuando los hechos han desmentido una y otra vez los ardides con los cuales se montó. Sostuvo que Irak representaba una verdadera espada de Damocles para el pueblo estadounidense, pues poseía armas de “destrucción masiva”-nucleares, biológicas y químicas- y estaba implicado en los ataques del 11 de septiembre. Librar la guerra en la Mesopotamia era la única manera de evitar el genocidio y la destrucción en Nueva York o en Washington.

Hoy, decenas de miles de irakíes y más de mil soldados de las fuerzas de ocupación han muerto; Irak está destruido, y la vesánica operación ya ha alcanzado un costo de miles de millones de dólares. En el mundo entero crece el rechazo a la política imperialista, que hoy encabeza Bush. Después de toda esa matanza, está completamente claro que Irak no tuvo nada que ver con el derribamiento de las torres gemelas y nunca se encontraron en ese país los tan mencionados arsenales. Así lo reconoce el propio inspector de armas de los Estados Unidos y lo mismo hubieron de aceptar Bush y Tony Blair.

Pero el Presidente de los Estados Unidos responde con descaro a quienes le increpan por tamñas mentira y crimen que Saddam Hussein constituía una amenaza porque; “El mantenía el conocimiento, los materiales, los medios y la intención de producir armas de destrucción masiva y hubiera podido transmitir ese conocimiento a los terroristas enemigos nuestros”. ("He retained the knowledge, the materials, the means and the intent to produce weapons of mass destruction and could have passed this knowledge to our terrorist enemies.''). La sospecha y el infundio son las bases deleznables de la teoría de la Guerra preventiva, que pregonan los líderes imperialistas. Esa es la forma como Bush dice propagar la libertad, a través de esta Inquisición en gran escala.

Así deciden los jefes estadounidenses los asuntos de la guerra. ¡Qué se puede esperar en los demás terrenos!

Kerry, por su parte, vive este angustioso dilema: está de acuerdo con Bush en todo lo importante, pero necesita atacarlo para cosechar votos. En el Senado aprobó la invasión a Irak, ha sostenido que Saddam Hussein constituía un peligro y que había que desarmarlo. A la vez afirma que dicha ocupación fue un error mayúsculo del Presidente. En sus propias palabras, esta es una guerra equivocada, en el momento equivocado y en el lugar equivocado. (the wrong war at the wrong time at the wrong place). Uno de sus argumentos es poderosísimo: Irak nunca atacó a los Estados Unidos. Es la confesión de que el agresor fue el gobierno norteamericano. No obstante, el demócrata aclamado por la socialdemocracia europea no concluye que el asalto debe cesar y que corresponde pagar reparaciones a las víctimas, sino que hay que movilizar más tropas y comprometer a otras naciones, porque a este defensor infatigable de los derechos humanos lo que más le alarma es que su país esté soportando el 90% de las víctimas y el 90% de los costos del atraco que perpetúa. Así pues, Kerry no es inferior a Bush en materia de cinismo.

En esas manos está el mundo. A esos personajes han de enfrentarse los pueblos, desechando la ilusión de encontrar clemencia en alguno de los voceros de los intereses monopólicos.

Octubre 11 de 2003