Por Alfonso Hernández

Durante los primeros días de septiembre se llevó a cabo en Nueva York, en el Madison Square Garden, la Convención Nacional del partido Republicano, cuyo objetivo era proclamar la candidatura de George W. Bush para un segundo período presidencial.

Por Alfonso Hernández

Durante los primeros días de septiembre se llevó a cabo en Nueva York, en el Madison Square Garden, la Convención Nacional del partido Republicano, cuyo objetivo era proclamar la candidatura de George W. Bush para un segundo período presidencial.

Tanto el discurso del postulante como los de los demás oradores, entre los que figuraron Dick Cheney, Rudolph Giuliani y Arnold Schwarzenegger, dejaron claro que la política del partido Republicano se basa en mantener a la población estadounidense aterrorizada para que piense que las aventuras de Bush son cruzadas urgentes para salvar a los hogares de los ataques despiadados de un enemigo multiforme y omnipresente, el cual usa armas definidas vagamente como de destrucción masiva: “Yo creo que el deber más solemne del Presidente de Estados Unidos es proteger al pueblo americano. Si América muestra vacilación o debilidad en esta década, el mundo sufrirá una gran tragedia”.

Si el pánico campea, Bush y sus conmilitones se pueden presentar como los arrojados salvadores de los estadounidenses, y exigen que éstos les aprueben cualquier procedimiento, no importa cuán ilegal sea, o en qué medida desconozca los tratados internacionales, o pisotee la opinión y los derechos e intereses de otras naciones.

Los ataques del 11 de septiembre de 2001 le dieron a la potencia la excusa perfecta para acelerar sus planes. Sin perder tiempo en análisis ni verificaciones, atacó a Afganistán. Luego ocupó a Irak, cuyo gobierno, como bien lo sabía la Casa Blanca, nada tenía que ver con las milicias de Osama Bin Laden, a las cuales se sindicó de la voladura de las torres gemelas. Se acusó a Sadam Hussein de poseer las tan nombradas armas de destrucción masiva y se presentaron pruebas falsas para justificar la invasión. Hoy hasta Bush y Blair han tenido que reconocer que no existían en la Mesopotamia los dichos arsenales. Quienes fueran hasta hace poco altos funcionarios de Washington, como Paul O´Neil, ex secretario del Tesoro, y Richard Clarke, ex coordinador del Consejo Nacional de Seguridad, corroboran que el interés de Bush, Cheney y Rumsfeld consistía en acometer a Irak, lo cual se había planificado con anterioridad al 11 de septiembre. Si el afán de Bush consiste en proteger a toda costa a su gente, ¿por qué dilapida tiempo y recursos en vapulear a quien no está implicado? ¿O pretende declarar enemigo jurado y objetivo militar a todo aquél que se muestre insumiso?

El discurso de aceptación de la candidatura republicana no respondió a ninguno de estos graves cuestionamientos, sólo afirmó: “Nosotros hemos combatido el terrorismo por todo el globo, no por orgullo, no por poder, sino porque las vidas de nuestros ciudadanos están en juego”. Y agregó: “Estamos a la ofensiva, golpeando a los terroristas en el exterior para no tener que enfrentarlos en nuestro suelo”.

Se trata de la guerra preventiva, que obedece a que la dirigencia estadounidense está impaciente por arrogarse el derecho de agredir a cualquier país en cualquier momento sobre la base de sospechas o de informes de inteligencia infundados. La guerra preventiva, defendida en el discurso del aspirante republicano y puesta en práctica en el Golfo Pérsico y en el Asia central, es la consagración de la piratería internacional, de la ley del más fuerte, la abrogación de todo derecho internacional. Es la que mejor evidencia el mundo de la postguerra Fría, el de la guerra contra el terrorismo, la era de la hegemonía gringa. Para los exaltados mandatarios estadounidenses ya no importa tanto consolidar un bloque, una política de coaliciones con la “vieja” Europa, pieza clave del orden mundial precedente. Ahora, ya no existe el peligro rojo ni la amenaza soviética y la cúpula piensa que ha llegado la hora de que Estados Unidos marche solo. En vez de edificar alianzas de carácter permanente, arma montoneras de regímenes que le avalen a la carrera los atropellos. La visión de la política internacional es profundamente militarista, parte de la premisa de que el poderío norteamericano es suficiente y reduce la diplomacia al chantaje, a la amenaza armada. Nada de tratados balísticos, nada de esperar a que Naciones Unidas opine, a un lado los reparos del gobierno alemán; solo cuentan apetencias y caprichos de los únicos señores del orbe. Entre los argumentos esgrimidos para asaltar a Irak se destaca el de que esa nación no se atuvo al derecho internacional ni a las resoluciones de Naciones Unidas ¡Qué paradoja!

El mandatario aseveró que la historia de los Estados Unidos es la del fomento de la emancipación, causa que América está llamada a liderar en la nueva centuria y por la cual claman millones de seres. Dios todo poderoso le encomendó a George Bush liberar no sólo el Medio Oriente sino a todos los hombres y mujeres del mundo. En cumplimiento de ese encargo ha colmado de campos de concentración y de centros de tortura a Irak, Afganistán y Guantánamo.

Su esfuerzo para evitar los ataques terroristas sobre las ciudades de Estados Unidos incluye la llamada Iniciativa para el Medio Oriente Amplio, región que coincidencialmente posee las mayores reservas de hidrocarburos y a la que busca imponerle, con bombas y bayonetas, la libertad y el imperio de los derechos.

La zozobra que siembra entre su pueblo le sirve para polarizar la política interna y para presentar hasta el menor desacuerdo como una traición. No estar con Bush es ya una felonía. Zell Millar, uno de los oradores principales de la Convención, dijo: “Al mismo tiempo que los jóvenes americanos mueren en las arenas de Irak y en las montañas de Afganistán, nuestra nación es desgarrada y debilitada por la obsesión maníaca de los demócratas de derribar a nuestro comandante en jefe” Hasta al pobrecillo de John Kerry, se le pinta como un peligro y se le somete a un ludibrio del cual es presa fácil, puesto que el aspirante demócrata comparte todo lo esencial de la política republicana, pero al tratar de mostrarse como alternativa incurre en contradicciones, marchas y contramarchas que le han ganado el merecido calificativo de candidato de las volteretas.

Para la guerra de Bush, los más básicos procedimientos legales y cualquier derecho democrático son ventajas que se le conceden al terrorismo. Así, la camarilla al mando clasifica toda clase de documentos para impedir su divulgación, escamotea el derecho de gentes, hace gambetas a la libertad de prensa y le tuerce el cuello al harto modesto control parlamentario y de los tribunales.

Aquí y allá pregona la defensa de un conjunto de valores conservadores, con los que pretende reforzar el imperio de la brutalidad y de la avaricia de los monopolios financieros e industriales a los que representa. Al comienzo y al final de las reuniones de Gabinete y de los discursos públicos invoca al Altísimo y se las arregla para adornar como largueza celestial la codicia pedestre. La familia y la compasión también sazonan sus sermones y el propio aparato educativo se consolida como promotor de esos valores de sumisión.

Quien dice proteger los hogares estadounidenses horada las bases de su subsistencia. La pobreza ya abate a más de 38 millones de habitantes de esa, la nación más rica del planeta. El desempleo ha alcanzado niveles no vistos desde 1939 y ni la recuperación económica reciente ha aliviado este azote, pues hoy hay un millón menos de empleos que cuando empezó la última recesión. Los salarios pierden poder de compra a tal punto que entre los años 2000 y 2003 el ingreso promedio anual de los hogares cayó en $US 1.500, es decir, en un 3,4 por ciento. Al mismo tiempo hubo un aumento de 12 por ciento en la productividad laboral, cuyos beneficios, y algo más, fueron a parar en su totalidad a las alforjas de la gran burguesía.

Durante este cuatrienio se han reembolsado enormes sumas de impuestos a los ricos, y el aspirante republicano ofrece hacer de ésta una política permanente, con el pretexto de estimular el desenvolvimiento y de fomentar la creación de empleo. Además, anunció la apertura de “zonas americanas de oportunidad” en las áreas más pobres, en las cuales las empresas estarán exentas de impuestos y disfrutarán de muchos otros incentivos. El vasto territorio se convierte cada día en un paraíso fiscal para los grandes capitales; no es extraño que se viva una desaforada concentración de la riqueza.

Otro de sus programas consiste en devolver parte de los gravámenes destinados a financiar las pensiones y la seguridad social, para que los trabajadores abran cuentas de ahorro individuales e inviertan en acciones. No hay que olvidar que millones de pequeños y medianos accionistas y varios fondos de pensiones sufrieron descalabros por las manipulaciones bursátiles y contables de muchas empresas, entre las que vale mencionar a Andersen, World com y Enron, la firma que aportó las más jugosas sumas a la campaña anterior de Bush. Con seguridad, tales reintegros se convertirán en presa de los tiburones financieros, y las gentes trabajadoras perderán la garantía de un retiro sin las angustias de una supervivencia incierta.

Bush insiste en que hay que reformar las normas laborales y los códigos tributarios “obsoletos”; no se da, pues, tregua en la guerra contra los trabajadores. Declarado amigo de una administración pequeña y de un gasto federal reducido, viene ensanchando el gobierno y elevando el dispendio, en particular el que es discrecional de la Presidencia. También los poderes del Ejecutivo proliferan en desmedro de las facultades del Parlamento y de la Justicia. Este enemigo de la corrupción administrativa y del despilfarro burocrático merma los gastos reglamentados en provecho de las partidas que se pueden entregar a los validos.

No cabe ninguna duda de que los más poderosos círculos financieros y políticos y los intelectuales reaccionarios aplauden esta conducta, que se propone acentuar y perpetuar el dominio exclusivo de los Estados Unidos en el mundo e incrementar el despojo de las gentes laboriosas. Los frutos de la libertad no se alcanzarán como dádiva del seráfico George W. Bush, ni en el Medio Oriente ni en ningún lugar del planeta. Brotarán sí de la lucha corajuda de quienes en oriente y occidente se niegan a ser aherrojados por este carcelero del capitalismo imperialista.

Septiembre 13 de 2004