Chalecos amarillos

En unas pocas décadas, la euforia que predominaba en los círculos dominantes del orbe desde la caída del muro de Berlín se ha trocado en pesimismo y desconcierto.

Tiempos de ilusiones

A lo largo de los años noventa se vivió el auge de una tendencia de intelectuales, políticos y estrategas que sostenían que la historia había llegado a la cima: en adelante la libertad de los mercados, el bienestar que traerían consigo, y la democracia burguesa —realizaciones de los más profundos anhelos humanos— se extenderían por el planeta sin rival digno de tal nombre, y los pequeños ajustes al régimen vigente reemplazarían las profundas y traumáticas transformaciones que habían caracterizado hasta entonces el discurrir de la humanidad.

El desplome inesperado del bloque soviético daba pábulo a estas ensoñaciones; no obstante, quienes así argüían olvidaban, o minusvaloraban, las grandes contradicciones y las enormes crisis propias de un régimen basado en la explotación del trabajo asalariado y en la concentración de la riqueza.

Uno de los autores que con más claridad mostraron ese estado de ánimo fue Francis Fukuyama, quien escribió un par de textos que se harían famosos: el ensayo titulado ¿El fin de la historia? y, posteriormente, el libro El fin de la historia y el último hombre (Fukuyama, 1992).

Mercado y régimen político liberal

Declaraba el señor Fukuyama, a comienzos de la década del noventa, que a lo largo de los años precedentes había surgido un notable consenso con respecto a la legitimidad de la democracia liberal como sistema de gobierno, la cual había vencido a las ideologías contrincantes, como la monarquía hereditaria, el fascismo y el comunismo (Fukuyama, 1992, pág. 11). Sostenía que la democracia liberal podía constituir, por tanto, el punto culminante de la evolución ideológica de la humanidad, la forma última de gobierno y que, como tal, marcaría el fin de la historia. Mientras que los anteriores sistemas se habían caracterizado por graves defectos e irracionalidades, la democracia liberal estaba libre de esas falencias fundamentales. No desconocía la subsistencia de problemas irresolutos, pero ellos, en su entender, se debían a la aplicación incompleta de los principios gemelos de la libertad y de la igualdad, fundamentos de la democracia moderna (Fukuyama, 1992, pág. 14).

Junto con la libertad política, las bases de tal consumación histórica no eran otras que los postulados liberales en economía; es decir, la libertad de empresa, ya que: “La lógica de la ciencia natural moderna parece dictar una evolución universal en dirección al capitalismo”.

Pero si este encontraba sus raíces en el devenir insoslayable, la democracia política no podía explicarse como un producto inherente a la industrialización. Brotaba, en cambio, del logro del “reconocimiento universal”, en el cual cada ciudadano respeta la dignidad de todos los demás y el Estado hace lo propio, mediante el establecimiento de derechos (Fukuyama, 1992, pág. 19).

Fukuyama recuerda a los lectores que Hegel veía los derechos como fines en sí mismos porque lo que verdaderamente satisface a los seres humanos no es tanto la prosperidad material como que se afirmen su posición y dignidad. Por otra parte, los pensadores anglosajones —Hobbes y Locke, Jefferson y Madison— opinaban que la búsqueda de reconocimiento debía subordinarse al ilustrado interés propio y que las libertades existían en gran parte como medio para proteger una esfera privada en la cual el hombre pudiera enriquecerse y satisfacer la parte de deseo de su alma (Fukuyama, 1992, pág. Ibid.).

El ansia de ser respetado podría ser, entonces, el eslabón perdido entre la economía y la política liberales. El capitalismo y la democracia capitalista serían, por tanto, la realización de las tres partes que, según Platón, conforman el alma humana: deseo, razón y thymos, la porción que reclama reconocimiento.

Al satisfacer y desarrollar estos tres integrantes de la naturaleza del hombre, —el deseo y la razón mediante el desarrollo industrial y el anhelo de reconocimiento mediante la democracia— esta y el capitalismo habrían alcanzado el fin de la historia.

Las tensiones entre liberalismo económico y derechos se resolverían en la medida en que los últimos no lesionaran al primero. Acota Fukuyama que en los países socialistas se presiona por establecer los derechos de segunda y tercera generaciones, tales como el pleno empleo, la vivienda y la atención sanitaria, pero sostiene que estos son incompatibles con el libre intercambio económico (Fukuyama, 1992, pág. 79). Así pues, la propiedad privada constituye la base, pero, a la vez, el límite de las demás garantías.   
Al precisar sus definiciones, señala que entiende la democracia como el derecho de todos los ciudadanos de participar en el poder político; y el liberalismo, como la protección del carácter legítimo de la propiedad y la empresa privadas (Fukuyama, 1992, pág. 81). Las sociedades que se basan en otros principios, tales como la justicia económica, no son, por tanto, liberales.

La caída del muro de Berlín habría constituido, pues, el triunfo definitivo del sistema y de la democracia capitalistas. Concluye categóricamente que: “No podemos imaginar un mundo que sea esencialmente distinto que el nuestro y al mismo tiempo mejor” (Fukuyama, 1992, pág. 84). Y redunda al afirmar que “…no hay ninguna manera evidente de que el futuro represente una mejora fundamental respecto al orden presente, entonces hemos de tomar también en consideración la posibilidad de que la historia misma pueda llegar a su fin” (Fukuyama, 1992, págs. 89-90). De alguna manera, los puntos de vista de Fukuyama expresaban la esperanza y el anhelo de todos los burgueses de que su dominio sea eterno y de que los explotados así lo crean y lo acepten.

Finanzas

Las alucinaciones ideológicas abarcaban también el campo de las finanzas, los mercados bursátiles y las perspectivas de la economía. “Al comenzar el siglo XXI, se consideraba que los grandes descalabros económicos eran cosa del pasado; el sistema financiero de los países ricos era tan sofisticado que no podría colapsar”, recuerda Carmen Reinhart (Reinhart, 2018).

La creencia de que los mercados se autorregulaban y de que los bancos centrales disponían de todos los conocimientos requeridos para evitar las crisis financieras hacían de estas un fenómeno arcaico, imposible de repetirse en las naciones desarrolladas en el muy refinado siglo XXI. Semejantes concepciones habrían de hundir en el ridículo al venerado “maestro” Alan Greenspan, presidente del banco de la Reserva Federal de los Estados Unidos desde 1987 hasta 2006. Tal fe en el funcionamiento del mercado libre fue la causa de que los banqueros centrales y los más afamados economistas, muchos con premio Nobel en ese campo, fueran incapaces de prever la debacle de 2008, incluso cuando ya los signos de ella se perfilaban ominosamente. El propio Greenspan pronunció, entre sollozos, un mea culpa al reconocer que su ideología, de la cual había estado tan seguro durante más de cuarenta años, adolecía de una falla, de una miopía fundamental (Leonhardt, 2008).

Geopolítica

De la mano de esas concepciones y tipo de organización social victoriosas marchaba también la hegemonía unipolar de los Estados Unidos de América. El día 11 de septiembre de 1990 el presidente George H. W. Bush habló ante el Congreso en pleno (Bush, 2016) sobre las circunstancias que se vivían a raíz de la ocupación de Kuwait, el dos de agosto de ese mismo año, por parte de las tropas de Irak bajo el mando de Sadam Hussein. En esa alocución planteó su punto de vista de que se había entrado en un nuevo orden mundial; tal optimismo se basaba en que Mijaíl Gorbachov, jefe de Estado de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, había respaldado la política de Estados Unidos y de Gran Bretaña con respecto a Irak, lo cual permitiría, además, que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tomara decisiones unánimes, siendo que hasta ese momento este organismo había estado entrabado por los vetos ya de una superpotencia, ya de la otra, a las resoluciones propuestas por su rival. 

Bush afirmó que estaba trabajando con Gorbachov a fin de construir una nueva relación. En Helsinki, a comienzos de septiembre de ese año, los dos mandatarios habían emitido una declaración en la que instaban a Irak a retirarse del territorio kuwaití.

Esta fue una manifestación inequívoca de que el liderazgo soviético había renunciado a continuar la puja por el dominio mundial, hecho que, acentuado por el posterior colapso de la URSS, acarrearía consecuencias en todos los campos y en todo el orbe; principalmente, en cuanto a que los yanquis pudieron proceder sin contemplaciones ni tardanzas a imponer sus dictados y a reorganizar la geopolítica de acuerdo con sus intereses.

Tal mutación en las relaciones internacionales constituía, en palabras de los teóricos del capital, el triunfo definitivo del liberalismo económico y de la democracia burguesa, y la demostración palmaria de que sus valores no encontrarían sustituto alguno. Bush afirmó que se entronizaría la paz global y se daría comienzo a un nuevo orden basado en la colaboración entre naciones. Ningún dictador podría contar en el futuro con que la disputa Occidente Oriente paralizaría la respuesta internacional a sus desafueros. Había comenzado una nueva cooperación entre los Estados. Cien generaciones habían tratado de hallar el elusivo camino a la paz; miles de guerras habían asolado la tierra a lo largo de la historia humana, pero el nuevo mundo, pacífico y armonioso, ya estaba pugnando por ver la luz, un mundo muy diferente del que se había conocido hasta ese momento. El imperio de la ley reemplazaría al de la fuerza, los poderosos respetarían los derechos de los débiles; la humanidad estaría más libre del flagelo del terror y enfrentaría con mayor fortaleza la búsqueda de la justicia. Las naciones del Este y del Oeste, del Norte y del Sur vivirían y prosperarían en concordia. Eso sí, en tan paradisiaco entorno no habría sustituto al liderazgo de los Estados Unidos, que encararía con decisión cualquier intento tiránico (Bush, 2016, pág. Ibídem).

Remarcó el mandatario estadounidense que: nuestro interés en el Golfo no es transitorio, proviene de antes de la agresión de Hussein a Kuwait y sobrevivirá a ella. Mucho después de que nuestras tropas hayan regresado a casa persistirá la asistencia de los Estados Unidos a las naciones del Golfo Pérsico y garantizarán que no ocurran nuevas agresiones. Ayudaremos a nuestros amigos para que sean capaces de defenderse por sí mismos. Además, impediremos la proliferación de armas químicas, biológicas, de misiles balísticos y, sobre todo, de tecnologías nucleares. En fin, la estratégica zona sería también un protectorado del imperialismo norteamericano.

Para ayudar en el trabajo de parto del pacífico nuevo orden mundial se enviaron al Golfo Pérsico seiscientos cinco mil soldados, dos mil aviones, entre ellos los cazabombarderos stealth F117, capaces de burlar los radares, setecientos portaviones, mil quinientos helicópteros y mil tanques de guerra (Rodríguez, 2019). Con las modernas tecnologías y el enorme despliegue militar, en esta la primera contienda bélica después del final de la Guerra Fría, se buscaba no solo derrotar a Irak, sino infundir temor y obediencia ante la supremacía norteamericana. Como lo había afirmado el presidente Bush, de acuerdo con el manejo que se le diera a ese conflicto se forjaría la sociedad en la que habitarían las generaciones venideras.  

Bajo tales supuestos de perdurabilidad, tomaron redoblado empuje la libertad de movimiento de los capitales, su concentración sin precedentes, el envilecimiento de la fuerza laboral, la democracia que dice igualar a los cada vez más desiguales, y los mangoneos de los Estados Unidos.  

La hora del abatimiento y la incertidumbre

Pero muy pronto el mundo feliz e incuestionado cedió el campo a uno en el cual los propios magnates sienten que se hunde el suelo bajo sus pies, y los pueblos, aún confundidos y apabullados, comienzan a expresar una inconformidad creciente, amenazante. Contrario a lo anticipado por los teóricos burgueses, las mayorías no perciben que el capitalismo les satisfaga sus deseos ni que obedezca a la razón y tampoco que esta democracia les otorgue reconocimiento, dignidad, respeto.  

Aprovechando ese malestar  y ese desconcierto de las gentes, en la meca del agio, de las grandes corporaciones y del “nuevo orden”, un caudillo heterodoxo se encaramó a la presidencia con el lema de hacer grandes a los Estados Unidos de nuevo y movido por su ego insaciable, a la vez que sigue colmando de beneficios a los beneficiarios de siempre, pone en cuestión los postulados y agrieta las estructuras tan meticulosamente construidas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial para acicalar y proteger el avasallamiento de miles de millones de seres por parte de un puñado. Estremecimientos semejantes se viven en Europa y en otros confines.

El lugar de la prometida armonía de los pueblos lo ha ocupado la xenofobia y el odio entre las razas; el radicalismo de la derecha, con rasgos calcados del fascismo, amaga con desplazar a la democracia hipócrita de las plutocracias. Los ricos se enriquecen sin tasa ni medida, pero se sienten inseguros, y los pueblos no aguantan más la carga ni los mandobles que les impone el reino de la propiedad privada, del libre movimiento de los capitales, de la democracia en la que votan, pero no deciden. En la misma medida en que los caudales se concentran, el despotismo campea; el régimen político, con sus derechos y sus constituciones garantistas en el papel, es percibido como una burla por quienes se debaten en una situación cada vez más precaria.

Paradójicamente, pero con cierta presciencia, los triunfadores temen que su éxito será la causa de su derrota. El diario británico The Financial Times viene reseñando cómo prolifera la ansiedad de los multimillonarios que sienten que el orden social que los ha llevado a la cúspide de la riqueza está en grave riesgo de colapsar (Edgecliffe-Johnson A. , 2019) (Edgecliffe-Johnson, Fortado, & Fontanella-Khan, 2019) (Rovnick, 2019).

El fundador del fondo de inversión Bridgewater, Ray Dalio, poseedor de una fortuna de más de 17.000 millones de dólares, ha advertido que “La creciente desigualdad en los Estados Unidos podría provocar conflictos enormes y alguna forma de revolución” si no se introducen modificaciones al capitalismo  (Rovnick, 2019). [1]

Dalio añade sus comentarios a los de otros acaudalados para remarcar las preocupaciones por las descomunales desigualdades y el declive de los estándares de vida de los pobres. A su juicio, la creciente brecha de ingresos presenta amenazas existenciales para la sociedad estadounidense. La disparidad en la riqueza, sostiene, especialmente cuando va junta con las diferencias de valores, conduce a la agudización de los conflictos y se manifiesta en el gobierno mismo en forma de populismo de izquierda y de derecha y frecuentemente en revoluciones de una clase u otra. Para él, las divisiones sociales y políticas ya existentes amenazan el tejido que cohesiona la sociedad y ponen en riesgo el propio capitalismo. Los causantes de la miseria de la mano de obra, del pauperismo de la sociedad, del deterioro de las condiciones de vida de los profesionales, pequeños negociantes e industriales se aterran ante el panorama del mundo que han creado y el fantasma de la rebelión de los expoliados no deja de espantarlos.  

En el mismo sentido de Dalio se han pronunciado el director ejecutivo (CEO) del banco JP Morgan Chase, Jamie Dimon, y Howard Schultz, fundador de Starbucks. Este último considera que, para atenuar los peligros, es imperativo aumentar los impuestos a los ricos, en lo que coincide con Bill Gates, de Microsoft.

La misma desazón se reveló en la reunión de este año (2019) del Instituto Milken [2], que congrega las elites de inversionistas, empresarios y políticos, y que contó con la presencia del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Steven Mnuchin, de David Solomon, director ejecutivo de Goldman Sachs, y otros hombres y mujeres poderosas de los Estados Unidos.  

Llama la atención el hecho de que a pesar de la alegría reinante a causa de las mayores utilidades y de la subida de los mercados financieros (en parte, gracias a las recientes rebajas de impuestos de la administración Trump), algunos de los más destacados líderes de Wall Street y de las grandes empresas manifestaron su ansiedad con respecto a la salud del modelo económico que los ha convertido a ellos en billonarios.

Entre quienes hicieron conocer sus desvelos figura el señor Michael Milken (Biografías Señores del Dinero, 2013) (Wikipedia, 2019), quien alcanzó notoriedad en los años ochenta, ya que fue uno de los principales impulsores del mercado de los bonos basura (papeles emitidos por firmas con dudosa capacidad de pago, pero que rinden elevados intereses). Hizo una fortuna con estos títulos valores y terminó acusado de fraude bursátil, conspiración, abuso de información privilegiada y otros muchos cargos, un total de noventa y ocho. Fue condenado a diez años de cárcel, en la que permaneció solo dos. Sus hazañas constituyeron la base para caracterizar al personaje Gordon Gecko, de la película Wall Street. Después de abandonar la prisión, fundó el instituto Milken, a cuya reunión nos estamos refiriendo en este artículo.

En este ceremonioso evento, Michael Milken se preguntó con desasosiego si la supremacía capitalista está bajo amenaza por parte del socialismo, que inadvertidamente parece ganar terreno de nuevo; el debate planteado por él se consideraba relegado irremisiblemente en la historia de la humanidad a la época anterior al desplome del muro de Berlín.

En su alarmismo, los perplejos todopoderosos ven surgir tendencias ominosas de izquierda, lindantes con el aborrecido socialismo en el seno del propio partido Demócrata. Les horroriza, por ejemplo, que Elizabeth Warren abogue por dividir las compañías más grandes y gravar con un impuesto a la riqueza a quienes tengan ingresos superiores a cincuenta millones de dólares [3] (Edgecliffe-Johnson A. , 2019). Aprensiones semejantes les provocan propuestas moderadas, como la de Alexandria Ocasio o del muy domesticado Bernie Sanders.

El anterior director ejecutivo de Alphabet Eric Schmidt emitió su propia alerta: “Estoy preocupado con la idea de que de alguna manera el socialismo está introduciéndose de nuevo en nuestra sociedad, lo cual sería nefasto, ya que el capitalismo es la fuente de nuestra riqueza colectiva como país”. Para contrarrestar semejante peligro, urgió a sus colegas a difundir el mensaje de que el sistema sí está funcionando. De lo cual no hay la menor duda, solo que lo hace en favor de unos pocos.  

Milken le preguntó a Ken Griffin, fundador del fondo de riesgo Citadel [4], por qué los jóvenes estadounidenses han perdido la fe en el libre mercado, al tiempo que en la pantalla se proyectaban estadísticas que afirmaban que el 44 % de los millennials dicen que preferirían vivir en un país socialista. Consideraban los asistentes, además, una encuesta de Gallup del año anterior que muestra que el porcentaje de personas con edades entre 18 y 29 años que tienen opiniones favorables al socialismo se ha mantenido en 51 %, en contraste con quienes se inclinan por el capitalismo, que ha caído del 68 % al 45 % desde el año 2010.

Griffin contestó que las nuevas generaciones que simpatizan con el colectivismo desconocen la historia. Quizás no le falte razón en cuanto a que a los jóvenes se les ha privado de las nociones acerca del pasado de la humanidad; por el contrario, sí han vivido en carne propia los desafueros e injusticias del capitalismo y, por ello, el alud de propaganda en favor de la libre “iniciativa privada” los convence cada vez menos, hecho que se presenta de manera más aguda después de la crisis financiera de 2008 en los “países desarrollados” y, en particular, en la nación campeona del sistema social en cuestión.   

Alan Schwartz, presidente de la firma de banca de inversión Guggenheim Partners,  hizo énfasis en el riesgo provocado por la creciente desigualdad en los ingresos, sostuvo que el 60 % de las personas comunes piensan que el sistema los desfavorece. Explicó que ese sentimiento tiene su origen en la brecha que se da entre el crecimiento de los salarios y el de los ingresos de las empresas. 

Concluyó Schwartz: si usted observa el ala de derecha y el ala izquierda, va a percibir que lo que de veras se está forjando es una guerra entre las clases. Recordó que a lo largo de los siglos hemos visto que cuando las masas piensan que las elites tienen en demasía ocurre una de dos cosas: o surge una legislación para redistribuir la riqueza o estalla la revolución que redistribuye la pobreza. Tales son, afirmó, las dos alternativas históricas que se debaten una y otra vez: si lo que funciona es el socialismo o el capitalismo; tal pugna es la que da lugar a la revolución social. 

Ante perspectivas tan alarmantes, tiende a haber consenso entre los magnates sobre la necesidad de establecer mayores tasas impositivas a sí mismos a objeto de financiar programas educativos, de infraestructura, de reentrenamiento de la fuerza laboral amenazada por la tecnología y la globalización. Piensan, pues, en cambiar algo para que todo siga igual.

Sin embargo, tales aspavientos de desprendimiento de las mentes más avaras rápidamente se truecan en actitudes defensivas. En la misma reunión, según The Financial Times, un vocero de una de las más grandes compañías de inversión manifestó el sentimiento común entre los asistentes a la conferencia: “La redistribución punitiva no funcionará”.  
Pero otros ejecutivos de firmas financieras dijeron que estarían dispuestos a pagar un cinco por ciento de impuestos más si con ello logran que el mundo sea un lugar un poco menos tenebroso [para sus intereses] (Edgecliffe-Johnson, Fortado, & Fontanella-Khan, 2019).

No solo en las reuniones de clubes e institutos de alcurnia se escuchan estas expresiones de pánico. La revista inglesa The Economist, una de las publicaciones más respetadas del mundo intelectual capitalista, publicó en el mes de septiembre de 2018 (The Economist, 2018) el Manifiesto por la renovación del liberalismo, que contiene una breve síntesis de los principales aspectos de la crisis política y social en la que se debaten las naciones “avanzadas” y  un llamado patético a las castas liberales para que reaviven una actitud radical que, según el semanario, las caracterizó en tiempos idos.

De entrada, sostiene que el éxito convirtió a los liberales en una dinastía pagada de sí misma y que, si bien el liberalismo construyó el mundo moderno, este le ha vuelto la espalda. Destaca que Europa y América viven una rebelión popular contra las elites liberales a las que consideran dedicadas a su propio beneficio e incapaces o sin la voluntad de resolver los problemas de la gente común, y que por doquier la tendencia que se vivió hace 25 años de fortalecer la libertad y los mercados abiertos se ha venido reversando, y que además China se encamina a ser la mayor economía del mundo, lo cual se aprecia como prueba de que bajo las dictaduras es posible el progreso económico.

Continúa The Economist: Hace apenas unas décadas la democracia liberal llegó a dominar Occidente y de allí comenzó a extenderse por doquier. Pero ahora los electorados de esta misma región del mundo han empezado a dudar que el sistema les sirva o que sea justo. Hace un año una encuesta demostró que apenas el 36 % de los alemanes, 24 % de los canadienses y el 9 % de los franceses piensan que la próxima generación vivirá en mejores condiciones que sus progenitores. Solo un tercio de los estadounidenses menores de 35 años consideran que es de vital importancia vivir en un régimen democrático, mientras que quienes son partidarios de un gobierno militar se incrementaron de 7 %, en 1995, a 18 % el año pasado.

Es decir, que una masa creciente de personas en los países “industrializados” ha llegado a la conclusión, derivada de la experiencia, de que la democracia capitalista no les sirve y que ella solo beneficia a la oligarquía financiera. Lamentablemente, como se señaló arriba, de esa inconformidad tan justa hacen leña los partidos xenófobos y fascistoides. 
The Economist formula una serie de ideas sobre políticas de impuestos, bienestar, educación e inmigración, a fin de que “el estado pueda trabajar con mayor fuerza en beneficio del ciudadano”.
Sostiene que la economía debe liberarse del creciente poder de los monopolios y de las restricciones de la planificación urbana que expulsan a las gentes de las metropolis más prósperas. Urge a Occidente a apuntalar el orden liberal mundial mediante el fortalecimiento de su poderío militar y la revigorización de las alianzas.

Ahondando su crítica a las elites liberales, a las cuales pertenece la propia revista, sostiene que a lo largo de las últimas décadas se han sentido demasiado confortables con el poder, complacencia que se nutre de la idea de que ellas gobiernan en una meritocracia saludable y de que sus privilegios han sido bien ganados.  

Pero tal meritocracia es cerrada, alejada del resto de la sociedad, se lamenta el semanario. Trae a colación un estudio reciente en el que se encuentra que, entre 1999 y 2013, las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos admitieron más estudiantes del 1 % de los hogares más adinerados que del 50 % de los menos pudientes. Entre 1980 y 2015 los derechos de matrícula se incrementaron 17 veces más rápidamente que los ingresos medios; las cincuenta áreas urbanas más grandes alojan el 7% de la población mundial, pero en ellas se origina el 40 % del producto y de esas pujantes metrópolis se excluye a muchos, en particular a los jóvenes, mediante los altos precios y las “restricciones del planeamiento urbano”.

Señalemos que detrás de todo lo cual está la furiosa especulación con los bienes raíces que ha caracterizado las últimas décadas. De manera que lo que ha surgido a lo largo de los años de imperio del liberalismo no ha sido otra cosa que una oligarquía, una verdadera plutocracia.

El liberalismo gobernante, continúa el Manifiesto, está tan absorto en preservar el statu quo que se ha olvidado hasta de cómo luce el radicalismo. Recuerda que Hillary Clinton en su campaña presidencial ocultó su falta de grandes ideas en un montón de pequeñeces. Reconoce, pues, que está en curso una crisis profunda, ya que los políticos e intelectuales de la clase dominante carecen de ideas para salir de la encrucijada en que los ha metido su codicia irrefrenable.

La tecnocracia, afirma The Economist, se mantiene distante y desdeñosa de la gente a la que dice servir, lo cual crea dos clases: la de quienes hacen y la de quienes soportan tales acciones; la de quienes piensan y la de aquellos por los cuales se piensa; la conformada por quienes toman las decisiones políticas y la de los que las tienen que aceptar. Así, so pretexto de que los distintos ramos de la actividad social son muy técnicos, se llevan a cabo determinaciones contra las mayorías, convidadas de piedra, por decir lo menos, en la democracia burguesa.

Y los que mandan y desmandan, reconoce la publicación inglesa, viven en una burbuja: todos van a las mismas universidades, contraen matrimonio entre ellos, viven en las mismas calles y trabajan en las mismas oficinas. No obstante, estos autosatisfechos esperan que la gente del común, alejada del poder, viva feliz con la prosperidad material, la que también ha venido desapareciendo a causa del estancamiento de la productividad y las medidas de austeridad fiscal que sucedieron a la crisis de 2008.

El sistema liberal, entonces, niega a las mayorías no solo poder político, los derechos, el reconocimiento, sino también el bienestar económico de que hablaban las teorías peregrinas de Fukuyama.  

En tal situación no es extraño que la lealtad a los partidos principales se haya venido erosionando. El conservador británico, quizás el más exitoso de la historia, según The Economist, recauda ahora sus fondos más de los testamentos de los difuntos que de las contribuciones de los vivientes. En los primeros comicios en la Alemania unificada, en 1990, las colectividades tradicionales obtuvieron más del 60 % de los votos; las más recientes encuestas les atribuyen apenas el 45 %, mientras que la extrema derecha, la “extrema izquierda” y los verdes podrían llegar al 41.5 %.

Luego los partidos que mejor han expresado los intereses claves de la oligarquía financiera vienen entrando en crisis en todo el mundo capitalista desarrollado. Incluso Macron, el exbanquero, ganó la presidencia de Francia presentándose como una nueva alternativa, pero a poco andar cayó en el desprestigio y ha tenido que enfrentar enormes manifestaciones de inconformidad. La gente resiste las medidas que envilecen sus condiciones de vida y de trabajo y repudia la palabrería sobre democracia, igualdad, progreso e inclusión que ha escuchado a lo largo de décadas de las bocas de los políticos fletados por la banca y la gran industria.  

En vez de respaldar a las agrupaciones del sistema capitalista liberal, se lamenta el semanario, la gente se refugia en grupos definidos por raza, religión o sexualidad. El interés común se difumina en un archipiélago de reivindicaciones de minorías. Para The Economist, la política basada en la identidad es válida como respuesta a la discriminación, pero, dado que las identidades se multiplican, las posturas de unas chocan con las de otras, lo cual da lugar a que, en cambio de llegar a compromisos, el debate se agudice convirtiéndose en cólera tribal. Anotemos que la estrategia, diseñada por la misma camarilla, de borrar la lucha de clases disolviéndola en un maremágnum de intereses de “identidades” ha derivado en la xenofobia, el odio racial y en otras manifestaciones de discriminación, que han llegado a erosionar a los propios partidos tradicionales en los países del llamado primer mundo.  

Los líderes de la derecha en particular explotan la inseguridad originada en la inmigración [más que en esta, en la pauperización] a fin de ganar apoyo para sus partidos, como son los casos de Trump, Marine Le Pen y los prosélitos del brexit. No hay que olvidar tampoco que la inmigración masiva también resulta de la política colonialista: naciones enteras han sido arrasadas, ya por la guerra de conquista, ya por el embate económico; de las sociedades destruidas migran millones de seres que terminan como ejército de reserva laboral, que permite reducir los salarios, o como indigentes. A esos migrantes empobrecidos se les culpa del deterioro de las condiciones de vida de las gentes de Europa o de los Estados Unidos, a las que se fanatiza contra el extranjero.  

Analiza The Economist que la derecha toma de contrabando planteamientos de la izquierda a objeto de alimentar la percepción de las masas de que son despreciadas por las elites dominantes. El resultado no es otro que la polarización. Ello conduce algunas veces a la parálisis, dice, otras a “la tiranía de las mayorías” y fortalece a los autoritarios de la extrema derecha. Así, pues, ha surgido una nueva dirigencia política ultramontana que saca partido para desafiar a la oligarquía dominante, hacerse con el mando e imponer como todo cambio la persecución a sectores convertidos en simple cabeza de turco: otra manera de desviar el blanco de la inconformidad de las masas y preservar el dominio del gran capital.

Reconoce el Manifiesto que los liberales están perdiendo la batalla también en el terreno de la geopolítica. Recuerda que el liberalismo se extendió por el mundo primero en los siglos XIX y XX, sobre la base de la hegemonía naval británica y, después, con el auge económico y militar de los Estados Unidos. Se queja de que hoy, al contrario, se retira, en tanto que Rusia se desempeña como saboteador y China afirma su ascendente poder mundial.

No le falta razón al semanario inglés. El mundo unipolar de los noventa ha llegado a su fin; Rusia, anhelante de recobrar su pasada preeminencia y cansada de los atropellos y pillajes estadounidenses, asume una actitud retadora. China sortea con dificultad los cada vez más numerosos obstáculos con los que los belicosos Estados Unidos pretenden frenarle su ascenso a la supremacía mundial y les disputa, de manera sistemática y paciente, mercados y zonas de influencia. Hasta la Unión Europea, socia subordinada de las incursiones y urdimbres del Tío Sam, aparece crecientemente distante de su mentor, que la hostiliza con frecuencia.  Aterrado ante su inatajable declive, Estados Unidos guerrea por doquier, culpa a todos por sus desventuras, provoca y riñe sin sosiego, amenaza a unos y a otros. Sus bravuconadas parecen acelerarle el declive, en vez de detenerlo.

El descorazonado semanario inglés deplora que, al contrario de defender las instituciones liberales y el sistema de alianzas creadas después de la Segunda Guerra Mundial para afianzar el dominio de Occidente, Estados Unidos las ha venido descuidando y, bajo Trump, ha pasado a atacarlas.

Y la en muchos respectos sobria publicación alucina cuando afirma que es el momento de la reinvención liberal; los liberales necesitan gastar menos tiempo descalificando como tontos y fanáticos a sus críticos y más enderezando lo que no funciona. El verdadero espíritu del liberalismo, dice, no es el de defender sus propios privilegios, sino que debe asumir una actitud radical y disruptiva. La hora les exige, afirma, a los liberales —los patricios de hoy— estar de lado de los necesitados contra los patricios.

Y formula los medicamentos al debilitado paciente: redescubrir sus convicciones sobre la dignidad individual y la independencia poniendo coto a sus propios privilegios. Dejar de burlarse del nacionalismo e inscribirlo en sus banderas llenándolo con su propia marca de orgullo cívico inclusivo. En vez de alojar el poder en ministerios centralizados y burocracias que no rinden cuentas, devolverlo a las regiones y municipios. A cambio de considerar la geopolítica como un juego de suma cero entre los grandes poderes, los Estados Unidos deben apuntalar una triada que se autofortalezca mediante el poderío militar, los valores y las alianzas. Se trata de una conducta a la vez delirante y pendenciera, y de una muestra patética de la bancarrota intelectual de la cúpula financiera que detenta el poder mundial.

Pretende desconocer The Economist que ha sido precisamente el triunfo de las políticas “liberales” la causa de las calamidades presentes. El “libre mercado” requerido por los grupos oligopólicos, la degradación de los salarios y las condiciones de vida de los pueblos, la rapiña financiera y el sojuzgamiento de las naciones por parte del imperialismo norteamericano han colmado la paciencia. Pero la solución no consiste ni en repetir la dosis que ha generado la enfermedad ni en retornar a las iniquidades del fascismo, las cuales son las únicas salidas que ofrece el sistema capitalista.

El porvenir ha de estar en manos distintas: en un sistema económico y social radicalmente diferente, en el que predomine el trabajo, no el capital; y en un poder político opuesto al hoy vigente, en el cual los oprimidos de esta hora asuman las riendas. Si el ánimo del gran capital ha pasado de la euforia al abatimiento es hora de que los oprimidos superen el desánimo y recobren la combatividad. Corresponderá a la clase obrera y a los verdaderos amigos de la democracia aclarar su pensamiento sacudiéndose de las influencias ideológicas perniciosas de los explotadores, aprender tanto de las conquistas prodigiosas como de los descalabros y traiciones sufridos por el socialismo y emprender con denuedo una vez más la ingente batalla contra la explotación de la mano de obra, la opresión y las guerras de pillaje imperialistas.

 


Bibliografía


Notas 

[1] Billionaire hedge fund founder Ray Dalio has warned that growing inequality in the US could lead to “great conflict and some form of revolution” unless capitalism is reformed.

[2] Aproximadamente ciento cincuenta y cinco mil millones de pesos.

[3] En 1990 Kenneth Griffin fundó Global Citadel, fondo que en 2015 manejaba US$ 25.000 millones. El patrimonio neto de Griffin se estima en US$ 8.700 millones (Wikipedia, 2019)

[4] Centro de pensamiento con base en Santa Mónica, California, reúne anualmente, desde 1998, a ejecutivos de empresa, banqueros, políticos y demás potentados para discutir distintos aspectos de la situación económica, social y política. Fundado por el exbanquero Michael Milken, en 1991 (Milken Institute, 2019).