Por Arturo Stevenson

En un reciente estudio de la organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, se mencionan cifras desgarradoras que demuestran que el número de víctimas por hambre es mayor que nunca, pese a los avances tecnológicos y científicos que han ampliado la capacidad productiva agrícola. Esta adversa situación es propiciada por los países desarrollados y sus multinacionales, que tienen como derrotero usufructuar el capital antes que pensar en el dolor de millones de excluidos.

Es increíble que en un mundo en donde se dice que imperan los derechos y la democracia, cada seis segundos muera un niño por hambre; pensemos cuántos mueren al día, en un mes, en un año; las cifras son inaceptables para cualquier persona que posea la más mínima fibra de humanismo. A su vez, el reporte plantea que casi el veinte por ciento de la población mundial, es decir, más de mil millones de personas no disponen de los alimentos necesarios para llevar una vida sana, a sabiendas de que la producción alimentaria se ha triplicado desde la década de los sesenta; en otras palabras, la producción actual de alimentos puede abastecer el doble de la población que habita el planeta. Podemos afirmar con plena certeza que nadie muere por hambre, por razón de que no haya comida sino porque los matan por inanición. La desnutrición crónica es causada por la pobreza y no por la insuficiencia de alimentos; muchos pobres están condenados a muerte por el sistema económico actual.

El aumento del hambre es un fenómeno mundial; no obstante, según este último informe de la FAO, los países del Tercer Mundo son los que más padecen este crónico problema, ya que de los 1.020 millones de hambrientos que hay en el mundo actualmente 642 millones están en Asia y el Pacífico, 265 en África Subsahariana, 53 en América Latina y el Caribe, 42 en el Oriente Próximo y norte de África y también 15 millones en los países desarrollados. Estos analistas aseguran que una de las causas del incremento de la subnutrición global es la crisis financiera, que ha reducido los ingresos y el empleo de los pobres dando como consecuencia la disminución considerable de su acceso a los alimentos. Pero al comparar estas dos crisis, la financiera y la alimentaria, se devela claramente los intereses oprobiosos de los países del primer mundo, pues desembolsaron billones de dólares para salvar la banca internacional, en cambio se hacen los de los oídos sordos ante los efectos devastadores sobre los más pobres.

Esta catástrofe alimentaria es más un problema de acceso que de producción, teniendo en cuenta que los países del Sur están limitados por las directrices impositivas del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, que los han obligado a liberalizar la economía y mercantilizar la producción agrícola, quedando ésta al libre albedrío del mercado internacional, desestabilizando así la seguridad alimentaría de cada nación. Además, estas políticas vía ajuste estructural, han reducido la inversión y el crédito al campesinado y a los pequeños agricultores, los cuales son en gran medida los que producen los alimentos de primera mano para la población. Ahora, lo que está imperando, son industrias multinacionales del agro que controlan este mercado, desde el sembrado hasta su distribución, regulando internacionalmente los precios a su beneficio, sin importarles las muertes que dejan a su paso.

Estas transnacionales del hambre surgen por las subvenciones a la agricultura de los países del Norte que las hacen las mayores productoras de cereales, a lo que se suma el uso que le dan a la industrialización de la agricultura y a los avances biogenéticos. Con estas ventajas, se apoderan de la producción agrícola, aumentan y bajan los costos de sus frutos y cosechas a su antojo. Esto complica a los países del Tercer Mundo que tienen bajos ingresos per cápita y les agudiza el déficit de producción alimentaria, por lo que tienen que importar para suplir sus necesidades. El problema alimentario es consecuencia de la imposición de un modelo de agricultura capitalista industrial en donde prima el beneficio privado y no la satisfacción de la población.

En este modelo, los países pobres para poder “competir” con las desiguales reglas de juego, tienden a especializarse en monocultivos, por ejemplo, varias naciones del Sur, se concentran en café, canola, girasol, soya, frutas tropicales o exóticas, con el propósito de ingresar al incierto mercado global, lo que ha empeorado el suministro de alimentos en el mercado interno.

Asimismo, en naciones como Colombia y Brasil, se están utilizando los suelos fértiles para los cultivos de caña de azúcar, palma africana o cereales que son las materias primas de lo que se denomina biocombustible. La Unión Europea ha establecido que para el año 2010, el 6% de los combustibles serán el etanol y el biodisel y se espera que para el 2020, el porcentaje será del 8%. Los países subdesarrollados, presididos por gobiernos entreguistas y empresas privadas, dedican sus tierras fértiles y mano de obra barata, a estos cultivos sin importarles los daños al medio ambiente; de hecho el principal proveedor de bioetanol al Reino Unido es Brasil. A su vez, en el caso de Colombia, esta demanda de biocombustibles ha generado la expropiación de miles de hectáreas a los campesinos y a las reservas indígenas mediante amenazas o muerte por parte del paramilitarismo, que ve con codicia este negocio, ya manchado de sangre.

El desalmado sistema que manejan los países ricos es el causante de la inseguridad alimentaria y de las cientos de miles de muertes anuales. Situación que puede empeorar por factores como el incremento demográfico y las sequías e inundaciones. En este sentido, ¿qué han hecho las potencias? Nada. Sus gobernantes, que en los discursos hablan sobre la defensa de los derechos humanos, pero solo procuran mantener sus estilos de vida y un capitalismo destructor e inhumano como eje conductor de sus políticas. Esto se hizo evidente en la Cumbre por la Seguridad Alimentaria, que se desarrolló hace pocos días en Roma, a la cual los países miembros del G8 no asistieron; el único presente fue Italia por ser el anfitrión. En la cumbre se redactó una declaración que no indica objetivos cuantificables o plazos específicos para solucionar la hambruna mundial.

La salida a este flagelo es convertir la alimentación y el bienestar de los pueblos en el objetivo principal, para que el hambre deje ser la peor de las masacres y la vergüenza de la humanidad.

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