"A medida que van desarrollándose los bancos y que va acentuándose su concentración en un número reducido de establecimientos, de modestos intermediarios que eran antes, se convierten en monopolistas omnipotentes que disponen de casi todo el capital monetario de todos los capitalistas y pequeños patronos, así como de la mayor parte de los medios de producción y de las fuentes de materias primas de uno o de varios países. Esta transformación de los numerosos y modestos intermediarios en un puñado de monopolistas constituye uno de los procesos fundamentales de la transformación del capitalismo en imperialismo capitalista, y por esto debemos detenernos, en primer término, en la concentración de los bancos."  Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo.

Algunos de los más grandes bancos del mundo dieron a conocer fabulosas utilidades de comienzos de este año; por ejemplo, Goldman Sachs obtuvo cerca de tres mil quinientos millones de dólares en el segundo trimestre, y unos ingresos de 13.800 millones en el primer semestre. Otras entidades, como el Deusche Bank, figuran también entre los que presentan enormes beneficios.[1] Al mismo tiempo, los mercados bursátiles incrementan sus índices de negocios, por lo cual algunos economistas afirman que ya se ve luz al final del túnel.

Otras son las cifras de la economía real. Por ejemplo, el producto interno bruto de los Estados Unidos ha venido cayendo dramáticamente. En el último trimestre del año pasado declinó a una tasa anual de 6,3% y entre enero y marzo del presente, la caída fue de 6,1%.[2] El desempleo se ha incrementado hasta 9.5%; más de seis millones de trabajadores han perdido el puesto desde que empezó la recesión. Si se tiene en cuenta a quienes, a causa de la crisis laboran marginalmente o en jornada parcial, el guarismo asciende a 24 millones de norteamericanos, más de 16% de la fuerza laboral.[3] En la Unión Europea, la tasa de paro es de 9,4%, con más de quince millones de cesantes; el PIB también se contrae rápidamente. Las exportaciones alemanas han decaído un 24,5% este año.[4] Por otra parte, se pronostica que la economía de México se reducirá alrededor del 7%, y la de toda América Latina en cerca de 2%.

Surge la pregunta de cómo es posible que los bancos estén amasando fortunas en medio de semejante debacle. La respuesta la da, con claridad, la revista alemana Der Spiegel en el artículo titulado El retorno de la codicia, los bancos reabren el casino mundial,[5] que publicó recientemente.

En pocas palabras, el colapso de los bancos se evitó mediante un gasto público colosal, que ha incluido el garantizarles las operaciones crediticias, comprarles los activos tóxicos y las acciones y prestarles dinero a una tasa cercana a cero, que en el caso de Estados Unidos, en donde hay inflación, aunque leve, es donarles dinero. El gobierno de ese país, a través de los diferentes programas, puede llegar a comprometer recursos hasta por un total de 23,7 billones de dólares, y en conjunto las naciones desarrolladas han destinado 18 billones para las entidades financieras.[6] Por comparación, ha de tenerse en cuenta que el PIB de la potencia del norte es de 14 billones de dólares anuales. De tal manera que con el dinero público los más grandes bancos se han entregado, de nuevo, a la usura desvergonzada. El mencionado escrito sostiene que nunca antes les había sido tan fácil hacer dinero.

La globalización y el desarrollo tecnológico les permiten solazarse con la más vasta red de operaciones de usura. Los movimientos diarios de la tasa de cambio de centenares de monedas ofrecen un filón de enriquecimiento rápido. Si se toma el caso de Colombia, convertir dólares en pesos cuando la tasa de cambio es de $2.200 y, al poco tiempo, reconvertir  éstos en dólares, pero a una tasa de cambio de $2.000, le da al especulador la oportunidad de embolsarse $200 por cada dólar. Si la operación se repite con frecuencia y con miles o centenares de miles de dólares, las utilidades son enormes. Pero no se trata solamente de la moneda colombiana sino de muchas, de diversas nacionalidades y regiones. Además, entidades como Goldman o el Deutsche Bank, que controla el 21% de las operaciones de cambio de divisas, pueden por si solas provocar movimientos tan lucrativos.

La volatilidad de estas tasas, además de otros factores, hace que el comercio internacional se enfrente a una incertidumbre, a una constante inestabilidad de los precios, tanto de los productos terminados como de los insumos y de los servicios, todo lo cual abre otras compuertas al agio. De ahí que las empresas con operaciones internacionales tengan que estar comprando "cobertura", es decir, instrumentos que les permiten adquirir alguna mercancía o una moneda a un precio determinado en una fecha estipulada. Este constituye otro renglón de voluminosas ganancias.

Los banqueros internacionales consideran ahora aburridor y riesgoso, a la vez, prestar a las empresas; prefieren destinar los recursos a la compra venta de acciones, de bonos de deuda o derivados, es decir papeles cuyo valor proviene de otros. Se les otorgaron grandes sumas argumentando que si los bancos se recuperaban, el crédito volvería a irrigar toda la economía y se alcanzaría una pronta recuperación. Pero ellos consideran preferible el tráfico con papeles, por lo cual, las firmas que necesitan capital tienen que emitir bonos de deuda o acciones, ofreciendo pagar mayores tasas de interés a causa de la sequía crediticia; estos documentos han de ser suscritos por los grandes bancos, que cargan una comisión, y, además, especulan con ellos. La mayor parte se transa en  los mercados bursátiles, a los que tienen que acudir también las firmas de los más diversos países que buscan recursos en los mercados internacionales de capital, cuyos centros principales son Wall Street, en Nueva York, y la City, en Londres. Es por ello que las solas firmas europeas, excluidas las inglesas y las financieras, han emitido en lo corrido del año más de 318 mil millones de dólares en bonos, cuando durante 2006, 2007 y 2008 dichos papeles apenas rondaban los doscientos mil millones de dólares  al año. Como lo señala Paul Krugman[7] hay una "financiarización" de la economía, cuyas operaciones representaban en Estados Unidos un 0,3% del PIB, en 1970, y ya en el 2007 llegaron a representar el 1,7%.

La especulación bursátil y extrabursátil se alimenta, adicionalmente, de una infinidad de instrumentos como los credit default swaps, pretendido seguro contra el incumplimiento por parte de los deudores cuyas acreencias dan respaldo a  los títulos valores. Con base en las acciones, los bonos y demás se hacen operaciones crediticias, que tienen como colateral,  o garantía, los mencionados títulos. Por último, se emiten instrumentos sintéticos, que no tienen el sustento de ningún bien, sino que se basan en apuestas sobre el desenvolvimiento de los índices de las bolsas o cosas semejantes. Se trata de un verdadero casino.  Los ejecutivos, corredores y asesores de los bancos ganan millonarias bonificaciones por cada operación, de tal manera que se interesan, por encima de todo, por cerrar negocios inmediatamente, muchas veces, aunque el propio banco se vaya a pique.  

Pero lo que más está dando pábulo al agio son los bonos del Estado. Los mismos paquetes de ayuda a la banca han acrecido poderosamente el endeudamiento público: su porcentaje con respecto al PIB alcanza el promedio del 80% en los países europeos; en Gran Bretaña, ya es igual al 100%, lo mismo que en los Estados Unidos, y en Japón ya casi rebasa el 200%. Los gobiernos tienen que emitir bonos de deuda, que se convierten en otra fuente de ese tipo de negocios. El Estado se hipoteca a los bancos para regalarles los recursos. Y estos tienen, adicionalmente, la oportunidad de mercadear los bonos públicos, haciendo pingües ganancias. Tales cargas se pagan mediante menores gastos en hospitales y centros educativos, ya Obama está preparando una reforma de la salud y de pensiones cuyo propósito declarado consiste en aumentar la "eficiencia" y reducir los costos.

Recientemente, las mismas entidades que han recibido tan gruesas sumas se negaron a financiar a California, uno de los estados más importantes de la Unión, que tiene depósitos en ellas por 17 mil millones de dólares, obligándolo a emprender drásticos recortes presupuestarios.

Las leyes del juego consisten en aventurar grandes sumas diariamente, con las cuales se pueden ganar o perder millones en unos minutos; hay que reclutar tropillas de especialistas en sistemas, matemáticas y economía —a quienes se remunera espléndidamente—, para tener más éxito en la manipulación del mercado. Si ésta termina en un descalabro, los directivos ya han recogido sus millonarias retribuciones, y, en todo caso, el Estado está presto a sufragar las pérdidas.

La partida la gana, pues, quien controle el gobierno, el Congreso y el banco central. Se  juega con las cartas marcadas. Con harta razón, uno de los financistas entrevistados por Der Spiegel dijo que los bancos se enriquecieron en el  pasado con el dinero de sus clientes, luego, con el de sus accionistas y, ahora, han encontrado la fuente más gigantesca: los contribuyentes.

Porque el auge presente, en medio de las tribulaciones de las economías, estriba en eso: los consorcios financieros pueden comprar a precios ridículos activos que tienen garantía estatal; para estas y muchas otras operaciones pueden tomar dinero prestado del banco central a una tasa cercana al cero, además, un número crecido de instituciones tuvo que salir del juego. Así, se tiene que ya no son 13 ó 15 bancos los que adquieren los activos depreciados, sino apenas 4 ó 5. Es de tal magnitud el asunto que los papeles de deuda o bonos de algunas compañías alemanas de autopartes, que fueron comprados por bancos de algunos estados a un valor de 90 centavos cada dólar; ahora Merrill Lynch, por ejemplo les ofrece 7 centavos por cada dólar de valor nominal.

Mientras que Obama y sus congéneres hablan de reformas a la "arquitectura financiera mundial", de "la transparencia", de "regulación", lo que sucede es que los financistas proceden de una manera cada vez más tramposa y el Estado, de una más cómplice: Goldman Sachs y Merrill Lynch, por ejemplo, renunciaron a su carácter de bancos de inversión —entidades que, por no recibir depósitos del público, no tienen que someterse a las regulaciones oficiales—, para convertirse en bancos comerciales, supuestamente más regulados, todo con el fin de acceder a los auxilios del Estado durante la crisis. Ahora, disfrutan de lo mejor de dos mundos: cuentan con los recursos públicos y se dedican a las operaciones y a los procedimientos de las instituciones más especulativas: los fondos de inversión de riesgo. Operan con las garantías del Estado y con dinero barato que les brinda el banco emisor.

Por mucho que se pregone la libre competencia, el oligopolio se agiganta; en el artículo ya mencionado de la revista germana, un financista asegura que en poco tiempo cuatro o cinco grandes bancos controlarán el mercado de capitales. Y a esa tarea de levantar imperios financieros se dedican de consuno los banqueros y el gobierno. Desde el mandato de Reagan, la tendencia a la concentración y a la consolidación bancaria se ha fortalecido. Las leyes que, luego de la Gran Depresión, ponían algunas cortapisas a esto han venido siendo derogadas. Las 10 más grandes firmas que negocian en títulos valores concentraban, en 1998, el 57,1% del capital de ese ramo, mientras que en 2007 ya controlaban el 70.5% y el año pasado, el Bank of America compró Merrill Lynch y el JP Morgan Chase se hizo a Bear Stearns, todo con créditos estatales. Las entidades pequeñas no están en condiciones de competir en la arena global, tal vez puedan jugar como subordinadas de los gigantescos conglomerados.

Los acontecimientos de los cuales somos testigos enseñan que las potencias echan mano de dos armas fundamentales en esta conflagración por el dominio del mercado de capitales: la emisión de la moneda de reserva internacional y las colosales entidades financieras. Lo que se dirime es: qué grupo económico, la oligarquía de cuál potencia logra hacerse a las ingentes masas de capital que se mueven en la globalización. Las metrópolis emulan para que las más vastas regiones del mundo se vean forzadas a hacer sus transacciones comerciales, las inversiones, los ahorros, en la moneda que cada una imprime y que sean las casas prestamistas con asiento en la respectiva metrópoli las que se aprovechen de esas operaciones.   

Por ello, las políticas anticrisis han estribado en dar todos los recursos a los grandes bancos. Con el argumento de que hay instituciones que son demasiado grandes para dejarlas hundirse, pues provocarían una crisis generalizada, sistémica, el Estado es partícipe de primera línea en la edificación de bancos de alcance global. El dinero público propulsa la concentración bancaria, el poder del Estado es un instrumento de la oligarquía del agio. Lo que ésta no logra no logra mediante la coyunda monetaria y económica, se lo encarga a los marines. Esto recibe el nombre de globalización. 

Este artículo puede ser reproducido, total o parcialmente, con la condición de que se cite el autor, Alfonso Hernández, y la fuente, notasobreras.net.