Por: Ludwing Niccolò Romanovich

El pasado lunes 6 de julio circuló en las noticias deportivas de los diferentes medios la información de que Cristiano Ronaldo, el ex jugador del equipo inglés de fútbol Manchester United, había sido presentado como la nueva adquisición del Real Madrid de España. Esto en sí mismo no tendría mayor trascendencia, sería una transacción más del multimillonario negocio de compra y venta de futbolistas de todas las edades y nacionalidades, que como con cualquier mercancía, ejecutan a diario los agiotistas del deporte.

Lo que en realidad genera comentarios al respecto son las prosaicas referencias de los periodistas que se limitaron a corear y vanagloriar la exorbitante cuantía que ese equipo desembolsó por el deportista lusitano, unos 94 millones de euros -131 millones de dólares. Quizás con el único esfuerzo mental que realizó para preparar la nota periodística -coger su calculadora y dividir esta cifra en meses, días, horas y minutos-, uno de los reporteros concluyó que el club Merengue le pagaría al portugués unos 36.000 millones de pesos al año durante seis temporadas. Repetía que el sueldo de la nueva contratación sería de 3.000 millones de pesos mensuales, que por cada día recibiría 100 millones de pesos, por una hora, cuatro millones de pesos y que por cada sesenta segundos, 70.000 pesos.

No se puede dejar de sentir asombro por la estrechez mental y la carencia de análisis de muchos de los periodistas que a diario embelesan al pueblo. Pues ¿cómo no elaboran una nota en la cual cuestionen y pongan en el debate público el hecho de que un ser humano pueda acaparar semejante cifra de dinero, monto que este joven futbolista no podrá gastar en su totalidad en lo que le resta de vida? Ni siquiera derrochándolo en las frivolidades y excentricidades que el capitalismo oferta a los que de suyo ya satisficieron de lejos las necesidades básicas de su existencia. El estupor aumenta cuando se observa el empobrecimiento y la miseria de las mayorías en el planeta; las situaciones en las cuales personas deben "alimentarse" con agua, periódico o pasto para no pasar en blanco; los constantes desalojos de viviendas de endeudados que no tuvieron el dinero con qué cancelar la cuota que incrementara el hartazgo de los bancos; o el hecho de que un obrero, un minero o un albañil, tras trabajar y ser explotado durante toda su vida, no verá ni disfrutará cantidad similar a la que el ovacionado "galáctico" se embolsillará en tan sólo un día. ¿Cómo no referirse a esto?

Es el silencio cómplice que caracteriza a los medios de comunicación que comulgan con un proyecto de sociedad en el que la injusticia y la desigualdad social campean y se vislumbran en casi cualquier acto; una sociedad que da todo a unos pocos y le da muy poco al resto: a la mayoría.