Por Mila Vondalova, corresponsal de Notas Obreras en Europa
Traducción del inglés por Catalina Mendoza

En el momento en que la República Checa tuvo un rápido crecimiento económico se hizo necesario llenar con nuevos operarios los emergentes puestos de trabajo. El gobierno, las agencias de empleo y las oficinas de personal de las grandes compañías dirigieron la atención hacia la mano de obra de los países de escaso desarrollo. Por esta razón, cientos de miles de asalariados extranjeros se radicaron en el país.

De acuerdo con las estadísticas oficiales, hasta el 31 de diciembre de 2008 la República Checa tenía 10'467.542 habitantes, entre los cuales unos 440 mil extranjeros, distribuidos, según el Ministerio del Interior, de la siguiente manera:

Ucranianos 131.965  (30%)
Eslovacos 76.034  (17%)
Vietnamitas 60.258  (14%)
Rusos 27.178  (6%)
Polacos 21.710  (5%)
Otros 123.334 (28%)

Los grupos de presión de las multinacionales y los gobiernos europeos han estado detrás de este auge migratorio que hace parte de su estrategia de abaratamiento de los salarios. Por ejemplo, un inmigrante (del este de Europa o de Asia) recibe 250 dólares al mes por el mismo trabajo por el que a un checo le pagan US$500 y que un europeo occidental no haría por menos de US$750. A los jefes de las compañías les interesa mantener esta política que les permite enfrentar mejor la competencia.

Los emigrados no son sólo mano de obra no calificada, entre ellos se encuentran profesores, doctores, sociólogos, ingenieros y otros profesionales. Todos ellos personas muy preparadas que no dudan dejar sus países de origen para buscar una mejor vida en la "rica Europa". Llegan a la República Checa llenos de sueños de una mejor vida y de un mejor trabajo que les dé para ayudar a sus familias en sus países de origen. Muchos les pagan a grupos de mafiosos entre 10.000 y 15.000 dólares para ingresar y, luego de hacerlo, se ven obligados a vivir por años en condiciones infrahumanas en sórdidos albergues. Otras mafias se encargan de engancharlos en un empleo, y es común que les retengan por todo el tiempo los pasaportes.

Estas penurias y el enfoque perverso de la política migratoria resultan en el empeoramiento de la vida para los trabajadores foráneos, sobre todo hoy cuando la crisis que sacude la economía mundial se ha manifestado en un agudo incremento del desempleo por el cierre de factorías o el declive de la producción. Los primeros en quedar cesantes han sido los extranjeros. Para completar, los medios de comunicación se encargan de difundir que a causa del desempleo de los migrantes la criminalidad se ha incrementado y que crecerá también la informalidad, lo que conduce al florecimiento de despreciables expresiones de xenofobia.

Así, lo emigrados y sus familias (en las que muchos de los hijos ya son ciudadanos checos) terminan atrapados en una dolorosa situación social, siendo que no habían dudado en venderlo todo o en endeudarse tras la recompensa de un trabajo y una vida mejor en "la parte más rica del planeta". Una triste paradoja que sean cientos de miles de trabajadores extranjeros anónimos quienes deban pagar los platos rotos de la crisis y no sus verdaderos causantes.

Los que hayan legalizado su situación y a quienes, además, no se les haya prohibido vivir en la República Checa y tengan vigentes sus permisos de residencia, pueden acudir por "ayuda" al Ministerio del Interior. La "solución" que éste les ofrece es darles, mientras parten del país, 500 euros por adulto y 250 por cada niño menor de 15 años, pasajes de vuelta, y alojamiento y comida en hospedajes de emergencia. De acuerdo con informaciones del Ministerio, apenas unos 2.000 inmigrantes habrían aceptado esa oferta, la mayoría espera que en un futuro cercano mejore la situación económica porque sabe que la vida en sus propios países será todavía más miserable.

El pasado primero de abril el gobierno checo suspendió la expedición de visas de trabajo y de negocios por parte de sus embajadas para "proteger" el país de la llegada de más extranjeros; no ocurre lo mismo con las visas de turismo, que se siguen expidiendo, excepto para los viajeros de Moldavia, Ucrania, Mongolia y Vietnam.

Estas condiciones aberrantes no se viven solamente en la República Checa sino que las padecen los migrantes desposeídos en toda Europa.

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