Ana Graciela Peña

Un sol subterráneo brilló por casi setenta días en el desierto de Atacama. Era la luz que despedían treinta y tres mineros desde un socavón en la mina San José, en Copiapó, al norte de Chile. El mundo entero sabe hoy que, enterrados a casi setecientos metros de profundidad, estos hombres lograron sobrevivir gracias a su organización, disciplina, coraje, espíritu de sacrificio y hermandad, lección que ha despertado general admiración y respeto.

Además de la fuerza del grupo de mineros atrapados, la cohesión, la voluntad de lucha y la fortaleza de las familias fue factor decisivo para que no se desmayara en la búsqueda y se realizara el rescate. Acamparon en condiciones de extrema dificultad desde el mismo momento en que se anunció la tragedia y allí permanecieron apoyándolos hasta el feliz salvamento.

Aunque alrededor de su tragedia se ha montado un espectáculo mediático, éste no ha podido ocultar las razones por las cuales los obreros quedaron atrapados después del derrumbe de las estructuras, ocurrido el 5 de agosto pasado.

El escritor Hernán Rivera Letelier, que trabajó en las minas y vivió cuarenta y cinco años en esa región, sintetiza la causa de la tragedia:

"La historia del desierto de Atacama está coronada de tragedias (como una larga muralla coronada de vidrios rotos). Huelgas interminables, marchas de hambre, accidentes fatales, mineros ametrallados y cañoneados a mansalva en masacres inconcebibles.

"Todo esto a causa de una larga data de injusticias laborales, sociales y morales en contra del minero, injusticias que, pese a los años y a ríos de promesas políticas, se han conservado inalterables, como agrias momias atacameñas.

"Se dice desierto de Atacama y se entiende drama, explotación y muerte. Por eso ya era hora de que se viviera una epopeya con final feliz. Ya era hora de que la tierra, regada tanto tiempo por la sangre, el sudor y las lágrimas de los mineros, devolviera verdores desde su vientre, devolviera frutos de vida. Aquí sangre, sudor y lágrimas no es una frase vulgar”.

Y, Verónica Aranda, socióloga de la Universidad Andrés Bello, sostiene: “Esto va más allá de los distintos gobiernos, se produce una contradicción entre las ganancias de las empresas privadas versus las condiciones en que se encuentran sus trabajadores”.

Además, la labor fiscalizadora del Estado no se hace o es defectuosa, pues saltan a las luz las deficiencias que en materia de seguridad industrial presentaba el yacimiento: los obreros no contaban con la ropa apropiada para realizar su trabajo, los alimentos eran insuficientes, no había la escalera que la empresa debía colocar en la chimenea vertical como ruta de escape y el agua era la de la maquinaria.

Según el presidente de la Confederación de Trabajadores del Cobre, Cristian Cuevas, el ministro de Minería Laurence Golborne había sido informado recientemente de las precarias condiciones de seguridad de la mina y los mismos trabajadores, años atrás, habían propuesto al Estado que se suspendiera la actividad extractiva por los riesgos que presentaba. Ya en 2007 había sido clausurada durante un año debido a númerosos accidentes. Aún así, el Sernageomin (Servicio Nacional de Geología y Minería) autorizó la explotación.

Es un hecho que San José ha dado mucha riqueza a sus propietarios, pues lleva más de un siglo produciendo, inicialmente plata, lo que la convirtió en la cuarta mina más importante de la región, luego oro y, actualmente, cobre. Sin embargo, esto no se ha traducido en buenos salarios para sus trabajadores, ya que un piquinero gana solamente alrededor de 250.000 pesos chilenos mensuales, lo que equivale a un salario mínimo nuestro, trabajando a elevadas temperaturas y en condiciones de extrema inseguridad, como lo evidenció la tragedia. Incluso periodistas que han visitado las viviendas de algunos de los mineros rescatados se han sorprendido ante su precariedad y pobreza.

Este es, pues, un buen momento para denunciar el olvido y la indiferencia en que el Estado ha tenido a estos obreros que extraen de las entrañas de la tierra la mayor riqueza con que cuenta el país y que se sintetiza en la frase “el cobre es el sueldo de Chile”, y para reclamar condiciones laborales dignas y control y fiscalización a las empresas privadas.

Y aquí, en nuestro país, para reclamar, igualmente, porque nuestros mineros siguen muriendo en el fondo de los socavones sin que el Estado asuma su responsabilidad, socorridos solamente por sus compañeros de labor y por sus familias a punta de pica, pala y carretilla.