Por Alejandro Torres[*]

El 24 de marzo, el periódico bogotano La República tituló a todo lo ancho: "Estados Unidos reclama por barreras al comercio en América Latina". Semejante despropósito fue planteado por el Representante de Comercio norteamericano como conclusión de la consulta que hace anualmente a diferentes entidades y empresas sobre las barreras impuestas a su comercio en el planeta.

Los gringos le exigen al resto del continente abolir hasta el más mínimo obstáculo. Citemos algunos ejemplos. El Instituto del Vino rechaza los aranceles, las normas para el etiquetado de sus productos y la exigencia de establecer un distribuidor o importador nativo autorizado. Campbell Soup, uno de los gigantes de los alimentos, alega contra las pocas barreras arancelarias que perviven en casi todas las naciones sureñas y que afectan sus sopas enlatadas, galletas, confites y alimentos procesados. A México, la Junta Asesora de Productores de Durazno de California lo conmina a eliminar las tarifas a los duraznos frescos y en conserva y a otras frutas enlatadas; la Asociación de Productores Forestales y de Papel le pide suprimir las clasificaciones y sellos de las maderas que importa, y otras entidades le reclaman que arrumbe los aranceles a la papa procesada, lo mismo que las restricciones de tipo sanitario para otros productos. A los venezolanos se les apremia a derogar la norma que inhibe las importaciones de carne de cerdo de los países afectados por el síndrome respiratorio reproductivo porcino.

Lo anterior enseña claramente una de las tendencias norteamericanas, cual es la de perforar los mercados allende sus fronteras hasta para sus productos menos importantes, mientras levanta infranqueables valladares con el fin de proteger a sus grandes productores. Pero los países pobres tienen que enfrentarse además a otras zalagardas que auguran un negro porvenir para su producción autóctona. Tendrán que vérselas con la cada vez mayor concentración de la producción alimentaria estratégica en el propio territorio gringo y en el de los demás países imperialistas, que pugnan por controlar los mercados que se amplían con el crecimiento demográfico y la integración de extensas zonas como por ejemplo China. Tienen a su favor el monopolio de los grandiosos descubrimientos científicos que en vez de aplicarse a resolver las grandes carencias de la humanidad se dedican a acrecer las ganancias de las multinacionales. A los países tercermundistas se les conmina a competir entre sí en la producción de especies exóticas cuyo mercadeo, la parte más grande de la torta, cae en manos de los trusts. Se les somete, así mismo, al arbitrio de los grandes consorcios que se instalan en sus territorios, se lucran de los llamados mercados subregionales y luego de causar quiebras a granel entre los productores nativos, se dedican a comprar en malbarato instalaciones, bosques, sembradíos y praderas agrícolas y pecuarias, a la vez que apuntalan formas atrasadas de producción para aprovechar la mano de obra barata de millones de familias campesinas lanzadas por debajo de la “línea de pobreza”.

Veamos el caso de los cereales. Sus rendimientos se triplicaron entre 1965 y se calcula que en 1990 se duplicarán de aquí al 2015, como fruto de los desarrollos científicos y tecnológicos en biotecnología e informática, el control mediante satélites, la utilización más eficiente del agua y la menor dependencia de grandes cantidades de ésta, el uso de semillas mejoradas, la aplicación de fertilizantes, el mejoramiento de las técnicas de almacenaje, la mayor resistencia a plagas y enfermedades. Los agricultores gringos, que disfrutan de estas poderosas herramientas, cuentan además con generoso subsidio estatal, y ahora, con la nueva ley agrícola de 1996, sin exigírseles el requisito de mantener tierras en reposo, lo cual llevó a que el año anterior sembraran 6% más de superficie de los 15 cultivos más importantes, incluidos trigo, maíz, soya, arroz, cebada, avena y algodón. Esta ampliación va orientada a incrementar su participación en el mercado mundial del que ya sacan alrededor de 60 mil millones de dólares al año. Los granjeros estadinenses también son respaldados mediante inversión pública en investigación agrícola, infraestructura, educación rural, crédito subsidiado, apoyo por desastres naturales, diferenciales de precio interno y de exportación, tarifas y cuotas para las importaciones. Aunque el renglón ganadero no tiene subsidios monetarios, se beneficia de los recibidos por los granos, uno de sus principales insumos.

Estados Unidos pone mayores limitaciones a las exportaciones del sur de sus fronteras y a sus vestigios de protección. Lo atestiguan, además de los casos citados, las restricciones al ingreso de tomate de México, y las presiones a esta nación para que corte los subsidios al maíz, base de la alimentación azteca; el de los bananeros de Costa Rica y Colombia, golpeados por su "acuerdo marco" con la Unión Europea, que contraría los cometidos de Chiquita Brands; las investigaciones a los floricultores y las barreras fitosanitarias.

La avalancha de trasnacionales sobre la heredad latinoamericana es arrasadora. Archer-Daniels-Midland Co., que suele comprar participación minoritaria en compañías agrícolas y "explorar" mercados extranjeros a través de empresas conjuntas, negoció acciones de la mexicana Gruma pensando en el proceso de eliminación de los subsidios a las tortillas de maíz, con el fin de caer sobre ese mercado de 80 millones de caer sobre ese mercado de 80 millones de personas; antes, en 1993, había presentado ofertas por más de US$ 100 millones al gobierno de Salinas de Gortari para quedarse con cinco molinos estatales de arroz. Carguío Inc., de Minneapolis, quizá el más grande monopolio mundial de los alimentos y del agro, construye una planta procesadora de soya cerca de ciudad de México por US $ 30 milllones e invierte en grande para servirse de la creciente demanda del Mercosur.

Su historia es ya larga en América Latina: es un importantísimo comprador de café; desde hace más de dos décadas vende semillas y fertilizantes en Chile para los cultivos de frutas de exportación, obteniendo allí ingresos por 125 millones de dólares en los últimos cinco años; apunta al Perú donde los proyectos de irrigación abren inmensas perspectivas a sus semillas y agroquímicos; y sólo en Argentina factura anualmente unos US $ 1.800 millones.

Como resultado de esta expansión a la que incluso le quedan estrechos los límites de los pactos subregionales, los países más débiles verán arrasado su agro en poco tiempo. Les sobra razón a los gremios del exánime Pacto Andino cuando temen por su sobrevivencia ante la andanada que provendrá desde Mercosur, que cuenta con 90 millones de hectáreas agrícolas especializadas en cosechas que son también la base de la producción de aquéllos, tales como trigo, soya, maíz arroz, fríjol, lenteja, hortalizas, frutas, además de leche, quesos, pollos y huevos, que quedarán totalmente en manos de gigantes como los descritos.

Los teóricos del imperialismo dan toda clase de argumentos para que abandonemos en sus manos el mercado de los productos esenciales. Al sur del río Grande nos quieren reducir a la siembra de productos exóticos o marginales, intensivos en el uso de mano de obra, que no padezcan los "males" de los granos que tienen “economías de escala” y muy baja “elasticidad de la demanda”. No es que esto sea un nuevo designio, sino que como todo lo de la apertura es una profundización de medidas ya antañonas. Si lo sabremos los colombianos con nuestro secular café.

El mundo pobre acudirá al mercado con una sobreoferta de frutos, muchos de ellos extravagantes, y el minúsculo grupo de compradores impondrá sus condiciones. Desde hace un tiempo se viene hablando de la competencia que para América Latina significará la reciente orientación agraria de la India. Ésta, para alimentar a su inmensa población, se dedicó durante decenios al cultivo de cereales lo cual limitó, según la casta intelectual proyanqui las "exportaciones de más elevado precio". Ahora ha consentido en "diversificar" declarando la agricultura de exportación como "área de atención extrema". Sus ventas externas de flores, frutas y verduras frescas, que en 1991 fueron de US $ 53 millones, pasaron en 1995 a US $ 136 millones, empezando a transformarse en fuerte competidor de los floricultores colombianos, los sembradores de verduras de México y Perú, y los de la fruta fresca de Chile y Argentina. Detrás de este otro "milagro" se halla la estadounidense Agencia Internacional para el Desarrollo, AID, que allanó el camino indio a sus trasnacionales que se hicieron lenguas con su buen clima, sus tierras fértiles, y ante todo con su baratísima mano de obra. En 1991, más de la mitad de la inversión extranjera que en alimentos sobrepasó los mil millones de dólares fue hecha por Quaker, Pepsi y Cargill.

Frente a tal panorama, no causa sino indignación la actitud del mandatario peruano, el imperturbable señor Fujimori, quien hiciera su primera campaña electoral a bordo de un tractor, cuando en reciente emisión del programa Panorama de la televisión del Perú increpó a su entrevistador, sobre si le parecía de poca monta su plan de "redimir" de la pobreza a decenas de miles de familias, cultivadoras ancestrales de coca, mediante la extensión de los "muy prometedores" plantíos del camucamo y el palmito.

En la cumbre de la Junta Interamericana de Agricultura, órgano superior del "famoso" Instituto de Cooperación para la Agricultura, IICA, llevada a cabo en San José de Costa Rica, del 18 al 22 de septiembre de 1995, los ministros iberoamericanos sancionaron estas calamitosas imposiciones aduciendo que se trataba del advenimiento de una dizque "agricultura sistémica", con la cual quedaría en el pasado "la visión sectorialista, primario productiva, que imperó gracias al esquema macroeconómico de sustitución de importaciones". Galimatías que en buen romance se podría traducir en el ofrecimiento de colaboración para depredar, en pro del avance imperialista, los pocos logros que en el campo han alcanzado estos países.

Los agricultores nativos, ante las irrefutables notificaciones de la quiebra, comenzaron a calar el fondo de los dictámenes de la internacionalización, que en sus inicios saludaron alborozados. De ahí que sus reclamos se hacen cada vez menos apacibles. Los más pobres han vuelto a exigir tierra para trabajarla. Y en estas condiciones, que entre otras impulsan el crecimiento de sus filas, los obreros, a lo largo y ancho de estas feraces tierras, forjaran los más amplios frentes de liberación nacional que se apoyaran unos a otros y de los que sólo excluirán a los apátridas.


[*] Publicado en Tribuna Roja Nº 71, abril 26 de 1997.