Obama tira la piedra y esconde la mano

Por Alfonso Hernández

El pasado domingo 28 de junio, en horas de la madrugada, tropas del ejército asaltaron la residencia del presidente de la República de Honduras, Manuel Zelaya Rosales. Después de desarmar a la guardia, procedieron a secuestrar al mandatario, a quien luego expulsaron del país y dejaron en Costa Rica. Los golpistas suspendieron todas las emisiones de radio y televisión y cortaron la energía eléctrica con el claro propósito de aislar a los ciudadanos hondureños del mundo.

Una vez sabida la noticia, obviamente, todas las miradas se dirigieron a Washington. En la reunión del Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos, el embajador de Honduras, Carlos Sosa, destacó la semejanza de este asalto con los llevados a cabo, bajo el patrocinio de los Estados Unidos, contra los gobiernos de Jacobo Arbenz en Guatemala y de Salvador Allende en Chile. Por su parte, el embajador de Venezuela, Roy Chaderton, denunció las actividades antigubernamentales en Honduras de Otto Reich, alto funcionario de la secretaría de Estado en los años ochentas y, como tal, promotor de los Contras de Centroamérica, y, posteriormente, embajador en Venezuela, cargo desde el cual promovió, en 2002, el golpe de estado contra Hugo Chávez Frías. Además, en la primera rueda de prensa en suelo costarricense, Manuel Zelaya, conocedor de la obsecuencia de los chafarotes de su país con el Pentágono, sostuvo que si el golpe no tenía el respaldo de los Estados Unidos no se sostendría ni siquiera 48 horas.

Es claro que la elite de Honduras es incapaz de proceder de esta manera sin el permiso del Tío Sam, pues, desde principios del XX la oligarquía y la cúpula militar han estado bajo el control directo e ininterrumpido de esa potencia. El gobierno de William Howard Taft fue el primero en enviar los marines a esta república para proteger los intereses de las empresas bananeras, las cuales se adueñaron de tal forma de esa nación que fue bautizada, peyorativamente, como Banana Republic. Los partidos políticos hondureños han permanecido bajo la férula de las empresas yanquis y el territorio fue tomado por Ronald Reagan como base de los escuadrones de la muerte para atacar y asesinar a los rebeldes que combatían en Nicaragua y El Salvador. Las luchas y aspiraciones democráticas del pueblo hondureño han sido siempre sofocadas con violencia y los cuartelazos han constituido una de las maneras predilectas de resolver las disputas de las camarillas dominantes. Actualmente, los Estados Unidos mantienen una base militar, la de Soto Cano, con más de seiscientos efectivos y financian numerosas organizaciones no gubernamentales que también les sirven de avanzada ideológica y política.

El pretexto para el golpe de estado actual fue que el presidente Zelaya venía impulsando una consulta, no vinculante, al pueblo sobre la posibilidad de que en las elecciones de noviembre próximo se pusiera otra urna en la que los ciudadanos se pronunciaran sobre la convocatoria de una asamblea nacional constituyente. A esta encuesta, programada para llevarse a cabo el domingo anterior, se habían opuesto la Corte Suprema, el Congreso y las Fuerzas Armadas. Es de anotar que consultas de esta índole se han efectuado en los más diversos países de América Latina; en Colombia, por ejemplo, a través de la séptima papeleta, Virgilio Barco y César Gaviria le abrieron paso a la que sería la Constitución de 1991, y Álvaro Uribe ha reformado y manoseado la Constitución y las leyes para acomodarlas a sus apetencias cotidianas. Hasta el momento, a ninguno de los reformadores les había costado el cargo el embarcarse en tales innovaciones.

Los ataques de los sectores dominantes contra Mel Zelaya comenzaron cuando este proclamó que su gobierno sería en delante de centro izquierda y adhirió a la Alternativa Bolivariana para las Américas, ALBA, el 25 de agosto de 2008. Honduras compraría petróleo a Petrocaribe pagando al contado un 50% del valor y el otro cincuenta podría cancelarlo en el curso de 25 años, con un interés del 1%. Este paso desencadenó la furia de los dueños de Honduras y del imperialismo norteamericano. El presidente sostuvo que "Honduras tiene ahora una política exterior muy abierta, muy heterogénea, muy pluralista...hemos querido imprimirle una dinámica diferente al proceso de las relaciones internacionales"

En septiembre retrasó la recepción de las cartas credenciales del nuevo embajador norteamericano, Hugo Llorens, en solidaridad con el presidente de Bolivia, Evo Morales, quien acusó a Washington de haber promovido una ola de desórdenes en su contra.

En San Pedro Sula, en la cumbre de la OEA, sostuvo: "Considero que el hemisferio está obligado a tomar medidas para prevenir mayores y futuros males, ya que actualmente se encuentra invisibilizada la responsabilidad de los verdaderos creadores de la crisis mundial (...) Pareciera que los gobiernos del tercer mundo están solos y obligados a pagar junto al pueblo las consecuencias del gigantesco abuso de quienes imponen el orden actual y el abuso del capital internacional".

Y en una carta a Obama, acusó a Estados Unidos de intervencionismo y le pidió que respete "el principio de no injerencia en los asuntos de otros estados. También denunció que Estados Unidos utiliza las visas como mecanismo de presión. Con franqueza encomiable, le aconsejó excluir "las operaciones encubiertas" y las "diplomacias paralelas". También exigió que los "embajadores deben comportarse como tales y evitar declaraciones públicas inapropiadas (...) y presiones mediáticas sobre los gobiernos y los pueblos ante los cuales están acreditados". Por último, dijo: "La legítima lucha contra el narcotráfico u otras amenazas no deben ser utilizadas como excusa para llevar a cabo actividades de injerencia en los demás países".

Estas muestras de patriotismo no podían ser toleradas por Washington. Primero, chantajeó con no otorgar la extensión del permiso de residencia temporal a 72 mil hondureños, y después se dedicó a azuzar a los golpistas. La interminable pesadilla del chantaje y de la intervención volvía a ponerse en escena.

Desde hace algunas semanas se había venido fraguando el golpe de estado, y la embajada norteamericana venía participando en las diversas reuniones para "evitar" este desenlace, según informó el diario "The Washington Post" y lo declaró a CNN en Español la vicepresidenta del Congreso de Honduras, Marcia Villeda[1]. No obstante, el embajador de los Estados Unidos en esa nación declaró que para él había sido una completa sorpresa.

Ante la toma de Tegucigalpa por el ejército y la insubordinación del coronel Vásquez Velásquez, en la reunión de emergencia de la OEA el viernes 26 de junio, los distintos países condenaron el atentado que se estaba fraguando, mientras que el portavoz adjunto del Departamento de Estado de los Estados Unidos, Phillip Crowley[2] declaraba que: "Estamos preocupados acerca de la ruptura en el diálogo político, entre los políticos hondureños, acerca de la consulta propuesta para el 28 de junio sobre reforma constitucional". Añadió, [el gobierno de estados Unidos] "insta a todas las partes a buscar una resolución consensuada y democrática (...) que se adhiera a la Constitución hondureña y a las leyes hondureñas".

Se trataba del respaldo tácito a la oposición y a la desobediencia de las Fuerzas Militares al presidente de la República. En el mismo sentido se manifestó el señor Dan Restrepo a CNN [3], cadena a la que dijo que el presidente "Obama estaba sumamente preocupado" agregando que "reconocen al presidente Zelaya pero que lo más importante es que lo que sucede (sic) tiene que ser conforme con las normas democráticas constitucionales de Honduras y los principios del sistema interamericano".

Desde luego, el parlamento hondureño, de acuerdo con el libreto, procedió a destituir al presidente Zelaya, primero echando mano de una falsa carta de renuncia, y, una vez desenmascarado este embuste, y repitiendo las palabras de Crowley, alegó la violación de "las normas democráticas constitucionales y de las leyes de Honduras". Acusó a Zelaya y lo depuso cuando el ejército ya lo había deportado. Nada de proceso, nada de escuchar al acusado, formulación de cargos y condena simultáneamente: la más pura justicia sumaria que han aplicado los mandamases gringos y sus correveidiles a los pueblos de América Latina.

Esta amarga experiencia demuestra cuán equivocados están quienes se hacen ilusiones sobre un supuesto carácter democrático del nuevo ocupante de la Casa Blanca o acerca de la era de estado de derecho en que se pregona que vivimos, el mundo ideal en el que las leyes rigen para todos por igual, y todas esas necedades. Los expoliadores de los pueblos jamás vacilarán en acudir a los procedimientos más brutales con tal de conservar sus privilegios. Con harta razón se quejó Manuel Zelaya de que si por proponer una encuesta recibía semejante trato cuál hubiera sido su suerte si hubiese propuesto una reforma social.

Los tiempos de crisis tornan más agresivo al imperialismo, considera intolerable que el gobierno de Venezuela nacionalice algunas empresas, aunque las ha comprado, o que reformule los contratos con las multinacionales para que a la nación le correspondan unos puntos porcentuales más de la renta petrolera o que expropie unos cuantos latifundios improductivos y carentes de títulos. Considera un crimen que estas naciones, su patio trasero, busquen acuerdos con Rusia, con China, con Irán en procura de un trato menos desigual y ventajista. No importa cuántas elecciones haya ganado Chávez, hay que declararlo dictador y enemigo de la humanidad, de la democracia y del progreso, y derrocar al mandatario que ose entablar relaciones amigables con él. A la moderación de las demandas de los países y de los pueblos responde con fiereza. Pero la vejación no se queda sin respuesta, hoy miles de hondureños resisten en las más difíciles condiciones a esta nueva acometida fascista; su coraje constituye la más valiosa enseñanza para la América pobre.

Pero Obama al atropello le agrega el disimulo. Largas horas demoró el gobierno de Estados Unidos antes de balbucir, ante la avalancha de comunicados de los distintos países, que sólo reconocía a Zelaya como presidente legítimo de Honduras; eso sí, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se apresuró aclarar que no suspendería la ayuda económica al gobierno usurpador de Roberto Micheletti ni retiraría su legación diplomática.

A pesar de las maniobras para ocultar su participación en este crimen antidemocrático, es claro que Washington fue el promotor. El mismo gobierno que se muestra tan activo y beligerante en vociferar sobre las elecciones de Irán o desgarrarse las vestiduras cuando el gobierno de Venezuela no le renueva la concesión a un canal televisivo, guarda silencio cómplice cuando todas la cadenas de radio y televisión son amordazadas en Honduras. El régimen de Obama se burla de manera cínica de la justa indignación mundial. La maniobra es evidente: promueve el cuartelazo y, cuando ya se ha consumado, se proclama enemigo de cualquier intervención extranjera. Pregona el diálogo con quienes manu militari usurparon el poder; y, en últimas, dice reconocer sólo a Zelaya, mientras gana tiempo para que las elecciones del próximo 28 de noviembre se lleven a cabo bajo la tenaza de la bota militar y la "democracia" de esa ínfima minoría voraz y desalmada, su socia del saqueo a una nación en la cual la inmensa mayoría de sus siete y medio millones de habitantes vive en una pobreza que clama por un cambio profundo y revolucionario.



[1] http://www.videosurf.com/video/golpe-en-honduras-08-69298325

[2] http://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/eu-expresa-preocupacion-por-ruptura-del-dialogo-politico-en-honduras_5548653-1

[3] http://www.videosurf.com/video/golpe-en-honduras-02-69292871