Por Alfonso Hernández

Miles de manifstantes en la Plaza de Tahrir celebran la caída de Mubarak. AP/Khalil HamraUna revolución democrática ha triunfado en Egipto, afirman con entusiasmo los medios occidentales de prensa, y Obama, en su alocución de pocas horas después de la renuncia de Hosni Mubarak, dijo que este es uno de los escasos momentos en nuestras vidas en que podemos ser testigos de los grandes desarrollos históricos. Aseguró que las voces del pueblo de ese país, cuyo ejemplo es inspirador, han sido finalmente escuchadas y que ha sido desenmascarada la mentira de que la justicia se impone mediante la violencia. Es la fuerza moral, aseveró el comandante en jefe del Ejército gringo, la que inclina el curso de la historia hacia la justicia. Las revueltas del norte de África han provocado, incluso, una refriega entre los cabecillas de los partidos Demócrata y Republicano por la autoría intelectual, pues los últimos afirman que el inspirador fue Bush con su Agenda por la Libertad y los primeros, releyendo afanosamente los discursos del mandatario del We can y de su secretaria de Estado, tratan de probar que todo se debe al actual inquilino de la Casa Blanca. No faltan quienes piden que se sosieguen los espíritus y que se reconozca, de una vez por todas, que se trata del logro de una meta bipartidista.

EgiptoQuién niega que los dichos personajes e intereses tengan razones de sobra para celebrar. El dictador que durante treinta años ejecutó con fidelidad las políticas de Estados Unidos en Egipto y el Medio Oriente ha sido barrido del escenario y, vaya ironía, sus patrones y afianzadores no sólo resultan indemnes, sino que, además, son quienes conducen el carro de la victoria y alardean como campeones mundiales de la democracia. El odiado rais se ha marchado a refugiarse en sus mansiones en Sharm el Sheikh, a orillas del mar Rojo, mientras que los líderes del movimiento que logró deponerlo, en vez de tomar las riendas de la ilusionada nación, se dedican, no a dormir sobre sus laureles, sino a bailar sobre ellos en la plaza de Tahrir y mansamente aceptan que sean los hombres del Estado Mayor del déspota quienes echen los cimientos de “la profunda transformación histórica”. Jefes militares que, dicho sea de paso, una vez recibieron el visto bueno de Washington para dar el golpe militar, rindieron un homenaje, en posición de firmes primero que todo, a su superior dimitente y luego a los trescientos muertos que él mató. El concepto mismo de la palabra revolución ha cambiado, pregonan solemnemente los analistas tendenciosos de CNN, pues las orientaciones económicas del régimen en desgracia no se van a corregir; se aplicarán de manera más ortodoxa; la política internacional, el alineamiento con Estados Unidos e Israel y la perfidia con los pueblos hermanos de Arabia tampoco se alterarán. También elogian los comentaristas e ideólogos el que esta sublevación no tenga, aparte de unas cuantas consignas, un programa común y preciso, unos líderes reconocidos ni una organización consolidada; que absorba la influencia de las casas de televisión y de la Internet y que vea el sueño americano con el color rosa con que lo tiñe la distancia; todo lo cual la hace vulnerable a las maquinaciones de los viejos zorros de Washington.

Nada de lo anterior significa que los egipcios no tuvieran causas de sobra justas para salir a empeñar batalla o que en sus movilizaciones no hubieran dado muestras de heroísmo e ingeniosidad. Las manifestaciones colmaron una y otra vez la enorme plaza de Tahrir, en el centro de El Cairo, y coparon los alrededores del Parlamento, edificio en el que todavía pende un aviso que dice: “cerrado para limpieza”. Al comienzo solo se nutrían de hombres, pero luego desfilaron también miles y miles de indignadas mujeres. No sólo ellas. El martes 8 de febrero más de 6 mil trabajadores del canal del Suez se declararon en huelga y lo propio hicieron más de dos mil operarios textileros y de otras ramas industriales. Las voces furiosas de quienes laboran medio tiempo o son subcontratados igualmente se sumaron a la revuelta, que se extendió a Alejandría y a otras provincias como el oasis de Kharga, en donde la población puso fuego a la central de policía y a la sede del partido de gobierno.

Como se trata de una nación joven e inconforme, pues el 53% de sus habitantes son menores de 25 años, pero cerca del 20% de ellos sufre el flagelo del desempleo, desde el 25 de enero la muchachada inició las marchas, superando el pánico a las escuadras de matones equipados con armas de fuego y gases lacrimógenos de fabricación estadounidense, para exigir la caída del régimen de Hosni Mubarak, la democratización del país y soluciones a los problemas económicos más agobiantes como la desocupación y las alzas de los combustibles y los alimentos, que han superado el 17% anual desde 2008.

En la cultura árabe mostrar los zapatos es una expresión de profundo desprecio. AFPSemejante trepada en los productos de primera necesidad ha sido devastadora ya que más del cuarenta por ciento de la población tiene que arreglárselas con un ingreso de menos de dos dólares diarios y muchas familias se ven en la necesidad de destinar entre el 60% y el 80% de lo que perciben a comprar comida. Son numerosos quienes en cada amanecer salen de sus casas afanosamente a buscar un establecimiento de comercio, de construcción o de otro tipo que les permita ganar un jornal exiguo. Es tan calamitosa la situación de los asalariados que las multinacionales de la confección y los textiles pagan allí 24 centavos de euro la hora, la remuneración más baja de toda la cuenca mediterránea, equivalente a una entrada de cerca de seiscientos pesos colombianos por hora, o cuatro mil ochocientos diarios.

Con el respaldo irrestricto de todos los gobiernos de los Estados Unidos, desde el período de Ronald Reagan, y la colaboración activa de sus organismos de Inteligencia, las arbitrariedades de Mubarak y sus secuaces hicieron aún más amarga la vida de las gentes. Las palizas que la Policía les ha propinado a quienes osan reclamar sus derechos han sido cosa de rutina, las cárceles han constituido el paradero común de los líderes populares, y los asesinatos y desapariciones han menudeado.

Las aflicciones del pueblo corren parejas con la ingente concentración de la riqueza y el lujo insultante del puñado de multimillonarios. Las reformas sucesivas dictadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial —instituciones que deberían denominarse Departamento de Colonias de los Estados Unidos —han determinado el remate de empresas y bancos estatales, el encarecimiento de la enseñanza, la eliminación de los subsidios a los alimentos y a los combustibles. Al cobijo de esas políticas las transnacionales han multiplicado sus ganancias y Mubarak y sus hombres, amasado fortunas colosales.

El Banco Mundial ha encomiado repetidamente la labor de gobierno de Mubarak hasta el punto de que en 2008 una de sus firmas satélite, Doing Business, clasificó a Egipto entre los “diez principales reformadores” y el Fondo Global de Bonos en Moneda Local para los Mercados Emergentes lo recomendó como excelente destino para invertir. Alaba como una de las hazañas del déspota el haber privatizado las finanzas y promovido un rápido proceso de concentración de capitales. “El sector bancario estatal se transformó en un sistema más fuerte y más eficaz conducido por el sector privado. Por primera vez en la historia reciente, el sector bancario es de propiedad mayoritaria del sector privado y está abierto a la competencia, a través de la privatización del Banco de Alexandria (el cuarto en importancia entre los gestionados por el Estado) y del despojo del 94% de acciones de bancos estatales en empresas bancarias conjuntas. El sector de la banca se consolidó y el número de instituciones de este tipo se redujo de 57 a 39”. Agrega que el patrimonio de aquella se duplicó con respecto al de 2004, alcanzando setenta mil millones de libras egipcias, y concluye el organismo multilateral que: “Todos éstos son indicadores sólidos del desempeño y un fuerte voto de confianza de inversores extranjeros y nacionales, como así también de organismos calificadores internacionales.”

Ese fuerte voto de confianza viene desde la primera oleada de reformas, de comienzos de los años noventas, en la cual los magnates foráneos y locales se hicieron a precios irrisorios a casi todas las empresas manufactureras y comerciales de propiedad estatal. Uno de los favorecidos fue Ahmed Ezz, —íntimo amigo de Gamal Mubarak, hijo del presidente—, quien le echó mano a la acerera del Estado y hoy controla dos tercios de la producción de ese metal en Egipto. Por otra parte, la fortuna del ex mandatario se estima en cuarenta mil millones de dólares, hechos que por sí solos ilustran cómo unas pocas manos acaparan toda la riqueza en tanto que la inmensa mayoría de los 85 millones de habitantes vive en la penuria y los lánguidos sectores medios se ven precisados a bregar denodadamente para no caer en la miseria. Algunos empresarios unieron sus voces a las de los inconformes en la medida en que el círculo de los privilegiados se estrechaba. Hasta los inversionistas extranjeros, tan beneficiados, alegan que la camarilla dominante les venía exigiendo “asociarse” y les cobraba “propinas” elevadas.

Mubarak no sólo les dio a los Estados Unidos satisfacción en materia económica. Heredero de las felonías de Anuar el Sadat, profundizó la escisión del mundo árabe, factor de primera importancia para que la superpotencia se enseñoreara de esa área del mundo. Facilitó el que Israel despojara a los palestinos de crecientes extensiones de tierra, que controlara Jerusalén, que invadiera Líbano y que algunos años atrás atacara a Irak y a Siria; también colaboró en el criminal bloqueo a la Franja de Gaza, convirtiéndola en un campo de concentración a cielo abierto, donde la gente muere de hambre. El autócrata apoyó tácitamente la invasión gringa a Irak en 2003 y la israelí al Líbano en 2006. Gracias en gran parte a él, la superpotencia ha podido asegurar el flujo del petróleo de esa zona estratégica.de esa zona estratégica.

Las mujeres se vincularon masivamente a las protestas. AP/Tara Todras-WhitehillLos gobernantes estadounidenses hoy vociferan condenando las atrocidades de su sátrapa; pretenden desconocer que todas fueron cometidas en su provecho y con su concurso. A lo largo de tres décadas le suministraron más de setenta mil millones de dólares de ayuda, principalmente militar, lo equiparon y le proveyeron información de Inteligencia para que detuviera y asesinara a miles de musulmanes y otros luchadores populares. Sadat y Mubarak, al inclinarse por Estados Unidos y por Israel, no tenían otro camino que acudir a la más sanguinaria represión contra un pueblo que como el egipcio ha derramado su sangre en dos guerras para oponerse al expansionismo sionista. El poder de Washington allí es producto de las matanzas de Mubarak; los derechos que los egipcios reclaman son los que la Metrópoli les ha venido negando. Ha hecho mucho acopio de cinismo el señor Obama para presentarse ahora como amigo de las libertades y garantías. Apenas en el mes de noviembre el partido Nacional Democrático hizo una compra masiva de votos y falseó descaradamente los resultados electorales, y el Presidente yanqui ni siquiera reprendió a su pupilo.

La Casa Blanca, tanto en Egipto como en Yemen, en Túnez como en Jordania, en su propósito de controlar los movimientos populares y convertirlos en otros peones de su estrategia de dominio mundial, se declara partidaria de la implantación de la democracia y enemiga de las dictaduras. Sostiene que su política internacional está basada en principios cuyo eje consiste en la defensa de la libertad. El mundo escucha incrédulo esas afirmaciones de Obama y sus voceros, puesto que Mubarak, el rey Abdalá II de Jordania, Ben Alí en Túnez y Abdalá Salé en Yemen han sido los más obsecuentes servidores de las políticas estadounidenses y peones claves de su ajedrez en el Medio Oriente.

No sólo los anhelos de libertad chocan con las orientaciones de Washington. La gente protesta por el alto costo del pan y de los combustibles, la Casa Blanca impone “libertad” de precios a esos productos y los bancos de Wall Street los convierten en materia de especulación sin importarles que con esas maniobras generalicen la hambruna. Los egipcios exigen aumento de salarios; el Tío Sam impone su merma ininterrumpida. Éste presiona para que se reduzca el gasto estatal eliminando los subsidios; el pueblo demanda que el presupuesto alivie sus cargas. Es evidente que nada hay más falso que las declaraciones de los jefes del imperialismo sobre su simpatía con la causa de los inconformes.

A pesar de todos los servicios recibidos, los gringos tienen desacuerdos con su cipayo de las tierras del Nilo. Ellos quieren echarles mano a parte de las riquezas y de las firmas controladas por la panda de Mubarak; les molesta que este no haya desempeñado un papel más activo en el ataque al gobierno de Irán, en particular en el periodo de crisis que enfrentó Teherán después de las elecciones presidenciales. Sobre todo, ya tan desacreditado el servil Hosni Mubarak, es preferible desecharlo, porque, como se puede ver, todos estos déspotas locales son fusibles, que se queman para que la maquinaria de dominación siga funcionando.

El pueblo celebra la caída del dictador en la Plaza Tahrir. AP/Emilio MoramttiCon tal propósito, la arriba mencionada Agenda por la Libertad[1], plantea una política doble con respecto a estos regímenes. Consta de cuatro puntos: 1) no hacer distinciones entre los países que ofrecían refugio a los terroristas y éstos y, por consiguiente, exigirles cuentas a ambos; 2) atacar a los enemigos en ultramar antes de que estos lo hiciesen en territorio americano; 3) enfrentar las amenazas antes de que se materializaran y 4) promover la democracia y la esperanza como una alternativa a la ideología del enemigo de represión y temor. Bush sostuvo que el foco de su agenda era el Medio Oriente; para adelantarla atacó a Irak, asalto que quiso justificar primero aseverando que ese país poseía armas nucleares y químicas; no habiéndose encontrado tales arsenales, había que chapucear otra justificación, cual fue la de libertar a esa república y establecer allí la democracia. A esa ocupación la denominó el comienzo de la marejada de la libertad, tesoro este que cayó sobre los iraquíes segando miles de vidas, implantando desolación y miseria. De los orígenes del esquema “libertario” del ex presidente republicano hacen parte los campos de concentración de Guantánamo y de Abu Ghraib. Bush, adicionalmente, acusó a algunos jeques saudíes de haber apoyado a Al Qaeda, y al gobierno de Paquistán, otro de sus peones, de dar amparo a los talibanes, y concluyó que era necesario prepararles el chantaje para el caso de que mostraran una conducta no del todo ceñida a sus pretensiones.

La estratagema estriba en que a medida que crezca el descontento hay que atraer a los levantiscos con promesas de derechos y elecciones; si es preciso ayudarles a derrocar al tirano, para que no tomen una senda de veras revolucionaria o musulmana antioccidental y desfoguen, más bien, sus iras cambiando regularmente al mandatario de turno. Que el pueblo elija, pero que no mande; que solamente escoja a quienes han de aplicar las políticas trazadas en los salones del la Casa Blanca.

Con Estados como Egipto y Arabia Saudita, el plan contemplaba mantener relaciones estratégicas; es decir, respaldarlos, pero, a la vez abogar por la libertad, lo que significa financiar y promover agrupaciones pro norteamericanas, a través de ONG y otras entidades, y así tener todos los ases en la manga. La ventajista política procura obtener lo mejor de dos mundos: estar con los regímenes y conducir la oposición a ellos. Lanzada la moneda, cualquiera de las caras representaría ganancia para los imperialistas.

El pueblo salió masivamente a las calles durante 16 días de crecientes movilizaciones. ReutersEn Egipto, entonces, el demócrata Obama adoptó una línea de conducta semejante. Organizaciones como Freedom House y personajes como Robert Kagan, ex asesor de Bush, habían venido conformando grupos para “promover la democracia”, y el Departamento de Estado mantenía estrechos vínculos con varias de las organizaciones propulsoras de las protestas, halagaba a los jóvenes del Movimiento 25 de Enero, y, a través del Comité de los Hombres Sabios, reclamaba la conformación de un gobierno de tecnócratas y políticos “moderados”. A la vez, le “aconsejaba” a Mubarak maniobras, ya distractoras ya de autoinmolación, como el cambio de gabinete, la renuncia a presentarse a los comicios de septiembre y el nombramiento de Omar Suleiman, jefe de los servicios de Inteligencia, como vicepresidente. Pero había que cerrarle el paso a la Hermandad Musulmana que, de llegar al poder, quizás pondría en riesgo los acuerdos con Israel o levantaría el bloqueo a Gaza. El ex candidato presidencial republicano John MacCain señaló con claridad que no se debe permitir que dicha colectividad participe en un posible gobierno de transición, que los militares deben asumir junto con algunos políticos escogidos y que las elecciones deben efectuarse en septiembre. Dejó ver, como Obama, el temor a que se repita una situación como la que se vivió en Irán en 1979, cuando al Sha los sustituyeron los islamistas. O que los apadrinados por Washington pierdan las elecciones, como ocurrió en Palestina en 2006; resultados que Occidente desconoció de manera olímpica. Por ello se trató de socavar la cohesión de la Hermandad, tan perseguida por Mubarak, y de sembrar la discordia en su seno.

Washington abogó por “una transición pacífica, ordenada y lenta”. La secretaria de Estado de Obama advirtió que remover a Mubarak del poder muy rápidamente podría poner en riesgo el paso a la democracia. Alegando razones constitucionales, dijo que al renunciar éste sería necesario realizar elecciones en sesenta días, lo cual constituiría un riesgo grave, pues la Hermandad Musulmana tendría una clara ventaja; sostuvo que había que darse más tiempo, durante el cual “Estados Unidos y sus aliados trabajarán con los líderes de la oposición para ayudarles a organizar partidos creíbles”. Como el pueblo se empeñó en la salida inmediata de Mubarak y éste se aferraba al poder, la Casa Blanca le dio luz verde al alto mando militar para que despidiera a su comandante en jefe. Ya se ha anunciado que el Departamento de Estado y otras entidades destinarán millones de dólares para financiar la constitución de partidos políticos de distintos pelambres, pero de idéntica sumisión a los intereses occidentales. Egipto al cabo de unos meses habrá padecido, entonces, una dictadura, una revuelta y una democracia made in USA. Prueba de que si las manufacturas gringas pierden competitividad no así sus triquiñuelas. Clinton afirmó que “Hay fuerzas en cualquier sociedad…que tratarán de descarrilar el proceso y controlarlo para impulsar su propia agenda”. El mensaje es muy claro: Estados Unidos respeta la voluntad expresada en los comicios, siempre y cuando coincida con sus apetencias; acata la voluntad popular democráticamente expresada, a condición de que no amenace su geopolítica, de que no ponga en riesgo sus intereses económicos, sus bancos, sus firmas transnacionales… Obama, quiere, pues, un cambio que garantice que todo siga igual. La camarilla dominante de la Metrópoli proyecta una alianza de las “democracias” árabes de Irak y Egipto para imponer con más fuerza sus ucases en esos lares; intimida a los jeques, reyes y demás tiranos de su órbita para que obedezcan sin chistar. En su triunfalismo demencial, los imperialistas hablan principalmente de llevar la tea incendiaria a Teherán y a Caracas, a la Habana y a Damasco; así, en muchos casos, reeducen a pavesas los remanentes feudales, amplían los mercados y, a la vez preparan las condiciones para que el batallar de los pueblos se extienda y profundice. El fuego de la protesta ya ha empezado a arder en su propio territorio y en los de las potencias europeas. Tal vez logren burlar en esta ocasión los anhelos del pueblo egipcio y de otras naciones árabes, pero la ira provocada por los desmanes y saqueos, la crisis y los rigores de la política neoliberal terminarán abatiéndose sobre los verdaderos causantes de estas plagas.

Notas


[1] Bush, George: Decision Points. Kindle edition, locations 7766 ss