mohamed_bouazizi_thumbPor Alfonso Hernández

Las llamas resplandecieron mientras consumían el cuerpo del joven Mohamed Bouazizi, quien se prendió fuego, el 17 de diciembre pasado, en la plaza pública de la población de Sidi Bouzid, situada en el centro del país norafricano, a 250 kilómetros de la capital, Túnez.

Bouazizi contaba apenas con 26 años; a pesar de haber obtenido el diploma de bachiller se vio obligado a procurarse el sustento vendiendo frutas y verduras, que transportaba en una carreta de madera. La policía, luego de abofetearlo en público, le confiscó el vehículo de mano y las exiguas mercancías. El afrentado acudió a las distintas oficinas públicas a entablar una querella contra los agresores y exigir la devolución de sus únicas pertenencias. Desde luego, sus peticiones fueron desoídas.

Desesperado e iracundo, Bouazizi tomó la extrema determinación de convertirse en una tea humana. El 5 de enero su sepelio fue acompañado por una turba de más de seis mil personas que vociferaban contra el régimen. Ya antes de la inmolación, las protestas sacudían a varias comarcas a causa, en primer lugar, de las altas tasas de desempleo. La situación en la que se debatía ese vendedor ambulante no es excepcional. Las cifras oficiales de desocupación son del 14%, pero las de los jóvenes sobrepasan el 30% y en algunas provincias llegan hasta el 50%, afectando con mayor fuerza a los muchachos con diploma universitario.

Protestas en TúnezLa inconformidad de las nuevas generaciones, frustradas después de años de estudio, cubrió primero las provincias y, luego, se extendió a las calles de Túnez. A medida que las movilizaciones se fortalecían con el concurso de otros sectores de la población, el gobierno de Zine el Abidine Ben Ali empezó a tambalear y, después de sacrificar a decenas de personas, el mandatario abandonó el país.

Ben Ali ocupó la presidencia por 23 largos años, desde 1987, cuando derrocó, mediante un golpe de Estado a Habib Bourguiba, quien en 1957 había liderado la lucha por independizar a esa nación del dominio colonial francés. Bourguiba orientó el gobierno del nuevo Estado con una posición anticolonialista, pero en el año 84 accedió a los mandatos del Fondo Monetario Internacional consignados en el Programa de Ajuste Estructural, de reducir los subsidios a los alimentos; con lo que se provocó un alza de 100% en el precio del pan, por lo cual grandes disturbios conmovieron todo el país. Las medidas fueron revocadas por Bourguiba, quien se mantuvo renuente a aplicar a cabalidad las decisiones del tristemente célebre Fondo.

Mapa de TúnezPor el contrario, Ben Ali desde el comienzo obedeció con prisa las órdenes del FMI, del Banco Mundial, de Washington, de París y de Bruselas. Se allanó a firmar tratados de libre comercio, puso en venta las empresas y otras propiedades del Estado, redujo los subsidios a los combustibles y a los alimentos, liberó los precios de los productos esenciales para la vida del pueblo, despidió empleados públicos y acometió las reducciones de gasto fiscal que le requirieron.

Para la economía la situación fue catastrófica: las cifras del desempleo mejoraron sólo en los despachos de los organismos multilaterales, las industrias locales enfrentaron enormes dificultades, mientras que esa nación del Magreb se convirtió en un paraíso de los mercaderes de la mano de obra barata: los industriales del vestido pagan menos de 75 centavos de euro por hora.

Parte considerable de la población terminó viviendo de las remesas de quienes laboran en el exterior; más de 650.000 personas, de un país con apenas diez millones de habitantes, viven y trabajan en el extranjero, hecho de particular gravedad cuando Europa atraviesa por una crisis financiera pavorosa y un elevado nivel de paro, que afecta con mayor rigor a los forasteros.

Ali se convirtió en uno de los favoritos del capital financiero y Túnez fue descrito como uno de los casos de éxito internacional. Se alabó su prudente manejo macroeconómico, su capacidad para atraer el capital extranjero, que mostró incrementos de cerca del 8% anual, el crecimiento del Producto Interno Bruto, los subsidios a las industrias de exportación, su habilidad para sobreaguar en medio de la crisis global, el control de la inflación, exceptuando, claro está la de los los precios de los alimentos, que se dispararon desde comienzos del 2009. También fue congratulado por la fortaleza del sector bancario, la masa de reservas internacionales y hasta por la ampliación de la democracia. Todo esto quedó consignado, entre otros documentos, en el informe del FMI de agosto del 2010, que fue el preludio de otro “acuerdo”, cargado de condiciones para lograr el balance de las finanzas públicas y, por ende, de la eliminación de los subsidios remanentes. Dichas políticas provocaron la crisis social de la nación norafricana. La supresión de los llamados subsidios a los productos básicos en medio de la carestía de los alimentos, propulsada por la especulación con los precios del trigo, el maíz y otros en las bolsas de valores de Chicago, Londres y Nueva York llevaron a los habitantes a una grado de pobreza insostenible.

Aspecto este que no tenía por qué preocupar a los agiotistas. Además, les encantaba que Ben Ali constituía un dique frente a los que denominan islamistas radicales y terroristas. Pero al agigantarse la inconformidad social, Washington y Bruselas cambiaron la tonada; de pronto, descubrieron que su marioneta de décadas era un dictador y se dedicaron a socavarlo, mientras que Sarkozy, en su prisa por apuntalar las viejas cadenas coloniales, ofrecía acudir en su apoyo transfiriéndole el conocimiento de la Policía francesa en el control de motines. Al parecer, Washington, Londres y Berlín consideraban que Ali estaba acercándose a París más de la cuenta.

La prensa financiera se queja hoy de que el partido de gobierno, Asamblea Constitucional Democrática, les exigía a las compañías privadas contribuciones económicas; a la vez, ha denunciado la corrupción de los funcionarios y familiares de Ali, y descubierto, como si apenas abriera los ojos, “la violación de los derechos humanos”. Retirado el respaldo a su antigua ficha, llama ahora a “disfrutar el aroma de la revolución de los jazmines”, como ha bautizado al levantamiento de Túnez. En la versión interesada de Obama acerca de la conmoción social, desaparece la responsabilidad de las instituciones multilaterales en la tragedia tunecina; todo lo achacan a la “dictadura” de Ali, que siempre gobernó bajo las órdenes de La Casa Blanca y sus socios. Se trata de cambiar el régimen para garantizar la continuidad de las políticas de Wall Street.

Pero hay más. Dejemos que sea Zalmay Khalilzad, embajador del gobierno de Bush en Irak, Afganistán y Naciones Unidas quien explique por qué la fragancia del jazmín embriaga a la potencia. Para él está claro que Estados Unidos y Europa no tienen qué temer en este proceso —no hay fuerzas políticas con la capacidad de orientar la lucha contra los verdaderos causantes de la miseria, solo contra su instrumento político—; que por el contrario, hay una nueva oportunidad de impulsar “la democracia occidental” en la región. Considera que el desenlace depende de que estos poderes actúen pronto y enérgicamente para respaldar a los movimientos partidarios de las reformas pro capitalistas. Dice que hay que aprovechar la influencia de los medios de comunicación, para alentar la inconformidad contra los regímenes “autoritarios” árabes o de quienes profesan el Islam, como se hizo en Túnez, y movilizar a la juventud que no está comprometida ni con los dictadores ni con el radicalismo islámico. Urge a trabajar con los liberales tunecinos, a impedir el caos, a garantizar “una competencia justa”, y a cerrarles el paso a los islamistas “para que no maniobren a los moderados”; es decir, a imponer un sistema de gobierno a la medida de las directrices de la Casa Blanca.

No se trata solamente de Túnez. “Hay que poner énfasis en la democracia liberal en la región”, “presionar abiertamente a los regímenes autocráticos para que se liberalicen”. “En los países en los cuales los movimientos islamistas están mejor organizados que los liberales, Occidente debe enfocarse a desarrollar los grupos moderados de la sociedad civil, los partidos e instituciones, en vez de precipitarse a convocar elecciones”… “más importante aún, la distribución de la ayuda extranjera debe reflejar y prohijar estas prioridades”. Y desliza una amenaza: “Los regímenes y reformadores están tomando nota de los acontecimientos de Túnez; Estados Unidos y la Unión Europea deben actuar rápidamente”. En pocas palabras, quienes no se plieguen sin chistar a los ucases del imperialismo, corren el riesgo de que éste los someta, azuzando a través de los medios de comunicación, al “efecto dominó” que tuvo inicio en Túnez.

Como se puede ver, se trata de un plan ambicioso de recolonización de todo el Medio Oriente y del mundo árabe que incluye la presión a los gobiernos de la zona que ya gravitan en la órbita de Estados Unidos a que abandonen toda renuencia frente a las políticas de libre mercado y procedan sin vacilaciones a aislar a los movimientos y a los Estados que, como Irán, le presentan resistencia a los intereses estadounidenses. El más astuto de los poderes neocoloniales saca partido de una crisis que se originó en la aplicación de sus políticas de saqueo, de un levantamiento que no tiene  esencialmente causas diferentes a las que sacuden a Grecia, Irlanda, Francia, Colombia y a las que dieron lugar a la debcle del subprime: el empobrecimiento de la población en procura de hartar a un puñado de bancos y empresas multinacionales.

The Economist dice que no basta con tumbar a Alibabá, sino también hay que echar a los cuarenta ladrones. Sólo que la revista inglesa quiere hacer creer que esa pandilla tiene sus cuarteles en Túnez, cuando en realidad acampa en Washington y Wall Street y que es tarea no sólo de los tunecinos sino a todos los pueblos poner coto a los desmanes de esos bandidos.