I*

Colombia atraviesa por una de las situaciones más críticas de su historia. El dominio que ejercen los Estados Unidos sobre el país se hace cada vez más asfixiante: el capital extranjero controla parte considerable de las minas y demás recursos naturales, la industria y el comercio, la banca y las comunicaciones. Especula a sus anchas en la bolsa de valores y con los bonos del Estado y de las empresas. Más grave aún, directamente o por medio de los organismos multilaterales, los Estados Unidos imponen las políticas económicas — lesivos tratados de inversión, comercio, manejo de la moneda, la tributación, el gasto público, etc.—. De igual forma proceden con los asuntos sociales: dictan las orientaciones sobre educación, salud, pensiones, salarios y demás derechos laborales. Se inmiscuyen en las relaciones internacionales y mandan y desmandan en materia militar, de Inteligencia, de Policía y Justicia.

Socios y beneficiarios de los mangoneos imperialistas son los conglomerados financieros —AVAL, Grupo Empresarial Antioqueño, Grupo Santo Domingo,  Organización Ardila Lülle, Grupo Bolívar y otros—,  holdings que se han entroncado ya con el capital financiero mundial y sus cabezas figuran entre las personas más ricas del mundo. En alianza con el capital foráneo, sea en empresas conjuntas, como importadores o exportadores o, incluso, supeditados, se han enriquecido con las privatizaciones de los bienes públicos, la contratación corrupta con el Estado y la toma de numerosas empresas, con los aportes a salud y pensiones de millones de asalariados y personas independientes. Controlan la banca, gran parte de la industria, los contratos de infraestructura y vivienda, puertos, aeropuertos, servicios públicos, empresas de turismo, supermercados y prácticamente todos los medios de comunicación: radio, televisión, prensa, y entretenimiento. Por supuesto, constituyen primordial soporte interno de las políticas trazadas por organismos como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, OCDE, y el Fondo Monetario Internacional, FMI. 

En medio de la penuria que vive, el país exporta masas ingentes de capital: las multinacionales remiten utilidades, abultadas por las rebajas de impuestos; los monopolios nacionales invierten en Sur América, Centroamérica, El Caribe y los propios Estados Unidos, y los llamados fondos estatales de estabilización depositan miles de millones de dólares en los bancos estadounidenses, a la vez que el Tesoro nacional contrae onerosa deuda externa; los magnates esconden sus fortunas en los paraísos fiscales, entre otras cosas, para eludir el pago de impuestos. Así, al tiempo que se le imponen sacrificios a la gente “para atraer la inversión”, esta se prodiga al extranjero, siempre en busca de las utilidades más altas para un puñado de multimillonarios, mientras que las zonas geográficas y las actividades que no ofrecen lucros semejantes se mantienen exangües.

La misma libertad brindada a los caudales ha determinado que Colombia dependa crecientemente de las actividades extractivas y de las finanzas —cuyos vaivenes repercuten con fuerza en el conjunto de la economía y en los ingresos del fisco—, en tanto que las manufacturas y los cultivos sufren grave desmedro. De ahí provienen las altas tasas de desempleo y subempleo, la informalidad, el pauperismo, que no disminuyen sino en las estadísticas oficiales, tan burdas que califican como pobre solo a quien devengue menos de doscientos mil pesos mensuales, y empleado al que trabaje al menos una hora a la semana, en cualquier rebusque.

Las tierras más productivas del agro están en manos de un puñado de grandes terratenientes y grupos financieros, las importaciones de productos alimenticios han postrado la producción nacional y una inmensa masa de campesinos carece de tierras o apenas posee una parcela insuficiente para alimentar a su familia, mucho más para suplir las necesidades del país. El atraso tecnológico, la precariedad de vías, la escasez y los elevados costos de los créditos y la ausencia total de apoyo del Estado constituyen otros tantos azotes para las labores rurales.

A fin de ofrecer garantías y satisfacciones a los prestamistas nacionales y extranjeros, el Estado, instruido por el FMI, ha aprobado un conjunto de normas fiscales que constriñen al máximo la atención de la enseñanza, la salud o el socorro a los necesitados y a la infancia; obligan la congelación de los salarios de los empleados del Estado y determinan que los impuestos indirectos, como el IVA, y los que gravan los ingresos laborales se incrementen, mientras que a las grandes empresas y a los magnates se les exime o se les cobran tasas irrisorias.

En los puestos de trabajo se mantiene una disciplina cuartelaria y las exigencias de productividad atentan contra la salud e, incluso, contra la vida de los operarios. Las reformas laborales, presentadas como indispensables para crear empleo, durante décadas han suprimido viejas conquistas, acabado la estabilidad en los puestos de trabajo, prolongado la jornada y reducido la paga, con el pretexto de que es demasiado alta, causa desempleo y ahuyenta la inversión. No obstante tantas enmiendas, el número de desocupados se eleva.

Como si esto fuera poco, el régimen alista nuevos cambios encaminados a envilecer los salarios, incluido el mínimo, deteriorar los servicios de salud, negando de plano la atención especializada, las medicinas y los procedimientos de cierta complejidad, y prepara un incremento de los aportes. Algo semejante fragua en materia pensional, consistente en entregar a los monopolios todo el ahorro para las jubilaciones, marchitar la estatal Colpensiones,  aumentar la edad de retiro y las semanas de cotización y disminuir drásticamente las mesadas.


II

La corrupción desbocada asquea a la sociedad. No hay entidad que escape a los chanchullos. Los candidatos a posiciones en el Legislativo o en el Ejecutivo han venido siendo financiados por firmas multinacionales y colombianas, que aspiran a obtener jugosos contratos con el Estado, lo que ocurre desde el más lejano municipio hasta la Presidencia de la República. Las Cortes venden los fallos y todos los altos funcionarios utilizan los cargos para trepar en la escala burocrática y para llenarse los bolsillos. Como es propio de este capitalismo parasitario, el Estado se convierte en una entidad que recauda para entregarles los dineros a los monopolios, a los que además les construye infraestructuras y los cubre de toda clase de prebendas. De la arrebatiña de los dineros del erario participan los secuaces políticos de parlamentarios y gobernantes y los familiares de magistrados y mandos militares. Detrás de cada función pública hay una maraña de “operadores”, contratistas, concesionarios, asesores y consultores, como se denomina a ese enjambre de zánganos. La ofensiva privatizadora se pretendió justificar aduciendo que el Estado es ineficiente y corrupto, pero los latrocinios se han centuplicado y los servicios o no se prestan o son de pésima calidad, amén de los abultados sobrecostos, como lo comprueban las EPS, Reficar, Electricaribe, la AAA, Transmilenio, Chirajara y demás.

La mentalidad egoísta y el afán de enriquecerse cuanto antes y a costa de lo que sea, mentalidad que ha fomentado el capitalismo y que se ha recrudecido en las últimas décadas, es combustible ideológico que aviva la hoguera del saqueo, cuyo cuartel general está en Wall Street, calle en la que tienen asiento los más grandes bancos del mundo. Para estos capitales financieros lo propio no es la producción, sino el captar rentas y desplumar en el casino de la bolsa a los Estados, a los ahorradores, rentistas, empresarios y también a otros agiotistas. Es el alma de Wall Street y el fundamento de la corrupción generalizada; de manera que la que asuela al país no es un asunto que se resuelva con clases de ética ni con otros rostros en los carros oficiales. Se trata de un problema cuya solución requiere cambios profundos en el poder político y económico.

Para mantener semejante estado de cosas, los mandamases fomentan una ideología que sostiene que las compañías estatales son sinónimo de desgreño y pillaje y que únicamente la empresa privada produce riqueza y es eficiente y honorable; que, por tanto, es necesario rodearla de todo tipo de garantías y concesiones imponiéndoles sacrificios a trabajadores y demás contribuyentes. La pobreza se eliminará, en última instancia, gracias a esos beneficios al capital, dicen; según esta lógica, el pauperismo se acaba enriqueciendo a los ricos y la distribución del ingreso se debe adelantar sin tocar los grandes caudales; es decir, el ingreso se distribuye concentrándolo. Por tales falacias abogan los distintos candidatos presidenciales. En otras palabras, formulan como cura la misma causa de los males que agobian a la nación.

En cuanto más injustificables son los traslados de las funciones a las empresas privadas y cuanto mayores son los escándalos por los chanchullos, mayor es la furia contra la estatización. Con los anatemas al castrochavismo y al extremismo se pretende desanimar los reclamos para que se les quite a los desfalcadores el negocio. Si los monopolios no se lucran de las cotizaciones de la salud, esta se hundirá en los estragos del socialismo, gritan. Tal prédica demencial proviene de uribistas y vargaslleristas; los del centro, por su parte, no despachan el asunto con el sustantivo compuesto, sino que dan un rodeo al advertir acerca de los desastres que sobrevendrían si no se respeta la propiedad privada, concuerdan, pues, con la derecha vociferante. Pero la historia contradice semejantes extravagancias porque el Estado ha constituido una herramienta económica fundamental, tanto en el capitalismo como en el socialismo; así lo prueban, en el primer caso, el New Deal de Franklin Roosevelt y, en el segundo, los prodigios de la Rusia Soviética antes de la reversión del socialismo, ejemplo este que causa un terror incesante a los explotadores.

Como parte de la acometida ideológica, los vargas lleras y los duque manifiestan que aborrecen la lucha de clases por representar una amenaza a la estabilidad y el progreso; esto en tanto que impulsan todas las medidas destinadas a degradar la vida de las clases trabajadoras y a fomentar el odio y temor a toda reivindicación o reclamo, por justo que sea. Estos dirigentes políticos no hacen más que repetir lo que los patrones dicen en las empresas: si se sube un peso el salario, vendrá la bancarrota y el desempleo. Los poderosos arrecian a diario la lucha contra los humildes, azuzan a unos contra otros, pero pretenden que los agredidos se mantengan pasivos, incapaces de defenderse. La izquierda, por su parte, refuerza esta ofensiva afirmando que la lucha de clases es obsoleta, rezago del siglo XIX, cuando lo que urge a los oprimidos es ser conscientes de que deben responder a las andanadas de sus opresores y armarse de un pensamiento emancipador.  
Para engatusar, se difunde la idea de que la solución a los graves problemas consiste en que impere la “decencia”, en buscar “cambios que sean posibles, no los imaginarios y muchas veces justos”; es decir, que las masas deben reducir sus aspiraciones a aquello que sea aceptable y no fastidie a los sarmiento angulo, ardila lülle y demás monopolistas. A estos, los presentan como “grupos económicos que buscan reglas claras de juego y transparencia”. Este ha sido el destino de una izquierda que optó por renunciar a toda batalla, para entregarse incondicionalmente a los enemigos jurados del pueblo.

No pretendemos negar que entre la derecha y el centro hay campo para algunas discrepancias acerca del género, de más o menos tolerancia con la crítica, gotitas más o gotitas menos de la gran alcahuetería con los “terceros” en el conflicto, lenguaje muy belicoso o no tanto, todo siempre  y cuando no se pongan en riesgo los fundamentos del sistema. Pero no hay nada abismal entre unos y otros; sin embargo, la izquierda moderna se aferra a tales desavenencias entre los peces gordos para justificar el apoyo a alguna de las facciones, conducta política que se corresponde muy bien con la huida ideológica. En 2014 para derrotar al candidato del guerrerista Uribe, votó por el ex ministro de guerra del mismo Uribe. Así, la izquierda clama por alianzas con el centro neoliberal al tiempo que empeña la palabra en que nunca expropiará a ningún magnate, ni firma extranjera, ni reversará siquiera las privatizaciones. En medio de la arremetida de los poderosos, asegura protección al agio, exalta como ideal y modelo para la sociedad colombiana la muy decadente de los Estados Unidos, y hasta alimenta ilusiones de que el Parlamento y parte de los dirigentes de la potencia esclavizadora serán los garantes de derechos laborales o políticos. La izquierda expide con afán certificado de defunción al marxismo y al socialismo, sin entender que las traiciones y desfiguraciones de que fueron objeto nunca lograrán empañar sus hazañas históricas, y que sus enseñanzas fundamentales son más valiosas en estos momentos aciagos que vive la humanidad. Rehúye también el debate de fondo sobre los descalabros que sufre Venezuela cuyo causante principal es el sabotaje económico y político del imperialismo norteamericano y de sus correveidiles, como Santos y Uribe. Con esto no pretendemos negar la importancia de discutir acerca de los posibles desaciertos de quienes, como Chávez y Maduro, se atrevieron a intentar la reivindicación de su pueblo y han sido boicoteados. El mismo Petro también fue saboteado por su modesto propósito de hacer una empresa pública de aseo cuando administró Bogotá. No es bueno sumarse a las descalificaciones que hacen los magnates a la gente que, de una u otra manera, los ha enfrentado; esto no construye lazos de solidaridad, divide y confunde. Para Notas Obreras el momento exige enfrentar el debate ideológico en toda la línea y no continuar haciendo concesión tras concesión de principios. Eludir la polémica sobre las funestas determinaciones del FMI y demás instituciones transmisoras de los programas de dominación norteamericana no esclarece la conciencia del pueblo y no le permite determinar quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Aunque los dueños de Amazon, Facebook, Google sean partidarios del reemplazo de los combustibles fósiles por las nuevas fuentes de energía, como la solar o la eólica, eso no niega la amenaza que representa la más avanzada tecnología —de tanto potencial para el bienestar de la humanidad—,  en manos de un puñado de oligarcas del mundo, que asociados con las finanzas someten a los pueblos, los espían, los manipulan, eluden impuestos, fabrican con los Departamentos de Defensa armamentos más mortíferos que el cambio climático. La alternativa a Trump no pueden ser los Clinton ni Obama. Ni se trata de escoger entre los hermanos Koch y Mark Zuckerberg.


III

El 11 de marzo Colombia demostró de nuevo la correspondencia entre el sistema económico y el régimen político. En primer lugar fue patente la masiva compraventa de votos. Algunas transacciones se hicieron a plena luz del día, como se pudo ver en Quibdó, Francisco Miranda o en Barranquilla, en donde al descaro se le unió la organización y el desarrollo empresarial alcanzado, que incluyó el uso de varias casas como centros de control, los códigos de barras, la recolección de cédulas y los registros de inscripción, amén de las contabilidades concernientes. Una de las personas elegidas al Congreso con semejantes procedimientos fue una protegida de las casas Char y Gerlein, del partido Cambio Radical y del Conservador. Desde los patios de lujo de algunas penitenciarías los reos escogieron a sus sucesores y les garantizaron las curules, demostrando que son dueños y señores de los rebaños electorales.

A un porcentaje muy considerable de la población se le mantiene en condiciones tan precarias que poco le importa por quién vota, qué programas tiene el candidato o cuáles son sus ejecutorias; lo único que entra en la consideración de una familia famélica es el almuerzo o los cincuenta mil pesos que pude procurarse el día de elecciones o la teja que le permita reparar el cielo raso agujereado de la vivienda de latas, maderos y cartones. Bien sabido es que la necesidad de saciar el hambre no deja mucho lugar a reflexiones, pues exige alivio inmediato. Además, la miseria va junta con la ignorancia. De manera que semejante postración económica le facilita a la elite corrupta y egoísta manipular a muchos miles de seres. Lo mismo puede señalarse acerca del sistema de contratación de funcionarios, se les engancha por el término de unos meses para degradarlos como clientela política de sus patrones en el Estado o de los compinches de estos; si desacatan las órdenes o no les demuestran lealtad política activa perderán la coloca al vencer el término estipulado y se verán abocados a la miseria.

Los métodos clientelistas primitivos que perfilan la democracia neocolonial se complementan con los muy modernos y de alta tecnología, como los de Cambridge Analytica, que, valiéndose de las redes sociales, violan la privacidad de millones de personas para utilizarlas políticamente. Igualmente, los asesores de imagen utilizan las técnicas de mercadeo para vender a los candidatos, no por sus ideas, en caso de que las tengan, sino mediante las imágenes y las frases impactantes.

Como es bien sabido, en el juego entran también grandes multinacionales y los más poderosos grupos colombianos —como lo demostró el caso de Odebrecht—, que compran a las vez a varios de los candidatos presidenciales más opcionados a cambio de obtener concesiones billonarias. Además, untan a aspirantes a la primera magistratura no solo en Colombia, sino en numerosos países y por ello se hacen tristemente célebres los Kuczynski, los Temer, y también los Nules y los Morenos. No es necesario agregar que los conglomerados económicos juegan sus cartas a través de los medios que controlan, para luego ser premiados con concesiones para la programación televisiva o radial y con el pago de cuñas publicitarias, que hacen parte considerable de las utilidades de la bien remunerada “prensa libre”. Tan apetitoso es el asunto que Uribe ya está anunciando a algunos de los que serán excluidos del disfrute de la torta en el gobierno de su pupilo Iván Duque.

A la población se le divide con una acalorada polémica sobre el proceso de paz y se elude el análisis de los demás problemas fundamentales del país. Se impulsa el linchamiento a los desmovilizados, a quienes se les incumplen partes esenciales de lo pactado, pero eso sí el régimen se jacta de que estos comicios fueron históricos porque se vio la fotografía de los excomandantes guerrilleros votando por primera vez. Al muy moderado Gustavo Petro se le acusa de polarizante, peligroso y de incendiar el país, todo para sectarizar y sumir en las tinieblas al pueblo. Hasta la propuesta de imponer un tributo a  los grandes fundos ociosos y organizar el catastro rural se califica de expropiación.

El cuadro de la tramposa democracia colombiana lo completan los muchos requisitos y cortapisas para participar en los comicios, tales como garantías bancarias de sumas exorbitantes y del umbral, que vedan a muchas organizaciones y personas toda oportunidad de presentar sus programas y candidatos.


IV

Como si Colombia fuera una isla, ninguno de los aspirantes dice algo sobre la situación mundial. Tal parroquialismo corresponde también a los intereses de la potencia dominante, que quiere una economía global, pero que la política de cada país se centre en lo meramente local; así no se cuestionan las bases mismas de la sojuzgación. El panorama internacional es turbulento. Son dos los factores determinantes.

Los Estados Unidos continúan siendo la primera potencia, pero cada día pierden terreno y, por ello, acrecientan su belicosidad tradicional. Enfrentan dificultades en varios frentes.

El desarrollo de la República Popular China está a punto de convertirla en la primera economía del mundo, y sus exportaciones baten en varias zonas a las  estadounidenses. Irónicamente, los campeones del libre comercio adoptan toda clase de medidas proteccionistas como la imposición de aranceles y prohíben que las firmas chinas adquieran sus activos. La República Popular China ha venido desarrollando velozmente la ciencia, la técnica, la fuerza militar y exportando capitales y mercancías, para ello construye vastas redes de infraestructura terrestre, marítima y aeroportuaria tanto en el interior como en el exterior, para fortalecer sus vínculos con diversas regiones del mundo, principalmente con África y el resto de Asia. Su gran impulso se lo debe a las bases que creó la revolución socialista, que unificó al país y, en medio del aislamiento, erigió los pilares para el desarrollo industrial y científico; el Estado centralizado ha constituido la más poderosa palanca de este vertiginoso progreso; refutación palmaria a los fanáticos de la privatización. Cierto que los dirigentes chinos decidieron abandonar las orientaciones socialistas, lo que ha implicado pesadas cargas a su pueblo. No obstante, han mantenido un fuerte control y planificación de la economía, un capitalismo monopolista de Estado que les ha permitido dirigir y concentrar el desarrollo económico, e impedir que las potencias y los inversionistas extranjeros reviertan el país a su antiguo estado colonial. Mientras que la potencia asiática se concentra en estas tareas, los Estados Unidos se debilitan por estar guerreando en distintas áreas y tratando de mantener bajo control a los cinco continentes. Además, su base industrial se debilita por el traslado de plantas y la hegemonía financiera.

La superpotencia gringa choca también agudamente con Rusia, a la cual no le perdona que haya optado por poner coto a los abusos de los monopolios foráneos y por enfrentar el cerco que Occidente le tiende en la periferia. Por ello se rompen hostilidades en Ucrania y Siria y los choques diplomáticos, económicos y políticos se recrudecen en toda la Europa Oriental, el Cáucaso, Asia Central y el Medio Oriente. Tanto Estados Unidos como la Unión Europea y el Reino Unido han desatado una histeria antirrusa, acusando a Putin de injerir en los resultados electorales de los distintos países, hasta en los de Colombia. Se le sindica de complot y casi no hay dificultad que no le hayan atribuido al presidente ruso. El desatinado afán estadounidense de mantener la hegemonía tiende a acelerar su debilitamiento, pues el acoso a sus rivales ha estimulado el acercamiento entre China y Rusia.

Para colmo, la Unión Europea comienza a tomar distancia de su antiguo socio y patrón. Opinan destacados líderes europeos, como Sigmar Gabriel, quien hasta hace pocos días fuera ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania, que ya es tiempo de que el Viejo Continente tenga su propia estrategia mundial y defienda por su propia cuenta sus intereses; este es un punto de vista ampliamente defendido en Francia y Alemania, que constituyen el eje de la Unión. Esos propósitos han sido facilitados por las provocaciones irreflexivas de Donald Trump. Un paso reciente muestra la verdad de esta aseveración: la Unión Europea constituyó un organismo de cooperación militar permanente, al margen de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN. Al respecto, los Estados Unidos siempre han enfrentado un balance difícil, pues no quieren una Europa unida más que para el comercio y la inversión, pero que no tenga mayores alcances militares ni de política internacional, pues rivalizaría con ellos. Pero si esa unión se destruye, los avances rusos se facilitarían.

Además de las contradicciones entre las potencias, la crisis económica ha provocado convulsiones políticas en casi todos los países ricos de Occidente. El desarrollo desigual propio del capitalismo ha creado en varias de las antiguas zonas industriales verdaderos guetos de miseria y desempleo, y ha empeorado las condiciones de vida de amplios sectores, afectando en particular al proletariado. La propia democracia capitalista se ha desnudado como una dictadura de los financistas sobre las amplias mayorías. El desempleo juvenil prolifera y los dirigentes de extrema derecha hacen su agosto en estas épocas oscurantistas. Los avances de la ciencia y la tecnología representan para las masas nuevas cargas, pues en manos de los monopolistas estas se convierten no solo en instrumentos de manipulación, sino que arrojan a capas crecientes al desempleo o a ocupaciones en servicios, mal remuneradas y en condiciones humillantes. La necesidad de que la banca y las tecnológicas y los renglones determinantes de la producción pasen a manos de la colectividad es en extremo urgente.

La disputa por el control del mundo entre las potencias y el creciente malestar social e inestabilidad política no son factores independientes entre sí, sino que se refuerzan mutuamente, son elementos de una misma crisis: la de la explotación y el saqueo. El choque entre potencias implicará graves riesgos y sacrificios para los pueblos, de los cuales no escapará Colombia. El capitalismo en su rapacidad está a punto de llevar a la humanidad a una nueva conflagración global o a la proliferación de guerras de distinto alcance. No es extraño que las Fuerzas Armadas colombianas, con amplia experiencia contraguerrillera, ya estén siendo utilizadas como punta de lanza de los imperialistas, y que se recurra a Colombia para orquestar la agresión a Venezuela. Además, en la medida en que se antagonicen las disputas de los colosos, la política colombiana será más represiva, pues el imperialismo necesita mantener un férreo control sobre su patio trasero. No obstante, el gran desorden bajo los cielos que se está creando puede constituir una oportunidad de liberación, si el pueblo cuenta con un partido leal defensor de sus intereses, guiado por un pensamiento marxista y una línea política revolucionaria y capaz de unir a todas las clases que tienen contradicciones con el imperialismo y sus aliados nacionales.


V

El principal problema que enfrenta el movimiento popular colombiano es la traición masiva de la izquierda, que ha renunciado a la lucha contra el régimen y ha escogido cooperar con los opresores a cambio de algunas prebendas políticas y económicas. Los desertores toman prestada la ideología de los pensadores imperialistas, su lenguaje y sus métodos políticos.

El punto primordial consiste en entender que mientras los explotadores detenten el poder económico y político, la situación de las grandes masas no hará nada distinto que empeorar y que toda conquista solo será provisional, defendida al precio de grandes esfuerzos, de ingentes luchas.

Los oportunistas han renunciado al objetivo de que los obreros, campesinos, empleados, soldados y oficiales de bajo rango, industriales y agricultores pequeños y medianos y demás sectores progresistas de la población tomen el poder y transformen de raíz la sociedad. Aceptan como verdad incuestionable que las mayorías están condenadas a sufrir eternamente el yugo de la explotación y el vapuleo de los parásitos financieros nacionales e internacionales. De ello deriva que prediquen la conciliación y la reconciliación de clases y toda otra suerte de doctrinas soporíferas. Como los jefes de esta izquierda necesitan mantenerse ligados a las organizaciones de masas, —de otra manera dejarían de serles útiles a sus patrones, y su carrera política tocaría a su fin— toman como todo su acervo ideológico las políticas sociales del Banco Mundial y de otras entidades de la misma laya, convierten los subsidios y limosnas en la gran reivindicación social, y de las cartillas de las entidades multilaterales agarran una que otra reformeta y frases contra el clientelismo, la corrupción, por la democracia participativa, la transparencia, la inclusión, la equidad; verba toda que unas veces se usa para embaucar haciendo creer que sin tocar nada a los billonarios, se puede mejorar la condición de los desposeídos, ya para arremeter contra los asalariados y las clases medias dizque para curar los males sociales.

Como han renunciado a la lucha, a promover la rebeldía del pueblo —en cuya poderosa fuerza no creen, a la que, más bien le temen— no les queda otro camino que cultivar sus relaciones con parlamentarios gringos, con dirigentes políticos colombianos, con magnates a fin de lograr algo, cualquier cosa, para presentárselo a sus bases como grandes conquistas producto de sus habilidades y relaciones personales y mantener su propia clientela electoral o sindical, haciéndoles pensar que la suerte de las mayorías está en los tejemanejes parlamentarios.

La zurda de nuestro tiempo se dedica a la absurda faena de magnificar las disputas que a diario estallan entre los círculos de las clases dominantes para encontrar “la izquierda de la derecha”, o el que proteste mayor conmiseración con los hambrientos o mejores maneras y decencia. Las grandes contradicciones sociales quedan reducidas a rifirrafes sobre formalidades. 
Siembran toda clase de ilusiones en los procesos jurídicos, para evitar la movilización de masas; cuando esta se produce, procuran que pierda vapor, que se dé a destiempo, que no se radicalice y que todo termine con unos adherentes más para el siervo de los señores que se viste de insubordinado.

El cretinismo de la izquierda aboga por lo práctico, por lo inmediato, aborrece lo teórico, lo ideológico, llama a la sociedad a que se ocupe de lo posible, que abandone, olvide, las aspiraciones de producir grandes cambios. Tales izquierdistas, como sus jefes de la derecha local, carecen de grandes ideas, de análisis de fondo. No ver más allá de la nariz se presenta como el colmo de las virtudes.

Las organizaciones sindicales y sociales de toda índole se convierten en un coto de caza electoral, no se educa a las gentes en la historia de la lucha revolucionaria mundial ni en las gestas del pueblo colombiano, no se promueve la iniciativa de los activistas, su formación teórico-práctica, su capacidad de dirección, sino que se fomenta una especie de servil espera y obediencia al caudillo, una dependencia de este. Mismo procedimiento de las huestes de la reacción.

Para Notas Obreras, por el contrario, la lucha ideológica contra todas las ideas enumeradas y las demás que apuntalan el oprobioso régimen existente constituye la tarea práctica de mayor urgencia. Mientras predominen en la cabeza de los oprimidos las ideas esclavizantes no será posible emprender luchas que de veras produzcan cambios beneficiosos. Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario, afirmaba Lenin con acierto.

Es imperativo someter a un riguroso análisis cada propuesta, cada iniciativa, cada explicación sobre el devenir social y entender a qué intereses sirve, a cuál clase, y rechazar de manera intransigente toda la bazofia intelectual de los explotadores. En esto no puede haber concesión, negociación, avenimiento. Antes que buscar alianzas o sumar adherentes en amalgamas sin una sólida fundación de principios, es indispensable definir con claridad la concepción que guíe nuestros esfuerzos. El afán de la hora no consiste en ganar una elección o unas posiciones directivas en un sindicato, sino en contribuir a despejar el futuro de la brega proletaria.

La lucha ideológica exige el estudio concienzudo del devenir de la situación nacional e internacional y entender el comportamiento de todas las clases y sectores sociales; el origen de los distintos conflictos. A la vez que divulgar esos conocimientos, para profundizar la conciencia de los cuadros. Para este análisis es insustituible tomar en cuenta las enseñanzas de los clásicos del pensamiento revolucionario de los trabajadores, como Carlos Marx, Federico Engels, Vladimir I. Lenin, José Stalin y Mao Zedong, y asimilar los aportes de Francisco Mosquera. Sus desarrollos teóricos no los tomamos como un dogma —que reemplaza el estudio de los acontecimientos— sino como una guía, que nos permite penetrar y discernir más certeramente los fenómenos actuales. “Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes”, escribió Isaac Newton, y la enseñanza es válida para los luchadores de hoy; si queremos otear un panorama amplio, tenemos que subir a los hombros de los gigantes del proletariado.

La verticalidad en materia ideológica no debe ser obstáculo para ligarnos a las masas populares, sino que ha de constituir herramienta para hacerlo de manera más certera y consecuente, más provechosa para sus luchas. A la vez que desarrollamos la polémica, debemos ser capaces de adelantar campañas amplias para enfrentar reformas tan lesivas, y que afectan a casi toda la población, como las de salud, pensiones, educación, impuestos, etc. En tales campañas trabajaremos fraternalmente con todas las fuerzas que quieran participar, siempre y cuando no se presten a la traición.

En todo momento Notas Obreras debe ponerse al servicio, de manera desinteresada y con abnegación, de las gentes del pueblo, procurar desarrollar la conciencia y la capacidad de los dirigentes y no limitarse a defender la reivindicación, sino profundizar en la explicación de quiénes y por qué provocan los sufrimientos de la gente.


VI

Programa mínimo de lucha

Programa de lucha propuesto por Notas Obreras a las organizaciones populares y revolucionarias y a todos aquellos interesados en el bienestar del pueblo la soberanía y el progreso de Colombia.

1. Luchar contra la injerencia de los Estados Unidos en Colombia y, consecuentemente, oponerse a los dictados del Fondo Monetario Internacional, la OCDE, el Banco Mundial y demás organismos multilaterales que constituyen instrumentos del dominio imperialista.

Defender la actividad productiva de Colombia frente a las imposiciones de esas mismas entidades y de los desmanes de los grandes consorcios extranjeros y nacionales.

La economía debe orientarse en función del bienestar del pueblo colombiano y el progreso nacional y no en busca del beneficio privado.

2. Luchar por la nacionalización de los recursos naturales, minas, bosques, ríos, y por la protección del medio ambiente.

3. Luchar por la nacionalización de los monopolios colombianos y extranjeros, de las empresas de servicios públicos y de todas las actividades que sean fundamentales para el bienestar del pueblo y la soberanía del país.

4. Respaldar e impulsar las luchas de los trabajadores en general por mejores condiciones de vida y de trabajo, por la congelación de los precios de los artículos de primera necesidad y de las tarifas del transporte y de los servicios públicos.

Derogatoria de las disposiciones que lesionan el derecho a la protesta y a la huelga, incluidas las que la prohíben en los sectores calificados como servicios públicos esenciales.

Exigir aumento de sueldos y salarios, rechazar las políticas que buscan reducir el salario mínimo, el cual debe cubrir, al menos, el valor de la canasta familiar.

Luchar por los derechos de organización, contratación colectiva y huelga de la clase obrera.
Exigir la aplicación de la carrera administrativa imparcial y con garantías de igualdad, así como la estabilidad laboral para los empleados del sector público.

Denunciar y combatir la sobrecarga y el acoso laboral.

Exigir la contratación a término indefinido, con protección efectiva contra el despido sin justa causa y abolir toda forma de subcontratación.

El pago del recargo nocturno debe ser a partir de las 6 pm, y el de los dominicales y festivos del 100 % sobre el salario ordinario.

5. Conquistar la plena vigencia de las libertades democráticas y las garantías ciudadanas, el respeto al derecho de organización popular, de reunión, manifestación y libre expresión para el pueblo.

6. Constitución de un único fondo público de ahorro de pensiones. No se deben permitir los fondos privados. Oponerse al aumento de la edad, las semanas de cotización y al monto de esta, a la rebaja de las mesadas y a cualquier cambio que desmejore el ingreso base de liquidación actual. El régimen de pensiones debe ser exclusivamente de prima media.

El Estado debe proveer cobertura universal de pensiones, con no menos de un salario mínimo, a todos los colombianos que cumplan la edad actualmente establecida para pensionarse.

7. Prestación del servicio de salud por parte del Estado. Todas las cotizaciones de salud deben ser administradas por un fondo público.

Financiación pública suficiente de hospitales, centros de salud y demás instituciones estatales prestadoras del servicio.

La atención en salud es un derecho de todo colombiano, debe ser universal y gratuita, y el Estado debe garantizarlo en todos los niveles de complejidad.

8. Luchar por una reforma agraria democrática que, con base en la confiscación de la propiedad terrateniente, entregue la tierra a los campesinos que la trabajan y a las comunidades indígenas y los provea de crédito fácil y barato, maquinaria agrícola, apoyo a la comercialización, servicios de salud y asistencia técnica. Asimismo, exigir la titulación gratuita de las tierras tomadas por los campesinos y el respeto a sus organizaciones de masas.

La política estatal debe garantizar la producción suficiente de alimentos y materias primas para suplir las necesidades del país.

Apoyar la lucha de los asalariados agrícolas por la plena vigencia de los derechos laborales y la jornada de ocho horas en el campo.

Apoyar todas las luchas democráticas de las masas y de las minorías indígenas en defensa de sus tierras, intereses y derechos.

9. Respetar los derechos de todos los grupos étnicos y fomentar la fraternidad y solidaridad entre ellos.

10. Propugnar por la igualdad de derechos para la mujer colombiana.

11. Apoyar las luchas de las masas populares por la vivienda y por una reforma urbana que suprima los pulpos urbanizadores y la especulación con la tierra en las ciudades y facilite la adquisición de vivienda adecuada.

12. Respaldar a los estudiantes, profesores y a todo el pueblo colombiano en su lucha por una enseñanza estatal gratuita, obligatoria y del más alto nivel académico, y por la ampliación del presupuesto para la educación pública y la elevación del nivel de vida de los educadores; en consecuencia, eliminar la privatización de la universidad y la intromisión académica y financiera de las instituciones imperialistas y retardatarias dentro de ellas, y por incrementar el presupuesto para educación de acuerdo con las necesidades de enseñanza universal y gratuita en todos los niveles.

Apoyar una reforma de la educación de contenido popular y democrático que estimule la investigación y el desarrollo agrario, industrial, cultural y científico y que impulse el florecimiento de una cultura que sirva a los intereses supremos de la liberación nacional. Impulsar y desarrollar el deporte masivo.

El Estado debe garantizar el desarrollo científico y tecnológico y el mejoramiento genético para beneficio del país.

13. Luchar por una reforma que suprima los tributos indirectos y que establezca el piso del cobro de retención en la fuente a partir de los ingresos laborales superiores a diez salarios mínimos. Oponerse a cualquier reducción de impuestos y a toda clase de exenciones sobre los mismos al capital monopolista.

14. Oponerse a la xenofobia y al racismo y a toda clase de discriminación.

15. Impulsar la solidaridad con las luchas de los trabajadores de los países capitalistas y con las de los pueblos oprimidos por el imperialismo y con todos los que luchan por la soberanía nacional, la revolución y el socialismo. Buscar establecer lazos fraternales con movimientos políticos y reivindicativos de otras naciones de Latinoamérica, y exigir que se propicie una auténtica cooperación económica con esta, sin intervención del capital extranjero imperialista.

Abogar por relaciones diplomáticas, comerciales y culturales con todos los países del mundo con base en la igualdad, respeto mutuo y beneficio reciproco.

 

Bogotá, abril 8 de 2018


[*] Declaración y programa aprobados en la reunión ampliada de Notas Obreras realizada en Bogotá los días 7 y 8 de abril de 2018.

 

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