Por Ludwing Niccolò Romanovich

supercolisionador_thumbLa explicación científica de los hechos ha demostrado con teorías comprobables su superioridad frente a otras formas de saber menos rigurosas y más místicas, que basan sus conclusiones en la fe y no en principios racionales. La ciencia ha proporcionado grandes avances en el entendimiento de los fenómenos de la Naturaleza y el Universo y ha propiciado el desarrollo de tecnologías que abarcan diferentes campos, desde la informática y las telecomunicaciones hasta la medicina y la gran industria. Sin embargo, en pleno siglo XXI se siguen interpretando diferentes sucesos desde la incertidumbre y la superstición.

 

Para las masas el papel de la ciencia parece haber quedado reducido a la técnica, es decir, a la utilización de artefactos tecnológicos o al uso de los productos surgidos de los descubrimientos científicos —cuando tienen cómo pagarlos, pues se sabe que gran parte de la población mundial no puede acceder a ellos—. Desde luego sería provechoso que el pueblo tenga acceso al uso de los beneficios de la tecnología, y no tan sólo unos cuantos, pero la ciencia no debe restringirse a su dimensión técnica, sino que tiene que constituir un medio —hasta ahora el más sólido y consecuente— para comprender la realidad.

A diario aparecen maravillosos hallazgos científicos, como el acelerador de partículas, que logra recrear la formación del Universo en el Big Bang, que aparte de acercar a la humanidad a la respuesta de uno de los mayores interrogantes de todos los tiempos, coloca una nueva capa de tierra sobre los restos de la fantasía creacionista. Con todo, estos adelantos no tienen mayor repercusión en el pensamiento de las mayorías. Paralela a la luz que suministran las noticias científicas, surgen otras sombrías, a las cuales, las más de las veces, se les da todo el cubrimiento y se les presenta como veraces: curaciones milagrosas; apariciones de imágenes religiosas en los cunchos del chocolate y en las paredes de una humilde vivienda; o las lágrimas sanguinolentas de un santo, que revelan su conmoción ante las desviaciones terrenales. Esto no hace más que enraizar el oscurantismo en el que se encuentra el pueblo y poner a disposición de los poderosos unas conciencias fácilmente influenciables.

Hace unos días apareció en El Tiempo un artículo en el cual un “estudioso” interpretó que en la Biblia se profetiza el fin del mundo: "Un gran terremoto sacudirá la tierra el 21 de mayo del 2011, uno que jamás el planeta haya sentido en su historia. Las tumbas se abrirán y los restos de las personas que murieron como verdaderos creyentes y seguidores de Dios resucitarán y se irán al cielo. Los cuerpos de los que no se salvarán serán lanzados sobre estiércol y arena, y sus restos se desintegrarán de la vergüenza ante los ojos de Dios; serán comidos por los gusanos y los animales. Así será hasta el 21 de octubre. Cualquiera que quede vivo después de ese día, será aniquilado por el fuego y nunca más será recordado". ¿Cómo puede la Biblia, un texto que en sus hojas emana más ficción que realidad, predecir un acontecimiento de esta naturaleza? En la época en que supuestamente fueron escritos y recopilados los diferentes libros del Antiguo Testamento —aproximadamente hace unos 2.900 años— los conocimientos sobre la Tierra y del Universo eran insignificantes y, muchos de ellos, equivocados, era un tiempo en el cual ni siquiera el sistema geocentrista de Ptolomeo había visto la luz. Aun así, habrá muchos que darán crédito a semejantes disparates y entregarán su dinero a estos charlatanes, alejándose de los verdaderos problemas que aquejan a las sociedades, cometiendo actos irracionales que, como los suicidios colectivos, no solucionarán nada.

Cuando en la escuela se enseñan las ciencias no se busca que los estudiantes utilicen las herramientas del método científico para explicar los acontecimientos de la naturaleza. Por ejemplo, se presentan situaciones en las que se cree que la lluvia es un capricho del Creador y que la evitarán por medio de rezos y ¡entierro de tenedores en el prado del colegio!; o la gran conmoción que han generado las profecías mayas que pronostican el fenecimiento de la Tierra en el 2012. No se ponen a prueba los conocimientos relacionados con los factores climatológicos que producen las precipitaciones y las leyes físicas y químicas que determinan la existencia de los planetas, los cuales no se acaban por las predicciones infundadas de una cultura que, como muchas otras, han imaginado el origen y el fin del mundo desde la fantasía, apoyadas en sus mitos fundacionales.

Las interpretaciones basadas en la razón no sólo son importantes en el campo de la naturaleza, sino que tienen un valor político insoslayable. No deben sorprender —debido a la masificación del oscurantismo, emprendida por el relativismo posmoderno y la disminución de las ciencias y de los conocimientos en general en los programas escolares y universitarios— las explicaciones irracionales de acontecimientos sociales, como las condiciones calamitosas en las que quedó Colombia tras el invierno, basadas tan sólo en la inclemencia del tiempo, dejando de lado la responsabilidad del Estado; y la miserable situación que hoy padecen los habitantes de Haití, agravada sustancialmente por un terremoto —que lo devastó causando centenares de miles de muertos por la precariedad en sus edificaciones— y una epidemia de cólera, cuyas razones no se relacionan con el saqueo imperialista y la indolencia de sus gobernantes, sino con un castigo divino por practicar la santería, religión mayoritaria de este país; o el sida que prolifera en algunos países del África en medio de la deficiente nutrición, la carencia de servicios hospitalarios, de medicamentos, el hacinamiento, la prostitución, todo agravado por la proscripción del condón, porque su uso contradice las doctrinas religiosas.

En síntesis, no basta con utilizar los artefactos de última tecnología propios del siglo XXI, si los juicios pertenecen a épocas de la oscuridad medieval.