Por Ludwig Niccolò Romanovich

“¿Para qué meterse en conversaciones científicas? (...) ¿Qué opinas tú, ma chère?—añade— dirigiéndose a su novia sentada junto a él.
La novia, Dascheñca, en cuyo rostro aparecen impresas todas las cualidades excepto una, la facultad de pensar, se ruboriza y dice:
—Es que el caballero quiere ver que está muy instruido...y por eso habla de cosas que no se entienden...
—A Dios gracias siempre hemos vivido sin instrucción, y ahora, a Dios gracias, casamos a la tercera hija (...) —dice, (...) suspirando, la madre de Dascheñca —Pero si para usted no somos instruidos, (...) Podía haberse quedado usted con sus instruidos.

De esta manera discurría la conversación de los personajes de Boda por Interés, uno de los cuentos de Antón Chejóv. Conversación que por su trivialidad parecería describir acertadamente el tiempo de hoy, por muchos denominado como “sociedad del conocimiento”.

Lo que así se llama suele equipararse con la noción de “sociedad de la información.” [1]. Aunque éstas se utilicen indistintamente, es adecuado precisar su surgimiento.

Hacia 1973, Daniel Bell introdujo este concepto en el libro El advenimiento de la sociedad post-industrial. Allí, el conocimiento se constituye en el eje fundamental de la sociedad y en el aspecto más importante de la nueva economía, estableciendo una organización social fundada en los principios de la información y en “donde las ideologías resultarían sobrando” [2].

El impulso que recibe este término se da a partir de la década de los noventa con el desarrollo, tanto de la Internet y las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), como de los diferentes foros y reuniones del G7, la Comunidad Europea y la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). En este proceso divulgativo jugó un papel fundamental la propaganda mediática y la colaboración de organismos como la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). Fue tal el impacto de esta noción, que se seleccionó para darle el nombre a la Cumbre Mundial que se celebraría en 2003 y 2005 [3], además de ser acogida por el gobierno estadounidense, el Grupo Banco Mundial, la Unión Internacional de Telecomunicaciones y algunas agencias de las Naciones Unidas.

Era imprescindible consolidar una teoría económica que posicionara al conocimiento como piedra angular del proceso de generación de riqueza, como lo señaló, en 1974, Peter Druker en su libro La sociedad post-capitalista. En esta nueva perspectiva lo esencial no debía ser la cantidad de conocimiento sino su productividad [4]. Así, se instituye la “sociedad del conocimiento”.

Como contraste de la utilización indiscriminada de términos como “era de la información” o “sociedad de la Información; y “era del conocimiento” o “sociedad del conocimiento”, es posible enunciar tres consideraciones que cuestionan su usanza, al menos, en lo que tiene que ver con el conocimiento que se divulga para el público en general.

a) La “sociedad del conocimiento” como un velo de la mayor explotación capitalista

Hacia la década de 1970, el denominado capitalismo informacional comienza a reemplazar el modelo heredado de Keynes, que para la fecha, vislumbraba un considerable estado de crisis [5]. Inicia así una reestructuración del capital en el que, tanto los Estados de Bienestar, como las empresas y organismos internacionales emprendieron un proceso de privatizaciones junto con una política de desregulación “del pacto socialdemócrata entre capital y trabajo”. El capitalismo buscó aumentar las ganancias a través de una explotación laboral más acentuada; consolidar un escenario en el cual la parte productiva, la circulación y los mercados fueran de mayor intensidad en el planeta para obtener réditos en todas partes; y hacerse con el apoyo de los Estados para conseguir más productividad y competitividad, generando detrimento en lo poco que quedaba de bienestar social para los sectores populares [6]. Es en este sentido, que los adelantos tecnológicos en el área informacional contribuyeron a la expansión e intensificación del capitalismo [7].

El acento en el uso de las nuevas tecnologías permite que la información se constituya en materia prima de la “nueva economía”. En la “sociedad del conocimiento” se ha afianzado un modo de producción de características globales, distinguido, según sus panegiristas, como una nueva organización social en la que sus directrices se orientan hacia la información y el conocimiento como creadores de riqueza, pretendiendo negar el papel del trabajo material como generador de plusvalía.

b) Trivialidad en la “sociedad del conocimiento”

Identificar los procesos actuales relacionados con las TIC como una “sociedad del conocimiento” es desconocer los desarrollos históricos y los invaluables aportes de otras sociedades. Por nombrar algunos casos, ¿qué sería del conocimiento humanista y filosófico sin las contribuciones de los pensadores de la Grecia Clásica? ¿no fueron importantes los aportes heredados del Renacimiento y el Siglo de las Luces? Señalar que en el presente la humanidad se encuentra inmersa en una “sociedad del conocimiento” es pretencioso, máxime cuando se transita por un periodo en el cual el saber que se propaga para gran parte de la humanidad parece confundirse con mera información y loar lo más anodino de la existencia.

Se asimila el cúmulo de información difundida por los medios masivos y los artefactos tecnológicos con “una sociedad del conocimiento”. Si con exactitud se indagara sobre el significado del término de información no coincidiría con una acepción minuciosa de conocimiento. La definición de la primera se encuentra relacionada con procesos mecánicos y, en rigor, irreflexivos como los titulares de un noticiero, los mensajes publicitarios, las informaciones en los aeropuertos, los mensajes de texto y los avisos que aparecen en la parte inferior de las pantallas de televisión, etc. [8].

El conocimiento en cambio, debe considerar unos elementos que lo distancien de lo trivial. Es decir, que el saber se construya sobre la base de un sujeto u objeto de estudio, en donde se fundamente con claridad su relación con la realidad. Debe generarse como resultado de un proceso concienzudo, sistemático y definido. Sin que caiga en prejuicios y especulaciones, pues es un desarrollo intelectual producto de la razón y bien elaborado. Es esencial que sea crítico de la realidad, que distinga los hechos verdaderos de ésta y que no se obnubile por la percepción de los sentidos o los intereses de los poderosos. El conocimiento no carece de equivocaciones y no es algo terminando y absoluto. Son estas características las que lo diferencian con la mera información difundida a través de un artefacto tecnológico.

En vez de conocimiento se produce información y asimilación de datos, se generan casi seres humanos autómatas, que sólo entienden el “conocimiento de señales”:

No necesitan saber cómo funcionan esas cosas; sólo necesitan procesar los datos “correctamente” [pues] este conocimiento miserable de las señales no es, a decir verdad, ningún conocimiento. Un mero reflejo no es al fin y al cabo ninguna reflexión intelectual, sino exactamente lo contrario. Reflexión significa no sólo que alguien funcione, sino también que se alguien pueda reflexionar “sobre” tal o cual función y cuestionar su sentido [9].

Que quede claro. No se propone una campaña en contra de la Internet y las TIC, todo lo contrario, creemos que han sido grandes avances de la humanidad y han permitido facilidades en el acceso a la información de muchas personas. No obstante, debe entenderse que las nuevas tecnologías son medios que ayudan en un momento dado en la construcción de conocimiento, pero no lo producen per se. Igualmente, la información por sí sola no es conocimiento y necesita de la capacidad reflexiva, racional y creativa de la mente humana.

c) Repercusiones en la educación

Así como en los aspectos laborales, las consecuencias en la educación son importantes para comprender qué clase de “sociedad del conocimiento” es la que circula para las mayorías. Por ende, hay que considerar dos problemas. El primero tiene que ver con la orientación y reducción del conocimiento desarrollado en las universidades a una cuestión mercantil; el segundo se relaciona con la idea y el hecho de otorgarle igual validez al conocimiento científico y a los saberes provenientes de la religión, la tradición o la experiencia generada por el sentido común.

  • Conocimiento para el mercado

En la “sociedad del conocimiento” lo que se genera en materia de saberes debe estar dispuesto a satisfacer al Demiurgo de nuestros días: el mercado. De manera que, si el conocimiento debe tener tal finalidad, es lógico que en los lugares en donde se construye, haya quienes desdeñen al que no comulgue con semejante orientación. Así, el saber que evidencie sentidos reflexivos, que no deje entre sus haberes más réditos que la formación integral del ser humano tendrá necesariamente que desaparecer. Todo aquello que emane de las humanidades —no instrumentalizadas por la ganancia—, como la consolidación de un juicio político serio y la facultad comprensiva de los problemas pretéritos y presentes será conducido al ostracismo.

Veamos cómo la UNESCO y el BM conciben al sujeto que debe formarse en la “sociedad del conocimiento”: “En una época, los estudiantes se integraban a la cultura intelectual prevaleciente a través de los clásicos; en tiempos más  recientes, a través de la historia y la economía. En el futuro (…) cumplen una función similar los estudios empresariales (…)” [10].

Por supuesto que, para que el conocimiento que se acomode al mercado y le sirva a los intereses privados del capital, necesita, amén de los organismos multilaterales —FMI, BM, ONU, BID—, la reorientación de los principios constitutivos del deber ser de la universidad; uno de los centros de construcción del conocimiento por antonomasia. Lo que se enseñe en las universidades se direccionará a capacitar para el mercado y la individualidad, apartando la instrucción que tenga que ver con la formación integral del individuo y la satisfacción de las necesidades de toda la sociedad.

Estos traficantes del conocimiento anhelan —como los primeros capitalistas suspiraban por el libre mercado— que las universidades sean el reflejo de los voraces de Wall Street:

La globalización de la economía y las presiones de la competencia internacional están haciendo desaparecer las fronteras entre naciones, instituciones y disciplinas, creando un sistema distribuido de producción de conocimiento más y más mundial. Como decimos con más detalle más adelante, las universidades forman parte de este sistema y, en tal carácter, son ahora un organismo más entre muchos otros que producen conocimiento en un orden económico en el que el conocimiento y la aptitud son los principales productos básicos que se comercian [11].

Con el tiempo todas las universidades importantes llegarán a ser socios financieros de nuevas empresas creadas para aprovechar la propiedad intelectual de la universidad. Esta intervención no se limitará a una participación pasiva en el capital social de estas compañías nuevas, sino que significará tomar parte activa en alguna forma de generación de capital de riesgo [12].

  • Conocimiento científico en la escuela

En la escuela se vienen equiparando los conocimientos generados a partir del método científico y los que son producto de la religión, del misticismo o de la experiencia de la vida diaria. El punto no es desestimar lo que la experiencia pueda contribuir en la formación de los estudiantes o que se ataque la libre escogencia de creencias. La cuestión radica en que sí existe una diferencia inestimable entre uno y otro tipo. Mientras uno es producto de la fe, de los sentimientos, el sentido común y la espontaneidad —recuérdese que los mitos no se modifican como consecuencia de las experiencias que los contradigan, [13] son monolíticos y, en este sentido, reaccionarios—. En cambio, el que procede de la ciencia, propende a un saber que se acerque lo más objetivamente posible a los hechos, y aunque es falible, se aferra a la rigurosidad que les permitió a algunos de los grandes pensadores como Galilei, Darwin o Marx  —que precisamente no se distinguieron por generar conocimiento plagado de superstición y sentido común— proponer teorías científicas, desentrañar intrincados fenómenos y ayudar a la emancipación de los pueblos.

Que no se olvide que si no se educa en las escuelas a los niños y a los jóvenes en la ciencia, la tecnología

estará en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad [14].

El presente artículo se puede reproducir total o parcialmente siempre y cuando se cite la fuente, notasobreras.net, y el autor, Ludwig Niccolò Romanovich.


Notas:

[1] KURZ,  Robert. La ignorancia de la sociedad del conocimiento .Publicado en papel en la versión brasileña de la revista Krisis (Alemania)  En: http://www.sindominio.net/                                           

[2] TORRES, Rosa María.  Sociedad de la información / Sociedad del
conocimiento En: http://www.vecam.org/edm/article.php3

[3] Ibíd.

[4] FLORINDEZ MEDINA, Karen. El conocimiento en la sociedad de la información. En:  http://www.ur.mx

[5] VEGA CANTOR, Renán. Un mundo incierto, un mundo para aprender y enseñar. Las transformaciones mundiales y su incidencia en la enseñanza de las Ciencias Sociales. Bogotá: Colección Ciencias Sociales Universidad Pedagógica Nacional, 2007, vol. 1, p. 22.

[6] Ibíd.

[7] Citado en Ibíd., p. 45

[8] KURZ,  Robert, op., cit.

[9]Ibíd.

[10] GIBBONS, Michael. Pertinencia de la educación superior en el siglo XX. En:  http:// www.uv.mx

[11] Ibíd., p.28

[12] Ibíd., p.42

[13] SOKAL, Alan y BRICMONT, Jean. Imposturas intelectuales. Barcelona: Ediciones Paidós, 1999, p.92

[14] SAGAN, Carl. El mundo y sus demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad. Barcelona: Editorial Planeta, 1997, pp.43,44