SOBRE LA POSTMODERNIDAD [1]
Por Ludwig Niccolò Romanovich

Autores como Gianni Vattimo[2] postulan la vigencia de la postmodernidad en la medida en que la modernidad ha sido superada, por lo menos, en algunas de sus condiciones substanciales. Sostiene que la “crisis actual de la concepción de la historia”, entendida como proceso unitario ya no prevalece, pues “existen imágenes del pasado propuestas desde diversos puntos de vista”[3] . Por consiguiente, cuestiona la idea de progreso, no hay un transcurso continuo del acontecer humano, ya no marcha hacia un propósito específico que mediante la razón proyecte la enseñanza, el mejoramiento o la emancipación de los seres humanos[4]. Del mismo modo, los pueblos primitivos, los llamados colonizados, se han liberado y han puesto coto a la historia unitaria y centralizada; el prototipo de humanidad construido en Europa no es aplicable a todas las comunidades. En este escenario postmoderno, irrumpe y se consolida la sociedad de la comunicación, que ha permitido el fenecimiento de las explicaciones universales, de los “grandes relatos”.

Estos elementos conducirían a una sociedad postmoderna, que habría visto sus primeras luces en los inicios de 1970[5], caracterizada fundamentalmente por el papel determinante de los medios de comunicación. Éstos identifican a la sociedad como caótica y compleja, y no, como una sociedad ilustrada y autoconsciente, amén, de que “en este relativo ‘caos’ residen nuestras esperanzas de emancipación”[6]. Como resultado, se diluyen los puntos de vista centrales y, por lo tanto, se asiste a una profusión de interpretaciones del mundo, a lo que se ha dado en denominar, como relativismo cognitivo[7].

De este proceso se desprende una libertad del prototipo de racionalización central de la historia, generada por un desarraigo de lo hegemónico, que lleva a un encuentro y a un reconocimiento de múltiples cosmogonías, en la que nada es fijo, en donde todo vale.

 

Es posible describir las presentes circunstancias históricas como un escenario en el cual…[pugnan] la erosión de la certidumbre, el cambio de paradigmas, la desnaturalización de las fronteras y el carácter cada vez más controvertible que ostentan conocidas dicotomías del pensamiento…Nos vemos ante una liza pública de superficial optimismo, vulgaridad y trivialidad grandiosas, vastos aparatos de vigilancia, y brutales estructuras de violencia, las cuales atraviesan la carne y la médula de la vida cotidiana. La desesperanza se ha convertido en nuestra consejera, en tanto permanecemos en el desierto del deseo producido electrónicamente y de una compra anticipada del juicio crítico[8].

Para otros autores, como Fredric Jamenson y David Harvey, desde una perspectiva económica, la postmodernidad estaría relacionada con una fase del capitalismo en la cual tanto la elaboración generalizada de mercancías como sus correspondientes formas de trabajo han pasado a un estado de flexibilidad, relacionada con múltiples productos para diversos mercados, con la mano de obra y la movilidad de capital. Esto se ha dado gracias a las nuevas tecnologías de la información[9], conocidas también como las TIC.

Para Jamenson, la postmodernidad tendría que ver con un capitalismo tardío, multinacional, informacional y de consumo. Para Harvey, este nuevo tiempo histórico estaría relacionado con que en el proceso de producción capitalista se da el paso del fordismo[10] a una etapa de acumulación flexible como consecuencia de las tecnologías informáticas.

Ahora bien, si nos remitimos a un aspecto etimológico, encontramos que la estructura de la palabra postmodernidad podría escindirse en dos: la primera, constaría del prefijo post, que significaría más allá de o superación de; el de modernidad, a un proceso o periodo histórico con ciertas características. Para hablar de postmodernidad, lo más apropiado sería que se hubiesen sobrepasado los aspectos constitutivos de la modernidad, entendiendo, de antemano, que ésta se haya consolidado plenamente. La cuestión referente a las formas en que se materializó o el grado de consolidación en diferentes sociedades generaría otro debate. De igual manera, ha habido autores que han hecho una revisión de la modernidad y han planteado sus principales contradicciones; no obstante, esto desborda los objetivos de este documento[11].

Lo que se puede calificar como el proyecto de la modernidad tiene lugar en el periodo histórico conocido como la Ilustración, y se consolidó a lo largo del siglo XIX.[12] Manifestando el pensamiento de que el ser humano es lo que hace, debiendo haber consonancia entre la producción material, la organización mediante la ley de la sociedad y la vida personal, incitada tanto por el interés como por la voluntad de libertarse de toda coacción[13]. El ideal moderno afianza la promesa de la emancipación humana universal. Esta búsqueda fue mediada por el convencimiento en la razón, que intentaba instituir una relación de correspondencia entre el actuar humano y el funcionamiento del mundo, fundamentado en la ciencia, y, que según la versión idealizada y burguesa de Touraine, proyecta la adaptación de la vida en sociedad a las demandas colectivas e individuales y “reemplaza la arbitrariedad y la violencia por el estado de derecho y por el mercado.”[14]

Si estas particularidades caracterizaran de manera sucinta lo que se puede entender como la herencia de la modernidad, ¿cuáles serían los aspectos fundamentales que debieron de superarse? Grosso modo, es posible recogerlos en ámbitos como el político, el económico y el social.

La esfera política está emparentada con las ideas propias de la Ilustración, que se sustentan en los principios de igualdad, fraternidad y libertad, tan caros a la Revolución Francesa, y alimentados por las concepciones de los Enciclopedistas, que a la postre, y junto a los intelectuales ingleses, fueron los fundamentos de la consolidación del liberalismo político y de su consecuente concepción de democracia liberal. Hace referencia, igualmente, al funcionamiento del Estado-nación, cimentado en el concepto de territorio y frontera; en el arquetipo de un sistema de gobierno dividido en los poderes ejecutivo, legislativo y judicial; y la creación de una forma de administración pública y un Estado de derecho y la confianza en las instituciones, connaturales al paradigma de democracia representativa.

Lo económico tiene que ver con el hecho de posibilitar las condiciones para la normal circulación de mercancías; esto es, un modelo que auspicie la acumulación de capital y el libre mercado, siendo el modo de producción capitalista el que se impuso. Debía haber, en consecuencia, una disposición tanto de las normas de intercambio mercantil como de los criterios que rigen el comercio, todo esto para hacer plausible el desarrollo mismo del sistema.

El aspecto social estaría materializado en la formación de una nueva concepción, en la que el ideal de sociedad, basado en el imperio de la razón, reemplaza a la noción de Dios, quien dictamina la moral y la conducta humana. La organización social se establece por la decisión de sus integrantes, que se sujetan a la voluntad general, sea por obra del contrato social de Rousseau, sea por el miedo al hombre que les infiere el Leviatán de Hobbes, cuyo hombre es el lobo del hombre. La organización de la humanidad no depende entonces, del orden establecido por Dios o la naturaleza[15], depende de la razón. Sin embargo, la historia ha demostrado que las sociedades se organizan de acuerdo con los intereses de clase y bajo el concurso de la violencia.

Se presenta, asimismo, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, que en últimas, catapulta la libertad individual; pues la Declaración corresponde más al pensamiento particular que al universal, en tanto que estuvo mayormente influenciada por los ingleses y norteamericanos que por los revolucionarios franceses[16]. Lo que en realidad catapultó los ideales de la burguesía y le confirió una base ideológica al capitalismo.

En términos generales, tales serían los aspectos, que desde este punto de vista, deberían superarse para concebir un escenario postmoderno. No obstante, encontramos varios de éstos vigentes, y no de manera insustancial o secundaria, sino que hacen parte de la esencia del orden al que asistimos en la actualidad.

Continúa prevaleciendo las ideas del Estado-nación —así los neoliberales digan lo contrario— y la de la escisión del poder del Estado en las tres ramas; basta con revisar las cartas constitucionales de los países occidentales para darse cuenta de cómo se divide su organización política, o cómo se advierte la demarcación de sus territorios y la localización de sus fronteras; empero, si esto no es suficiente, y se argumenta que se trata tan sólo de una construcción de tipo formal y teórica, conviene dar un vistazo a las guerras e invasiones por territorios y recursos o a las construcciones de gigantescos muros para que no se violen las fronteras.

Aunque en la actualidad se incluyan reformas que intentan minar el pensamiento liberal clásico en favor del imperialismo, la teoría liberal con sus respectivas variantes, ligada a la democracia representativa —hoy con gran entusiasmo se le llama participativa— es el principio que orienta las formas de gobierno y los debates oficiales en sinnúmero de países. En cualquier documento redactado por organismos internacionales como la ONU, es este tipo de democracia la que predomina; en cualquier plataforma de partidos políticos que se lancen a hacer campaña por el poder parlamentario, en sus derroteros está el discurso de la democracia liberal, explícita o implícitamente; en cuanto conflicto hay o golpes de Estado se presentan, la denominada comunidad internacional siempre llama al respeto por la democracia y las instituciones, heredad de la forma política liberal que con altisonancia debe sus principios a la modernidad.

¿No asistimos aún al tiempo en el que el modo de producción sigue siendo el de acumulación de plusvalía, es decir, el sistema capitalista? La libertad individual, tal como la entendieron los clásicos del liberalismo, esto es, la de propiedad privada y libre mercado —en realidad, no es tan libre, pues son los monopolios los que tienen la capacidad de competir los que pueden acceder y controlarlo— continúa vigente, además de las condiciones en las cuales a los trabajadores se les asigna estrictamente lo necesario para su supervivencia y reproducción, así se haga de variadas maneras y comporte el uso de novísimas formas tecnológicas; pero que, en principio, siguen obedeciendo al mismo patrón: apropiación de trabajo no remunerado.

Así se proclame la superación de la forma moderna de hacer ciencia y de que supuestamente haya una “pugna sobre el cadáver de la epistemología”[17], vemos que sigue prevaleciendo la manera como el sujeto accede a la verdad, la misma que Descartes planteó para conocer: el método científico, favorecido por el reconocimiento de la razón. Aún las investigaciones serias realizadas en los diferentes campos del conocimiento lo siguen adoptando; las facultades de ciencia, los institutos científicos y la tecnología que se coloca en circulación o la que se reserva para intereses particulares continúan sustentándose en el modelo propuesto por la ciencia moderna. Por lo demás, la mayoría de los seres humanos sigue utilizando el teléfono o la Internet para comunicarse; el televisor y la radio como una forma de ocio; la geografía y la astronomía para conocer la Tierra y el universo; el autobús, el tren o el avión para transportarse; la biología para entender el cuerpo humano o el de otras especies; el médico, los hospitales y la medicina para sanarse; y sigue recurriendo a la luz eléctrica para salir de la oscuridad.

Una organización social postmoderna, en su acepción rigurosa, tendría que ver con el paso de lo que hoy se advierte como sociedad a una en la que se superen las contradicciones de los fundamentos modernos, en la que se proclame la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción; la estructura de la familia tal como la conocemos, es decir, que la unión y la monogamia se presenten de manera autónoma, libre, independiente y sin la intermediación de los intereses del dinero. Que los seres humanos transiten por una armonía social que sobrepase los antagonismos de clase y que sea autoconsciente. Que exista una abolición de la democracia propia del liberalismo político, del Estado-nación, de la democracia parlamentaria. Superar los contrastes entre el campo y la ciudad, a la manera como se entendió esta relación jerárquica e interesada en la esfera económica del capitalismo. Y, cuando se haya extinguido el dominio imperialista, se acaben los países, las naciones y las fronteras.

Lo que hoy se llama postmoderno, es una suerte de dicción que se inscribe dentro del ámbito de la cultura, dentro del campo de lo ideológico, que mediante un lenguaje indescifrable y cerrado, producto de la filosofía postestructuralista, que no ayuda en nada a la comprensión de los problemas por parte de las personas[18], ataca la herencia más inestimable de la Ilustración, endilgándole las guerras mundiales, la devastación ecológica y la instrumentación de la ciencia a favor de los dominantes. Contribuyendo al oscurantismo y sirviendo como plataforma de dominación imperialista. Pretende que la ciencia ya no explique los grandes fenómenos sino que se encargue únicamente de fabricar artefactos; anhela que la superstición, como en los tiempos más lóbregos de la humanidad, usurpe el papel de la ciencia, y en vez de explicar, oculte el funcionamiento del mundo. Alegando la intolerancia de los universales se ha embestido a la ciencia y a las teorías que han intentado la emancipación humana; el nihilismo es el nuevo demiurgo, el perpetuo deniego. Sin embargo, ¿a nombre de quién y de qué intereses se ha proclamado la apatía hacia los universales?[19] Parafraseando a Ellen Meiksins Wood, los posmodernos nos incitan “a botar el niño con el agua sucia, o más precisamente, a conservar el agua sucia y botar el niño”[20].

BIBLIOGRAFÍA

  • A propósito de «Imposturas intelectuales»: Una entrevista a Alan Sokal. En: http://wwwbiblioteca.universia.net

  • HORKHEIMER, Max y ADORNO, Theodor W. Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos. Quinta edición. Madrid-España:Editorial Trotta, 2003.
  • MCLAREN, Peter. Pedagogía crítica, resistencia cultural y la producción del deseo. Buenos Aires: Aique Grupo Editores, 1994.

 

  • MEIKSINS WOOD, Ellen. “¿Modernidad, postmodernidad, o capitalismo?”. En: VEGA CANTOR, Renán (editor). Marx y el siglo XXI. Una defensa de la Historia y el Socialismo. Segunda edición corregida y aumentada. Santafé de Bogotá D.C.: Pensamiento Crítico—Anthropos, 1999.
  • TAYLOR, Charles. “La superación de la epistemología”. En: Argumentos Filosóficos, Barcelona, Editorial Paidós, 1995.

 

  • TOURAINE, Alain. Crítica de la modernidad. México:Fondo de Cultura Económica, 2000.
  • VATTIMO, Gianni. “Posmodernidad: ¿una sociedad transparente”? En: VATTIMO, Gianni y otros. En torno a la posmodernidad. Barcelona: Anthropos, 1994.

 

  • Viento del Sur. Revista de debate político y social. Bogotá, D. C.No. 3, 3 de octubre de 2005.
  • WALLERSTEIN, Immanuel. El eurocentrismo y sus avatares: los dilemas de las ciencias sociales. En: http://castilalhabib.blogspot.com

 

 

El presente artículo se puede reproducir total o parcialmente siempre y cuando se cite la fuente, notasobreras.net, y el autor, Ludwig Niccolò Romanovich.

Palabras clave: Postmodernidad, modernidad, ciencia, capitalismo, Ilustración, liberalismo político, historia, Estado-nación, relativismo cognitivo.

[1] Los autores que se citan en este documento utilizan postmodernidad o posmodernidad; aquí se usarán las dos formas según sea el caso. Asimismo, existe una diferenciación entre posmodernismo y posmodernidad (cfr. Entrevista a Renán Vega Cantor. En: Viento del Sur. Revista de debate político y social. Bogotá, D. C.No. 3, 3 de octubre de 2005, p.27), en este escrito se emplearán indistintamente.

[2] VATTIMO, Gianni. “Posmodernidad: ¿una sociedad transparente”? En: VATTIMO, Gianni y otros. En torno a la posmodernidad. Barcelona: Anthropos, 1994.

[3] Ibíd., p.11

[4] Ibíd.

[5] Ibíd., p. 247

[6] Ibíd., p.13

[7] A propósito de «Imposturas intelectuales»: Una entrevista a Alan Sokal. En: http://wwwbiblioteca.universia.net

[8] MCLAREN, Peter. Pedagogía crítica, resistencia cultural y la producción del deseo. Buenos Aires: Aique Grupo Editores, 1994, p. 17.

[9] WOOD, Ellen. “¿Modernidad, postmodernidad, o capitalismo?”. En: VEGA CANTOR, Renán (editor). Marx y el siglo XXI. Una defensa de la Historia y el Socialismo. Segunda edición corregida y aumentada. Santafé de Bogotá D.C.:Pensamiento Crítico—Anthropos, 1999, p.248

[10] Sistema que utiliza “la línea de ensamblaje como un sustituto de los costosos y experimentados artesanos para estrechar el control del proceso de trabajo por el capital, con el obvio objetivo de extraer más plusvalía del trabajo.” Ibíd., p.258

[11] Cfr. HORKHEIMER, Max y ADORNO, Theodor W. Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos. Quinta edición. Madrid-España:Editorial Trotta, 2003; y TOURAINE, Alain. Crítica de la modernidad. México:Fondo de Cultura Económica, 2000

[12] MEIKSINS WOOD, op., p. 249

[13] TOURAINE, op., cit.,p.9

[14] Ibíd.

[15] Ibíd., p. 23

[16] MEIKSINS WOOD, op.

[17] TAYLOR, Charles. “La superación de la epistemología”. En: Argumentos Filosóficos, Barcelona, Editorial Paidós, 1995, p.145

[18] Entrevista a Renán Vega Cantor, op., cit., p.29

[19] ROSS, Andrew, citado por MCLAREN, op., cit., p.85

[20] MEIKSINS WOOD, op., cit., p.252